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LO QUE ANTONIO AGUILAR LE HIZO A JOSÉ ALFREDO CUANDO DESCUBRIÓ EL CORRIDO QUE LE ESCRIBIÓ A FLOR …

Esto es la historia de un amor que México decidió enterrar. Pero los muertos, como saben, los que cantan corridos, siempre regresan. Para entender lo que ocurrió, primero hay que entender dónde ocurrió. México en los años 40 y 50  era una nación en ebullición, no la ebullición ruidosa de las revoluciones que ya había quedado atrás, sino algo más silencioso y quizás por eso más peligroso.

 la ebullición de una sociedad que quería modernizarse, pero que seguía atada de pies y manos a códigos de honor medievales, a lealtades de sangre que no admitían excepciones, a un concepto del honor masculino que podía destruir a un hombre con una sola palabra dicha en el lugar equivocado. Era la época de oro del cine mexicano.

Pedro Infante, Jorge Negrete, María Félix, Dolores del  Río. Los estudios churubusco producían películas a un ritmo vertiginoso y con ellas producían algo más valioso y más frágil que el celuloide. Producían ídolos, producían figuras que el pueblo mexicano necesitaba para sobrevivir a la dureza cotidiana de la vida.

Figuras que debían ser perfectas, inmaculadas, intocables. En ese mundo vivían los artistas de la música ranchera, un mundo de apariencias cuidadosamente construidas, de contratos que incluían cláusulas sobre la conducta pública, de discográficas que manejaban las vidas privadas de sus artistas como si fueran propiedades comerciales y lo eran.

 Cada escándalo podía hundir una carrera. Cada rumor podía cerrar puertas. El corrido, en ese contexto cumplía una función que hoy es difícil de comprender en toda su dimensión. No era solo entretenimiento, era el periódico de los que no sabían leer. Era la memoria colectiva de un pueblo que no confiaba en los periódicos de papel porque sabía que esos periódicos mentían.

  El corrido contaba lo que realmente había pasado, aunque a veces lo contara en clave, aunque a veces cambiara los nombres, aunque a veces pusiera una historia dentro de otra historia, como esas muñecas rusas que guardan secretos dentro de secretos. Y José Alfredo Jiménez lo sabía. Lo sabía porque él mismo era un corrido hecho hombre.

 Había nacido en Dolores, Hidalgo, Guanajuato, en 1926, hijo de un médico que murió cuando él tenía  apenas 10 años. Después vino La pobreza, después vino Ciudad de México, después vinieron los trabajos de mesero, de vendedor de periódicos, de lo que fuera necesario para sobrevivir en una ciudad que no perdonaba a los que llegaban sin dinero ni  apellido.

 Y después, casi por milagro, llegó la música. Cuando José Alfredo empezó a cantar, nadie apostaba por él. No tenía la voz entrenada de los cantantes de academia. No tenía los modales pulidos que pedían los cabarets elegantes. Tenía otra cosa. Tenía verdad. Cada nota que salía de su garganta sonaba como si le costara algo, como si al cantar estuviera pagando alguna deuda que nunca terminaría de liquidar. Y la gente lo sentía.

 La gente siempre siente cuando alguien está cantando de verdad y cuando alguien está actuando, pero la verdad en el México de los 50 tenía límites y José Alfredo los conocía. Y entonces apareció ella, Luz Silvestre. El nombre parece sacado de un poema de esos que escriben los románticos que nunca han sufrido de verdad.

 Pero ella no era un poema, era una mujer real, de carne y voz y presencia que llegó a los escenarios mexicanos con una naturalidad que desconcertaba a los que estaban acostumbrados a ver a las cantantes comportarse como figuras decorativas. La llamaban la reina del rancho y el apodo le quedaba perfecto, no porque hubiera nacido en un rancho, sino porque tenía esa combinación devastadora de elegancia y terruño, de fineza y raíz, que hace que una mujer sea imposible de ignorar tanto en los salones de Ciudad de México como en las plazas de los pueblos, donde

la electricidad llegaba solo los fines de semana. cuando se conocieron. Aquí empieza el territorio de lo que nadie ha dicho oficialmente. Las versiones que circulaban entre los músicos de la época. Esas conversaciones de madrugada en las que el mezcal afloja las lenguas y la oscuridad, protege las confesiones, sitúan el encuentro entre José Alfredo y Luz Silvestre en los primeros años  50, cuando ambos eran jóvenes y ambos eran hambrientos, no de comida, sino de ese tipo de reconocimiento que los artistas necesitan como el aire. Los

dos estaban construyendo sus nombres. Los dos sabían que en ese negocio una amistad con las personas correctas podía significar la diferencia entre el éxito y el olvido. Pero lo que empezó como una amistad profesional, como ese tipo de camaradería que nace en los camerinos y en los estudios de grabación entre personas que comparten el mismo miedo y la misma ambición, se convirtió en algo distinto, algo más intenso, algo que ninguno de los dos estaba preparado para manejar.

  ¿Por qué no podía ser simplemente lo que era? Porque en el México de los años 50 los artistas no tenían vida privada. O la tenían blindada bajo siete capas de secreto o no la tenían. Y porque tanto José Alfredo como Luz Silvestre estaban construyendo imágenes públicas que no admitían complicaciones. Él, el trobador del pueblo, el hombre que lloraba sus penas sin disimulo y que con eso paradójicamente ganaba el respeto de los hombres que nunca lloraban.

 Ella, la reina del rancho, la voz pura y auténtica que representaba lo mejor de la feminidad mexicana tradicional. Un romance entre ellos no solo era complicado, era potencialmente explosivo. Y entonces, ¿cómo hacen los que  no pueden decir las cosas en voz alta? José Alfredo las escribió. Pero primero hay que hablar de Antonio Aguilar, porque sin entender a Antonio Aguilar no se puede entender nada de lo que viene después.

 Antonio Aguilar era 7 años mayor que José Alfredo. Había nacido en Villanueva, Zacatecas, en 1919, y traía consigo todo el peso de esa tierra norteña  que produce hombres de pocas palabras y convicciones inamovibles. Era un hombre de códigos. Un hombre que entendía la lealtad no como un sentimiento bonito, sino como una obligación sagrada, irrenunciable, que se cumplía aunque doliera, aunque costara, aunque nadie se enterara nunca de lo que te había costado cumplirla.

 Su carrera era, para mediados de los 50 una máquina perfectamente engrasada. Sus películas llenaban cines, su voz era inconfundible y su imagen, la del charro auténtico, del hombre a caballo, que representaba lo mejor de la masculinidad mexicana, era una de las más cuidadosamente protegidas del espectáculo nacional.

 Cómo se cruzan los caminos de Antonio Aguilar y José Alfredo Jiménez. Los estudios de grabación eran pequeños mundos cerrados donde todos se conocían. La industria musical mexicana de esa época era un pañuelo.  Los compositores, los intérpretes, los directores, los productores, todos compartían los mismos espacios, los mismos restaurantes, los mismos corredores donde se hacían los verdaderos negocios.

 Y en esos corredores la información circulaba con una velocidad que hoy nos parece imposible, dado que no existían teléfonos móviles ni redes sociales. Antonio Aguilar sabía, no porque alguien se lo hubiera contado de frente, no en México, donde las cosas importantes nunca se  dicen de frente. Lo sabía de la manera en que los hombres de su generación sabían las cosas.

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