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De “rescatar” católicos a encontrar su hogar en la Iglesia: El impactante testimonio del misionero Andrés Felipe Morales

El martes que lo cambió todo

Era un martes de marzo de 2021 en San Pablo Villa de Mitla, Oaxaca. El calor comenzaba a apretar sobre el patio de tierra de una sencilla casa de adobe. Andrés Felipe Morales Vega, un misionero evangélico con ocho años de experiencia y una formación rigurosa en Texas y Monterrey, se encontraba haciendo lo que mejor sabía hacer: explicarle a una familia local por qué debían abandonar la Iglesia Católica para unirse a su congregación, la “Misión Luz de las Naciones”.

Andrés conocía bien a esa familia. Había compartido su mesa, sus alegrías y sus penas durante dos años. Pero esa mañana, Sebastián, un niño de apenas nueve años con una mirada carente de filtros, interrumpió su discurso con una pregunta de una sencillez devastadora: “Andrés, ¿cuándo nació tu iglesia?”.

En ese momento, el tiempo se detuvo. Andrés sabía la respuesta técnica: su organización había sido fundada en 1987 por un pastor en Houston. Sin embargo, también sabía que si Sebastián le preguntaba por la Iglesia Católica, la respuesta era “hace dos mil años, con Jesús y Pedro”. La lógica era implacable: estaba pidiendo a una familia que abandonara una institución milenaria por una que apenas tenía 34 años de existencia. Ese fue el inicio de un terremoto espiritual que terminaría por llevarlo de regreso a la fe que antes intentaba desacreditar.

Una vida dedicada a la misión

Andrés no era un improvisado. Nacido en Monterrey, creció en el seno de una familia evangélica donde la fe era el motor de todo. Para él, el catolicismo no era solo una religión distinta, sino un conjunto de “tradiciones humanas” que alejaban a las personas del verdadero mensaje de Cristo. Con esta convicción, se formó intensamente en estudios bíblicos, apologética y evangelización.

Su labor en Oaxaca fue genuina. Aprendió zapoteco para comunicarse con los ancianos, compartió el mezcal y la comida humilde de las comunidades, y desarrolló un amor real por la gente. Pero, como él mismo admite hoy con cierta vergüenza, su objetivo final era sistemáticamente socavar la fe católica de esas familias, utilizando versículos bíblicos memorizados para cuestionar la autoridad del Papa, la veneración a María y la validez de los sacramentos.

La búsqueda de la Iglesia invisible vs. la historia visible

Tras la pregunta de Sebastián, Andrés pasó noches en vela. Su refugio siempre había sido el Evangelio de Mateo, capítulo 16, versículo 18: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia”. Siempre le habían enseñado que esa “iglesia” era una entidad invisible, formada por todos los creyentes verdaderos. Pero esa madrugada, en su cuarto de adobe, surgió una duda nueva: ¿Dónde está esa iglesia hoy?

Si Cristo prometió que las puertas del infierno no prevalecerían contra ella, esa iglesia debía tener una continuidad real, histórica y localizable. Al investigar, Andrés se dio cuenta de que ninguna de las denominaciones protestantes o evangélicas podía trazar su historia más allá de unos pocos siglos. Solo una institución presentaba una cadena ininterrumpida de liderazgo desde los Apóstoles hasta la actualidad.

El encuentro con la verdad histórica

Decidido a encontrar respuestas, Andrés se acercó al padre Tomás Ríos Guzmán, el párroco local al que antes evitaba. En lugar de una defensa agresiva, encontró a un hombre sabio que le habló de la sucesión apostólica no como un concepto abstracto, sino como una evidencia documentada. El padre Tomás le entregó escritos de los primeros padres de la Iglesia, como Ignacio de Antioquía, quien ya en el año 107 d.C. utilizaba la palabra “Católica” para describir a la Iglesia fundada por Cristo.

“Sumergirse en la historia es dejar de ser protestante”, leyó Andrés en las obras de John Henry Newman. Esa frase se convirtió en su realidad. Al estudiar el Didaché y otros documentos del siglo I y II, descubrió que los primeros cristianos ya celebraban la Eucaristía, tenían una jerarquía de obispos y seguían una liturgia que se parecía mucho más a una misa católica que a un servicio de alabanza moderno con guitarras eléctricas.

El costo de la honestidad

La transición no fue fácil. Su honestidad intelectual tuvo un precio alto: perdió su asignación misionera, su beca de formación teológica y, temporalmente, el apoyo de la comunidad que había sido su familia durante años. En Monterrey, bajo la guía del diácono José Luis Herrera —él mismo un ex-pastor evangélico convertido—, Andrés atravesó un proceso de discernimiento profundo.

Enfrentó sus dudas sobre la Inquisición, las Cruzadas y los pecados de los miembros de la Iglesia a lo largo de la historia. La respuesta que encontró fue liberadora: la santidad de la Iglesia no depende de la perfección de sus miembros humanos, sino de la presencia constante de Cristo en ella.

El regreso a casa

El 8 de abril de 2024, durante la Vigilia Pascual en la parroquia Cristo Rey de Monterrey, Andrés Felipe Morales Vega fue recibido formalmente en la Iglesia Católica. Al recibir el agua del bautismo y su primera Eucaristía, sus pensamientos volaron de regreso a Oaxaca, a Sebastián y a su pregunta de tres palabras.

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