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El sofá de las verdades retransmitidas

Parte 1: El sofá de las verdades retransmitidas

Si tu pareja cuenta todo en el grupo de amigas antes de hablar contigo, la relación tiene público. Y no un público cualquiera, no es como ir al teatro y que la gente aplauda o tosa en los intermedios; es un público con derecho a voto, con capacidad de veto y con una artillería pesada de archivos multimedia listos para ser usados en tu contra. Sergio lo sabía, pero una cosa es saberlo en teoría, como quien sabe que el sol es una bola de gas a millones de kilómetros, y otra muy distinta es sentir el calor abrasador de la crítica social en el salón de tu casa un martes a las nueve de la noche.

Estaban en el sofá. Ese sofá gris marengo que compraron en las rebajas de una gran superficie y que, según el vendedor, era “indestructible y a prueba de manchas”. Lo que el vendedor no mencionó es que no era a prueba de silencios incómodos. El silencio en aquel salón de cuarenta metros cuadrados en el barrio de Arganzuela era tan espeso que se podía cortar con un cuchillo de sierra. Marta estaba en un extremo, hecha un ovillo, con el móvil iluminándole la cara como si fuera un espectro moderno. Sergio, en el otro extremo, fingía mirar un documental sobre la migración del ñu, aunque en realidad no tenía ni idea de si los ñus iban hacia el norte o hacia el sur. Solo sabía que él se sentía como el ñu rezagado que está a punto de ser devorado por un cocodrilo llamado “Las Supernenas”.

“Las Supernenas” era el nombre del grupo de WhatsApp de Marta. Un comando de élite compuesto por Patri, Vanessa y La Lore. Tres mujeres que Sergio conocía perfectamente, con las que se había tomado cañas y a las que, en el fondo, apreciaba, pero que en momentos de crisis se transformaban en un tribunal de la Inquisición con suscripción a Spotify Premium.

De pronto, el móvil de Sergio, que descansaba sobre la mesa de centro —justo al lado de una mancha de café que él había prometido limpiar hace tres días—, vibró. Fue una vibración corta, seca, con ese sonido que tienen las notificaciones que traen veneno. Sergio lo miró de reojo. Era un mensaje de Vanessa.

—¿Tus amigas ya saben lo de nuestra discusión? —preguntó Sergio, sin apartar la vista de los ñus, aunque su tono de voz ya indicaba que la diplomacia había saltado por la ventana.

Marta no levantó la vista del móvil. Sus pulgares se movían a una velocidad que desafiaba las leyes de la física. Estaba tecleando con esa furia rítmica de quien está redactando un manifiesto o, peor aún, una cronología detallada de agravios.

—Necesitaba desahogarme, Sergio —respondió ella, con una calma que a él le pareció sospechosamente ensayada—. No es para tanto.

—¿Que no es para tanto? —Sergio cogió su móvil y lo desbloqueó. Lo que vio le hizo arquear una ceja hasta casi perderla en el nacimiento del pelo—. Vanessa me acaba de mandar un sticker.

—¿Y? Vanesa manda muchos stickers. Es su forma de comunicarse. Es una persona visual.

—Es un sticker de un gatito con los ojos llorosos, sosteniendo un cartel que dice “Tú sabrás lo que haces”. Un gatito triste, Marta. Una de tus mejores amigas ya me está mandando mensajes cifrados de reproche moral mientras estamos aquí sentados, a dos metros de distancia, sin habernos dicho ni “hola” desde que entramos por la puerta.

Marta soltó un suspiro dramático, de esos que en el teatro español del Siglo de Oro habrían durado tres actos. Bloqueó su teléfono y lo dejó sobre su regazo, pero manteniendo la mano encima, como quien protege una reliquia sagrada.

—Es apoyo emocional, Sergio. Es lo que hacen las amigas. Se cuentan las cosas, se apoyan, validan sus sentimientos. Se llama sororidad, búscalo en la RAE si tienes dudas.

—No, no es apoyo emocional —replicó Sergio, dejando su móvil de nuevo en la mesa como si quemara—. Es juicio popular con emojis. Es una retransmisión en directo. Estoy convencido de que ahora mismo Patri está analizando mi tono de voz cuando te he dicho lo de la lavadora, y La Lore estará buscando en Google “microagresiones domésticas” para ver si encajo en el perfil. Siento que vivo en una pecera, Marta. Una pecera donde el agua está llena de capturas de pantalla.

—Exageras. Eres un exagerado de manual. Siempre llevas todo al terreno de la conspiración —dijo Marta, aunque no pudo evitar que una pequeña notificación iluminara su pantalla de nuevo. Sergio juraría que vio el icono de un audio de tres minutos de Patri. Tres minutos. Eso no es un mensaje, es un podcast sobre su relación.

—¿Exagero? —Sergio se incorporó, abandonando la postura de ñu derrotado—. Hace veinte minutos estábamos discutiendo porque he comprado el detergente que no era, el que no tiene suavizante incorporado. Una discusión de pareja normal, de esas que se olvidan con un capítulo de una serie y un poco de hummus. Pero no. Tú has tenido que dar el parte de guerra. Has tenido que informar al Estado Mayor. Y ahora, mientras yo intento procesar por qué me importa tanto el olor a flores silvestres de mi ropa interior, tengo a tres tías en la nube decidiendo si soy un desconsiderado o un ignorante funcional.

Marta se puso en pie. Cuando Marta se ponía en pie en medio de una discusión, era el equivalente a que un portaaviones hiciera maniobras en el Estrecho.

—No es por el detergente, Sergio. ¡Nunca es por el detergente! Es por la falta de atención al detalle, es por la carga mental que yo tengo que soportar mientras tú vas por la vida como si el suavizante apareciera por generación espontánea en las fibras de tus camisetas. Y sí, se lo he dicho. Y sí, me han dicho que tengo razón. Porque la tengo.

—Claro que te han dicho que tienes razón. Son tus amigas. Si les dijeras que has decidido mudarte a Marte para cultivar patatas con tu propia orina, te dirían que “qué valiente eres, tía, persigue tus sueños”. No son objetivas. Son un eco, Marta. Un eco con stickers de gatitos y gifs de Belén Esteban diciendo “MA-TO”.

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