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Diego Verdaguer: el ASQUEROSO Secreto que su Hija Mayor REVELÓ tras su MUERTE

Existe una fotografía, según testimonios de amigos cercanos de Diego durante aquellos primeros años. Una foto en blanco y negro tomada en alguna calle de Buenos Aires, donde aparecen Diego, su primera esposa y la pequeña Guimena en brazos. Es la única foto familiar conocida de aquella primera vida y según se ha dicho, nadie sabe exactamente dónde está hoy.

Ni la familia oficial que Diego construiría más tarde con Amanda Miguel la tiene. Ni los biógrafos profesionales la han publicado jamás. ni los archivos personales del cantante incluyeron nunca ese pedazo de pasado. Vamos a regresar a esa foto más adelante, porque su ausencia explica más que muchas palabras.

Y en 1975, cuando Diego apenas empezaba a recuperarse de aquel hoyo, ocurrieron dos cosas casi al mismo tiempo que cambiarían el destino de toda la familia. La primera fue que firmó con una discográfica nueva y grabó una canción que iba a sonar en todo el continente. Una canción que se llamaba Con una ironía que tardaría décadas en hacerse visible. Volveré.

La segunda fue que un día cualquiera manejando por las calles de Buenos Aires, frenó su auto en un semáforo y vio cruzar a tres muchachas frente a su parabrisas. Una de ellas tenía 18 años. iba caminando entre su hermana y su prima. Tenía un pelo alborotado que la hacía verse mayor. Se llamaba Amanda Miguel.

Y a partir del momento exacto en que ese semáforo cambió a verde y Diego decidió seguir a esas tres muchachas con su auto. La vida de Jimena Bocadoro dejó de pertenecerle a su padre para siempre. Amanda iba caminando en el medio de las tres muchachas. Diego había visto primero a la hermana mayor, la que iba al lado, pero Amanda fue la que terminó quedándose con su atención.

Tenía un peinado alborotado, un blazer sencillo y caminaba sin mirar a los lados con esa seguridad que solo dan los 18 años cuando todavía no sabes lo que la vida te puede hacer. Diego,  según contaría décadas después, no la pudo dejar de mirar. frenó el auto en pleno semáforo bajo la ventanilla y se inventó una excusa cualquiera para acercarse a las tres muchachas.

La hermana mayor, esa que él había seguido con la vista, apenas le respondió con un saludo seco. Pero Amanda, la que iba en el medio, la única que estudiaba canto y piano en una academia de Buenos Aires,  se quedó conversando con él. Tenía 18 años. Diego tenía 24. y dentro de su cabeza arrastraba un divorcio sin papeles, una hija de 5 años llamada Jimena y una carrera musical que apenas empezaba a despegar después del fracaso del primer matrimonio.

Pero ninguna de esas cosas le pareció lo suficientemente importante en aquel momento como para decirle a Amanda la verdad completa  de quién era. Esa misma tarde le ofreció trabajo como corista en sus shows. Esta misma semana empezaron a verse en privado y a las pocas semanas estaban viviendo juntos en un departamento alquilado en el centro de la ciudad.

Cuando los padres de Non Center Amanda se enteraron de quién era exactamente Diego Verdaguer,  no les hizo gracia. Diego seguía siendo técnicamente un hombre casado, aunque separado,  con una niña pequeña a cuestas y con una carrera musical todavía inestable. Para una familia tradicional argentina de mediados de los 70, ese tipo de yerno era exactamente el yerno que no se quería en la mesa de Navidad.

Hubo discusiones largas, prohibiciones explícitas e incluso, según contarian años después, amigos cercanos de la pareja, intentos directos de la familia de Amanda por separarlos. Pero Amanda, con 18 años recién cumplidos,  decidió que el escándalo familiar valía la pena. Y entonces Jimena conoció a Amanda. Tenía 5 años.

Su padre la sentó frente a esta mujer joven con el pelo alborotado en la sala del departamento alquilado y le explicó con esa torpeza con la que los padres separados intentan presentar a la nueva pareja a sus hijos pequeños, que iba a vivir con ellos un tiempo. niña, según se ha podido reconstruir por testimonios de personas cercanas a Diego durante aquellos años.

Miró a su padre, miró a la mujer, miró otra vez a su padre y entendió,  sin saber exactamente cómo entenderlo, que el espacio que había sido suyo dentro de la vida de Diego ya no era suyo solo. Esa fue la primera vez que Jimena perdió a su padre estando él vivo y presente  en la misma habitación.

Y desde ese día, según versiones de personas cercanas a la familia durante aquellos años, dentro de la casa empezó a haber dos guerras paralelas que iban a durar décadas. La guerra de Amanda por hacerse un lugar como pareja oficial y la guerra silenciosa de una niña de 5 años por no perder al único padre que tenía.

Amanda, según ella misma contaría décadas más tarde en entrevistas, no estaba preparada para ser madrastra. tenía 18 años. No había cuidado niños ni siquiera ocasionalmente. Su vida hasta ese momento había girado alrededor del piano, del canto y de los exámenes en la academia. Y la realidad cruda de tener que compartir su nueva vida con la hija pequeña de la primera esposa de Diego la rebasaba completamente.

Jimena, por su parte, hacía lo que hacen los niños cuando sienten que están perdiendo territorio. Lloraba con más facilidad.  se enfermaba más a menudo y reclamaba la atención de su padre como cualquier niña habría hecho en su lugar. Pede a dormir en su cama, sentarse en sus  piernas a la hora de la comida y estar siempre presente cuando él hablaba por teléfono.

Y Diego, que ya había demostrado años atrás que no soportaba bien las tormentas emocionales dentro de su casa, hacía lo que mejor sabía hacer, las evitaba.  se iba a tocar fuera, aceptaba contratos en provincias remotas  y estaba dispuesto a manejar 7 horas con tal de no quedarse esa noche en el departamento.

Mientras él manejaba por las rutas argentinas, dentro de aquel departamento, Amanda y Jimena se quedaban encerradas en un silencio cada vez más tenso. Una mujer joven que no había pedido ser madre  y una niña pequeña que necesitaba hacerlo más que nunca. Cuando la oferta de mudarse a México apareció a finales de los  años 70, Diego no dudó ni un segundo.

Amanda iba con él. Su carrera estaba a punto de despegar en otro  continente gracias al éxito continental de Volveré. Y la pregunta que quedaba sobre la mesa, la única pregunta importante de toda esa decisión era qué iban a ti a hacer con Jimena.  La decisión la tomaron rápido. Quimena, que entonces tenía alrededor de 6 años, fue enviada de vuelta a vivir  con su madre biológica en Argentina.

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