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La MENTIRA más sucia de FIDEL sobre una MUERTA | HAYDÉE SANTAMARÍA, la MADRE de la REVOLUCIÓN

Jaidé Santa María cerró la puerta de su apartamento en La Habana con una calma tan fría que nadie imaginó que estaba despidiéndose del mundo.

Afuera, el 28 de julio de 1980 parecía otro día pesado, húmedo, lleno de consignas viejas y ventanas entreabiertas. Pero dentro de aquella casa, el silencio tenía otro peso. Sobre una mesa había papeles doblados con cuidado, una fotografía de Abel Santa María joven, otra de Boris Luis Santa Coloma, y una pistola calibre 45 que parecía haber esperado 27 años para llegar a su mano.

Jaidé no temblaba. Había aprendido a no temblar desde el Moncada. Había aprendido a mirar el horror de frente cuando los hombres de Batista le pusieron delante el ojo arrancado de su hermano Abel y le preguntaron si iba a hablar. Había aprendido a endurecer la voz cuando le mostraron el cuerpo destrozado de Boris, su prometido, el hombre con quien soñaba una vida común antes de que la historia se la devorara.

—Si él no habló después de eso, mucho menos hablaré yo —había dicho entonces.

Esa frase la convirtió en símbolo. En heroína. En leyenda conveniente. Fidel Castro la repitió, la puso en discursos, la volvió piedra fundacional de la revolución. Pero nadie le preguntó después qué hizo con el espanto cuando apagaban las luces, ni cómo dormía una mujer que había visto morir su juventud en una celda.

Jaidé nació el 30 de diciembre de 1922 en el batey del central Constancia, en Encrucijada, Las Villas. Era hija de inmigrantes gallegos, mayor de cinco hermanos, con apenas sexto grado de escuela, pero con una inteligencia que no necesitaba diplomas. Leía a José Martí en voz alta, cosía de día, conspiraba de noche y llevaba maletas llenas de armas con una serenidad que confundía a los soldados.

Abel era 5 años menor que ella, pero en la clandestinidad parecía más viejo que todos. Era metódico, brillante, reservado. Fidel lo escogió como segundo al mando, y Jaidé lo siguió no por obediencia, sino por fe. El apartamento de la calle 25 número 164, esquina O, en El Vedado, se convirtió en centro de reuniones, imprenta secreta y depósito de armas. Allí nació una parte del Movimiento 26 de Julio. Allí también comenzó la deuda que la revolución nunca le pagó.

El 26 de julio de 1953, cuando 160 combatientes atacaron el cuartel Moncada, solo dos mujeres participaron: Jaidé Santa María y Melva Hernández. Jaidé fue enviada al hospital civil Saturnino Lora, junto a Abel. Debía ayudar como enfermera, pero el plan se quebró antes de amanecer. Los rebeldes fueron capturados, perseguidos, torturados.

Abel cayó vivo. Boris también.

A Jaidé la encerraron sin decirle dónde estaban. Luego llegó el sargento Eulalio González, “El Tigre”, con una crueldad calculada para destruir no solo el cuerpo, sino la memoria. Le mostraron lo que quedaba de su hermano. Le hablaron de Boris como si el amor fuera una pieza más en la mesa de interrogatorio. Ella no habló. No entregó nombres. No pidió piedad.

Pero algo se rompió dentro de ella para siempre.

Cuando la revolución triunfó el 1 de enero de 1959, muchos vieron banderas, discursos, multitudes. Jaidé vio otra cosa: vio a Abel, vio a Boris, vio el precio. Aun así, siguió. Viajó, organizó, compró armas, ayudó a levantar estructuras, reclutó apoyos. Fidel le entregó después una misión que parecía hecha para salvarla del abismo: dirigir Casa de las Américas.

Durante 21 años, Jaidé convirtió aquella institución en refugio. Protegió artistas perseguidos, abrió puertas a escritores incómodos, defendió a músicos silenciados, dio aire donde el régimen quería obediencia. No era una soldado cultural. Era una mujer tratando de impedir que la revolución terminara pareciéndose a aquello que juró destruir.

—Ser comunista no es repetir consignas —dijo una vez frente a funcionarios que la miraron con miedo—. Es tener una actitud digna ante la vida.

Pero en Cuba, en los años 70, la dignidad ya empezaba a sonar sospechosa.

Se casó con Armando Hart Dávalos. Tuvieron dos hijos: Celia, por Celia Sánchez, y Abel, por el hermano muerto. También acogieron huérfanos de luchas latinoamericanas, como si Jaidé intentara reconstruir con niños ajenos la familia que la violencia le había arrancado. Pero ni la casa llena ni los aplausos oficiales pudieron curarla.

Después vinieron las ausencias. Armando Hart se fue alejando hasta convertirse en otra pérdida. Celia Sánchez murió el 11 de enero de 1980, y con ella se fue quizá la única mujer capaz de entender el peso de sobrevivir en una revolución diseñada por hombres que exigían sacrificio, pero no sabían acompañar el dolor.

Entonces llegó Mariel.

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