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SASHA MONTENEGRO: El Oscuro PACTO con López Portillo… Y el CRUEL sufrimiento que CALLÓ

vulnerable se encontraban en el punto donde podían ser tomados. y de lo que ocurrió después cuando el hombre ya no pudo defenderse y la casa se convirtió en otra cosa. Porque detrás del glamour,  de las películas, de los 120,000 m² de la mansión y de la imagen de la pareja escandalosa que el México de los 80 consumió con mezcla de fascinación y repulsión, había algo que la familia de López Portillo intentó llevar a los tribunales con toda la urgencia de quien siente que el tiempo se acaba. Según las acusaciones que esa

familia colocó en el espacio público y en los juzgados, había un presidente envejecido, enfermo, aislado y presuntamente maltratado en silencio, mientras el país seguía recordándolo como un hombre temido y mientras las puertas de la colina del perro permanecían cerradas para quienes querían verlo.

 Hoy vas a conocer cuatro cosas sobre Sasha Montenegro, que los programas de espectáculos y las revistas que cubrieron esa historia nunca  terminaron de juntar en el mismo párrafo el origen exacto de esa psicología de supervivencia que la formó antes de que llegara a México. La guerra, el exilio, la muerte del padre, la infancia sin raíces y la decisión que una niña tomó sin saberlo completamente de que el mundo no iba a volver a dejarla sin protección.

 ¿Cómo conoció a López Portillo en Sevilla en 1984 y por qué ese expresidente, derrotado y emocionalmente herido, se convirtió en exactamente la presa que encajaba con lo que ella llevaba buscando desde antes de que supiera cómo nombrarlo, cómo nacieron dos hijos, cómo cayó en sus manos la colina del perro y cómo aquella historia que al país leyó como romance escandaloso fue adquiriendo con los años el olor de otra cosa y las acusaciones.

más brutales de todas. Los moretones, el aislamiento, la batalla legal, la carta con la que ella logró voltearle el juego a toda una familia y quedarse incluso después de la muerte como la viuda legal del hombre, que según los suyos, sufría un infierno detrás de las puertas cerradas. Te voy a avisar cuando lleguemos a cada una.

 Si te vas antes del final, te pierdes la última. Y la última es la que responde la pregunta más incómoda de toda esta historia. ¿Qué queda  cuando una mujer que construyó su vida entera alrededor de la protección que el poder puede dar descubre que  el poder también se acaba? Escríbeme en los comentarios ahora mismo.

 ¿Recuerdas dónde estabas cuando escuchaste por primera vez el nombre de Sasha Montenegro? ¿La conociste por las películas? Por el escándalo con López Portillo o por las noticias del final de su vida. solo una línea, porque esta historia es también la historia de lo que el poder hace con las personas que crecieron, creyendo que el poder podía salvarlas de todo.

 Y si crees que las historias de las mujeres que entraron al poder mexicano desde los márgenes y desde ahí cambiaron la geometría de familias enteras, merecen que alguien las cuente completas, suscríbete ahora porque aquí esa historia se cuenta sin los filtros que la protegen. Italia, 20 de enero de 1946. Europa todavía era un continente herido con las heridas de los continentes que sobreviven guerras, pero que llevan durante años el peso de lo que esas guerras produjeron en los cuerpos y en las memorias de quienes las habitaron.

Las ruinas seguían en pie, el miedo seguía vivo. Y en medio de ese paisaje nace una niña con un nombre demasiado largo para el mundo del espectáculo y demasiado pesado para una vida tranquila. Alexandra Achimovic Popovic guarda ese nombre porque mucho antes de convertirse en Sasha Montenegro, mucho antes de aprender a mirar a los hombres poderosos como si pudiera leerles el alma desde la primera conversación, esa niña ya venía marcada por una historia que no tenía nada de glamur y que no iba a dejarla vivir como si el mundo fuera

un lugar donde las cosas ocurren de manera ordenada y predecible. Su padre Siboyin Nachimovic, su madre Silvia Popovik, una familia de origen yugoslavo con raíces de nobleza en Montenegro. Sí, pero una nobleza destrozada por la guerra, por el exilio, por la persecución, por la certeza de que el apellido no protege cuando la historia decide aplastarte con toda la fuerza de las historias, que cuando deciden aplastarte no preguntan primero si tienes un apellido suficientemente bueno para merecer un trato diferente. Una

parte de su familia fue barrida por la barbarie nazi. No estamos hablando de pobreza común. Estamos hablando de una memoria familiar atravesada por la exterminación, por la huida, por la sensación de que el mundo puede volverse un matadero de un día para otro sin que nadie con suficiente poder para impedirlo esté dispuesto a impedirlo.

 Y cuando una niña nace en una casa donde los adultos ya aprendieron que la seguridad es una ilusión temporal y que la protección puede desaparecer sin aviso, esa niña no crece soñando de la manera en que los niños de los cuentos sueñan. crece calculando con el cálculo de quien aprendió desde el principio que el mundo no tiene la obligación de ser amable y que si uno quiere seguir existiendo dentro de él, tiene que entender antes que nadie más cómo funciona realmente.

 Apenas tenía 20 días de nacida cuando su familia volvió a moverse. Italia ya no era refugio. Después vino Alemania, después el océano, después Argentina, Mendoza, más tarde Buenos Aires. Así empezó la vida de Alexandra, no con estabilidad, no con la ternura de los hogares que permanecen en el mismo lugar suficiente tiempo para que sus habitantes puedan construir algo que se parezca a una identidad arraigada.

 Empezó huyendo con la huida de las familias que aprenden a empacar antes de que llegue la siguiente amenaza, porque ya aprendieron que las amenazas siempre llegan. Y luego vino otra pérdida. Su padre murió cuando ella todavía era pequeña. Otra vez el suelo desaparecía con la desaparición de los suelos que se producen cuando la persona que se supone que sostiene el mundo de un niño deja de estar disponible para sostenerlo.

 Otra vez el mundo le enseñaba la misma lección con la lección de las infancias que se construyen sobre pérdidas repetidas y que por eso producen adultos que no pueden dejar de calcular, porque dejar de calcular se siente exactamente  igual que volver a ser la niña que perdió todo sin haber podido hacer nada para impedirlo.

Nadie llega para salvarte, nadie te garantiza nada. El amor puede irse, la casa puede desaparecer, la patria puede romperse, el hombre que protege también puede faltar en el momento en que más se lo necesita. Y cuando una niña aprende eso demasiado pronto, su corazón no se vuelve romántico, se vuelve frío con el frío de los corazones que no eligieron el frío, sino que el frío fue lo que quedó después de que el calor se fue demasiadas veces para que tuviera sentido o seguir esperándolo.

 Piensa en eso porque aquí está la clave de todo lo que vino después. Sasha Montenegro no fue una mujer que buscara amor como en las películas con el amor de las películas que llega sin calcular y que produce consecuencias que nadie anticipó, pero que son hermosas, aunque sean dolorosas. Fue una mujer que buscó una cosa mucho más peligrosa con el peligro de las búsquedas, que cuando encuentran lo que buscaban, no producen paz, sino otra forma de urgencia.

Seguridad absoluta. No cariño, no ternura. seguridad, poder, protección contra un mundo que para ella siempre había sido hostil y que en cada momento donde había bajado la guardia había aprovechado esa bajada para producir exactamente el tipo de daño que ella había aprendido a temer. Con el tiempo, Alexandra entendió algo más.

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