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A sus 81 años, ANGÉLICA MARÍA REVELA quién es el HIJO OCULTO que tuvo con ENRIQUE GUZMÁN

No fue un título que alguien decidió en una reunión de marketing. Fue algo que surgió de manera orgánica de la relación entre Angélica y el público que la seguía. de esa sensación que tenía la gente de que esa muchacha en la pantalla era suya de alguna manera, que la querían con ese cariño específico que se le tiene a las personas que pertenecen a la vida colectiva de un pueblo.

Con ese peso encima, con ese amor del público envuelto alrededor de su nombre como un regalo que también era una responsabilidad. Angélica María creció dentro de una industria que la adoraba y que al mismo tiempo exigía de ella cosas que ninguna muchacha joven debería tener que dar. Y fue dentro de esa industria, en ese mundo de reflectores y cámaras y canciones que se volvían himnos de una generación donde Angélica María y Enrique Guzmán se encontraron.

Enrique Guzmán en aquella época era la imagen de algo que México estaba descubriendo con la emoción de lo nuevo. Era el rock and roll con cara mexicana. Era la prueba de que la juventud de este país tenía su propio lenguaje, su propia energía, su propia manera de estar en el mundo que no pedía permiso y que no se disculpaba.

Era el pelo revuelto y la voz que llegaba a lugares que la música tradicional no llegaba, y la actitud de quien sabe que tiene algo que dar y no está dispuesto a disminuirlo para que los demás se sientan cómodos. Era todo eso y era también debajo de todo eso, un hombre joven con la clase de carisma que no se aprende ni se ensaya.

Un hombre que cuando entraba a un cuarto hacía que el cuarto cambiara de temperatura, no de manera calculada, de manera natural, como algo que simplemente emanaba de él sin que lo estuviera administrando. Angélica lo conoció en el espacio donde los dos existían, ese mundo del espectáculo mexicano que en aquellos años era lo suficientemente grande para ser una industria y lo suficientemente pequeño para que todo el mundo se conociera.

Lo conoció y sintió lo que siente cualquier persona con sensibilidad. cuando está cerca de alguien que tiene esa clase de presencia, un ajuste como si el aire cambiara, como si de repente todo lo demás bajara de volumen. Enrique la miró, no como el artista que mira al público, como el hombre que mira a una mujer específica cuando algo en ella le llama la atención, de una manera que todavía no puede explicarse del todo, pero que reconoce de inmediato porque es diferente a todo lo demás.

La novia de México y el chico de rock más importante de su generación. Dos personas en el centro exacto del espectáculo mexicano de una época que nunca volvería a repetirse. Lo que nadie sabía, lo que nadie podía imaginar en ese momento, era que lo que estaba comenzando entre ellos no iba a quedarse en la superficie donde todo el mundo podía verlo.

Iba a ir mucho más profundo y de esa profundidad iba a nacer algo que los dos guardarían de maneras diferentes, con costos diferentes, durante más de cinco décadas. Algo que tiene nombre. Algo que hoy, gracias a que Angélica María decidió a sus 81 años, que ya era suficiente tiempo de silencio, el mundo finalmente va a conocer.

Hay amores que el mundo ve y hay amores que el mundo solo cree ver. Hay una diferencia enorme entre esas dos cosas, aunque desde afuera parezcan idénticas. El mundo que rodeaba a Angélica María y a Enrique Guzmán en aquella época creía ver todo. Creía que las revistas que los fotografiaban juntos en los eventos, que los columnistas que escribían sobre la química evidente entre ellos, que los productores que los ponían juntos en proyectos sabiendo perfectamente el efecto que esa combinación producía en el público, creía que todo ese aparato

de observación y registro lo capturaba todo. lo que pasaba entre ellos en los sets, lo que pasaba en las conversaciones que empezaban hablando de trabajo, lo que pasaba en los silencios que se instalaban entre los dos con esa naturalidad de los silencios que no incomodan porque están llenos de algo que no necesita palabras.

El mundo veía la superficie. La superficie era real, era genuina, no era una construcción para las cámaras, ni una estrategia de imagen, ni ninguna de las ficciones que esa industria producía con una facilidad que a veces daba vértigo. La química entre Angélica María y Enrique Guzmán era absolutamente real y el público lo sentía porque el público cuando algo es verdadero, lo siente con una certeza que no necesita análisis, lo siente en el estómago, en ese lugar donde se procesan las cosas que son genuinas y se rechazan las que no lo son. Pero debajo de esa

superficie había algo más, algo que las cámaras no podían capturar porque existía en los espacios que las cámaras no iluminan. En las conversaciones que se prolongaban más de lo necesario cuando el trabajo ya había terminado y ya no había ninguna razón profesional para seguir estando juntos, pero los dos encontraban de todas maneras la manera de no irse todavía.

En los momentos en que Enrique decía algo y Angélica lo miraba de una manera que tenía una capa que el público no veía, aunque estuviera mirando exactamente lo mismo, en la manera en que los dos se movían en el mismo espacio con esa conciencia específica que tienen las personas que saben exactamente dónde está la otra persona, en un cuarto sin necesidad de mirar.

Angélica María era demasiado inteligente para no ver lo que estaba pasando. Era una mujer que había crecido dentro de esa industria desde que era casi una niña y que había aprendido a leer las situaciones con una agudeza que la mayoría de la gente tarda décadas en desarrollar. Veía como Enrique la buscaba con los ojos cuando entraba a un set.

veía la diferencia entre como Enrique Guzmán trataba a todo el mundo con esa energía expansiva y desbordante que era parte de su carácter y cómo la trataba a ella con algo más específico, más cuidadoso, como si ella fuera algo que no quería manejar con la misma soltura con que manejaba todo lo demás. La novia de México tenía 81 años de experiencia acumulada para mirarlo en retrospectiva, pero en ese momento tenía 20 años y toda la inteligencia del mundo no era suficiente para blindarse completamente de un hombre como Enrique Guzmán, cuando ese hombre decidía que

quería estar cerca de ti. Lo que siguió fue inevitable con la inevitabilidad de las cosas que en el momento en que empiezan ya sabes que no vas a poder detener, aunque una parte de ti sepa que deberías intentarlo. Fue inevitable como es inevitable que el agua encuentre su camino cuesta abajo.

Fue inevitable como son inevitables todas las cosas que tienen la fuerza de lo verdadero detrás, que no piden permiso ni esperan el momento conveniente, ni se disculpan por aparecer cuando la vida ya tiene suficiente complicación sin ellas. Enrique y Angélica empezaron a verse fuera de los contextos que la industria les proveía.

empezaron a tener esas tardes que en el mundo del espectáculo mexicano de aquella época eran la única manera que tenían las personas públicas de ser privadas, esas tardes construidas con cuidado en lugares donde los fotógrafos no apostaban, donde los columnistas no tenían informantes, donde era posible, aunque fuera por unas horas, ser simplemente dos personas sin el peso de los nombres que cargaban afuera.

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