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Simeón II: Fue Rey a los 6 Años y lo Perdió Todo

Las naciones que habían apostado por el eje empiezan a ver cómo sus apuestas se vuelven en su contra. Para Bulgaria, aliada formal de Alemania, aunque sin haber declarado la guerra a la Unión Soviética, la situación se vuelve insostenible en cuestión de días. El 5 de septiembre de 1944, Stalin declara la guerra a Bulgaria.

Es un movimiento casi teatral porque Bulgaria no ha luchado contra la Unión Soviética e incluso ha mantenido relaciones diplomáticas con Moscú a lo largo de toda la contienda. Pero la lógica de la geopolítica de guerra no siempre es la lógica de los tratados. Tres días después, el ejército rojo entra en territorio búlgaro sin encontrar resistencia.

No hay batallas, no hay disparos. Las tropas soviéticas avanzan por carreteras y campos como si ya fueran los dueños del lugar y en cierta medida desde ese momento, lo son. El 9 de septiembre de 1944 es la fecha que los búlgaros comunistas llamarán durante décadas el día de la liberación. Un golpe de estado respaldado por la Unión Soviética derroca al gobierno existente y coloca en el poder al frente de la patria, una coalición dominada por el Partido Comunista búlgaro.

El príncipe Quiril, que presidía el Consejo de Regencia, es arrestado junto a los demás regentes y el destino de todos ellos será rápido y brutal. Los tres miembros del Consejo de Regencia, así como decenas de ministros, diputados, oficiales del ejército y periodistas destacados, son juzgados por el llamado Tribunal del Pueblo, un organismo político disfrazado de instancia judicial.

Los veredictos ya están escritos antes de que comiencen los juicios. En febrero de 1945, el príncipe Quiril y los demás condenados son ejecutados. En pocas semanas el nuevo régimen ha decapitado de forma literal y metafórica a toda la élite política y monárquica del país. Simeón, que ahora tiene 7 años, está en el palacio de Brana, en las afueras de Sofía.

Su madre, la reina Juana, intenta protegerlo de lo que ocurre fuera de los muros. Pero los muros del palacio ya no protegen a nadie. El palacio mismo había sido bombardeado en 1944 por aviones aliados británicos y la familia real vive bajo una forma de arresto domiciliario que el nuevo gobierno no necesita declarar formalmente porque simplemente se impone.

El pequeño rey de Bulgaria es ahora un prisionero en su propio hogar. Hay algo profundamente perturbador en la imagen de un niño que es rey, pero que no puede salir a la calle sin permiso, que tiene un trono, pero no tiene libertad, que lleva un nombre cargado de siglos de historia, pero vive rodeado de guardias que responden a órdenes de Moscú.

Esa es la realidad de Simeón durante los años que van de 1944 a 1946. Una existencia suspendida entre la ficción de una monarquía que ya no existe y la certeza de un exilio que se acerca a pasos firmes. La reina Juana, mujer de gran carácter y educada en la corte italiana de su padre, Víctor Manuel I se convierte en la columna vertebral de lo que queda de la familia Real Búlgara.

Junto a ella está la princesa María Luisa, hermana mayor de Simeón. Juntos los tres forman un núcleo de resistencia silenciosa frente a un régimen que los vigila constantemente, pero que al menos de momento no se atreve a tocarlos. El niño rey, considerado inocente por la brutalidad del nuevo orden, se salva de la violencia directa que ha destruido a tantos que lo rodeaban.

Pero la máquina del comunismo no necesita guillotinas cuando tiene referéndums. El 8 de septiembre de 1946, el gobierno del Frente de la Patria organiza una consulta popular sobre la forma de gobierno del país. El resultado, cuya legitimidad será cuestionada por décadas, indica que la mayoría de los búlgaros vota a favor de agolir la monarquía y proclamar una república popular.

Ese día la monarquía búlgara deja de existir en el papel. Lo que ya había muerto en los hechos recibe ahora una firma oficial. Simeón Segund nunca firma ningún documento de aplicación. Este detalle aparentemente menor será en realidad el hilo del que tirará durante décadas para mantener viva su legitimidad dinástica. Desde el punto de vista legal y simbólico, él nunca renuncia al trono.

El trono le es arrebatado. Hay una diferencia enorme entre abdicar y ser expulsado. Y Simeón la conoce bien, aunque en ese momento tiene apenas 9 años y quizás no comprende del todo las implicaciones jurídicas. Lo que sí comprende es que deben irse y pronto. El 16 de septiembre de 1946, Simeón, su madre, la reina Juana, su hermana María Luisa y su tía Eudoxia abandonan Sofía rumbo a Estambul.

No es una partida voluntaria, no hay despedida oficial, no hay discurso, no hay honores de estado. Es una expulsión silenciosa ordenada por un régimen que ya no tiene ningún uso para ellos, pero que tampoco quiere la complicación política de hacerles daño directamente. El pequeño exar de Bulgaria cruza la frontera llevando consigo muy poco equipaje y una pregunta que lo perseguirá durante años.

¿Volverá algún día? Estambul en 1946 es una ciudad que vive en los márgenes de todas las guerras sin haber sido destruida por ninguna. Por sus calles transitan diplomáticos, espías, refugiados y personas que han perdido todo y buscan reconstruir algo. En ese ambiente de tránsito y provisionalidad llega la familia real búlgara, sin pompa, sin escoltas, sin el ceremonial que acompañaba cada uno de sus movimientos en Sofía.

Son simplemente otra familia de exiliados en una ciudad acostumbrada a recibirlos. La estancia en Estambul es breve pero necesaria. Desde allí, la familia establece contacto con lo que queda de su red de relaciones europeas y es gracias a esa red que el siguiente destino se convierte en Alejandría, en Egipto. Una ciudad mediterránea, cosmopolita y vibrante que en esa época alberga a una comunidad europea considerable, incluyendo a varios miembros de casas reales desplazadas por el vendaval de la guerra y la revolución.

Entre ellos está nada menos que el abuelo materno de Simeón, el rey Víctor Manuel I de Italia, que también vive en el exilio tras la caída del fascismo en su país. El encuentro con el abuelo en Alejandría tiene algo de simbólico y de melancólico al mismo tiempo. Dos reyes sin trono, uno anciano y uno niño, reunidos en una ciudad extranjera por culpa de las mismas fuerzas que han barrido las monarquías de Europa con una eficiencia brutal.

Víctor Manuel I morirá en Alejandría en diciembre de 1947 sin haber podido regresar a Italia. Para el joven Simeón, esa pérdida es otra más en una lista que ya es demasiado larga para sus años. En Alejandría, Simeón asiste al Victoria College, uno de los colegios más prestigiosos de la ciudad. Allí comparte pupitres y pasillos con otro joven de circunstancias igualmente extraordinarias.

Su compañero de clase es Jusín, el que más adelante se convertirá en el rey Jusín I de Jordania. Dos futuros destinos singulares sentados en la misma aula, aprendiendo las mismas lecciones, compartiendo quizás la misma sensación de estar fuera de lugar en un mundo que no termina de saber qué hacer con ellos.

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