se metió a un convento, el convento de la Inmaculada Concepción, ubicado en las afueras de Chalchuapa, departamento de Santa Ana, una comunidad de 12 religiosas de vida contemplativa fundada en 1948. Muros altos de adobe, portón de madera, huerto interior, capilla propia, sin presencia activa en redes sociales, sin tráfico permanente de visitantes.
Visitas permitidas solo los primeros sábados de cada mes, de 2 a 4 de la tarde en un locutorio con reja de por medio. El lugar más difícil de allanar en El Salvador, sin una orden judicial específica, con motivación documentada, sin el riesgo de una reacción pública que complicara la operación y sin la seguridad de que el objetivo seguía adentro. Margarita lo sabía.
Había investigado las condiciones legales con anterioridad y no de manera superficial, pero llegar ahí no fue sencillo. La forma en que lo hizo dice todo sobre el nivel de planificación que tenía esta mujer. Margarita Campos Celaya llegó al convento el 17 de mayo de 2022. Llegó sola a pie con una mochila pequeña y una carta escrita a mano dirigida a la madre superiora.
En esa carta decía que venía huyendo de una situación de violencia doméstica grave, que había perdido su casa en circunstancias que prefería no detallar, que quería alejarse del mundo y consagrar lo que le quedara de vida a Dios, que siempre había sentido la vocación religiosa, pero que las circunstancias le habían impedido seguirla.
La carta estaba bien escrita, letra pequeña, inclinada, sin borrones. Los detalles eran internamente consistentes y Margarita llegó al convento con el pelo recogido, sin maquillaje, los labios secos, vestida con una blusa oscura de manga larga y una falda café hasta los tobillos con una Bibia gastada bajo el brazo y el rosario enroscado en la muñeca izquierda.
¿Qué vio la madre superiora cuando abrió esa puerta? vio a una mujer de 33 años con los ojos bajos, los pies cansados y una historia de sufrimiento que activaba en cualquier religiosa formada en la tradición de la hospitalidad el instinto inmediato de dar refugio. La madre superior a una mujer de 64 años que había pasado cuatro décadas de vida consagrada dentro de esos muros, le ofreció quedarse una semana, una semana de descanso, comida y oración sin compromiso.
Una semana se convirtió en un mes, un mes se convirtió en cuatro y 4 meses después Margarita ya participaba en el coro de laudes a las 5 de la mañana. Fregaba el refectorio después del desayuno, cuidaba el huerto junto a la hermana de mayor edad y rezaba el rosario con las hermanas cada tarde a las 6 sin faltar un día. Conocía los horarios de cada oficio litúrgico, sabía el nombre de cada religiosa, sabía quién dormía mal, quién sufría de rodillas, quién había pedido permiso a la superiora para escribir a su familia en México. Le pusieron el
apodo de Hermana Paz. No era religiosa devotos. Las comunidades contemplativas en El Salvador permiten la figura canónica de la oblata secular. Personas laicas que viven junto a la comunidad, participan de la vida religiosa, pero no toman hábito definitivo ni hacen votos públicos.
La figura existe en el derecho canónico desde el siglo IX y la oblata en formación en etapa inicial no tiene obligación legal de registrarse en ningún padrón administrativo civil. Margarita se presentó como oblata en formación y en ese rol era un fantasma para el estado. Ahora bien, si usted cree que Margarita Campos Celaya encontró la paz en ese convento, si usted cree que se arrepintió de verdad, que rezó de verdad, que cortó sus vínculos con la estructura criminal y dejó de ser quien era, hay una parte de esta historia que necesita escuchar.
¿Sabe qué hacía la palomita los martes y los viernes por la tarde mientras sus hermanas de comunidad rezaban las vísperas en la capilla? Los martes y los viernes, la comunidad del convento permitía a las oblatas salir al pueblo de Chalchuapa a realizar gestiones básicas, compras para la cocina, mandados menores, trámites que la comunidad no podía resolver por sí sola, una hora de salida, máximo hora y media, supervisada en el primer mes, libre después, cuando la confianza ya estaba asentada. Y en esa hora, Margarita
Campos Celaya se sentaba en un banco del parque central de Chalchuapa, a dos cuadras del mercado, y revisaba mensajes cifrados en una aplicación de mensajería encriptada desde un teléfono que tenía escondido dentro de una imagen de la Virgen de Fátima vaciada por dentro en el cuarto que le habían asignado en el ala este del convento.
Su estructura no había muerto. Había encogido, sí. Había perdido territorios enteros. Había perdido operadores, había perdido coberturas, había perdido años de construcción, pero el núcleo seguía vivo. Dos colaboradores que no habían sido capturados durante el régimen seguían operando en Soyapango y en una zona del municipio de Apopa.
Las órdenes que recibían llegaban fragmentadas en código desde ese teléfono escondido y el dinero seguía moviéndose en cantidades mucho menores que antes del régimen a través de cuentas de terceros que no tenían historial criminal. registrado, pero seguía moviéndose. 400 días así, la palomita rezando por las mañanas y coordinando extorsiones por las tardes hasta que algo se rompió.
¿Y sabe qué fue lo que finalmente delató a Margarita Campos Celaya después de más de un año escondida en ese convento? ¿Qué fue el hilo que jaló todo? Un error pequeño, casi ridículo. El tipo de error que solo cometen las personas que llevan demasiado tiempo sintiéndose seguras. Uno de sus dos colaboradores activos fue capturado en octubre de 2023 durante un operativo de la Policía Nacional Civil en el municipio de Apopa.
Llevaba 3 meses moviéndose con más confianza de la prudente, convencido de que el grueso de la operación policial ya había pasado su punto más alto. Estaba equivocado. Fue procesado, ingresó al sistema penal y en las primeras horas de detención, bajo la presión de los interrogadores de la División de Investigación Criminal, mencionó una referencia geográfica.
No dio un nombre, no dio una dirección, solo dijo que la jefa estaba en algún punto entre los departamentos de Santa Ana y Ahuachapán, que vivía con monjas, que llevaba más de un año así. Los investigadores tardaron cuatro semanas en cruzar esa referencia con los expedientes que tenían de mujeres con orden de captura activa vinculadas al barrio 18 en el departamento de San Salvador.
4 semanas de trabajo de gabinete, cruce de fichas, revisión de reportes de desaparición del radar de personas con perfil criminal entre 2022 y 2023. Y cuando llegaron al expediente de Margarita Campos Celaya, un analista de 26 años que llevaba dos en la unidad recordó un detalle que había leído tres meses antes.
En una intervención telefónica del año 2020, en una llamada de 42 minutos entre Margarita y una de sus colaboradoras, había una sola línea sin relevancia operativa que nadie había marcado como prioritaria. Margarita decía que de niña siempre había querido ser monja, que su abuela la llevaba al convento de Cuscatlancingo de pequeña y que siempre le había aparecido un lugar donde nada malo podía pasar.
Una línea en un expediente de hace 3 años en una conversación sobre nada, registrada por protocolo y archivada sin señalar y fue suficiente para que el analista pusiera el nombre sobre la mesa. El equipo de inteligencia tardó dos semanas adicionales en confirmar la ubicación sin comprometer la operación. Actuaron con discreción total.
No enviaron unidades visibles a Chalchuapa, no preguntaron en el pueblo, no contactaron a nadie vinculado al convento. Usaron análisis de señal de dispositivos electrónicos en la zona y el testimonio adicional de una segunda persona detenida en un operativo diferente que confirmó el área geográfica de Santa Ana sin saber que el equipo ya tenía el dato casi cerrado.
Cuando las dos confirmaciones coincidieron, solicitaron la orden judicial. El juez la firmó el 13 de noviembre de 2023 a las 11 de la noche. Lo que pasó 12 horas después es lo que usted vino a ver. El 14 de noviembre de 2023, a las 4:20 de la mañana, tres unidades de la Policía Nacional Civil en coordinación con agentes de la División de Investigación Criminal se apostaron en los cuatro accesos del convento de la Inmaculada Concepción en Chalchuapa.
43 efectivos en total. La operación se llamó internamente operativo Alba, sin cámaras, sin cobertura de prensa, sin anuncio previo. El objetivo era la captura limpia, sin incidentes, respetando el recinto y a las religiosas que vivían en él. Llamaron a la puerta a las 4:30 en punto. La madre superiora abrió ella misma, 74 años, bata blanca, el rosario en la mano, los ojos todavía con el sueño encima.
Los agentes le mostraron la orden judicial, le explicaron de manera directa y respetuosa lo que necesitaban, le pidieron que despertara a todos los residentes del convento y los reuniera en el refectorio sin alarma, sin explicaciones. La madre superiora procesó lo que estaba pasando en silencio.
Asintió, dijo que iba a buscar a las hermanas. Lo que todavía no sabía era por quién venían. Las 12 religiosas bajaron al refectorio en fila, en silencio, con sus hábitos o sus camisones. según quién había tenido tiempo de vestirse antes de bajar. Algunas con los ojos muy abiertos por la sorpresa, otras con expresión de oración, acostumbradas desde décadas a enfrentar lo inesperado desde la calma.
Y detrás de ellas, caminando despacio con la cabeza baja vestida con una bata marrón larga y unos chanclos de plástico negro, llegó Margarita Campo Celaya. Un agente la identificó de inmediato comparando la fisonomía con la fotografía del expediente, le pidió su nombre. Ella levantó los ojos y dijo con voz tranquila, “Soy la hermana Paz.
” Le mostraron la fotografía, le repitieron la pregunta y Margarita Campos Celaya, alias La Palomita, excoordinadora de célula del barrio 18 revolucionarios, buscada por el Estado salvadoreño desde abril de 2022 con cargos de extorsión agravada con resultado de muerte, homicidio facilitado y pertenencia a estructura terrorista, bajó los ojos al suelo de ese refectorio y ya no dijo nada más.
La esposaron ahí mismo, frente al altar de la sagrada cena, que las religiosas habían colgado en la pared norte del comedor en 1971, frente a la madre superior a que llevaba cuatro décadas de vida consagrada y que en ese momento entendió de golpe 400 días de conversaciones, de rezos compartidos, de silencios que de repente cobraban otro significado.
Ese fue el momento exacto en que la mentira más larga de esta historia se rompió y se rompió en el mismo lugar donde había nacido. El registro del cuarto duró 40 minutos. Encontraron el teléfono exactamente donde el análisis de señal lo había ubicado con mayor probabilidad dentro de una imagen de la Virgen de Fátima de Cerámica.
Comprada tres semanas después de su llegada al convento en un mercado de artesanías de Chalchuapa, vaciada por dentro con herramientas pequeñas y sellada nuevamente con pegamento blanco, encontraron dos tarjetas SIM adicionales dentro de la suela de un par de zapatos planos que guardaba en el fondo del ropero.
encontraron anotaciones en clave escritas con lápiz en los márgenes de un devocionario de cubierta verde en letra muy pequeña en los espacios entre los salmos y encontraron debajo del colchón de lana un sobre de papel manila con $4,300 en efectivo. El teléfono contenía 400 mensajes en la aplicación encriptada, imágenes, códigos, referencias.
El análisis forense de ese dispositivo tardó semanas, pero las primeras revisiones fueron suficientes para confirmar que Margarita Campos Celaya había operado activamente desde el convento hasta 4 días antes de su captura. 4 días, solo 4 días de silencio antes del operativo, probablemente porque el segundo colaborador había detectado algo raro y había pedido pausa.
No fue suficiente. Margarita Campo Celaya fue trasladada esa misma mañana, antes de las 6 a las instalaciones de la División de Investigación Criminal en San Salvador, sin declaraciones a la prensa, sin imágenes en el momento de la captura. La discreción operativa se mantuvo incluso después del arresto. En las horas siguientes, la información extraída de los primeros mensajes del teléfono permitió localizar y capturar al segundo colaborador activo que aún operaba en el municipio de Soyapango.
Fue detenido [música] ese mismo mediodía. El cerco de 273 negocios extorsionados que Margarita había construido durante años quedó sin cabeza visible por primera vez en una década. El Ministerio de Seguridad Pública informó de la captura ese mismo día a las 2 de la tarde. El presidente Nayib Bukele desde su cuenta oficial en la red social X escribió una sola frase que circuló en miles de capturas de pantalla en las horas siguientes.
En El Salvador no hay escondite, ni convento, ni montaña, ni frontera. El régimen los alcanza a todos. Tenía razón. La palomita ingresó al centro de confinamiento del terrorismo, El Secot, el 18 de noviembre de 2023, 4 días después de su captura. Hoy cumple condena por los cargos de pertenencia a estructura terrorista, extorsión agravada con resultado de muerte y obstrucción de la justicia en el marco del régimen de excepción.
La comunidad de religiosas del convento de la Inmaculada Concepción recibió asistencia institucional en los días posteriores al operativo. Una psicóloga del Ministerio de Salud visitó el convento durante tres semanas consecutivas. Las hermanas procesaron lo que había pasado con la misma disciplina interior con la que procesaban todo, en silencio, en oración, en comunidad.
La madre superiora, en declaraciones a los investigadores, dijo que Margarita Campos Celaya había sido la oblata más devota que habíamos tenido en 20 años, que nunca levantó la voz, que ayudaba a las hermanas mayores a subir las escaleras, que lloraba en la capilla, que sabía de memoria más oraciones que cualquiera de las novicias que habían pasado por ahí, que en los 400 días que vivió entre ellas nunca hubo una sola señal, nada que no encajara, nada que las pusiera en alerta.
La devoción era real, el arrepentimiento inventado. Y eso es lo que hace de esta historia algo que va más allá de un caso individual, porque hay algo que los investigadores detectaron en el análisis del expediente de la palomita que cambia la forma de entender cómo estas estructuras criminales se adaptan cuando el Estado aprieta.
Algo que convirtió este caso en un punto de referencia para la unidad antipandillas. Margarita Campos Celaya no improvisó. Preparó su plan de escape con meses de antelación al régimen de excepción. En las intervenciones telefónicas de 2020 y 2021 hay referencias dispersas que solo cobran sentido ahora. Conversaciones sobre recintos religiosos, preguntas indirectas sobre procesos de ingreso a comunidades contemplativas, comentarios sobre el marco legal que regula los allanamientos a propiedades de la iglesia. Alguien dentro de la estructura
había hecho el trabajo legal previo. Alguien con acceso a asesoría jurídica. Eso significa que dentro de los rangos medios y altos del barrio 18 revolucionarios antes del régimen existía ya un protocolo de emergencia que contemplaba los recintos religiosos como posibles coberturas de alta duración para personas con perfil de liderazgo.
Y si ese protocolo existía para Margarita, existía para otras personas. Los investigadores que trabajaron el caso Campo Celaya llevan desde diciembre de 2023 revisando expedientes de mujeres con orden de captura activa que desaparecieron del radar operativo entre marzo y agosto de 2022. Mujeres que no salieron del país según los registros migratorios.
Mujeres sin actividad criminal documentada desde entonces. Mujeres que como Margarita pueden estar en lugares donde nadie pensaría ir a buscarlas. El número de expedientes activos en esa revisión no ha sido hecho público, pero fuentes cercanas a la investigación señalan que el caso de Margarita Campos Celaya cambió los protocolos de búsqueda de la Unidad Antipandillas.
A partir de enero de 2024, los analistas empezaron a cruzar los expedientes de personas con orden de captura activa, con registros de comunidades religiosas, casas de retiro y centros de acogida de perfil bajo en todos los departamentos del país. Una revisión que antes no existía porque nadie la había necesitado.
Esta historia no ha terminado. Los nombres de esas mujeres todavía no han salido a la luz. Cuando salgan, van a estar aquí primero. Si este video llegó a sus manos, compártalo ahora. Hay personas en su comunidad que necesitan saber que el régimen de excepción del Salvador no tiene puntos ciegos, que la justicia llega tarde o temprano hasta donde menos la esperan y que 400 días de rosario y pisos fregados no borran los nombres de las víctimas del mecánico de Tonacatepeque, de la maestra de Soyapango, del señor de 72 años que vendía frutas y recibía
llamadas todos los lunes a las 7 de la mañana. Esos nombres los tiene el Secot ahora. Yeah.