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10 Cosas Que el Papa Tiene Prohibido Hacer (Algunas Te Sorprenderán)

Hay 10 cosas que el Papa tiene prohibido hacer y no estamos hablando de prohibiciones espirituales abstractas ni de reglas teológicas escritas en libros antiguos que nadie lee. Hablamos de cosas que tú y yo hacemos sin pensarlo dos veces todos los días. El hombre que tiene la autoridad espiritual sobre más de 1000 millones de personas en este planeta no puede hacer ninguna de esas cosas.

Algunas por razones de seguridad obvias, otras por razones que vas a tener que escuchar dos veces para creer. Y cuando llegues al número cuatro, vas a entender por qué algunos historiadores describen el papado no como un honor, sino como una condena vitalicia de la que es imposible escapar. Quédate hasta el final porque el número 10 es una prohibición que probablemente nunca te habías imaginado que existía.

Número uno, viajar en vuelos comerciales. El Papa tiene absolutamente prohibido viajar como cualquier persona. Cada vez que tiene que volar a otro país se activa una de las operaciones logísticas más complejas del planeta. Solo puede viajar en aviones contratados especialmente para él, normalmente de la aerolínea estatal italiana ITA Airways o de la aerolínea del país que lo invita en su vuelo de regreso.

¿Por qué no puede simplemente subirse a un avión comercial cualquiera? La razón oficial es de seguridad, pero hay otra razón más interesante. Como soberano del estado de la ciudad del Vaticano, el Papa no puede pasar por controles migratorios normales. No puede mostrar pasaporte en una fila como cualquier turista.

Cada despegue y cada aterrizaje requiere coordinación entre tres o cuatro agencias diferentes. Ese privilegio aparente es en realidad una jaula, porque significa que no puede subirse a un avión espontáneamente nunca, ni siquiera por una emergencia familiar. Número dos, ir al supermercado o entrar a una tienda común.

Esta prohibición es tan extraña que cuando la gente la escucha por primera vez piensa que tiene que ser exageración. No lo es. El Papa literalmente no puede entrar a un supermercado a comprar pan, no puede pasar por una cafetería a tomarse un café espontáneamente y no puede entrar a una librería a ojear un libro que le llamó la atención.

¿Por qué? Por la misma razón por la que tampoco puede caminar solo por la calle. El instante en que es reconocido por una sola persona, se activa un protocolo de seguridad que paraliza completamente el espacio donde se encuentra. Una multitud se forma en cuestión de minutos. Periodistas aparecen de la nada. La policía italiana tiene que cerrar calles enteras y eso sin contar el riesgo real de un atentado que después del intento contra Juan Pablo II en 1981 dejó de ser una posibilidad teórica.

Número tres, hacer una llamada telefónica realmente privada. Aquí entramos en una de las prohibiciones más invisibles del papado y al mismo tiempo una de las más asfixiantes. El papa técnicamente puede usar un teléfono. Lo que no puede hacer es tener una conversación realmente privada. Cada llamada que entra y sale del Vaticano pasa por la centralita interna, un sistema de telecomunicaciones controlado por personal de la curia que ha existido en distintas versiones desde principios del siglo XX. Cualquier llamada que haga el

Papa queda registrada como mínimo en términos de quién llamó a quién y a qué hora, aunque el contenido de la conversación no se escuche. Francisco se hizo famoso por algo que escandalizó al protocolo vaticano. Tomaba el teléfono personalmente y llamaba a gente común que le había escrito cartas. llamaba a viudas, a presos, a periodistas que lo habían entrevistado y hasta a kiosqueros argentinos a los que les debía el periódico.

Cada una de esas llamadas se convertía automáticamente en noticia mundial cuando la persona del otro lado lo contaba en sus redes sociales. La privacidad telefónica, ese derecho básico que el resto del mundo da por hecho, simplemente no existe para él. Número cuatro, retirarse a una vida normal. Esta es la prohibición que mencioné al principio y aquí está la explicación completa.

Mucha gente cree que un Papa puede renunciar y volver a su pueblo natal a vivir tranquilo. Eso es imposible. Cuando Benedicto XV renunció en 2013, la primera renuncia papal en casi 600 años, surgió una pregunta que el Vaticano nunca se había planteado seriamente. ¿Dónde va a vivir ahora? La respuesta fue construirle un monasterio dentro del propio Vaticano, a pocos metros del apartamento de su sucesor, Francisco.

Durante 10 años hubo dos papas vivos dentro del mismo estado soberano, una situación institucional sin precedente. ¿Por qué Benedicto no se fue simplemente a su tierra natal? Por razones de seguridad, de protocolo y de poder simbólico. Por eso, la regla no escrita es brutalmente clara. Una vez que aceptas el cargo, ya no te perteneces a ti mismo.

Aunque renuncies, sigues bajo cuidado del Vaticano hasta el último día de tu vida. No puedes mudarte donde quieras, no puedes dar entrevistas sin autorización y no puedes regresar a la vida civil. La silla de Pedro no se devuelve, solo se desocupa. Número cinco, usar una cuenta de redes sociales personal. El Papa tiene Twitter, ahora X, en nueve idiomas.

Tiene Instagram. Tiene cuenta en TikTok desde hace pocos años. Pero ninguna de esas cuentas es realmente suya. La cuenta creada originalmente bajo Benedicto XV en 2012 pertenece institucionalmente al cargo, no al hombre. Cada publicación pasa por un equipo de comunicaciones que la redacta, la traduce a múltiples idiomas, la revisa teológicamente y la aprueba antes de salir al mundo.

¿Por qué no puede simplemente abrirse una cuenta personal y escribir lo que piensa un sábado por la noche? Porque la palabra del Papa no funciona como la palabra de cualquier otra persona. Cada tweet, hasta un emoji puesto en mal momento, es interpretado por mil millones de personas como una posible señal doctrinal.

Un papa no puede dar like a una publicación sin que eso se convierta al día siguiente en un debate teológico internacional. Número seis, hablar extraoficialmente. Esto es algo que cualquier figura pública del mundo puede hacer. Hablar of the record, decir cosas en confianza a un periodista. sabiendo que no se van a publicar.

Comentar una opinión personal entre amigos cercanos sin que esa opinión se convierta en política oficial. El Papa no tiene ese derecho. Para él no existe el concepto de extraoficial. Cada palabra que sale de su boca, sin importar el contexto, queda registrada en el magisterio público de la Iglesia. Cuando Francisco dijo en 2013 durante una rueda de prensa informal en un vuelo de regreso de Brasil, esa frase famosa de ¿Quién soy yo para juzgar? Refiriéndose a personas homosexuales.

Esa frase de nueve palabras generó años enteros de análisis teológico, debates internos en la curia romana y posiciones encontradas entre las distintas conferencias episcopales del mundo. ¿Por qué no puede el Papa simplemente decir algo en confianza y que quede ahí? Porque la doctrina católica enseña que el Papa habla con autoridad pastoral, incluso en contextos informales.

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