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¡EE.UU. retira aviones militares! Presión de Irán fuerza la retirada | Prof. Richard Wolff

Esa narrativa es falsa y en 2026 se ha vuelto imposible de sostener. China fue quien le dijo a Irán en el momento decisivo que aceptara el alto al fuego negociado por Pakistán en abril de 2026. China fue quien, según fuentes del propio gobierno iraní, le dio el último empujón diplomático a la Yatolá para que aprobara ese cese al fuego.

No Trump, no Netanyahu, fue Pekín. Y eso debería hacernos reflexionar profundamente sobre qué tipo de mundo estamos habitando en este momento, porque estamos en uno donde el poder ya no se ejerce necesariamente desde el que tiene más bombas, sino desde el que tiene más influencia económica y diplomática acumulada.

Pero piensen en esto desde otra perspectiva. ¿Por qué Irán, un país que ha sufrido décadas de sanciones brutales, que vio su moneda colapsar en diciembre de 2025, que perdió a su líder supremo en las primeras horas de la operación Epic Fury? ¿Por qué ese país logró forzar una negociación en términos que no son los de una rendición incondicional? Trump llegó a escribir el 6 de marzo de 2026 en letras mayúsculas.

No habrá ningún acuerdo con Irán, excepto la rendición incondicional. Eso lo dijo Trump. Y sin embargo, el acuerdo que se está firmando ahora mismo no es una rendición incondicional, es un memorando de entendimiento de 14 puntos con mediación Pakistaní y catarí, en el que Estados Unidos se compromete a levantar sanciones, a descongelar activos y a retirar parte de su presencia militar.

Eso no es una rendición iraní, eso es una negociación entre partes que reconocen sus limitaciones mutuas. Y la distancia entre lo que Trump prometió y lo que realmente obtuvo es exactamente la medida del fracaso de la estrategia de presión máxima como instrumento de política exterior en un mundo multipolar.

Lo que no nos están diciendo es que la estrategia de máxima presión que Trump reinstauró en febrero de 2025, la misma que había aplicado en su primer mandato, ha producido el resultado exactamente opuesto al que prometió. En lugar de aislar a Irán, lo que logró fue consolidar un eje de resistencia económica y diplomática entre Irán, China y Rusia, que hoy es más robusto que en cualquier momento de la historia reciente.

En lugar de llevar al régimen iraní al colapso, lo que produjo fue el mayor apoyo popular al gobierno de Teerán en décadas. Porque cuando un pueblo es atacado desde afuera, la tendencia natural es cerrar filas hacia adentro y en lugar de demostrar la superioridad estratégica norteamericana, lo que demostró fue que incluso el mayor aparato militar de la historia de la humanidad tiene límites cuando se enfrenta a un adversario que está dispuesto a internacionalizar el costo de un conflicto.

Y aquí es donde tengo que hablar de algo que me preocupa profundamente como economista, como ciudadano de este país, como alguien que lleva décadas observando como las élites norteamericanas toman decisiones económicas que pagan los trabajadores de a pie. El costo de la guerra con Irán ya supera los 34,000 millones de dólares. 34,000 millones.

El Congressional Research Service reportó que el Congreso reconoció la pérdida o daño de 42 aviones militares norteamericanos con un valor estimado de 29,000 millones de dólares adicionales. El servicio de investigación del Congreso también documentó 15 bajas americanas y más de 500 heridos. Y eso sin contar el impacto en los hogares norteamericanos.

el encarecimiento del combustible, el alza en los precios de los alimentos, los boletos de avión más caros, la inflación que viene pegando en los sectores más vulnerables de nuestra economía. Pero piensen en esto, ¿quién paga esa cuenta? No la pagan los ejecutivos de las empresas de defensa como Riton o Lockheit Martin, que han visto sus acciones dispararse durante este conflicto.

No la pagan los fondos de inversión que especulan con el petróleo, la paga el trabajador promedio, la paga la familia que llena el tanque de gasolina el lunes por la mañana para llegar al trabajo. Lo que no nos están diciendo es que esta guerra, como casi todas las guerras modernas libradas por potencias imperiales en declive, no se diseñó pensando en la seguridad del pueblo norteamericano, se diseñó pensando en mantener el control sobre una región geopolíticamente estratégica en un momento en que ese control se está diluyendo. Y eso, esa

discrepancia entre la narrativa oficial y la realidad material es la grieta más importante que existe en el discurso político estadounidense contemporáneo. Ahora quiero hablar de algo que casi nadie en los medios norteamericanos discute y es el factor moral de todo esto, no la moral del bien versus el mal que nos venden los canales de cable.

esa versión simplificada y binaria que convierte cada conflicto en una película de Hollywood donde Estados Unidos siempre es el protagonista. Me refiero a la moral que emerge del registro histórico, de los patrones que se repiten, de la arquitectura del poder, que funciona de la misma manera, independientemente de quien esté sentado en la Casa Blanca, porque hay algo que los imperios en declive hacen de manera casi universal.

intensifican su arrogancia en exacta proporción a su debilitamiento interior. Mientras más inseguros están de su posición global, más agresiva se vuelve su postura exterior. Roma no fue más militarista en sus días de esplendor, fue más militarista cuando ya el centro del imperio comenzaba a desintegrarse. Y la misma lógica aplica hoy.

Pero piensen en esto. La paciencia geopolítica de Irán, de China, de Rusia, de los actores del sur global que se están reposicionando en este nuevo orden multipolar, esa paciencia no es debilidad, es una estrategia deliberada. China lleva dos décadas construyendo la iniciativa franja y ruta, tejiendo una red de dependencias económicas que hoy alcanza a más de 150 países.

Irán, a pesar de décadas de sanciones que habrían quebrado a cualquier economía occidental en mucho menos tiempo, ha mantenido una coherencia estratégica que resulta desconcertante para analistas formados en la lógica del corto plazo. La paciencia como instrumento geopolítico es algo que los estados emergentes entienden mucho mejor que los estados establecidos que están acostumbrados a obtener resultados inmediatos.

Y esa diferencia cultural, esa diferencia en el horizonte temporal de las ambiciones, es uno de los factores más subestimados en el análisis geopolítico contemporáneo. Lo que no nos están diciendo es que cuando los aviones militares norteamericanos salen del aeropuerto Bengurión bajo la presión del acuerdo con Irán, están saliendo también de algo más profundo, la ilusión de que el unilateralismo norteamericano puede perpetuarse indefinidamente en un mundo que ya decidió organizarse de manera diferente.

Los países del Golfo Pérsico, Arabia Saudita, Qatar, Kuwait, los Emiratos Árabes Unidos, que son aliados históricos de Washington, se negaron a permitir que sus bases y su espacio aéreo fueran utilizados para atacar Irán. Eso es histórico. Eso es una señal que debería haber encendido todas las alarmas en Washington cuando tus propios aliados te dicen que no puedes usar su territorio para un conflicto que tú mismo iniciaste.

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