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Geraldina de Albania: Fue Reina… y 48 Horas Después Huyó con su Bebé Recién Nacido

Lo que sí se sabe es que al rey le bastó con verla para quedar cautivado. Era un hombre acostumbrado a conseguir lo que quería, un hombre que había escalado desde la oscuridad de los clanes albaneses hasta el trono de un país entero con una mezcla de inteligencia, astucia y una determinación que rayaba en lo obsesivo.

Y aquella fotografía despertó en él algo que no esperaba. Sog mandó a una de sus hermanas a buscar a Geraldina. La invitó a Tirana con el pretexto de una visita. Y Geraldina, que no tenía grandes planes ni grandes perspectivas en aquel invierno europeo de 1937, aceptó. Llegó a la capital albanesa poco después de Navidad, en los últimos días del año.

Era una tierra extraña para ella, un país de montañas y tradiciones antiguas, de hombres con bigote y código de honor, de mujeres que vivían en un mundo paralelo al de los hombres, de una mezcla de islam y costumbre que nada tenía que ver con los internados austriíacos ni con el Mediterráneo francés. El rey la recibió.

Y en aquella primera reunión en los salones del palacio real de Tirana, donde los tapices orientales convivían con los muebles de estilo europeo que Socía importado como símbolo de modernidad, algo sucedió entre los dos. En cuestión de días, el rey hizo su propuesta. El primero de enero de 1938, año nuevo, Geraldina Apoñi aceptó convertirse en la reina de Albaña.

Pensad en la escena. Una joven de 22 años, condesa de un linaje glorioso, pero sin fortuna, que trabajaba en una tienda de museo y vivía en un castillo venido a menos en Checoslovaquia, decía que sí a la propuesta de matrimonio de un rey. No era un cuento de hadas sin complicaciones, era una decisión que traía consigo un país entero, una cultura desconocida, un idioma que tendría que aprender desde cero y un hombre del que apenas sabía nada más allá de lo que se contaba en los periódicos europeos. Pero Geraldina

dijo sí y con ese sí comenzó una historia que el mundo jamás olvidaría. La noticia se propagó como un rayo por la prensa internacional. Una condesa húngaroamericana iba a casarse con el rey musulmán de Albania. En una Europa que ya olía a pólvora. El anuncio de aquella boda exótica y romántica fue recibido con fascinación.

Los periódicos publicaban fotografías de Geraldina, de su sonrisa contenida, de su porte aristocrático, de su belleza clásica, que tenía algo de Madona renacentista y algo de mujer moderna del siglo XX. La llamaban la rosa blanca de Hungría. Ahmed Sou, sin embargo, tenía dos obstáculos formales que superar antes de que la boda pudiera celebrarse.

El primero era el Parlamento albanés, que debía aprobar el matrimonio del rey. El segundo, más delicado aún, era el Vaticano. El Papa había recibido la solicitud de aprobación para el matrimonio entre un rey musulmán y una católica devota y en un primer momento se había negado. Hubo negociaciones discretas, mediaciones diplomáticas, tartas y mensajes que cruzaban fronteras.

Al final, el Papa dio su bendición. El Parlamento también aprobó la unión. El camino estaba despejado. La fecha fijada fue el 27 de abril de 1938. El 27 de abril de 1938 amaneció sobre Tirana con ese sol balcánico que lo ilumina todo con una claridad casi brutal, sin sombras, sin matices.

Era un día que Albania entera esperaba con la mezcla de orgullo y curiosidad que despiertan los acontecimientos únicos, los que no se repiten, los que quedan grabados en la memoria colectiva de un pueblo para siempre. Geraldina se preparó para la ceremonia en el palacio real. Llevaba una tiara de diamantes diseñada especialmente para la ocasión por joyeros austriíacos, una pieza única que combinaba el motivo de la rosa blanca, símbolo de la novia, con la cabra heráldica del escudo de losu.

El vestido era de una elegancia sobria y majestuosa como ella misma. Tenía 22 años. Entre los invitados de honor se encontraba Galeat Sociano, ministro de asuntos exteriores de Italia, yerno de Benito Mussolini. Su presencia en la boda no era casual ni simplemente protocolar. Italia miraba a Albania con los ojos del depredador que estudia a su presa.

Chiano sonreía, brindaba, estrechaba manos y pronunciaba palabras amables, mientras en Roma los planes para absorber Albania en la órbita del imperio fascista italiano avanzaban sin pausa. Nadie en el salón del Palacio Real de Tirana sabía o quería saber lo que aquella presencia italiana en la boda significaba en realidad. La ceremonia fue civil.

celebrada en el palacio real. Después, los recién casados subieron a un automóvil descapotable de color escarlata, un Mercedes-Benz modelo 540K, un regalo de Adolf Hitler al rey Sog. Ese detalle, ese automóvil rojo sangre regalado por el dictador nazi que ya tenía media Europa en jaque, es uno de esos pequeños detalles históricos que dicen más sobre la época que cientos de páginas de análisis político.

Europa entera estaba bailando sobre un volcán y en Tirana aquel día nadie quería mirar hacia abajo. Geraldina y Socireron hacia su luna de miel. Ella era ya oficialmente su majestad la reina geraldina de Albania, la primera y única reina que Albania tendría jamás en su historia. Y sin embargo, el reino que acababa de ganar duraría solamente 345 días, pero ella no lo sabía todavía.

Y en esos meses de reinado breve e intenso, Geraldina se entregó a su nuevo país con una energía y una generosidad que sorprendieron a todos. Aprendió albanés, se comprometió con las causas sociales, impulsó la construcción de hospitales y orfanatos. Fue la fuerza detrás del primer hospital de maternidad de Albaña, una institución que más tarde llevaría su propio nombre.

habló en público, en defensa de los derechos de las mujeres albanesas en una época y en un contexto en el que esa sola voz ya era un acto de valentía. El pueblo albanés la quiso. La llamaban su reina con un orgullo genuino. Y Geraldina los correspondía con una devoción que iba más allá del protocolo. Era una reina que salía a la calle, que miraba a los ojos a sus súbditos, que no se escondía detrás de los muros del palacio.

En un país donde las mujeres tenían un papel secundario en la vida pública, ella era una presencia nueva, una figura que anunciaba sin palabras que el mundo podía ser de otra manera. Y mientras tanto, en Roma, los generales de Mussolini terminaban de trazar sus mapas. El 5 de abril de 1939, Geraldina dio a luz al único hijo que tendría con el rey Soc.

Lo llamaron Leca y su nacimiento fue celebrado en todo el país como el acontecimiento más esperado del reino. Albania tenía herevero, la dinastía Sogu tenía continuidad. El rey celebró el nacimiento con disparos al aire, música en las plazas y el júbilo desordenado y sincero de un pueblo que en ese momento no podía imaginar que aquella alegría tendría tan corta vida.

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