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La Llave de Oro en la Catedral de Santiago de Compostela

La lluvia de Galicia no cae; apuñala. Especialmente a las tres de la madrugada en los oscuros y estrechos callejones que rodean la Plaza del Obradoiro. Minh apretó su cuerpo contra la fría piedra de granito del monasterio de San Martín Pinario, intentando hacerse invisible. El agua helada le resbalaba por el rostro, mezclándose con el sudor y las lágrimas de puro terror que no podía contener. Su respiración era un silbido ronco y quebrado. Le dolían los pulmones, le ardían las piernas tras kilómetros de huida desesperada, pero sabía que si se detenía, moriría.

Unos pasos resonaron sobre los adoquines mojados. Clac, clac, clac. Botas pesadas, rítmicas, implacables. No era el caminar de un peregrino perdido, sino el de un cazador seguro de su presa.

Minh metió una mano temblorosa en el bolsillo interior de su chaqueta impermeable. Sus dedos, entumecidos por el frío, rozaron el frío y pesado metal. La llave. Una llave antigua, forjada en oro macizo, con la empuñadura tallada en una forma grotesca que mezclaba una cruz patada con un sol pagano de bordes afilados. Aquel maldito objeto pesaba más que todos los pecados del mundo.

—Sé que estás ahí, peregrino —susurró una voz en la oscuridad. El acento era español, culto, pero carente de cualquier rasgo de humanidad. Sonaba como el rasgueo de un cuchillo contra una lápida—. Entrégame la llave. No tienes que morir esta noche en la tierra del Apóstol. Entrégala, y te prometo que volverás a tu hermoso Vietnam. El sudeste asiático es un lugar maravilloso para olvidar.

Minh contuvo el aliento hasta que los pulmones le amenazaron con estallar. A través del fino velo de lluvia, vio asomar una sombra negra en la esquina de la Rúa da Moeda Vella. El hombre llevaba una gabardina oscura y un sombrero de ala ancha que le ocultaba el rostro, pero el débil resplandor de una farola anaranjada se reflejó en el acero que sostenía en su mano derecha. Un estilete largo y fino, del tipo que los asesinos profesionales usan para perforar un riñón o el corazón con una sola estocada silenciosa. El mismo estilete que Minh había visto hundirse en la garganta del padre Ignacio, el viejo sacerdote de Arzúa que había intentado ayudarle apenas veinticuatro horas antes.

La sangre del anciano aún manchaba las botas de Minh. El recuerdo de los ojos del cura, desorbitados, suplicando al cielo mientras se ahogaba en su propia sangre en la sacristía de su iglesia rural, hizo que el estómago del vietnamita se contrajera violentamente.

¿Cómo había llegado a esto? Él solo era un ingeniero de software de Hanói, un hombre de treinta y dos años que había decidido hacer el Camino de Santiago francés para encontrar paz tras la muerte de su madre. Quería espiritualidad, paisajes verdes, botafumeiros y tardes bebiendo vino tinto con otros caminantes de todo el mundo. No quería convertirse en el blanco de una conspiración milenaria.

—La Iglesia es eterna, Minh —continuó la voz, acercándose unos pasos más. El cazador paseó la mirada por los arcos de piedra—. Lo que tú llevas en el bolsillo es una aberración. Un error de la historia. Si usas esa llave, si abres lo que no debe ser abierto bajo la Catedral, no solo destruirás la fe de millones de personas. Destruirás la base sobre la que se asienta toda la historia de España. El Camino, la economía, la devoción… Todo es un castillo de naipes. Y nosotros somos los guardianes que evitamos que sople el viento.

Minh cerró los ojos. La historia que le había contado el padre Ignacio antes de ser degollado resonaba en su mente como una campana fúnebre. «Los huesos que descansan en la cripta de la Catedral de Santiago… no son de Santiago el Mayor, hijo mío. No son los restos del Apóstol de Cristo. Son los huesos de Prisciliano, un obispo hereje ejecutado en el siglo IV. La llave que llevas abre la verdadera cripta de Prisciliano, sellada hace más de mil años por orden papal. Allí dentro está el Códice de la Verdad, escrito por sus seguidores antes de ser masacrados. Si ese texto sale a la luz, el Vaticano y la Iglesia española se enfrentarán al mayor cisma de la era moderna. Han asesinado a papas por menos».

El asesino estaba a menos de cinco metros. Minh podía oler su loción para después del afeitado, una fragancia cara que contrastaba repulsivamente con el olor a sangre y lluvia.

El cazador se detuvo frente al pilar donde Minh se ocultaba. El silencio se hizo absoluto, roto solo por el tamborileo de la tormenta.

—Se acabó el Camino, amigo —dijo el hombre, alzando el estilete.

Con un grito que nació del instinto más puro de supervivencia, Minh no retrocedió, sino que se abalanzó hacia adelante. Usó el peso de su mochila, aún aferrada a su espalda, como un ariete. El golpe sorprendió al asesino, impactando de lleno en su pecho. El hombre trastabilló sobre los adoquines resbaladizos y cayó de espaldas, soltando un gruñido ahogado. El estilete claudicó contra la piedra, produciendo un destello de chispas.

Minh no se quedó a mirar. Corrió. Corrió como si el mismísimo diablo le pisara los talones, enfilando hacia las escaleras de la Plaza del Obradoiro. A su izquierda, la majestuosa fachada de la Catedral de Santiago de Compostela se alzaba hacia el cielo nocturno, iluminada por focos espectrales que le daban un aspecto gótico y amenazador. Las torres gemelas parecían dos garras de piedra arañando las nubes tormentosas. Debajo de aquella inmensa mole de piedra estaba la verdad. Y él tenía la llave.

Mientras sus botas chapoteaban en los charcos de la plaza desierta, la mente de Minh viajó siete días atrás en el tiempo. Al momento exacto en que su vida ordinaria terminó y esta pesadilla comenzó.


Siete días antes. Albergue de Portomarín, etapa 29 del Camino Francés.

El olor a crema para los músculos, calcetines húmedos y sopa de fideos llenaba la gran sala común del albergue municipal. Minh estaba sentado en su litera, frotándose las pantorrillas doloridas. El cruce del río Miño y la subida empinada hacia el pueblo habían sido brutales. A su alrededor, decenas de peregrinos roncaban, charlaban en voz baja o curaban sus ampollas.

Era un ambiente de camaradería inofensiva. Minh sacó su mochila para reorganizarla antes de dormir. Vació el contenido sobre la manta fina de la cama: ropa térmica, un neceser, su credencial de peregrino llena de sellos, una botella de agua… y algo más.

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