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La noche que Humillaron a Pedro Infante y Blanca Estela Pavón no se quedó callada

 

 Hubo aplausos educados. Luego, con una pausa teatral innecesaria, añadió algo que heló la sala. Antes de entregar este galardón, quiero compartir una reflexión. En nuestra industria hemos sido muy generosos con ciertas figuras que, si bien son populares entre el público masivo, quizás no representan el nivel artístico que una distinción como esta debería celebrar.

 El silencio que siguió no fue de respeto, fue de incredulidad. Blanca no se movió, mantuvo la espalda recta, la mirada al frente, las manos sobre la mesa, pero Pedro vio como sus dedos se tensaban lentamente sobre el mantel blanco y supo en ese instante que algo estaba a punto de romperse. Esteban Villanueva continuó hablando con la soltura de quien está convencido de que su opinión es un favor que le hace al mundo.

 Su voz resonaba en el salón con esa cadencia de locutor entrenado, cada palabra colocada con precisión quirúrgica para hacer el máximo daño posible sin parecer un ataque directo. El cine mexicano decía, había alcanzado niveles de reconocimiento internacional precisamente porque algunos de sus creadores habían apostado por la calidad sobre la popularidad, por el arte sobre el entretenimiento fácil, por la profundidad sobre la lágrima fácil que cualquier historia sentimental puede arrancar a un público que no exige demasiado. Nadie en el salón se movía.

Todos entendían perfectamente a quien estaba apuntando, aunque su nombre no hubiera sido pronunciado todavía. Los ojos se desplazaban discretamente hacia la mesa donde estaban sentados Pedro y Blanca. Algunos con lástima, otros con esa curiosidad cruel que despierta el espectáculo del daño ajeno.

 Pedro sintió el calor subirle por el cuello. Conocía ese calor. Era el mismo que sentía de niño en Huamuchi cuando los muchachos del barrio rico se burlaban de su ropa remendada. El calor de la humillación que no se ha buscado y no se merece, pero que quema exactamente igual. Pero lo que miraba no era su propio rostro. Miraba a Blanca y Blanca estaba quieta de una manera que Pedro nunca le había visto.

 No era la quietud de quien aguanta, era la quietud de quien está calculando. Sus ojos oscuros seguían al locutor con una atención casi científica, como si estuviera memorizando cada palabra, cada pausa, cada gido de frase para usarlos después con propósitos que todavía no eran visibles para nadie más. Villanueva llegó finalmente al nombre.

La distinción esta noche, dijo con una sonrisa que no llegaba a los ojos, recae en una figura que el público ama entrañablemente. Y el público tiene sus razones, no lo dudamos. Pero uno se pregunta si el amor del público es siempre el mejor criterio para medir la trascendencia artística. Blanca Estela Pavón ha construido una carrera sólida en el melodrama popular.

Ha hecho llorar a muchas personas. Ha sido, digamos, funcional. Funcional. La palabra cayó en el salón como una piedra en agua quieta. Las ondas se expandieron en silencio hacia todos los rincones. Pedro apretó la mandíbula. Funcional. Le estaban diciendo a la mujer que había convertido cada escena compartida en una experiencia que le arrancaba algo verdadero, que era funcional, como una herramienta, como un electrodoméstico, como algo útil pero sin alma.

Se giró hacia Blanca esperando ver dolor en su rostro. No lo encontró. Encontró algo mucho más interesante. Encontró determinación. Blanca se levantó de su silla con la misma calma con la que se levantaría en cualquier mañana ordinaria, sin prisa, sin drama, sin la urgencia de quien reacciona, con la serenidad de quién actúa.

 Tomó su copa de champán, bebió un sorbo pequeño, dejó la copa sobre la mesa y comenzó a caminar hacia el escenario. Pedro la miraba sin entender todavía que estaba a punto de ocurrir. Nadie en el salón no entendía. Villanueva tampoco. El locutor seguía hablando mientras Blanca subía los escalones del escenario con pasos medidos, hasta que de pronto la tuvo frente a frente y no tuvo más remedio que detenerse.

 Blanca extendió la mano hacia el micrófono. Villanueva, confundido, se lo cedió sin pensar. Y entonces Blanca Estela Pavón habló. Buenas noches dijo Blanca. Su voz era tranquila, pero llegaba a cada rincón del palacio de bellas artes con una claridad que no necesitaba esfuerzo ni volumen para imponerse. Simplemente estaba ahí completa, sin fisuras.

Quiero agradecer este reconocimiento y quiero agradecer también las palabras del señor Villanueva porque me han dado una oportunidad que yo no habría sabido fabricar por mí misma esta noche. El salón estaba en silencio absoluto. Villanueva permanecía a su lado con esa expresión de quien ha tocado algo caliente sin esperarlo y todavía no sabe si retira la mano o finge que no duele.

“Me han llamado funcional”, continuó Blanca sin mirar al locutor. Lo decía hacia el salón, hacia los candelabros, hacia la industria entera representada en esas mesas. Me han sugerido que hacer llorar al público no es arte, sino técnica menor, que el melodrama popular es un género de segunda categoría que los artistas verdaderos evitan por dignidad, que ser amada por millones de personas comunes es, en el fondo, una forma elegante de mediocridad.

 hizo una pausa breve, no para efecto dramático, sino porque lo que venía a continuación necesitaba espacio para respirar. Quiero responder a eso con una pregunta muy simple. ¿Para quién hacemos cine en México? Nadie respondió. Nadie iba a responder. La pregunta no era una invitación al diálogo, era un espejo colocado frente a todos ellos.

Lo hacemos para los críticos europeos que nos visitan tres semanas al año y escriben artículos que nuestro público nunca leera. ¿Lo hacemos para ganar premios en festivales donde se nos aplaude por ser exóticos? ¿O lo hacemos para el hombre que trabaja 12 horas en una fábrica y el domingo lleva a su familia al cine único que puede pagar y necesita durante 90 minutos? Sentir que alguien en este mundo entiende lo que es querer y perder y volver a intentarlo.

Alguien en el fondo del salón aplaudió. Un aplauso solo, breve, que se cortó rápido porque su dueño no estaba seguro de si era el momento, pero Blanca lo escuchó y algo en su postura se asentó todavía más. “Si hacer llorar a ese hombre y a su familia es ser funcional”, dijo. “Entonces acepto ese título con más orgullo del que podría sentir por cualquier otro reconocimiento que esta industria haya imaginado.

 Porque ese hombre no llora por técnica, llora porque reconoce verdad. Y reconocer verdad en la oscuridad de una sala de cine es uno de los actos más profundamente humanos que existen. Pedro tenía los ojos húmedos y no le importaba que alguien lo viera. A su lado, el productor Ramón Pereda, hombre conocido por no mostrar emociones en público, se aclaraba la garganta con demasiada frecuencia. Blanca hizo una pausa final.

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