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¡SENTENCIA DE MUERTE! El Congreso de EE UU Firma el Acta de DEFUNCIÓN del Imperio de TRUMP

 Nos llega el chisme confirmado, por supuesto, de que el Congreso, sí, ese enido de víboras que se la pasa de vacaciones como si la política fuera un día de campo. Ha puesto de manera oficial la lápida sobre el gobierno de ese personaje de cabellera naranja y ego desmedido conocido como Donald Trump. El fin inminente, señores.

 Una movida tan inesperada que hasta el tío Sam se atragantó con su hot dog. La trama, mis queridos lectores, tiene más vueltas que un trompo y está protagonizada por una heroína inesperada y un villano que, según parece tenía unos pasatiempos más oscuros que un pozo petróleo de Texas. Estamos hablando del multimillonario Jeffre Epstein, ese finísimo caballero con gustos, digamos, exóticos, que ahora desde el más allá parece dispuesto a llevarse con él a todo el establishment gringo en un tren de la vergüenza.

Prepárense que vamos a desenrollar este tamalito de intriga con el sabor ácido y la zorna que solo nosotros desde este lado del río Bravo sabemos darle. La verdad a veces es más divertida que la ficción, especialmente cuando los poderosos se caen de su pedestal. A darle, que es mole de olla. Si vibraste con la noticia de Olkan y valoras el análisis estratégico, es hora de dar el salto.

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 Siete semanas, siete, donde el señor Mickey Johnson, un republicano de Luisiana con un nombre tan común que inspira desconfianza, decidió que no había nada urgente en el país, que todo podía esperar. La pereza institucional, mis amigos, elevada a la categoría de arte. Qué envidia. Pero el universo, mis estimados, tiene un sentido del humor retorcido y a veces sirve la justicia en un plato de barro.

En su primer día de regreso, el Congreso tenía en el orden del día algo que parecía más trámite que trascendental, la juramentación de una nueva congresista. Y aquí es donde la historia se pone jugosa, porque con la llegada de la demócrata Adelita Grijalba por el soleado estado de Arizona, se desató el mismísimo armagedón político para el gobierno de Trump.

 Imaginen la escena, un evento protocolario sobrio donde se suponía que todo iba a ser flores y aplausos. Nadie, absolutamente nadie, imaginó que el simple acto de jurar un cargo se convertiría en el botón rojo que haría explotar la olla de grillos. Pues resulta que esta señora Grijalba con su recién estrenado título de congresista traía bajo el brazo un regalo envenenado, un presente tan molesto para la élite gringa que debe haber provocado diarrea nerviosa en toda la Casa Blanca.

 Verán, en ese circo romano que llaman Congreso había una petición circulando, una que exigía que se hicieran públicos, que se desclasificaran ipso facto todos los archivos y secretos que guardaba el finado Jeffrey Epstein. Esa lista de clientes, ese infame registro de nombres que, según los rumores y las lenguas viperinas incluye a multimillonarios, políticos y demás fauna que se creía intocable, una petición que estaba a punto de volverse una orden federal.

 ¿Y qué creen? Le faltaba una sola firma, la firma número 218, para alcanzar la mayoría necesaria. Y ahí, en ese momento solemne, la congresista Grijalba, con la pluma en mano y una sonrisa que debe haber sonado a Mariachi de la revolución, puso su rúbrica. Boom. Se acabó el escondite. El juramento de una mujer, un mero trámite, se convirtió en la sentencia de muerte para el presidente Trump y para toda esa pandilla de poderosos que se beneficiaron de las atrocidades del difunto Epstein.

 La ironía, mis cuates, es tan espesa que se puede cortar con un cuchillo de mantequilla. El fin del gobierno de Trump llegó en manos de una congresista recién llegada, mientras los republicanos de alto rango andaban en la playa o jugando golf. Bendita sea la burocracia con efectos secundarios. A partir de ese instante, la petición se convirtió en mandato.

 El gobierno federal, por orden de sus propios legisladores, está obligado a abrir la caja de Pandora, a liberar el estado, a que el Sol le dé de lleno a todo ese lodasal. Se acabó la protección, se acabó el encubrimiento. La celebración, me cuentan, fue espontánea y ruidosa en las calles del país del norte. es que no hay nada que alegre más al pueblo que ver a un político poderoso corriendo despavorido.

 Y en el centro de este huracán, como un pato mareado en medio del charco, está Donald Trump. Su nombre, dicen las malas lenguas, figura en esos archivos como si fuera el primer cliente del mes. Y ahora con la firma 218 estampada, no hay manera de detener la ola. Así es el destino, mis amigos. a veces usa una congresista demócrata recién llegada para hacerle la travesura más pesada al presidente más polémico de los últimos tiempos.

 Una lección de humildad, si es que ese hombre sabe lo que significa esa palabra. La siesta republicana ha terminado y el despertador sonó con el anuncio de su propio funeral político. Qué bonito es ver al poderoso en apuros. Alcanzar la firma 218 es el umbral técnico en la Cámara de Representantes para forzar un voto o una acción.

 En este caso, la petición obligatoria de desclasificación de los archivos de Epstein. Mis amigos, lo que siguió a la firma de la congresista Grijalba no fue un debate serio ni una declaración de principios. No, lo que vino fue un pánico de esos que provocan escalofríos y llamadas telefónicas a las 3 de la mañana. Imaginen a Donald Trump, ese campeón del golf y de la brabuconería, en su despacho sudando la gota gorda, viendo como su reality show político se le escapa de las manos por culpa de una lista de contactos. El fin del mundo,

pero con glamur de multimillonario. La Casa Blanca, ese elegante edificio que ahora parece más un cuartel en estado de sitio, entró en modo de emergencia total. Su objetivo, convencer, rogar, suplicar, sobornar o lo que fuera necesario para que los congresistas que ya habían firmado la dichosa petición se arrepintieran.

 Era una cacería de firmas, una operación de rescate de última hora para salvar a la élite, a los ricachones y, sobre todo para salvar el pellejo del mismísimo presidente. Porque si su nombre aparece en el catálogo de Epstein, el gobierno de Trump no solo se tambalea, sino que se pulveriza. Sería la caída más estrepitosa desde la del muro de Berlín, pero con un toque de morbosa indecencia.

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