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Gayatri Devi: La Reina Más Bella de la India… y Despertó en una Celda

Sí, pero también entre ausencias. Su madre brillaba con tanta fuerza que a veces era difícil alcanzarla. Los relatos de la época cuentan que la pequeña Ayesha adoraba a esa madre deslumbrante y al mismo tiempo la perseguía con la mirada, buscando un poco de la atención que siempre parecía repartirse entre demasiados viajes, demasiadas fiestas, demasiado mundo.

Era una niña rica que tenía de todo y que, sin embargo, a veces se quedaba sola en habitaciones inmensas escuchando el silencio de un palacio. La salvaban sus hermanos. eran varios y entre ellos formaban un mundo aparte, un pequeño clan que corría por los jardines de Kuche que se inventaba juegos en los pasillos interminables, que se protegía de las ausencias de la madre con la compañía mutua.

Pasaban temporadas en el palacio familiar, rodeados de elefantes, de criados, de animales y otras temporadas, viajando por Europa al ritmo frenético de Indira. Una infancia partida en dos, la India profunda de un lado, los hoteles de lujo de Londres y de la Riviera del otro. Gayatri crecía entre esos dos mundos sin pertenecer del todo a ninguno.

Hablaba inglés con acento perfecto y bengalí con los suyos. Sabía qué tenedor usar en una cena de gala en Europa y también cómo seguir el rastro de un animal en la espesura. Esa doble pertenencia, esa rara mezcla de oriente y occidente, de tradición y modernidad, la acompañaría toda la vida y la volvería imposible de encasillar.

En Shantiniquetan, la escuela del poeta Tagore, encontró durante un tiempo algo parecido a la paz. Allí no había muros gruesos ni cortinas. Las clases se daban sentados sobre el pasto. A la sombra de los árboles, escuchando el viento entre las hojas. Se aprendía a observar la naturaleza, a escribir, a pensar.

Para una niña acostumbrada al lujo frío de los palacios, aquel lugar sencillo fue un descubrimiento. Quizá fue ahí, entre aquellos árboles, donde empezó a germinar, sin saberlo, la idea que años después la haría fundar su propia escuela. La educación de Gayatri fue un viaje por medio planeta. De los árboles de Shantiniquetan pasó a los internados de Suiza con sus lagos helados y su disciplina de relojería y de ahí a Londres.

Aprendió francés, mejoró su inglés hasta volverlo indistinguible del de una inglesa de cuna. Estudió música. Aprendió a bailar, a montar a caballo con la elegancia de una amazona, a Feratín, a sentarse a una mesa de gala europea sin que le temblara el pulso. Londres. sobre todo la transformó. Llegó siendo una adolescente y se encontró de pronto en el corazón del imperio que gobernaba su propio país, en una ciudad de teatros, de bailes, de jóvenes herederas que se preparaban para ser presentadas en sociedad.

Allí, según contaría ella misma años después, descubrió algo que la acompañaría siempre, que su belleza llamaba la atención por donde pasara. Las cabezas giraban cuando entraba en un salón. Los hombres buscaban que se la presentaran y aquella muchacha que en la India debía vivir entre cortinas en Europa caminaba con la cabeza alta por las calles más elegantes del mundo.

Vivía partida entre dos lógicas opuestas. En Occidente, una joven moderna y deslumbrante. En su tierra una princesa a la que se esperaba sumisa y oculta. Aprendió a moverse entre ambos códigos con una naturalidad asombrosa, aunque por dentro nunca dejó de preguntarse cuál de los dos mundos era de verdad el suyo, pero también aprendió otra cosa, algo que no figuraba en los programas de ninguna escuela suiza.

Aprendió a disparar porque la vida de la realeza india de aquellos años tenía un lado salvaje que hoy nos resulta casi imposible de creer. cacerías en la selva, los tigres, los leopardos, los elefantes avanzando entre la maleza con los cazadores encima. Era el deporte de los príncipes, una prueba de coraje tanto como de puntería. Y en ese terreno de hombres, la pequeña Gayatri demostró desde niña un carácter de hierro que dejaba mudos a los adultos.

Tenía 12 años cuando cobró su primera pieza grande. Había salido al amanecer con los cazadores, montada en silencio, conteniendo la respiración como le habían enseñado. el calor pegajoso de la selva, el zumbido de los insectos, el crujido de las hojas bajo las patas de los elefantes y de pronto entre la maleza, el movimiento, la orden en voz baja, el instante en que todo se detiene. 12 años.

Una niña que sostenía un rifle casi tan alto como ella y que, según ella misma, contaría décadas más tarde, apuntó, respiró y no tembló. La detonación rompió el silencio de la selva. Cuando el humo se disipó, los cazadores adultos la miraban con una mezcla de asombro y respeto. Aquella criatura menuda, de ojos enormes, no era frágil.

Aquella niña ya entonces no se parecía a nadie. Y fue más o menos en esos años cuando ocurrió el encuentro que lo cambiaría todo. Llegó a Kuchar, un hombre que jugaba al polo como pocos en el mundo. Alto, atlético, elegante, hasta en la forma de bajarse del caballo, con una sonrisa que paralizaba salones enteros y una seguridad que llenaba cualquier habitación apenas entraba. Era el Maharajaá de Jaipur.

Se llamaba Mansen, aunque todos lo conocían por un apodo corto y luminoso. Jay Gayatri era casi una niña. Él, un hombre ya hecho, mucho mayor que ella, con una posición y una fama enormes en toda la India. Cualquiera que los viera diría que esa historia no podía ir a ninguna parte.

Pero algo se encendió en el pecho de aquella niña que cazaba tigres y no se apagaría en más de 20 años. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. Aquel primer encuentro dejó una huella que Gayatri no pudo borrar. Era demasiado joven para ponerle nombre a lo que sentía, pero lo guardó dentro como se guarda un secreto que da miedo y alegría al mismo tiempo.

Y mientras crecía, mientras viajaba por Europa y aprendía a comportarse como una princesa moderna, ese nombre seguía ahí latiendo bajo todo lo demás. Yai, cada vez que él volvía a cruzarse en su camino, en algún torneo, en alguna cacería, en alguna reunión de la realeza, el corazón de la joven daba un vuelco que ya no lograba disimular.

Los años fueron tejiendo una relación lenta, hecha de encuentros espaciados y de largas separaciones. Hai vivía en Hypur, a miles de kilómetros. Ella entre Kuch, Behar y Europa, entre una visita y otra podían pasar meses, pero cada reencuentro confirmaba lo mismo. No era un capricho de niña que el tiempo iba a borrar.

Era algo que crecía justo cuando todo el sentido común decía que debía apagarse. Se escribían, se buscaban, inventaban motivos para coincidir y poco a poco lo que parecía imposible empezó a parecer, al menos para ellos dos, lo más natural del mundo. El problema era que Hai no estaba libre ni de lejos. El Maharajá de Haipur ya tenía dos esposas.

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