Posted in

VERÓNICA CASTRO: Lo Que Pasó Esa Noche en Casa de la Abuela Nadie Lo Calló

Tenían años de matrimonio, tenía hijos previos también fuera de su matrimonio formal, porque Manuel Valdés era un hombre con un historial complicadísimo. A lo largo de su vida iba a tener 12 hijos reconocidos con varias mujeres distintas, pero en ese momento estaba casado y no iba a dejar a Celia. La actriz acababa de cumplir 22 años.

estaba sola, embarazada y con la confesión más dura encima. El padre de su hijo había estado mintiendo durante toda la relación. Su primer gran amor fue su primera gran traición. Así de simple, así de injusto. Así fue. Lo que Verónica hizo a continuación dice mucho de ella. Décadas después, en una entrevista con Ventaneando, ella misma lo contó con sus propias palabras. Buscó a Arcelia la Rañaga.

Le pidió disculpas cara a cara. Le dijo que no quería hacerle daño a otra mujer, que no había sabido que él era casado y le prometió que no iba a volver a verlo nunca más. y cumplió esa promesa. Manuel Valdés se desentendió del embarazo, no la acompañó al hospital, no fue a las consultas, no le mandó dinero. Verónica tuvo que empeñar el coche que la llevaba a la universidad para poder pagar las cuentas del hospital donde iba a parir.

¿Te imaginas lo que es tener 22 años, estar estudiando una carrera, grabando una telenovela y descubrir que el hombre que te presumió en México como su novia estaba casado? ¿Te imaginas lo que es ir a la universidad con un vientre de 8 meses y medio mientras tus compañeras te miran de reojo?” Eso le tocó a ella sola, sin ayuda de él, sin apoyo de la industria que entonces tenía una regla no escrita.

Las actrices no se embarazaban antes de casarse. Si lo hacías, tu carrera se terminaba. Pero Verónica no quiso renunciar. Tuvo a su hijo el 8 de diciembre de 1974. Lo registró únicamente con sus apellidos. Le puso Cristian. Cristian Castro, sin Valdés, sin nada del padre. Y aquí, en este punto, entra el personaje que cambió toda la historia que estás escuchando.

Su nombre era Socorro Castro Alba, la madre de Verónica, tu protagonista, la abuela. Recuerda este nombre también, porque ella va a ser la pieza que sostiene todo lo que viene. Cuando Verónica salió del hospital con un bebé en brazos, sin pareja, con una carrera apenas empezando y con producciones que ya la estaban llamando para grabar de nuevo, tomó la decisión que iba a definirlo todo.

Dejó al niño con su mamá. Socorro se mudó a la casa de Verónica. Tomó al bebé y empezó a criarlo como si fuera suyo. Mientras tanto, Verónica se iba a los foros de Televisa a grabar de 6 de la mañana a 11 de la noche. Guarda esa imagen. una abuela empujando un cosito de bebé por los pasillos de un departamento mientras la madre del niño está en un estudio de televisión grabando escenas de amor para una telenovela.

Esa imagen es la que explica todo. Ahí empezó la herida que 45 años después iba a reventar. Para entender lo que se quebró entre Verónica y Cristian, tienes que entender primero cómo era el sistema dentro del cual ella estaba atrapada. Televisa en los años 70 y 80 no era una empresa de televisión normal, era una maquinaria, una de las más eficientes del mundo en la producción industrial de telenovelas.

El emporio de Emilio Azcarragamilmo, conocido como el tigre, funcionaba bajo un principio muy simple. Las estrellas no eran personas, eran productos. Y los productos se exprimen mientras dan jugo. El propio Azcárraga lo dijo una vez en una frase que se hizo famosa. México es un país de jodidos y para los jodidos hacemos televisión.

Esa filosofía permeaba toda la empresa. Las estrellas eran en ese mundo herramientas para entregar audiencia a los anunciantes. Y mientras dieras audiencia eras importante. El día que dejaras de darla te jubilaban sin contemplaciones. Cuando una actriz era contratada en Televisa, firmaba un contrato de exclusividad.

Eso significaba que durante el tiempo del contrato no podía trabajar para nadie más. No podía firmar comerciales con marcas que la empresa no aprobara. No podía ir a otra televisora, no podía tomarse vacaciones cuando ella quisiera. La televisora le ponía las fechas, los horarios y las jornadas. Y las jornadas eran brutales.

Una grabación de telenovela en esa época empezaba a las 6 de la mañana y terminaba pasada la medianoche. Tres meses seguidos sin un domingo libre, sin un cumpleaños con la familia, sin un viaje. tu vida te pertenecía a Televisa y a cambio lo que recibías a través de los años era una paga modesta en comparación con lo que la empresa generaba contigo.

Las grandes fortunas no eran de las actrices, eran de los dueños de la empresa, de los productores estrella como Valentín Pimstein, de los licenciatarios que vendían las telenovelas a otros países. Las actrices recibían un sueldo fijo. Bueno, sí, pero comparado con los millones que generaban sus rostros en el mercado internacional, era una migaja.

Esa era la regla y nadie la cuestionaba. Si la cuestionabas, ya no te llamaban para la siguiente novela. Verónica entró en esa maquinaria con un bebé recién nacido y nunca salió. Mientras Cristian aprendía a caminar, ella estaba grabando pasiones encendidas. Mientras Cristian aprendía a hablar, ella estaba terminando.

Mañana será otro día. Y en 1979, cuando Cristian tenía 5 años y empezaba a preguntarse por qué su mamá no estaba nunca en casa, Verónica protagonizó la telenovela que iba a cambiar la historia de la televisión latinoamericana entera. Los ricos también lloran. La produjo Valentín Pimstein. La protagonizó con Rogelio Guerra.

Y lo que pasó después fue absurdo, porque ese melodrama hecho con presupuesto austero, con escenarios reciclados, con guiones escritos sobre la marcha, se vendió a más de 100 países. Llegó a la Unión Soviética en plena Guerra Fría y los rusos enloquecieron. La novela se transmitió en la URSS en los años 80 y se convirtió en un fenómeno difícil de explicar.

Decenas de millones de soviéticos se sentaron frente al televisor cada tarde a llorar con Mariana, el personaje de Verónica. Mariana era una huérfana criada en la sirvienta de una casa rica que se enamoraba del hijo del patrón. Una historia simple, pero los rusos que llevaban décadas sin acceso a televisión occidental que mostrara colores, ropa de marca, casas con jardín, vieron en esa novela una ventana a un mundo que apenas podían imaginar.

Cuando Verónica fue a Moscú a promocionar la novela, miles de personas la esperaron en el aeropuerto. Le besaron las manos, le tocaron el vestido, lloraban. Para una generación entera de mujeres soviéticas que vivían bajo el régimen, Verónica era la cara de un mundo que apenas podían imaginar. Esa imagen, la del aeropuerto de Moscú, lleno de mujeres soviéticas llorando frente a una actriz mexicana, se quedó grabada en la historia de las telenovelas como uno de sus momentos más absurdos y más bellos.

Read More