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Evita Perón: De Hija Ilegítima a Ícono que Cambió una Nación

Imaginad a una niña de 6 años parada frente a las puertas de una casa de velatorio sin poder entrar, mirando el féretro de su propio padre desde la calle, mientras la familia legítima de ese hombre cierra el paso a su madre y sus hermanos. Ese instante en un pueblo perdido de la pampa argentina no fue el comienzo de una historia de derrota, fue la chispa que encendería una de las transformaciones más extraordinarias y controversiales que el siglo XX conocería en América Latina.

Bienvenidos. Hoy comenzamos un viaje por la vida de María Eva Duarte de Perón, la mujer que el mundo conocería para siempre como evita. Antes de continuar, dejad en los comentarios el nombre de alguna mujer de vuestra historia que haya luchado contra todo pronóstico, sea famosa o no. Nos encantaría leer vuestras historias.

El 7 de mayo de 1919 en Los Toldos, una localidad del noroeste de la provincia de Buenos Aires con apenas 3000 habitantes, nació la quinta y última hija de Juana y Barguren y Juan Duarte. Era un rincón del mundo donde la mayoría de los vecinos sobrevivía como peones de estancia bajo el sol implacable de la llanura pampeana.

No había lujo, no había promesas, no había futuro escrito para una niña que llegaba al mundo cargando tres condenas invisibles, pero devastadoras. Era pobre, era mujer y era hija ilegítima. Juan Duarte era un terrateniente conservador con contactos políticos, dueño o arrendatario de un campo que había adquirido en parte gracias a los turbios negocios del gobierno argentino de principios de siglo, cuando las tierras de las comunidades mapuches de los toldos pasaron a manos privadas.

Era un hombre de doble vida con una precisión casi geométrica. En Chivilcoy, ciudad a varias horas de distancia, tenía una familia legítima, su esposa Adela y seis hijos reconocidos ante la ley y la sociedad. En el campo, lejos de miradas que importaran, tenía a Juana y Barguren, su concubina, y los cuatro hijos que reconoció como propios, aunque de manera informal.

Mas la pequeña Eva, sobre cuya paternidad legal no existe constancia alguna. Juana y Barguren era una mujer de origen humilde, hija de un carretero y una vendedora criolla con vínculos estrechos con la comunidad mapuche del lugar. Los partos de todos sus hijos fueron asistidos por una partera indígena llamada Juana Rauson de Guaquil, detalle que la historia oficial de Evita borraría con cuidado años más tarde, cuando la imagen de la primera dama exigía una narrativa más limpia y más blanca.

La relación entre Juana y Juan Duarte le daba a la madre una posición de reconocimiento dentro de la periferia social del pueblo, pero jamás de respeto. Era simplemente la concubina del patrón y sus hijos cargaban ese estigma como una marca en la piel. Durante los primeros años, la familia vivió en la estancia de Duarte.

Cada vez que la esposa legítima y los hijos reconocidos del terrateniente visitaban el campo, Juana debía ocultar a sus propios hijos, esconderse, desaparecer como si no existieran. Para la pequeña Eva, esa realidad no necesitaba explicación. Se aprendía en el cuerpo, en el silencio obligado, en la vergüenza de ser menos que otros, simplemente por haber nacido.

Esa herida, invisible para el mundo, pero profunda como un pozo sin fondo, sería la que moldearía para siempre el carácter de la mujer en que se convertiría. Enero de 1926. Juan Duarte muere en un accidente automovilístico. Tiene 67 años. deja en el mundo a dos familias, una reconocida por la ley y la iglesia y otra que legalmente casi no existe.

En su testamento no hay ni un peso, ni una parcela de tierra, ni una sola línea dedicada a Juana y Barguren y sus cinco hijos. El único legado que les dejó fue su apellido, ese permiso tácito de llamarse Duarte, que ya de por sí era poco y en algunos pueblos del interior era motivo de miradas oblicuas. Lo que sucedió después del entierro quedó grabado en la memoria de todos los que lo vivieron, especialmente en la de la pequeña Eva, que tenía apenas 6 años.

Juana cargó a sus hijos en un sal y los llevó por los caminos polgorientos hasta la casa donde velaban al padre. Los esperaba la familia legítima, esposa, hijos, parientes. Las puertas estaban cerradas para ellos. La esposa de Duarte no quería que esa mujer ni esos niños entraran. No eran parte del duelo oficial, no eran parte de nada.

Fue necesaria la intervención del intendente del pueblo, que era cuñado del difunto, para que les permitieran pasar brevemente, apenas lo suficiente para ver el cuerpo, y luego seguir el cortejo fúnebre solamente hasta la entrada del cementerio. Ni un paso más. Ese episodio fue una de las escenas más humillantes que una familia puede vivir.

Y Eva la absorbió con los ojos bien abiertos. Su autobiografía escrita años después bajo el título de La razón de mi vida, no menciona fechas ni nombres concretos de su infancia, pero hay un párrafo que muchos historiadores asocian directamente con ese día. Evita escribió que desde sus primeros años guardaba el recuerdo de alguna injusticia que la sublevaba y le desgarraba el alma y que el sentimiento fundamental que dominaría toda su vida sería la indignación frente a esa injusticia.

Sin apoyo económico y sin hogar propio, Juana y Barguren tuvo que alquilar una pequeña casa en el suburbio más pobre de los toldos y empezar desde cero. Trabajó a tiempo completo como costurera para mantener a sus cinco hijos. La hermana mayor Blanca se preparaba para ser maestra.

Elisa encontró trabajo en la sucursal de correos. Juan, el único varón, empezó a ayudar en un almacén y la pequeña Eva, con 7 años entró a la escuela. La legislación argentina de la época marcaba a los hijos extramatoniales en sus certificados de nacimiento con la designación hijo ilegítimo, diferenciándolos ante la ley de los hijos nacidos dentro del matrimonio.

Ese sello invisible, pero permanente era suficiente para cerrar puertas, para cambiar el tono con que un maestro llamaba a un alumno, para que en una sala de espera te miraran diferente. Eva lo sabía. Lo sentía cada vez que alguien pronunciaba su apellido con una pausa justo antes, como si necesitara recordarle al mundo cuál era el origen de esa niña.

Esa marca no la hundiría, la transformaría. Sus hermanas recordaban que a los 10 años Eva ya era aficionada al teatro y a los malabares. La apodaban la negrita o la chola por los rajos de su rostro. Le encantaba pasar las tardes en la comunidad mapuche del pueblo, organizando bailes, ferias y pequeñas celebraciones.

Había en ella una energía que no cabía en esa casa pequeña ni en ese pueblo callado. Una fuerza que buscaba una salida, aunque todavía no sabía por dónde. En 1930, cuando Eva tenía 11 años, Juana y Barburen tomó una decisión que cambiaría el rumbo de la familia. Se mudaron todos a Junín, una ciudad más grande, con más posibilidades y con los contactos necesarios para que Elisa pudiera ser trasladada a la oficina de correos local.

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