Las naciones que habían apostado por el eje empiezan a ver cómo sus apuestas se vuelven en su contra. Para Bulgaria, aliada formal de Alemania, aunque sin haber declarado la guerra a la Unión Soviética, la situación se vuelve insostenible en cuestión de días. El 5 de septiembre de 1944, Stalin declara la guerra a Bulgaria.
Es un movimiento casi teatral porque Bulgaria no ha luchado contra la Unión Soviética e incluso ha mantenido relaciones diplomáticas con Moscú a lo largo de toda la contienda. Pero la lógica de la geopolítica de guerra no siempre es la lógica de los tratados. Tres días después, el ejército rojo entra en territorio búlgaro sin encontrar resistencia.
No hay batallas, no hay disparos. Las tropas soviéticas avanzan por carreteras y campos como si ya fueran los dueños del lugar y en cierta medida desde ese momento, lo son. El 9 de septiembre de 1944 es la fecha que los búlgaros comunistas llamarán durante décadas el día de la liberación. Un golpe de estado respaldado por la Unión Soviética derroca al gobierno existente y coloca en el poder al frente de la patria, una coalición dominada por el Partido Comunista búlgaro.
El príncipe Quiril, que presidía el Consejo de Regencia, es arrestado junto a los demás regentes y el destino de todos ellos será rápido y brutal. Los tres miembros del Consejo de Regencia, así como decenas de ministros, diputados, oficiales del ejército y periodistas destacados, son juzgados por el llamado Tribunal del Pueblo, un organismo político disfrazado de instancia judicial.
Los veredictos ya están escritos antes de que comiencen los juicios. En febrero de 1945, el príncipe Quiril y los demás condenados son ejecutados. En pocas semanas el nuevo régimen ha decapitado de forma literal y metafórica a toda la élite política y monárquica del país. Simeón, que ahora tiene 7 años, está en el palacio de Brana, en las afueras de Sofía.
Su madre, la reina Juana, intenta protegerlo de lo que ocurre fuera de los muros. Pero los muros del palacio ya no protegen a nadie. El palacio mismo había sido bombardeado en 1944 por aviones aliados británicos y la familia real vive bajo una forma de arresto domiciliario que el nuevo gobierno no necesita declarar formalmente porque simplemente se impone.
El pequeño rey de Bulgaria es ahora un prisionero en su propio hogar. Hay algo profundamente perturbador en la imagen de un niño que es rey, pero que no puede salir a la calle sin permiso, que tiene un trono, pero no tiene libertad, que lleva un nombre cargado de siglos de historia, pero vive rodeado de guardias que responden a órdenes de Moscú.
Esa es la realidad de Simeón durante los años que van de 1944 a 1946. Una existencia suspendida entre la ficción de una monarquía que ya no existe y la certeza de un exilio que se acerca a pasos firmes. La reina Juana, mujer de gran carácter y educada en la corte italiana de su padre, Víctor Manuel I se convierte en la columna vertebral de lo que queda de la familia Real Búlgara.
Junto a ella está la princesa María Luisa, hermana mayor de Simeón. Juntos los tres forman un núcleo de resistencia silenciosa frente a un régimen que los vigila constantemente, pero que al menos de momento no se atreve a tocarlos. El niño rey, considerado inocente por la brutalidad del nuevo orden, se salva de la violencia directa que ha destruido a tantos que lo rodeaban.
Pero la máquina del comunismo no necesita guillotinas cuando tiene referéndums. El 8 de septiembre de 1946, el gobierno del Frente de la Patria organiza una consulta popular sobre la forma de gobierno del país. El resultado, cuya legitimidad será cuestionada por décadas, indica que la mayoría de los búlgaros vota a favor de agolir la monarquía y proclamar una república popular.
Ese día la monarquía búlgara deja de existir en el papel. Lo que ya había muerto en los hechos recibe ahora una firma oficial. Simeón Segund nunca firma ningún documento de aplicación. Este detalle aparentemente menor será en realidad el hilo del que tirará durante décadas para mantener viva su legitimidad dinástica. Desde el punto de vista legal y simbólico, él nunca renuncia al trono.
El trono le es arrebatado. Hay una diferencia enorme entre abdicar y ser expulsado. Y Simeón la conoce bien, aunque en ese momento tiene apenas 9 años y quizás no comprende del todo las implicaciones jurídicas. Lo que sí comprende es que deben irse y pronto. El 16 de septiembre de 1946, Simeón, su madre, la reina Juana, su hermana María Luisa y su tía Eudoxia abandonan Sofía rumbo a Estambul.
No es una partida voluntaria, no hay despedida oficial, no hay discurso, no hay honores de estado. Es una expulsión silenciosa ordenada por un régimen que ya no tiene ningún uso para ellos, pero que tampoco quiere la complicación política de hacerles daño directamente. El pequeño exar de Bulgaria cruza la frontera llevando consigo muy poco equipaje y una pregunta que lo perseguirá durante años.
¿Volverá algún día? Estambul en 1946 es una ciudad que vive en los márgenes de todas las guerras sin haber sido destruida por ninguna. Por sus calles transitan diplomáticos, espías, refugiados y personas que han perdido todo y buscan reconstruir algo. En ese ambiente de tránsito y provisionalidad llega la familia real búlgara, sin pompa, sin escoltas, sin el ceremonial que acompañaba cada uno de sus movimientos en Sofía.
Son simplemente otra familia de exiliados en una ciudad acostumbrada a recibirlos. La estancia en Estambul es breve pero necesaria. Desde allí, la familia establece contacto con lo que queda de su red de relaciones europeas y es gracias a esa red que el siguiente destino se convierte en Alejandría, en Egipto. Una ciudad mediterránea, cosmopolita y vibrante que en esa época alberga a una comunidad europea considerable, incluyendo a varios miembros de casas reales desplazadas por el vendaval de la guerra y la revolución.
Entre ellos está nada menos que el abuelo materno de Simeón, el rey Víctor Manuel I de Italia, que también vive en el exilio tras la caída del fascismo en su país. El encuentro con el abuelo en Alejandría tiene algo de simbólico y de melancólico al mismo tiempo. Dos reyes sin trono, uno anciano y uno niño, reunidos en una ciudad extranjera por culpa de las mismas fuerzas que han barrido las monarquías de Europa con una eficiencia brutal.
Víctor Manuel I morirá en Alejandría en diciembre de 1947 sin haber podido regresar a Italia. Para el joven Simeón, esa pérdida es otra más en una lista que ya es demasiado larga para sus años. En Alejandría, Simeón asiste al Victoria College, uno de los colegios más prestigiosos de la ciudad. Allí comparte pupitres y pasillos con otro joven de circunstancias igualmente extraordinarias.

Su compañero de clase es Jusín, el que más adelante se convertirá en el rey Jusín I de Jordania. Dos futuros destinos singulares sentados en la misma aula, aprendiendo las mismas lecciones, compartiendo quizás la misma sensación de estar fuera de lugar en un mundo que no termina de saber qué hacer con ellos.
Es un detalle pequeño, pero que la historia guarda con cierta ternura, como una nota a pie de página que dice más de lo que parece. Pero Alejandría tampoco es el destino final. Europa sigue reorganizándose. Las monarquías en el exilio buscan anclaje en países que ofrezcan estabilidad y cierta simpatía hacia su causa.
Y una puerta se abre inesperadamente desde el extremo occidental. del continente. España, a comienzos de la década de 1950, es un país gobernado por el general Francisco Franco con mano de hierro. Un régimen que el mundo democrático observa con suspicacia, pero que en aquellos años de guerra fría sirve de refugio para quienes huyen del comunismo.
Franco, que tiene sus propias razones ideológicas para rechazar el avance soviético en Europa, no duda en ofrecer asilo a la familia real búlgara. Y así, después de los años en Alejandría, Simeón, la reina Juana y la princesa María Luisa cruzan el Mediterráneo y se instalan en Madrid. El primer hogar en Madrid no es un palacio, es una villa en el barrio de Metropolitano que la familia compra gracias al dinero que les regala la reina Elena de Italia, su familiar.
Los recuerdos que el propio Simeón conservará de esos primeros tiempos son reveladores de hasta qué punto la caída ha sido total. Al principio, reconoció décadas después, no tenían con qué amueblar aquella gran villa y pusieron los colchones directamente sobre el suelo. De rey a vivir sobre colchones en el suelo.
El contraste no necesita comentario, pero la familia se adapta. La reina Juana demuestra una resiliencia admirable. Simeón retoma sus estudios con la disciplina que le han inculcado desde pequeño. En Madrid se matricula en el Liceo Francés, donde sigue sus estudios con rigor y seriedad, y en 1957 se gradúa del bachillerato. Son años de construcción de una nueva identidad, de aprender a vivir sin el peso inmediato de un trono, pero sin abandonar tampoco la conciencia de quién es y de qué lleva en su nombre.
En 1955, cuando cumple 18 años y alcanza la mayoría de edad, Simeón hace algo que nadie en el régimen comunista búlgaro esperaba. dirige al pueblo de Bulgaria una proclamación formal en la que reafirma sus derechos dinásticos, declara su fidelidad a la Constitución de Tarnobo y expresa su voluntad de restaurar las instituciones libres en su país.
Nadie en Sofía lo escucha oficialmente, pero el gesto queda registrado, la llama no se apaga. La España de Franco, con todas sus contradicciones, ofrece a Simeón algo que ningún otro lugar hasta entonces le había dado de forma estable, una base, un punto fijo desde el que observar el mundo y esperar.
Y en ese esperar, Simeón aprende otra lección fundamental que la vida de los reyes en el exilio enseña mejor que cualquier academia. La paciencia no es debilidad, es muchas veces la única estrategia disponible. La vida en el exilio tiene sus propias reglas, sus propios ritmos y sus propias formas de resistencia.
Para Simeón, la España de los años 60 es un escenario paradójico. Por un lado, vive como un noble sin reino recibido con respeto en los círculos aristocráticos europeos. pero sin poder real ni influencia política. Por otro lado, empieza a construirse una vida concreta, tangible, alejada de la abstracción romántica del exilio y anclada en la realidad cotidiana.
El paso siguiente a los estudios en Madrid lleva a Simeón al otro lado del Atlántico. Entre 1958 y 1959 recibe instrucción militar en la academia de Valley Forge en Wayne, Pennsylvania, en Estados Unidos. lo hace bajo una identidad encubierta, sin anunciarse como el ex SAR de Bulgaria, porque en plena Guerra Fría y con un país comunista de por medio, la discreción es una herramienta de supervivencia tanto como cualquier arma.
Esta experiencia americana añade una capa más a una personalidad que ya es extraordinariamente cosmopolita para alguien de su edad. De regreso en Europa, Simeón completa su formación con varios cursos de administración de empresas. El mundo de los negocios le interesa genuinamente y en él encontrará durante las siguientes décadas un terreno en el que puede moverse con libertad, sin estar sujeto a los baivenes de la política o a las restricciones del exilio.
Se convierte en consejero de varias empresas de prestigio vinculado a instituciones financieras de primer nivel como la banca la SARD y llega a presidir la filial española de Thomson Consumer Electronics. El rey sin trono se convierte en ejecutivo exitoso. Y entonces, el 20 de enero de 1962 ocurre algo que no tiene nada de político, pero que cambiará su vida de forma decisiva.
En Lausana, Suiza, Simeón se casa con Margarita Gómez Acebo y Sejuela, una aristócrata española de familia ilustre. La ceremonia es sencilla en comparación con los estándares de las bodas reales, pero está cargada de significado. Simeón elige a alguien cuya vida también está enraizada en España, en ese país que lo ha acogido y que durante décadas será su hogar adoptivo.
Con Margarita, Simeón forma una familia numerosa. Nacerán cinco hijos, todos en Madrid, y ninguno de ellos aprenderá el búlgaro de forma natural. Porque Bulgaria sigue siendo un país cerrado, lejano y comunista. Pero en casa la memoria de aquel reino al borde del mar negro se mantiene viva, aunque sea como una historia que se cuenta a la hora de cenar y que los niños escuchan como se escuchan los cuentos de hadas antiguos, con la mezcla de fascinación y distancia que da el tiempo.
Las décadas pasan, el comunismo búlgaro se asienta, se consolida y construye sobre las ruinas de la monarquía una sociedad que borra metódicamente cualquier rastro de lo que existió antes. Los palacios reales se convierten en museos del estado o en residencias de los nuevos líderes del partido. Los retratos de Boris tercero desaparecen de los edificios públicos.
El nombre de Simeón Segund no se menciona en los libros de texto. Para las generaciones que crecen en la Bulgaria comunista, la historia del Rey niño es literalmente una historia que no existe y sin embargo, algo persiste. En las familias búlgaras que guardan fotografías antiguas, en los círculos de emigrantes que se reúnen en Madrid, en París o en Nueva York, la memoria de la monarquía sobrevive en susurros.
Simeón, desde su vida en Madrid mantiene durante todos esos años un vínculo activo con su comunidad de origen. Más de 4,000 compatriotas lo visitan a lo largo de dos décadas en su residencia madrileña. Él los recibe, los escucha, mantiene un círculo informal de consejeros y asesores búlldaros que lo mantienen informado de lo que ocurre en su país.
No es un rey activo, pero tampoco es un rey olvidado. En la Europa occidental de los años 60, 70 y 80, Simeón lleva una existencia que podría describirse como la de un hombre de dos mundos. Por un lado, el ejecutivo eficiente, el marido y padre burgués instalado en Madrid, con una red de amistades que incluye a figuras de primer orden de la política y las finanzas europeas.
Entre esas amistades figura la del entonces príncipe de España, Juan Carlos, con quien forja una relación de amistad genuina que resistirá el paso del tiempo. Dos hombres vinculados a la realeza, ambos forjados en el exilio y en la incertidumbre del futuro. Por otro lado, Simeón nunca deja de ser el sar de Bulgaria en su propia mente y en la mente de quienes lo rodean y reconocen como tal.
Esa dualidad, lejos de angustiarlo, parece otorgarle una serenidad particular. Ha aprendido que la identidad no reside en los palacios ni en las coronas, sino en algo más difícil de arrebatar. Reside en la convicción, en la memoria y en la voluntad de no rendirse, y esa convicción lo acompañará cuando de forma completamente inesperada para el mundo, la historia decida darle una segunda oportunidad.
El 9 de noviembre de 1989, el muro de Berlín cae. Es uno de esos momentos que el mundo entero reconoce como un antes y un después. En toda Europa del Este, los regímenes comunistas se derrumban uno tras otro con una rapidez que sorprende incluso a quienes los combatieron durante décadas. Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Rumanía, Bulgaria.
El mapa político del continente se transforma en cuestión de meses, como no lo había hecho desde el final de la Segunda Guerra Mundial. En Bulgaria el cambio llega de forma relativamente ordenada comparado con otros países del bloque. El líder comunista Todor Jibkov, que había gobernado el país durante 35 años, es destituido por sus propios compañeros de partido.
El 10 de noviembre de 1989, un día después de la caída del muro de Berlín, el país comienza una transición hacia la democracia que, como todas las transiciones, es larga, dolorosa y llena de contradicciones. Simeón, que tiene 52 años en ese momento, sigue en Madrid. Observa los acontecimientos con la atención de quien lleva décadas esperando exactamente este tipo de giro, pero no actúa de inmediato.
No aparece en los medios declarando su intención de volver. No organiza manifestaciones ni llama a la restauración de la monarquía. Espera, observa y deja que los tiempos maduren. Esa prudencia que algunos interpretan como frialdad o falta de ambición es en realidad la expresión más fiel de una inteligencia política que se ha ido formando silenciosamente durante 43 años de exilio.
El proceso de reconstrucción democrática en Bulgaria es complejo. Las fuerzas políticas se reorganizan. Los antiguos comunistas se reciclan bajo nuevas siglas. Los disidentes salen de las cárceles y de la clandestinidad, y la sociedad búlgara intenta encontrar su camino en un mundo nuevo para el que no estaba del todo preparada.
En medio de ese proceso, la figura del ex-rey empieza a flotar en el imaginario colectivo como una posibilidad que muchos no se atreven todavía a articular claramente. ¿Debería volver Simeón? ¿Debería Bulgaria restaurar la monarquía? Son preguntas que circulan en los cafés de Sofía, en los debates televisivos y en las columnas de los periódicos de reciente aparición.

Las respuestas son tan variadas como la propia sociedad búlgara, dividida entre la nostalgia, el pragmatismo y el deseo de construir algo verdaderamente nuevo sobre las ruinas del sistema que acaba de desmoronarse. El 25 de mayo de 1996 es un día histórico para Bulgaria. Por primera vez en 50 años, el ex Sarón Segund pisa suelo búlgaro.
El regreso no se produce como la entrada triunfal de un monarca restaurado, sino como la visita de un ciudadano ilustre que vuelve a ver el país que le arrebataron cuando era un niño. Pero el impacto es enorme, de una magnitud que sorprende incluso a los más preparados para recibirlo. Más de medio millón de personas se congregan en Sofía para verlo llegar.
Las calles están abarrotadas de gente que agita banderas, que llora, que grita su nombre. Para muchos búlgaros, especialmente los de mayor edad, ese regreso tiene algo de restauración simbólica de una historia que el comunismo intentó borrar, pero que nunca logró extinguir del todo. Para los más jóvenes es el encuentro con un personaje casi mítico que hasta ese momento solo conocían a través de historias de sus padres y abuelos.
El propio Simeón está visiblemente emocionado. 50 años de exilio terminan en ese instante en que el avión aterriza y él baja las escalerillas y pisa de nuevo la tierra búlgara. Es un hombre de casi 60 años, pero en ese momento parece también el niño de seis que salió un día de septiembre de 1946 sin saber si volvería.
La conexión entre ambos momentos, separados por medio siglo, es tan poderosa que resulta casi cinematográfica. Sin embargo, las encuestas de ese mismo periodo cuentan una historia diferente. A pesar del entusiasmo del recibimiento, el 70% de los búlgaros se declara contrario a la restauración de la monarquía.
La gente lo quiere, lo admira, lo recibe con emoción genuina, pero no quiere volver al sistema monárquico. Bulgaria ha elegido ser república y en su mayoría quiere seguir siéndolo. Simeón lo sabe y acepta esa realidad con una madurez que deja sin argumentos a quienes temían que su regreso fuera el preludio de una aventura restauradora.
Este primer viaje de regreso dura pocos días, pero abre una puerta que ya no se cerrará. Simeón comienza a visitar Bulgaria con regularidad. El país lo ve y se reconoce en él. Y algo empieza a gestarse en la mente del exrey, algo que nadie, en sus momentos más especulativos podría haber predicho con exactitud.
No será un rey lo que regrese a gobernar Bulgaria. será algo mucho más inusual y mucho más interesante. La Bulgaria de finales de los años 90 vive una de las peores crisis económicas de su historia reciente. La inflación se dispara a niveles que hacen que el dinero pierda valor de un día para otro. Los bancos quiebran, los salarios no alcanzan para cubrir las necesidades básicas.
La corrupción carcome las instituciones públicas. con una voracidad que paraliza cualquier intento de reforma. Los dos grandes partidos que se alternan en el poder, el Partido Socialista Heredero del Comunismo y la Unión de Fuerzas Democráticas, han erosionado su credibilidad hasta el punto de que amplios sectores de la población ya no confían en ninguno de ellos.
Es en ese contexto de hartazgo y desencanto donde Simeón comienza a percibir, con una intuición afinada por décadas de observación política, que existe un vacío que él podría llenar no como rey, no como restaurador de la monarquía, sino como político, como figura nueva en un paisaje desgastado, alguien que no está manchado por los escándalos del comunismo ni por los fracasos de la transición.
alguien que lleva en su nombre la legitimidad de una historia que el país siente como propia. El Tribunal Constitucional Búlldaro le cierra una puerta cuando deniega su candidatura a la presidencia de la República, argumentando que no cumple con el requisito de haber residido en el país durante al menos 5 años.
Es un obstáculo legal que en manos de un hombre menos determinado habría sido el fin de la aventura. Pero Simeón no es ese hombre. Si no puede ser presidente, encontrará otro camino y ese camino tiene nombre. En abril de 2001, Simeón regresa definitivamente a Bulgaria y funda el Movimiento Nacional Simeón Segundo, conocido por sus siglas MN.
S2 es un partido político nuevo, sin historia previa, sin aparato burocrático heredado, sin las inercias que paralizan a las formaciones consolidadas. Su programa se centra en ideas concretas, cambios rápidos y fundamentales, prosperidad en 800 días, integración en la Unión Europea, lucha sin cuartel contra la corrupción.
El mensaje es directo, ambicioso y deliberadamente optimista en un país que lleva años sumido en el pesimismo. La reacción de los partidos establecidos es una mezcla de incredulidad y alarma. Nadie los había consultado, nadie les había pedido permiso. Un ex SAR en el exilio llega a su país, funda un partido en cuestión de semanas y se lanza a una campaña electoral que sacude el tablero político como un terremoto inesperado.
Las reglas del juego que todos conocían empiezan a cambiar a una velocidad que no esperaban. Las elecciones parlamentarias del 17 de junio de 2001 son, desde cualquier ángulo que se las mire, uno de los eventos más extraordinarios de la historia política europea contemporánea. Un ex monarca destronado en la infancia que pasó más de medio siglo en el exilio, regresa a su país, funda un partido político en pocas semanas y se presenta a las elecciones.
Y gana, no por un margen estrecho, gana de forma aplastante. El Movimiento Nacional Simeón Segund obtiene 120 de los 240 escaños del Parlamento búlgaro. exactamente la mitad de los asientos de la cámara y supera con enorme ventaja a los dos partidos mayoritarios que habían dominado la política gúlgara desde la caída del comunismo.
La Unión de Fuerzas Democráticas obtiene apenas el 18,24% de los votos. El Partido Socialista el 17,35. Simeón, con el 43% de los sufragios, ha pulverizado el sistema político vigente. El carácter único de este resultado no pasa desapercibido para la historia. Es la primera y única vez que un monarca destronado regresa a gobernar su país no a través de una restauración dinástica, sino ganando unas elecciones democráticas y libres.
No hay precedente para este fenómeno en ningún otro país del mundo. Es en todos los sentidos de la expresión un caso sin igual. Simeón, que no se había incluido en las listas electorales porque prefería no ocupar formalmente un escaño, acepta, sin embargo, el cargo de primer ministro cuando el presidente de la República lo designa para encabezar el gobierno.
El 24 de julio de 2001, Simeón Saxko Burgotsky, que así decide llamarse en el ámbito político para subrayar su condición de ciudadano búlgaro, es investido primer ministro de la República de Bulgaria con 141 votos a favor, 50 en contra y 46 abstenciones. El niño que fue expulsado de Bulgaria a los 9 años sin haber firmado ningún papel de abdicación gobernará ahora ese mismo país, pero no como SAR, sino como primer ministro electo de una república.
La ironía de la historia, cuando decide ser irónica no tiene rival. Gobernar Bulgaria en los primeros años del siglo XXI no es tarea sencilla para nadie y menos aún para alguien que llega al cargo con el peso de las expectativas desorbitadas que ha generado su campaña. Simeón había prometido cambios visibles en 800 días.
Era un plazo ambicioso, quizás demasiado ambicioso, pero había sido precisamente esa audacia la que había cautivado a millones de votantes cansados de promesas indefinidas y de reformas eternas que nunca terminaban de llegar. El gobierno que forma Simeón refleja su visión cosmopolita y tecnocrática del mundo.
Los ministerios más importantes quedan en manos de jóvenes profesionales formados en universidades occidentales, con experiencia en instituciones financieras internacionales y con una visión de Bulgaria integrada en Europa y en el sistema económico global. Es un gabinete moderno en un país que intenta sacudirse de encima décadas de atraso institucional.
La coalición se completa con el apoyo del Movimiento por los derechos y las libertades, el partido que representa a la minoría turca de Bulgaria, liderado por Ahmed Dogán, que aporta 21 diputados al bloque gubernamental. Los logros de la gestión no son despreciables. La economía búlgara se estabiliza durante su mandato.
La inflación se controla, las inversiones extranjeras aumentan y el objetivo más ambicioso de todos, el ingreso de Bulgaria en la Unión Europea y en la OTAN, avanza de forma decidida durante los 4 años en que Simeón ocupa la jefatura del gobierno. Bulgaria ingresa en la OTAN en 2004 durante su mandato y las negociaciones para la adhesión a la Unión Europea progresan hasta el punto de que el ingreso formal se produce en enero de 2007, apenas dos años después de que Simeón deje el poder.
Pero la política tiene una crueldad hacia quienes llegan con promesas grandes. El ciudadano que votó con entusiasmo a Simeón en 2001 esperaba ver transformaciones radicales en su vida cotidiana en el plazo de 800 días. La realidad de la gobernanza en un país con las herencias institucionales y económicas de Bulgaria es infinitamente más compleja que cualquier promesa electoral.
Los cambios son reales pero lentos y la impaciencia de la gente comprensible empieza a erosionar el apoyo inicial. Las elecciones legislativas de junio de 2005 colocan a Simeón ante el veredicto de los búlvaros después de 4 años de gobierno. El resultado es agridulce. El movimiento nacional Simeón Segund pierde una parte significativa de su apoyo inicial.
obtiene resultados suficientes para participar en el gobierno, pero esta vez en un rol secundario como socio menor en una coalición liderada por el Partido Socialista Búlgaro. Es el tipo de resultado que en política suele interpretarse como una derrota velada, aunque formalmente sea una continuidad. Los críticos señalan que las promesas de los 800 días no se cumplieron en los plazos prometidos, que la corrupción, si bien combatida, no fue erradicada, que la brecha entre las expectativas generadas y los resultados alcanzados fue demasiado grande. Los defensores de
su gestión responden que Bulgaria entró en la OTAN, que las negociaciones con la Unión Europea se aceleraron decisivamente y que la estabilidad macroeconómica que él construyó fue el fundamento sobre el que los gobiernos posteriores pudieron trabajar. Ambos tienen parte de razón, como suele ocurrir en los debates sobre legados políticos.

En 2009, el ciclo político de Simeón se cierra de forma abrupta. En las elecciones de ese año, el Movimiento Nacional Simeón Segund no logra superar el umbral necesario para obtener representación parlamentaria. El partido que había sacudido la política búlgara como un terremoto en 2001 desaparece del Parlamento en 2009 sin conseguir ni un solo estaño.
Es el tipo de caída que la política, implacable y sin memoria, reserva incluso a sus actores más extraordinarios. Simeón anuncia que se retira de la actividad política activa. Tiene 72 años. Detrás de él queda una trayectoria que desafía cualquier categorización simple. Ha sido rey niño, exiliado, empresario exitoso, fundador de partido, primer ministro electo y figura política en declive. Todo en una sola vida.
Pocasías en el siglo XX concentran tanta historia. tanta pérdida y tanto renacimiento en un solo ser humano. La vida después de la política tiene sus propias texturas y sus propias dificultades. Para Simeón, los años que siguen a su retirada de la vida pública activa no son años de quietud. Son años en los que el hombre y el legado coexisten en una tensión permanente con la realidad jurídica y política de un país que ya no sabe muy bien qué hacer con él.
El problema de los bienes es uno de los más espinosos y persistentes de cuantos rodean la figura de Simeón en Bulgaria. Cuando cayó el comunismo, el proceso legislativo de restitución de bienes nacionalizados o confiscados abrió una vía para que la casa real reclamara lo que le había sido arrebatado en 1946.
En 1998, el Tribunal Constitucional ordenó la entrega a la familia real de propiedades y cuentas que le habían sido confiscadas ilegalmente. Simeón recupera entonces su ciudadanía búlgara y parte de sus bienes privados, pero el mismo tribunal que ordena esa restitución falla también en contra de la demanda para invalidar el referéndum de 1946 que abolió la monarquía.
La legitimidad del referéndum cuestionada por décadas se mantiene oficialmente intacta. Bulgaria seguirá siendo república y las propiedades de Simeón, incluyendo algunos de los palacios y fincas que formaban parte del patrimonio de la corona, se convierten en objeto de disputas legales que se prolongan durante años y generan una controversia pública que complica la imagen del ex-rey ante parte de la opinión búlgara.
Hay búlgaros que ven en Simeón a un hombre que regresó a su país para servirlo con honestidad y que merece el reconocimiento de la nación. Y hay búlgaros que lo perciben como alguien que volvió también para recuperar un patrimonio considerable y que no siempre ha actuado con la transparencia que exige quien aspira a representar el interés público.
Esa división de opiniones es en sí misma un indicador fiel de la complejidad de su figura y de la complejidad del país que gobierna, sus percepciones. En agosto de 2018, cuando se cumplen 75 años de la muerte de su padre Boris Iero y de su propia proclamación como sar de Bulgaria, Simeón rompe su relativo silencio público para hablar de lo que llama su segundo exilio.
Es una expresión que llama poderosamente la atención y que resume con amargura una situación que pocos habrían anticipado. Simeón vive en Bulgaria desde su regreso definitivo, pero siente que su país lo trata una vez más como a un extraño. Las disputas legales sobre sus propiedades continúan.
Algunas fincas que habían sido devueltas a la familia real son objeto de nuevas impugnaciones. Los sucesivos gobiernos adoptan posturas cambiantes sobre el tema y Simeón percibe en todo ello una voluntad política de mantenerlo en una posición de permanente incertidumbre. El hombre que fue expulsado de Bulgaria a los 9 años siente que de alguna manera vuelven a expulsarlo, esta vez sin necesidad de un decreto formal.
Sus hijos, los cinco que tuvo con Margarita, han construido sus vidas principalmente fuera de Bulgaria. Ninguno de ellos habla búlgaro con fluidez porque nacieron en Madrid y crecieron en un ambiente hispanohablante e internacional. La conexión con Bulgaria es emocional y simbólica para ellos, pero no cotidiana ni práctica.
El peso de mantener viva la llama de la identidad búlgara en la familia real recae sobre Simeón casi en exclusiva y él lo lleva con una mezcla de orgullo y cansancio que es difícil de ocultar a medida que los años avanzan. Margarita, su esposa española, ha sido su compañera fiel a lo largo de décadas de exilio, de retorno y de nueva incertidumbre.
Ella también ha hecho de Bulgaria su hogar adoptivo, aprendiendo el idioma y participando en los asuntos públicos con discreción y elegancia. Juntos siguen viviendo en Sofía, en la ciudad que fue la capital de su reino y que ahora es simplemente la ciudad donde residen como ciudadanos más entre millones. El círculo de la vida tiene esa capacidad de volver al principio, aunque el paisaje sea irreconocible respecto al que había cuando todo comenzó.
Para entender a Simeón de Bulgaria en toda su dimensión, es necesario volver a una de las preguntas que su historia plantea de forma inevitable. ¿Qué es lo que verdaderamente perdió? La respuesta fácil es la corona, el trono, el palacio, el poder. Pero esa respuesta es incompleta. Lo que perdió Simeón, o mejor dicho, lo que le fue arrebatado, es algo más difícil de cuantificar y más difícil también de recuperar.
Perdió la infancia normal, esa infancia que cualquier niño tiene derecho a vivir sin el peso de la historia sobre los hombros. A los 6 años tenía un país. A los nueve no tenía ni país ni familia completa. Su tío Quiril había sido ejecutado. Su padre llevaba años muerto en circunstancias que nunca se aclararon del todo.
Su madre era una reina sin reino, intentando mantener unida a una familia desplazada en países extranjeros. Ningún niño debería cargar con eso. Y sin embargo, Simeón lo cargó con una dignidad que es, en retrospectiva, casi incomprensible para su edad. perdió también la lengua de su tierra de una manera que resulta simbólicamente dolorosa.
Sus propios hijos no hablan búlgaro. El idioma que debería haber sido el de la corte, el de los discursos de Estado, el de las conversaciones con los ministros y los generales, se convirtió para la siguiente generación en una lengua extranjera. La continuidad lingüística, que es una de las formas más íntimas de continuidad cultural, se rompió en la generación de Madrid y esa ruptura es irreparable, aunque los afectos y la lealtad simbólica permanezcan intactos.
perdió décadas de la historia de su propio país. Mientras Bulgaria vivía bajo el comunismo, mientras sus ciudadanos construían, sufrían, resistían y eventualmente derrocaban el sistema que los oprimía, Simeón observaba desde lejos, no porque quisiera estar lejos, sino porque no se le permitía estar cerca. Esa distancia forzada del devenir histórico de tu propio país, esa imposibilidad de compartir ni el sufrimiento, ni la lucha, ni la alegría del momento, es una forma de pérdida que no tiene nombre exacto, pero que se
siente con la misma intensidad que cualquier otra. Pero la historia de Simeón no es solo una historia de pérdidas. Sería injusto con su vida y con su extraordinaria trayectoria reducirla únicamente a lo que le fue arrebatado, porque lo que logró, considerando los puntos de partida y los obstáculos que enfrentó, es igualmente notable y merece ser examinado con la misma atención.
Cuando los historiadores y los politólogos buscan en los archivos del siglo XX un caso en el que un monarca destronado haya recuperado el poder político de su país a través de elecciones democráticas, solo encuentran un nombre, Simeón Segund de Bulgaria. Es un caso único en la historia política moderna y su singularidad no se puede explicar únicamente por la nostalgia de un electorado frustrado.
Se explica también por la inteligencia, la paciencia y la visión de un hombre que supo esperar el momento adecuado y presentarse cuando ese momento llegó con un mensaje que su país necesitaba escuchar. logró desde el gobierno que Bulgaria ingresara en la OTAN en 2004. Logró acelerar el proceso de adhesión a la Unión Europea que se completaría en 2007.
Son hitos históricos de primer orden para un país pequeño que salía de décadas de aislamiento comunista y que buscaba anclar su futuro en las instituciones de la Europa libre. Que Simeón haya contribuido de forma decisiva a ese proceso no es algo menor ni fácilmente reversible y logró, quizás esto es lo más difícil de cuantificar, reconciliar a Bulgaria con una parte de su propia historia que el comunismo había intentado borrar.
Su regreso, su participación en la vida pública, su presencia física en el país, obligaron a los búlgaros a mirarse en un espejo que incluía también el periodo monárquico y a reconocer en ese periodo no solo luces, sino también dignidades que merecían ser recordadas. Esa reconciliación con la propia historia, imperfecta y todavía incompleta, es también parte de su legado.
El siglo XXI ha cambiado la forma en que el mundo percibe a los reyes sin trono. En el siglo XX, las monarquías caídas eran reliquias de un orden antiguo que la historia moderna archivaba con cierta condescendencia. En el siglo XXI, con la distancia suficiente como para evaluar los resultados de los sistemas que sustituyeron a esas monarquías, la perspectiva empieza a ser más matizada.
Bulgaria tiene hoy una opinión sobre Simeón que es imposible reducir a una sola frase. Hay búlgaros que lo respetan profundamente y que ven en su vida una parábola de lealtad y resistencia que honra a su nación. Hay búlgaros que lo perciben con ambivalencia, que reconocen sus contribuciones, pero que no le perdonan del todo las promesas incumplidas de los 800 días.
Y hay búlgaros, especialmente entre las generaciones más jóvenes, para quienes Simeón es una figura histórica más, parte de un pasado complejo del que se saben herederos, pero con el que no tienen una relación emocional directa. Lo que ningún búlgaro puede negar, independientemente de su posición política o de su valoración personal, es que la vida de Simeón Segund es extraordinaria en el sentido más literal de la palabra.
está fuera de lo ordinario. Desborda los parámetros habituales de lo que una sola vida puede contener. Rey niño, exiliado, empresario, político, primer ministro y ciudadano, que envejece en la ciudad de la que fue expulsado. Pocas trayectorias en la historia europea reciente pueden competir con esa densidad biográfica.
Y hay un detalle que nunca hay que perder de vista, uno que ya se mencionó al comienzo de esta historia, pero que vale la pena recordar ahora que nos acercamos al final. Simeón Segund nunca abdicó, nunca firmó el papel que el régimen comunista hubiera necesitado para cerrar definitivamente el capítulo monárquico de la historia búlgara.
Ese papel nunca existió. Lo que existió fue una expulsión, un referéndum amañado y décadas de silencio forzado. Pero desde el punto de vista de la legitimidad dinástica, el hilo nunca se cortó. Y eso, en la lógica de la historia de las monarquías, tiene un significado que trasciende lo jurídico y entra en el territorio de lo simbólico.
Hay una imagen que resume mejor que ninguna otra toda la historia de Simeón de Bulgaria. No es la imagen del niño coronado en 1943. No es la imagen del exiliado en Madrid viviendo sobre colchones en el suelo de una villa sin muebles. No es la imagen del primer ministro investido en el Parlamento de Sofía en 2001.
Es una imagen más sencilla y por eso mismo más poderosa. Es la imagen de un hombre anciano caminando por las calles de Sofía. La misma ciudad en la que nació, la misma ciudad de la que fue expulsado a los 9 años, la misma ciudad a la que regresó con 59 años para intentar hacer algo bueno por su gente. Un hombre que lleva en su nombre el peso de 1000 años de historia búlgara y que ha aprendido a lo largo de casi nueve décadas de vida que esa historia no le pertenece a él solo, le pertenece a todos.
Simeón nació siendo el heredero de un trono. Creció siendo el prisionero de un palacio. Se convirtió en el exiliado de un continente que se rehacía a sí mismo. Se transformó en el empresario que construyó una vida nueva sobre los escombros de la Antigua. fue el candidato que nadie esperaba, el ganador que nadie había predicho, el gobernante que cometió errores y también logró cosas que otros no habían podido lograr.
Y finalmente, sin fanfarrias ni discursos de despedida, se convirtió simplemente en un ciudadano más de la República que absorbió su reino hace más de 70 años. Hay algo en esa trayectoria que va más allá de la anécdota histórica o del caso político excepcional. Hay una enseñanza sobre la naturaleza misma de la identidad y de la pérdida que Simeón encarna con una claridad que pocas vidas pueden igualar.
Lo que somos no reside en los títulos que llevamos, ni en los palacios que habitamos, ni en los poderes que ejercemos. reside en algo más resistente y más íntimo. Reside en la forma en que respondemos cuando el mundo nos quita todo lo que creíamos que nos definía. A los 6 años le pusieron una corona, a los 9 se la arrancaron.
A los 59 ganó unas elecciones que nadie creía posibles. A los 72 las perdió con la misma naturalidad con que había ganado. Y a los más de 80 años sigue siendo Simeón, el mismo que siempre fue. El niño que fue rey y que perdió todo, y que de alguna manera, en los pliegues imposibles de una vida que desafió toda predicción, encontró el camino de regreso a casa.
No a la casa del palacio, no a la casa del trono, a la casa que se construye lentamente, con años y con pérdidas y con persistencia en el interior de uno mismo. Esa es la casa que nadie puede arrebatarte. Y esa es la casa en la que Simeón I de Bulgaria, el niño que fue rey y perdió todo, sigue viviendo hoy.
Esta ha sido su historia. Una historia que nos recuerda que la pérdida más grande no siempre es el final de algo, a veces es el comienzo de todo lo demás. Hasta la próxima.