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Así es la vida de Thalia y su Mansión en 2026 | Sus Escándalos, Secretos, Amores Prohibidos y Más

Así es la vida de Thalia y su Mansión en 2026 | Sus Escándalos, Secretos, Amores Prohibidos y Más

Hay una dirección en Grenich, Concticut, que durante casi una década fue uno de los hogares más fotografiados del mundo del entretenimiento latino. No es una casa, es un proyecto arquitectónico de nueve habitaciones y 14 baños construidos sobre 5.7 haáreas de terreno, que termina en un lago privado con un puente peatonal que lleva a una isla que tampoco es de nadie más.

 La sala tiene techos revestidos con vigas de madera de 400 años de antigüedad traídas de otro continente. Hay un salón de belleza diseñado específicamente para ella con sus herramientas, sus productos, su mundo. Hay dos vestidores individuales de dos pisos, uno para cada miembro de la pareja. Porque cuando tienes la colección de ropa de Talía y la colección de arte de Tommy Motola, que incluye obras de Andy Warhall y Kate Harin, necesitas espacio en cantidades que la mayoría de la gente nunca ha necesitado. Y hay una piscina inspirada

en la del hotel Delano de Soul Beach que cuando el sol cae sobre el lago que está detrás de ella crea ese tipo de imagen que hace que la gente deje de hablar de lo que estaba hablando. La compraron en 2010 cuando era un centrocuestre. Pagaron 2.8 millones de dólares por un terreno sin urbanizar y pasaron 3 años construyendo lo que querían.

 En 2017 la pusieron a la venta por 19 millones dó la vendieron en 2019 por menos de lo que pedían, pero todavía fue uno de los negocios inmobiliarios más grandes de ese año en Connecticut. Esa mansión de Grenich es la más famosa de las propiedades que Talia y Tommy Motola han construido juntos, pero no es la única y no es la historia más importante.

 La historia más importante está mucho antes de Grenich, mucho antes de Tommy Motola, mucho antes de las telenovelas que hicieron llorar a medio planeta y de los discos que llegaron al número uno en toda América Latina. La historia más importante empieza en la Ciudad de México con una familia que en papel era perfecta y que en realidad estaba a punto de romperse de una manera que nadie de los que vivían dentro de ella podía anticipar todavía.

 Empieza con una niña que a los 4 años se quedó sin padre y que durante un año entero no pudo hablar. Ariad Natalia Sodi Miranda nació el 26 de agosto de 1971 en el hospital español de la Ciudad de México. Era la menor de cinco hermanas en una familia que mezclaba el arte. la ciencia y la intelectualidad de una manera que muy pocas familias mexicanas de esa época podían exhibir con la misma naturalidad.

Su padre era Ernesto Sodi Pallares. No era cualquier hombre. Era criminólogo, científico, escritor, miembro de una familia que venía de Florencia, Italia, y que había echado raíces en México desde el siglo XIX, cuando un ancestro llamado Carlos Sodi emigró a Oaxaca. Ernesto Sodi Payares tenía la clase del hombre que ha crecido sabiendo que pertenece a algo más grande que él mismo.

 Era también en el México de los años 60 una figura pública reconocida en su campo, un hombre que cuando entraba a una habitación la gente sabía que estaba ahí. Su madre era Yolanda Miranda Mané, pintora, empresaria, mujer de una energía que sus hijos heredaron en distintas proporciones. Era también el tipo de mujer que cuando la vida se cae encima no se queda en el piso.

 Eso también lo heredaron sus hijos, aunque no siempre de la misma manera ni al mismo tiempo. De ese matrimonio nacieron cinco hijas. Laura Zapata, la mayor, Federica, Gabriela, Ernestina, Italia, la menor, la última, la que llegaría al mundo con un nombre que su madre eligió por su afición a las historias griegas, el nombre de una de las musas de la mitología clásica.

 Cinco hijas, una familia completa en los documentos. Pero lo que existía en los documentos no era lo que existía en la realidad, porque cuando Talía tenía 4 años, su padre murió. Ernesto Sodi Payares murió cuando Talía tenía 4 años y el golpe que esa pérdida produjo en la niña más pequeña de la familia fue tan grande que durante un año entero Talia no habló.

 Un año de silencio total en una niña que apenas estaba aprendiendo que el mundo existía y que de pronto descubrió que el mundo podía quitarte lo más importante sin avisar y sin pedir permiso. Los médicos y los psicólogos que la atendieron durante ese año de mutismo no podían explicar del todo el mecanismo exacto de ese silencio, pero el resultado era claro.

 La pérdida del padre había sido demasiado para procesarla con palabras. Talia misma habló de ese periodo décadas después con una honestidad que dejaba sin respuesta a cualquier pregunta de seguimiento. Dijo que casi no habla de su padre porque le cuesta mucho recordarlo, que llegó a pensar que ella era la culpable de su muerte. Esa culpa específica que tienen los niños pequeños que no entienden todavía que el mundo no gira alrededor de sus propios pensamientos y que por tanto asumen que si algo malo ocurrió fue porque ellos hicieron o dejaron de hacer algo que lo

causó. La culpa de los 4 años de edad es una de las formas más crueles de dolor, porque no tiene ningún fundamento racional, pero se siente como la verdad más absoluta del mundo. Lo que pasó después del año de silencio fue lo que pasa cuando los niños sobreviven algo que los adultos no siempre sobreviven. volvió a hablar y cuando volvió a hablar habló con una intensidad que contrastaba con el silencio que la había precedido, como si el año de mutismo hubiera acumulado dentro de ella todo lo que tenía que decir y todo lo que tenía que

hacer y todo lo que tenía que ser y que de repente ese volumen de energía necesitara salir por algún lado. Yolanda Miranda no se quedó quieta después de la muerte de su esposo. No era el tipo de mujer que se queda quieta. Siguió adelante con sus cinco hijas. Siguió con su trabajo como pintora y empresaria. siguió construyendo la vida que la muerte de Ernesto había interrumpido sin haberla terminado.

 Era el tipo de madre que sus hijas mirarían décadas después y reconocerían como el origen de su propia resistencia, de su propia capacidad de seguir cuando todo el peso del mundo se acumula en un solo punto. Y en medio de ese hogar donde la madre pintaba y las hermanas mayores ya iban encontrando sus propios caminos, Talia descubrió desde muy niña que había algo en ella que necesitaba una audiencia para existir completamente.

 A los 4 años, el mismo año de la muerte de su padre, había empezado a tomar clases de ballet en el Conservatorio Nacional de Música de México. El cuerpo antes que las palabras, el movimiento como lenguaje cuando el verbal se había cerrado. Y estudió ballet con la seriedad de alguien que entiende desde muy temprano que eso no es un pasatiempo, sino una preparación para algo que todavía no tiene nombre.

 Estudió en el Liceo Franco mexicano donde aprendió a hablar francés con fluidez. era la menor de cinco hermanas en una familia donde la educación era una cosa que se tomaba en serio, donde el conocimiento era parte del aire que se respiraba igual que el arte y la ciencia eran parte de la conversación cotidiana porque venían en la sangre de ambos lados de la familia.

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