Posted in

Niñita Ciega Cantaba Desesperada por Moneditas en un Mercado — JOSE JOSE la Escuchó y su Reacción…

Lucerito guardó silencio, pero en su corazón ya había tomado una decisión. Cuando su abuela se quedó dormida por la fiebre, la niña buscó su vasito de plástico, se puso su vestido más bonito, aunque ya estaba viejo. Tomó su bastón blanco y salió despacio de la casa. En la radio vieja de la cocina sonaba una canción de José. José, lo pasado, pasado.

Lucerito la conocía de memoria. Su abuela decía que nadie cantaba el dolor como ese hombre, que cuando José José cantaba, parecía que cada palabra salía de una herida verdadera. La niña cerró la puerta con cuidado y caminó hacia el mercado. Cada paso era un mundo. Los carros, los gritos, los perros, los vendedores, el ruido de las bolsas, todo la guiaba y la asustaba al mismo tiempo, pero pensaba en la medicina de su abuela y seguía adelante.

Cuando llegó al mercado, buscó con el oído la voz de doña Carmen, una vendedora de flores que siempre la trataba con cariño. Flores, flores frescas, lleve sus rosas. Doña Carmen! Gritó Lucerito. La mujer volteó sorprendida. Lucerito, ¿qué haces aquí sola? Y tu abuela está enferma, necesita medicina.

Vine a cantar para juntar dinero. Doña Carmen la miró con preocupación. Sabía que la niña no debía estar ahí sola, pero también entendía la desesperación. Quédate junto a mi puesto y no te muevas de aquí. ¿Me oíste? Lucerito asintió, puso su vasito en el suelo, respiró profundo y comenzó a cantar. Ya lo pasado, pasado. Su voz era pequeña, pero limpia.

No tenía técnica, no tenía escuela, no tenía escenario, pero tenía algo que no se aprende, ¿verdad? La gente pasaba sin detenerse. Una señora dejó una moneda sin mirarla. Un hombre murmuró, pobrecita, y siguió caminando. Dos muchachos se rieron de sus lentes oscuros. Lucerito siguió cantando. No quería lástima. Quería que la escucharan.

A unos metros, José José caminaba entre los puestos disfrutando de su anonimato. Compró una fruta, saludó a un vendedor y por un instante se sintió libre, como antes de la fama, como cuando todavía era solo Pepe, un muchacho con sueños y miedo en la garganta. Entonces escuchó una voz. era una niña cantando una de sus canciones. Se detuvo.

No fue solo la sorpresa de oír su propia letra en aquel rincón del mercado. Fue la forma en que la niña la cantaba, como si entendiera el abandono, como si cada palabra hubiera nacido dentro de ella. José siguió la voz hasta verla. Una niña pequeña con lentes oscuros, un bastón blanco a un lado y un vasito con tres monedas frente a sus pies.

“Está ciegita”, dijo una señora que notó su interés. A veces viene con su abuelita. Hoy quién sabe por qué anda sola. José no respondió, solo la miró cantar. Vio como algunos pasaban sin escucharla. Vio como otros le tiraban monedas como quien se quita una culpa de encima. Vio a la niña enderezar la espalda cada vez que alguien se burlaba como si se negara a quebrarse.

Entonces empezó a llover. Primero fueron gotas suaves, luego una cortina pesada golpeó los techos de lámina del mercado. La gente corrió a refugiarse. Los vendedores taparon sus mercancías. El ruido creció tanto que la voz de Lucerito casi desapareció. Doña Carmen le pidió que se metiera más adentro. Ya no va a venir nadie, mi niña.

Mejor te llevo a tu casa. No he juntado para la medicina”, respondió Lucerito. La niña intentó cantar más fuerte, pero al moverse un hombre que corría para no mojarse pateó sin querer su vasito. Las monedas salieron rodando por el suelo mojado. “¡Mis monedas!”, gritó Lucerito arrodillándose. Buscó con sus manos entre el agua sucia, tanteando el piso, desesperada. Nadie se acercó.

Algunos miraban, otros fingían no ver. José sintió un golpe en el pecho. Durante años había cantado el dolor, pero ahora lo tenía enfrente. Una niña buscando a ciegas unas monedas para salvar a su abuela. Dio un paso para ayudarla, pero se detuvo. Si alguien lo reconocía, se armaría un escándalo. La gente se iría sobre él.

La niña quedaría otra vez olvidada. Pero entonces vio a Lucerito sentarse en el suelo abrazando sus rodillas. La lluvia le mojaba el vestido y aunque el agua disimulaba sus lágrimas, José supo que estaba llorando y ya no dudó. Se acercó, se agachó junto a ella y comenzó a recoger las monedas una por una. Tranquila, pequeña dijo con voz suave. Aquí están.

Lucerito levantó el rostro hacia aquella voz. Gracias, Señor. José le puso las monedas en la mano. Estás empapada. Deberías volver a casa. No puedo, mi abuelita. Necesita medicina. A José se le quebró algo por dentro y por eso estás cantando. Sí, pero nadie me escucha. Solo me dan dinero porque les doy lástima. José guardó silencio.

Esa frase le dolió más que la lluvia. No estás dando lástima”, le dijo. “Estás cantando con el alma y eso vale más que cualquier escenario.” Lucerito no sabía quién era aquel hombre, pero su voz le parecía familiar, como una voz que había escuchado muchas veces en la radio de su abuela. Antes de que pudiera preguntar, doña Carmen apareció preocupada.

“Lucerito, ¿estás bien?” José se apartó un poco intentando mantener el anonimato. La niña se cayó, dijo, “Pero está bien.” Doña Carmen se acercó a secarla con un trapo. Lucerito tomó aire y contra todo cansancio, volvió a ponerse de pie. “Quiero cantar una vez más, mi niña, ¿estás temblando?” Solo una vez más. José se quedó observando.

Lucerito puso el vasito frente a ella. sostuvo una rosa que doña Carmen le dio para animarla y entonces comenzó a cantar otra canción de José. José, el triste. La primera frase salió débil, la segunda salió más firme y poco a poco aquella voz pequeña empezó a abrirse paso entre la lluvia. José sintió que el mundo se detenía.

No era perfecta, no era una voz entrenada, pero tenía una honestidad que a él le recordó sus primeros años cuando cantaba con hambre de ser escuchado, no de ser famoso. La gente empezó a detenerse. Una persona, luego tres, luego 10. Algunos bajaron sus bolsas, otros dejaron de hablar.

Doña Carmen se llevó una mano al pecho. José, escondido bajo su gorra, escuchaba conmovido hasta que alguien lo reconoció. Ese es José. José. El murmullo se convirtió en grito. Es el príncipe. José. José está aquí. La gente corrió hacia él. Los celulares aparecieron. Las voces lo rodearon. Lucerito dejó de cantar confundida por el cambio repentino.

Read More