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CAYÓ “LA PALOMITA” Barrio-18: Se Hizo Pasar Por MONJA Pero NI DIOS La SALVÓ Del CASTIGO

400 días. Eso fue lo que duró el engaño. 400 días. Rezando el rosario, fregando los pisos del convento, inclinando la cabeza ante el altar. 400 días en los que nadie, absolutamente nadie, supo que la mujer que encendía las velas cada mañana a las 5 era buscada por el estado de El Salvador con orden de captura y cargos por extorsión agravada, homicidio y pertenencia a estructura criminal.

 Se llamaba Margarita Campos Celaya, pero en las calles de Soyapango la conocían como la palomita. Y lo que hizo dentro de ese convento es una historia que todavía cuesta creer. Hoy le voy a contar como una pandillera de alta peligrosidad con años de carrera criminal dentro del barrio 18 revolucionarios encontró en la religión la mejor pantalla de su vida.

¿Cómo logró engañar a una comunidad entera de religiosas durante más de un año? ¿Cómo coordinó extorsiones desde el cuarto de un convento en Santa Ana mientras las hermanas rezaban a su lado? ¿Cómo el régimen de excepción la alcanzó igual? ¿Y qué pasó el día que los agentes de la Policía Nacional Civil llegaron tocando la puerta de ese convento a las 4:30 de la mañana? Quédese hasta el final porque hay un detalle en esta historia que cambia todo lo que usted cree entender sobre cómo operan estas estructuras criminales

cuando se sienten acorraladas. Un detalle que los investigadores tardaron semanas en conectar y que cuando lo conectaron abrió una línea de investigación que sigue activa hoy mismo. Si usted vive en una comunidad donde la extorsión y el crimen han destruido familias, este canal es para usted.

 Dale play a este video ahora mismo, porque lo que vamos a contar hoy tiene nombre, apellido y preso en el SECOT. Suscríbase al canal, active la campanita y comparta este video con alguien que todavía piensa que estas personas se escapan para siempre. Margarita Campos Elaya nació en el municipio de Ilopango en 1989, la tercera de siete hermanos, madre que vendía pupusas en la calle y padre que trabajaba construcción cuando había trabajo.

 Una infancia como la de muchos en esas colonias. La colonia Guadalupe en la zona sur de Ilopango era para entonces uno de los sectores con mayor presencia del barrio 18 revolucionarios en el departamento de San Salvador. Las esquinas tenían dueño, los negocios pagaban y los jóvenes que crecían ahí aprendían muy rápido que había dos caminos, el que cruzaba hacia adentro o el que intentaba salir.

 Margarita a los 14 años ya estaba pegada a los muchachos de la esquina, no por romanticismo, por pragmatismo. Veía lo que pasaba con las familias que pagaban la renta y con las que no. veía quién tenía algo para comer y quién no. A los 16 ya tenía clica, a los 18 ya tenía muertos en su historial, no como ejecutora directa, que eso era lo que ella siempre sostuvo.

 Pero las investigaciones posteriores demostraron que al menos tres homicidios ocurridos entre 2009 y 2014 en la zona de Soyapango fueron ordenados o facilitados por Margarita Campos Celaya. ¿Cómo llegó una mujer a escalar tan rápido dentro de una estructura que históricamente reservaba los puestos de poder para los hombres? Porque Margarita tenía algo que muy pocos pandilleros tienen, cabeza fría y memoria perfecta.

 Recordaba números, recordaba nombres, recordaba quién le debía, a quién y cuánto. La clica del barrio 18 en la zona de Soyapango la empezó a usar primero como mensajera, después como administradora, después como enlace con estructuras en San Miguel y en La Unión. La confianza se construyó despacio durante años hasta que Margarita Campos Celaya fue reconocida dentro de la estructura como la persona que mantenía los hilos de la economía criminal funcionando cuando los hombres estaban presos o muertos.

 Y para el año 2018, la palomita manejaba una red de extorsión que tocaba 273 negocios en tres municipios distintos del departamento de San Salvador. 273 familias que cada semana, cada 15 días, cada mes, según el acuerdo que les habían impuesto, sacaban dinero de sus cajas y lo entregaban porque la alternativa era peor.

 Los nombres de sus víctimas llenan carpetas en los archivos de la División de Investigación Criminal. un mecánico del municipio de Tonacatepeque al que le quemaron el taller porque se atrasó tres semanas en el pago. El hombre tenía 38 años, dos hijos y el taller era lo único que había construido con sus manos en 10 años. Después del incendio, nunca volvió a abrir.

 Una maestra de escuela pública en Soyapango, que perdió a un sobrino de 19 años porque intentó denunciar ante la policía que no iba a pagar más, le dijeron que no era prudente, insistió. Tres semanas después enterró al sobrino, un señor de 72 años que vendía frutas en el mercado municipal de Ilopango y que recibía llamadas todos los lunes a las 7 de la mañana sin falta, llueva o no llueva, haya feria o no haya, $30 cada semana.

 Para alguien que vendía mangos y jocotes, $30 semanales era casi la mitad de lo que ganaba. Llevaba 4 años pagando cuando lo capturaron al que hacía las llamadas. Y cuando creyó que había terminado, le llegó una nueva llamada desde un número diferente con la misma voz de siempre. Esas llamadas salían de números que rotaban cada pocos días, pero el cerebro detrás de los números era siempre el mismo. Era la palomita.

 Había también una dimensión que los investigadores fueron descubriendo con el tiempo y que hacía de Margarita Campos Celaya un caso especialmente peligroso. La mayoría de los operadores de extorsión tienen un perfil de violencia directa que los hace visibles. Amenazan en persona, aparecen en los negocios, se muestran.

 Margarita nunca se mostraba. Operaba por capas a través de personas que no sabían quién era la fuente de las órdenes. Una víctima podía estar pagando durante 2 años sin haber visto nunca a la persona que controlaba su vida. Eso la hacía casi imposible de señalar en una denuncia. Y entonces llegó el régimen de excepción. Marzo de 2022.

 El presidente Nayib Bukele firmó la suspensión de garantías constitucionales y la Policía Nacional Civil y la Fuerza Armada de El Salvador salieron a barrer el país con una velocidad que nadie dentro de las estructuras criminales había calculado. En los primeros 90 días ya habían caído más de 35,000 personas vinculadas a maras y pandillas.

 Los liderazgos medios se desmontaron enteros. Las redes de cobro colapsaron en sectores donde habían funcionado sin interrupción durante 15 o 20 años. La velocidad de las capturas agarró a muchos pandilleros sin plan B. Margarita sí tenía plan B. ¿Y sabe cuál era ese plan? Desaparecer sin irse, quedarse en El Salvador, pero convertirse en alguien que nadie estaría buscando.

 Habían caído seis de sus contactos directos en los primeros 40 días del régimen. Dos de sus colaboradoras más cercanas estaban en Bartolinas esperando proceso. El cerco se apretaba desde adentro y desde afuera y Margarita tomó una decisión que en 20 años de trabajo policial ningún investigador de la unidad antipandillas había visto antes en un caso real.

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