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Raquel Welch: La Verdad Sobre el Padre Que Intentó Borrar Sus Orígenes

Una mujer cuyo apellido verdadero pertenecía a una familia boliviana tan poderosa que dio una presidenta a su país y a la que su propio padre por miedo le arrancó su idioma cuando era apenas una niña. El mundo creyó conocerla. Creyó que sabía todo sobre ella. La vio en miles de portadas, en cientos de películas.

 en programas de televisión durante más de 50 años, pero casi nadie conoció a la verdadera Joe Raquel Tejada. Para entender por qué murió sola esa madrugada, con un nombre que no era el suyo y una enfermedad que mantuvo oculta hasta el final, tenemos que rebobinar la cinta hasta una sala de partos en Chicago, hasta un hombre de los Andes que cruzó un continente persiguiendo una vida nueva hasta el día en que nació una niña a la que el destino le tenía reservado el aplauso del mundo entero y también su crueldad más fina. Empecemos por el principio.

Chicago, 5 de septiembre de 1940. En una ciudad fría, llena de chimeneas, de viento helado y de fábricas de acero, nace una niña de cabello oscuro y ojos enormes. La registran con un nombre que pocos recordarían después, yo, Raquel Tejada. Para entender a Raquel, primero hay que entender al hombre que le dio ese apellido, porque su sombra la acompañó toda la vida.

 Su padre se llamaba Armando Carlos Tejada Urquiso. Había nacido en La Paz, Bolivia, hijo de Agustín Tejada y de una mujer llamada Raquel Urquizo. De esa abuela boliviana, a la que jamás conocería de cerca, la futura estrella heredó su nombre. Se llamó Raquel por una mujer de los Andes. Imagina la paz por un momento.

 Una ciudad colgada entre montañas, la sede de gobierno más alta del mundo, a más de 3,000 m de altura, rodeada por los picos nevados de la cordillera. El aire frío, delgado, difícil de respirar para quien no nació allí. Las calles empinadas, los mercados llenos de colores. De ese lugar, tan lejano y tan distinto a Hollywood venía el padre de la mujer que se convertiría en la fantasía del cine estadounidense.

Siendo apenas un adolescente, según cuentan los relatos de la familia, Armando dejó Bolivia atrás. Cruzó el continente con un solo objetivo en la cabeza, estudiar ingeniería en Estados Unidos. No iba detrás de la fama ni del dinero fácil. Iba detrás de algo más sólido, una profesión, un título, un lugar en el mundo nuevo.

 Llegó a la Universidad de Illinois. Quería ser ingeniero aeronáutico, construir aviones, formar parte del futuro que se levantaba en el aire y lo logró. Fue ahí, en ese campus del medio oeste, donde su vida se cruzó con la de una joven estadounidense llamada Josephine Sarah Hall. Ella venía de un mundo completamente distinto al suyo.

Descendía de ingleses. Su linaje se remontaba de acuerdo con los registros familiares hasta los primeros colonos que llegaron en el barco Mayflower, los fundadores mismos de la nación. Su padre era arquitecto. Era la viva imagen de la vieja América protestante y acomodada. Dos mundos opuestos se encontraron en aquel campus.

 el joven de los Andes y la heredera de los colonos. Y de ese encuentro improbable nació años después la niña de Chicago, que el planeta entero terminaría adorando. Pero Armando Tejada llegó a Estados Unidos cargando una herida invisible, una herida hecha de miedo. Era una época en la que ser latino, tener un acento marcado, llevar un apellido extranjero, podía cerrarte todas las puertas antes incluso de tocarlas.

 El prejuicio era abierto, cotidiano, brutal, y Armando lo había sentido en carne propia. Por eso tomó una decisión que perseguiría a toda su familia durante décadas. Decidió borrar su origen, enterrarlo, hacerlo desaparecer. En su casa no se hablaría español. A sus hijos no se les enseñaría el idioma de Bolivia, ni una sola palabra.

 No habría platos bolivianos en la mesa, ni música andina, ni cuentos sobre la paz, ni fotografías de las montañas. Armando estaba convencido de que si sus hijos crecían con un acento hispano o con una identidad latina visible, sufrirían el mismo desprecio que él tanto temía y tendrían menos oportunidades en la vida. Lo hacía por amor, lo hacía para protegerlos, pero al hacerlo les robó algo que jamás podrían recuperar del todo.

 Detente un segundo en esta idea, porque es el corazón de toda la historia. La mujer que el mundo entero terminaría reconociendo como una de las latinas más célebres de la historia, creció sin poder pronunciar una sola frase en español. Le quitaron su idioma antes de que pudiera siquiera defenderlo.

 Le quitaron una parte de sí misma cuando todavía era demasiado pequeña para entenderlo. Y aquí ocurre una de las grandes ironías de esta vida. Mientras a Raquel le borraban su herencia boliviana en California, en la propia Bolivia su familia escribía historia. Una prima de su padre, una mujer llamada Lydia Geiler Tehada, llevaría ese mismo apellido hasta lo más alto.

 Con los años se convertiría en la primera mujer presidenta de Bolivia. La misma sangre, el mismo apellido Tejada. En un lado del continente, una tejada gobernaba un país. En el otro, a una tejada le prohibían hablar el idioma de ese país. Dos destinos opuestos nacidos de la misma raíz. Cuando Raquel tenía apenas dos años, la familia se mudó al otro extremo de Estados Unidos.

 Era la época de la Segunda Guerra Mundial y Armando como ingeniero aeronáutico fue requerido para colaborar con el esfuerzo de guerra en el sur de California. Terminaron instalándose cerca de San Diego, en un barrio frente al mar llamado La Joya, donde el océano Pacífico rompía contra los acantilados. Y ahí, bajo el sol dorado de California, lejos del frío de Chicago y aún más lejos de las montañas de Bolivia, creció J. Raquel Tejada.

 Junto a ella crecieron sus dos hermanos menores, Jim y Gale. Requel era la mayor de los tres, la primera, la que más cargó con las expectativas y también con la dureza de su padre. Por fuera parecían la familia perfecta, una casa bonita cerca del mar, un padre ingeniero, respetado, trabajador, una madre dulce y elegante, tres hijos sanos creciendo al sol.

 Por dentro, la casa de los Tejada escondía otra historia. Armando Tejada era un hombre estricto, exigente, dominante. Quienes conocieron a la familia lo describían como una figura que imponía más miedo que cariño. era brillante, disciplinado, perfeccionista, pero también podía ser frío, autoritario, y según se ha contado en varios testimonios e incluso en un documental sobre la vida de Raquel violento dentro de su propio hogar, uno de sus exmaridos llegaría a describirlo años más tarde como un hombre profundamente violento.

Raquel creció buscando una aprobación que casi nunca llegaba. Quería que su padre estuviera orgulloso de ella. Quería que la mirara con dulzura, aunque fuera una sola vez. Pero entre ellos siempre hubo una distancia, una tensión, un miedo silencioso que se instaló en su pecho desde niña y que la acompañaría el resto de su vida.

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