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OMAR “GATO” ORTIZ : LA VERDAD SALIO A LA LUZ

El jugador se va a casa, pierde la estructura [música] del club, pierde el sueldo, pierde los compañeros, pierde el horario que lo mantenía ordenado y queda [música] solo con su propio criterio. Para algunos eso es un paréntesis incómodo. Para el Gato Ortiz fue [música] una puerta que ya estaba entreabierta. Pero, ¿cómo llegó a ese punto? Lo que pasó en los dos años que siguieron, nadie [música] te lo contó completo.

Te lo cuento ahora. Esta es la segunda, sin cancha, sin sueldo de futbolista, sin el entrenamiento [música] matutino que te saca de la cama, sin el técnico que vigila con quien te juntas, sin el club que administra tu tiempo. Un deportista suspendido queda a su propio criterio y el criterio del Gato Ortiz lo llevó a las fiestas privadas de la ciudad, no las de [música] los aficionados, las otras, las que se hacen en ranchos del área metropolitana [música] donde no hay fotógrafos en la puerta, donde la gente que llega tiene dinero, [música]

pero no necesariamente nombre limpio, donde nadie pregunta de dónde [música] viene lo que paga la mesa. El gato tenía algo que abría esas puertas sin resistencia, el apellido deportivo. Un exportero de la selección nacional no levanta sospechas en ninguna reunión de ese tipo. Es exactamente el [música] tipo de invitado que le da a una fiesta la legitimidad social que sin él no tendría.

Y en esas reuniones fue donde la célula del cártel del Golfo encontró exactamente lo que buscaba. No al gato como sicario, no como operador, no como el que ejecuta. Al gato como ojos. Pero aquí viene algo que me cuesta trabajo decir, porque la manera en que el gato llegó a ser útil para esa banda no fue con una propuesta directa, no fue, [música] “Oye, queremos que trabajes con nosotros.

” Fue algo más gradual, más invisible, más difícil de detectar en el momento. Fue [música] el tipo de proceso que cuando lo ves desde afuera parece una elección obvia, pero que cuando lo vives desde adentro [música] se siente como una pendiente que no notas hasta que ya no puedes subir. Guárdate esa imagen, porque cuando llegues al bloque de la tortura, vas a necesitarla para entender por qué dos versiones tan distintas pueden coexistir.

La Procuraduría de Nuevo León reconstruyó su función, identificar víctimas de alto perfil dentro de su propio círculo social. Y el detalle que hace que esto sea diferente a cualquier informante anónimo de esquina es el siguiente. El gato no señalaba a desconocidos, señalaba a personas que lo conocían a él, que lo saludaban cuando llegaba, que le contaban sus cosas porque era el Gato Ortiz, el portero, el tipo del fútbol, el hombre con el que podían sentarse sin sentir que estaban en peligro.

Iba a las fiestas, escuchaba, observaba quién tiene el rancho en García, quién habló de su empresa con ese entusiasmo, quién llega siempre solo, sin seguridad, pasaba esa información a la banda. Por cada dato cobrable recibía hasta 100000 pesos. 100,000 pesos por señalar a alguien con el dedo. Más de lo que un maestro mexicano gana en un año completo, sin riesgo directo, sin armas, sin estar en el levantón, solo con los ojos bien abiertos en la fiesta correcta.

Eso dice el estado. El propio gato Ortiz lo respondió en entrevista. Dicen que yo hacía fiestas o iba a las fiestas y que yo ponía a las víctimas. Pero la gente que me conoce sabe que yo era fiestero, pero en mi casa. Fiestero, pero en su casa. ¿Cómo ves eso? ¿Un que niega todo? ¿O un hombre que no puede admitir que el precio de sus fiestas lo pagaron personas que creyeron que eran sus amigos? Porque eso es lo que duele, no que secuestraran a desconocidos, que usaran la confianza que la gente le tenía por su nombre deportivo para

entregarlos. Eso tiene un nombre y no es uno bonito. Pero esto todavía no es lo más grave. Lo más grave tiene nombre propio y ese nombre es Armando Gómez. Esta es la tercera. 7 de octubre de 2011. Norte de la zona metropolitana. Armando Gómez maneja hacia su destino en una noche de viernes de octubre.

Abogado de profesión, esposo de Gloria Trevi desde 2009 o padre de su hijo Ángel Gabriel. Lo interceptaron en cuestión de minutos. Un comando armado, sin aviso, sin posibilidad de reacción, privado de su libertad. Cuando México supo que habían secuestrado al esposo de Gloria Trevi, fue noticia en todos los noticieros del país.

No era cualquier víctima. Era la pareja de la cantante que México había visto pasar por todo lo que se puede pasar y [música] que seguía en pie. La noticia se extendió. Gloria Trevi [música] habló. El país esperó y Armando Gómez fue liberado. Meses después, cuando la banda fue desarticulada y el gato Ortiz fue presentado ante los medios, el nombre de Armando Gómez [música] estaba en el expediente.

Aquí voy a pedirte que te detengas un segundo, porque lo que viene ahora es la parte más complicada de decidir cómo contar. La víctima del secuestro más mediático de toda la investigación fue entrevistada después de su liberación y le preguntaron directamente [música] por el exportero de Rayados, por el hombre que supuestamente había sido el cazador de la banda, el que lo señalaba desde las fiestas, el que recibía 100000 pesos por cada dato. Y Armando Gómez respondió esto.

A él yo ni lo conozco. No tiene nada que ver. Las personas que a mí me secuestraron [música] están en tal parte. Pausa. La víctima lo deslindó. El hombre que vivió el secuestro en carne propia. El que sabe exactamente quiénes estuvieron involucrados. El que tenía todos los motivos del mundo para señalar a quien fuera responsable.

dijo que el gato Ortiz no tuvo nada que ver con lo que él vivió y que ni siquiera lo conocía. Y aún así, el gato Ortiz tiene 75 años de sentencia. ¿Cómo es posible? Porque la Procuraduría documentó participación en al menos 20 secuestros en Nuevo León. El tribunal lo condenó por tres de ellos. El de Armando Gómez no fue necesariamente uno de esos tres, pero el nombre de Gloria Trevi es el que México recuerda cada vez que escucha al gato.

Porque fútbol, espectáculo [música] y crimen organizado en una sola historia no se suelta. Y porque la pregunta que esa combinación genera sigue sin respuesta definitiva. El gato señaló a Armando Gómez en alguna de las reuniones donde hacía su trabajo o es un nombre que apareció en el expediente por la gravedad mediática del caso y la conveniencia de cerrar ese archivo con un culpable conocido.

El gato Ortiz dice que ni lo conocía. El expediente dice otra cosa y esa tensión entre la víctima que lo deslinda y el juez que lo condena es exactamente el tipo de contradicción que en México a veces no tiene respuesta. Lo que viene ahora es lo que el Gato Ortiz nunca quiso firmar y lo que pasó cuando lo obligaron.

Esta es la cuarta, la que te dije que era la más importante. [música] 4 de enero de 2012. Omar Ortiz sale en su carro. Miércoles en el noreste, 8 de la noche. Hay algo importante en esa fecha. La inhabilitación por dopaje estaba a punto de terminar. Faltaban meses. El fútbol lo esperaba.

Todos en el medio sabían que el gato iba a volver. Se hablaba de él. Se especulaba con qué club lo iba a contratar. Había quienes decían que todavía tenía nivel para jugar. Y en ese momento exacto, cuando la vida del fútbol estaba a punto de volver, personas armadas lo interceptaron en la calle sin identificación, vestidos de civil.

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