Posted in

TESTIMONIO CATÓLICO IMPACTANTE: Papá, no quiero morir. Tengo miedo.

Esta es tu oportunidad de demostrar que lo amas más que a tu propia vida. El hermano Carlos, que había sido mi amigo desde hacía 10 años, añadió, “Recuerda, Hechos 15:29, abstenerse de sangre es un mandato claro.” Y el hermano Miguel, el más joven de los tres, me recordó, “Si aceptas la transfusión, serás expulsado. Tú lo sabes.

Has estado en comités judiciales. ¿Sabes cómo funciona esto?” Los tres se quedaron ahí en la sala de espera vigilando. No dijeron que estaban vigilando, pero eso era exactamente lo que hacían. Se quedaron para asegurarse de que yo tomara la decisión correcta. A las 5:30, una enfermera me dijo que Sebastián estaba despierto y preguntaba por mí.

Me dejaron entrar a verlo por 5 minutos. Mi hijo estaba en una cama de hospital conectado a tubos y monitores. Su piel estaba pálida, sus labios sin color, pero cuando me vio intentó sonreír. “Papá”, me dijo con una voz débil que apenas podía escuchar. Me arrodillé junto a su cama y tomé su manita. Estaba fría. “Estoy aquí, hijo. Estoy aquí, papá.

No quiero morir”, me dijo. Y sus ojos se llenaron de lágrimas. Tengo miedo. Esas cuatro palabras destruyeron 15 años de adoctrinamiento en un instante. Papá, no quiero morir. Tengo miedo. Mi hijo de 7 años, el niño que yo había criado para ser testigo de Jehová fiel, me estaba diciendo que tenía miedo de morir. Y yo, su padre, el anciano que había enseñado que era mejor morir fiel que vivir desobedeciendo, tenía en mis manos el poder de salvarlo.

“No vas a morir”, le dije besando su frente. “Te lo prometo, no vas a morir.” Salí de la habitación con una claridad que nunca había sentido en mi vida. Los tres ancianos me esperaban en la sala. Valeria también me miraron esperando que les dijera lo que iba a hacer. Voy a firmar la autorización”, dije. El hermano Javier dio un paso hacia mí.

“Diego, piénsalo bien. Si haces esto, ya lo pensé. Serás expulsado. Lo sé. Perderás tu privilegio como anciano. Perderás tu familia. Perderás tu congregación. Perderás todo. No le dije mirándolo a los ojos. Si dejo morir a mi hijo, perderé todo. Esto no es perder nada. Esto es salvar lo único que importa.

El hermano Carlos intentó otro enfoque. Hermano Sebastián puede resucitar. Jehová lo resucitará en el paraíso. Pero si desobedeces ahora, ¿cómo vas a explicarle en la resurrección que lo traicionaste? Esa lógica retorcida me había parecido razonable durante años. Ahora me parecía monstruosa. Si hay un Dios, le respondí, estoy seguro de que prefiere que mi hijo viva ahora que esperar a una resurrección que tal vez nunca llegue.

Me di la vuelta y fui a buscar al médico. Eran las 6:47 de la tarde. Tenía 13 minutos antes del límite de 3 horas. Firmé la autorización con la mano temblando. El médico no perdió tiempo. A las 7:15, Sebastián estaba recibiendo la transfusión. Los tres ancianos se fueron del hospital sin despedirse.

Valeria se quedó conmigo en silencio, agarrando mi mano. No sé si estaba de acuerdo con mi decisión o si solo estaba aterrada de lo que vendría después. Pero se quedó. A las 9 de la noche, el médico nos dijo que Sebastián estaba estable, la transfusión había funcionado. Iba a vivir. Lloré como no había llorado en años. Valeria lloró conmigo.

Nuestro hijo iba a vivir, pero al día siguiente comenzó la pesadilla. Mi nombre es Diego Ernesto Salazar Méndez. Tengo 41 años. Nací en Monterrey, Nuevo León. En una familia de testigos de Jehová de segunda generación, mis padres se convirtieron en los años 80. Me bauticé a los 16. A los 26 fui nombrado anciano de congregación, uno de los más jóvenes de la región.

Mi esposa Valeria era pionera regular, su padre era superintendente de circuito. Éramos la familia modelo. Durante 15 años como anciano, participé en docenas de comités judiciales. Ayudé a expulsar a personas por adulterio, por fumar, por cuestionar doctrinas. Di cientos de discursos. Supervisé el ministerio de campo, enseñé estudios bíblicos, defendí cada doctrina de la Watch Tower convicción total, especialmente la doctrina de la sangre.

La organización nos enseña que Jehová prohibió comer sangre en Génesis 9:4. Reiteró la prohibición en Levítico 17:10 y la confirmó en Hechos 15:29 cuando el cuerpo gobernante apostólico ordenó a los cristianos abstenerse de sangre. Según la Watch Tower, esto incluye las transfusiones de sangre. Aceptar una transfusión es violar la ley de Dios.

Es mejor morir fiel que vivir habiendo desobedecido. Yo creía eso, lo predicaba. lo defendía hasta que tocó a mi hijo. Al día siguiente del accidente, el 18 de junio, me citaron a una reunión con el cuerpo de ancianos. No fue una reunión pastoral, fue un interrogatorio. Seis ancianos sentados frente a mí con expresiones de decepción y juicio.

Diego, ¿es verdad que autorizaste una transfusión de sangre para tu hijo?, preguntó el hermano Javier. Sí. ¿Sabes que eso viola directamente el mandato de Hechos 15:29? Hechos 15:29 habla de abstenerse de comer sangre de animales sacrificados. Respondí, no habla de medicina moderna. La organización ha explicado claramente que incluye las transfusiones.

“La organización ha cambiado esa doctrina varias veces.” Dije, “Antes prohibían todas las fracciones de sangre. Ahora permiten algunas. ¿Cuántas personas fallecieron rechazando fracciones que ahora son permitidas? El hermano Javier se puso rígido. No estamos aquí para discutir doctrina. Estamos aquí porque violaste un mandato claro.

¿Te arrepientes? No entiendes que serás expulsado? Sí. y prefiero ser expulsado que enterrar a mi hijo. Me expulsaron esa misma noche. El anuncio se hizo el domingo siguiente en la congregación. Valeria estaba presente. Me contó después que solo dijeron mi nombre y que ya no era testigo de Jehová. A partir de ese momento, todos debían evitarme completamente.

Mis padres me llamaron al día siguiente. La conversación duró 2 minutos. Diego, tomaste una decisión. Ahora vive con las consecuencias. No vuelvas a llamarnos. Y colgaron. Mis dos hermanos me bloquearon de todos lados. Los padres de Valeria, especialmente su padre, el superintendente, le exigieron que se divorciara de mí.

Le dijeron que yo era un apóstata traidor que había puesto la vida física por encima de la espiritual, que había asesinado espiritualmente a Sebastián al hacerlo tomar sangre. Valeria estaba desgarrada. Durante tres meses vivimos en la misma casa, pero como extraños. Ella seguía asistiendo a las reuniones.

Read More