Esa narrativa es falsa y en 2026 se ha vuelto imposible de sostener. China fue quien le dijo a Irán en el momento decisivo que aceptara el alto al fuego negociado por Pakistán en abril de 2026. China fue quien, según fuentes del propio gobierno iraní, le dio el último empujón diplomático a la Yatolá para que aprobara ese cese al fuego.
No Trump, no Netanyahu, fue Pekín. Y eso debería hacernos reflexionar profundamente sobre qué tipo de mundo estamos habitando en este momento, porque estamos en uno donde el poder ya no se ejerce necesariamente desde el que tiene más bombas, sino desde el que tiene más influencia económica y diplomática acumulada.
Pero piensen en esto desde otra perspectiva. ¿Por qué Irán, un país que ha sufrido décadas de sanciones brutales, que vio su moneda colapsar en diciembre de 2025, que perdió a su líder supremo en las primeras horas de la operación Epic Fury? ¿Por qué ese país logró forzar una negociación en términos que no son los de una rendición incondicional? Trump llegó a escribir el 6 de marzo de 2026 en letras mayúsculas.
No habrá ningún acuerdo con Irán, excepto la rendición incondicional. Eso lo dijo Trump. Y sin embargo, el acuerdo que se está firmando ahora mismo no es una rendición incondicional, es un memorando de entendimiento de 14 puntos con mediación Pakistaní y catarí, en el que Estados Unidos se compromete a levantar sanciones, a descongelar activos y a retirar parte de su presencia militar.
Eso no es una rendición iraní, eso es una negociación entre partes que reconocen sus limitaciones mutuas. Y la distancia entre lo que Trump prometió y lo que realmente obtuvo es exactamente la medida del fracaso de la estrategia de presión máxima como instrumento de política exterior en un mundo multipolar.
Lo que no nos están diciendo es que la estrategia de máxima presión que Trump reinstauró en febrero de 2025, la misma que había aplicado en su primer mandato, ha producido el resultado exactamente opuesto al que prometió. En lugar de aislar a Irán, lo que logró fue consolidar un eje de resistencia económica y diplomática entre Irán, China y Rusia, que hoy es más robusto que en cualquier momento de la historia reciente.
En lugar de llevar al régimen iraní al colapso, lo que produjo fue el mayor apoyo popular al gobierno de Teerán en décadas. Porque cuando un pueblo es atacado desde afuera, la tendencia natural es cerrar filas hacia adentro y en lugar de demostrar la superioridad estratégica norteamericana, lo que demostró fue que incluso el mayor aparato militar de la historia de la humanidad tiene límites cuando se enfrenta a un adversario que está dispuesto a internacionalizar el costo de un conflicto.
Y aquí es donde tengo que hablar de algo que me preocupa profundamente como economista, como ciudadano de este país, como alguien que lleva décadas observando como las élites norteamericanas toman decisiones económicas que pagan los trabajadores de a pie. El costo de la guerra con Irán ya supera los 34,000 millones de dólares. 34,000 millones.
El Congressional Research Service reportó que el Congreso reconoció la pérdida o daño de 42 aviones militares norteamericanos con un valor estimado de 29,000 millones de dólares adicionales. El servicio de investigación del Congreso también documentó 15 bajas americanas y más de 500 heridos. Y eso sin contar el impacto en los hogares norteamericanos.
el encarecimiento del combustible, el alza en los precios de los alimentos, los boletos de avión más caros, la inflación que viene pegando en los sectores más vulnerables de nuestra economía. Pero piensen en esto, ¿quién paga esa cuenta? No la pagan los ejecutivos de las empresas de defensa como Riton o Lockheit Martin, que han visto sus acciones dispararse durante este conflicto.
No la pagan los fondos de inversión que especulan con el petróleo, la paga el trabajador promedio, la paga la familia que llena el tanque de gasolina el lunes por la mañana para llegar al trabajo. Lo que no nos están diciendo es que esta guerra, como casi todas las guerras modernas libradas por potencias imperiales en declive, no se diseñó pensando en la seguridad del pueblo norteamericano, se diseñó pensando en mantener el control sobre una región geopolíticamente estratégica en un momento en que ese control se está diluyendo. Y eso, esa
discrepancia entre la narrativa oficial y la realidad material es la grieta más importante que existe en el discurso político estadounidense contemporáneo. Ahora quiero hablar de algo que casi nadie en los medios norteamericanos discute y es el factor moral de todo esto, no la moral del bien versus el mal que nos venden los canales de cable.
esa versión simplificada y binaria que convierte cada conflicto en una película de Hollywood donde Estados Unidos siempre es el protagonista. Me refiero a la moral que emerge del registro histórico, de los patrones que se repiten, de la arquitectura del poder, que funciona de la misma manera, independientemente de quien esté sentado en la Casa Blanca, porque hay algo que los imperios en declive hacen de manera casi universal.
intensifican su arrogancia en exacta proporción a su debilitamiento interior. Mientras más inseguros están de su posición global, más agresiva se vuelve su postura exterior. Roma no fue más militarista en sus días de esplendor, fue más militarista cuando ya el centro del imperio comenzaba a desintegrarse. Y la misma lógica aplica hoy.
Pero piensen en esto. La paciencia geopolítica de Irán, de China, de Rusia, de los actores del sur global que se están reposicionando en este nuevo orden multipolar, esa paciencia no es debilidad, es una estrategia deliberada. China lleva dos décadas construyendo la iniciativa franja y ruta, tejiendo una red de dependencias económicas que hoy alcanza a más de 150 países.
Irán, a pesar de décadas de sanciones que habrían quebrado a cualquier economía occidental en mucho menos tiempo, ha mantenido una coherencia estratégica que resulta desconcertante para analistas formados en la lógica del corto plazo. La paciencia como instrumento geopolítico es algo que los estados emergentes entienden mucho mejor que los estados establecidos que están acostumbrados a obtener resultados inmediatos.
Y esa diferencia cultural, esa diferencia en el horizonte temporal de las ambiciones, es uno de los factores más subestimados en el análisis geopolítico contemporáneo. Lo que no nos están diciendo es que cuando los aviones militares norteamericanos salen del aeropuerto Bengurión bajo la presión del acuerdo con Irán, están saliendo también de algo más profundo, la ilusión de que el unilateralismo norteamericano puede perpetuarse indefinidamente en un mundo que ya decidió organizarse de manera diferente.
Los países del Golfo Pérsico, Arabia Saudita, Qatar, Kuwait, los Emiratos Árabes Unidos, que son aliados históricos de Washington, se negaron a permitir que sus bases y su espacio aéreo fueran utilizados para atacar Irán. Eso es histórico. Eso es una señal que debería haber encendido todas las alarmas en Washington cuando tus propios aliados te dicen que no puedes usar su territorio para un conflicto que tú mismo iniciaste.
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Algo fundamental ha cambiado en la arquitectura de las alianzas que sostenían el orden mundial de la posguerra. Y fíjense en otro detalle que los medios pasan por alto sistemáticamente. Las negociaciones que llevaron al cese al fuego de abril de 2026 y al memorando de entendimiento que se está firmando ahora, no las medió ningún aliado occidental tradicional, las medió Pakistán, un país del sur global, un país que históricamente fue considerado como pieza secundaria en el tablero de ajedrez de las grandes potencias.
Islamabad se convirtió en el escenario donde el vicepresidente J. De Bance y el presidente del parlamento iraní tuvieron el encuentro directo más significativo entre Estados Unidos e Irán desde la revolución de 1979. 45 años de hostilidad bilateral y el puente que los conectó no se construyó en Londres, ni en París, ni en Berlín.
se construyó en Islamabad. Eso habla de un mundo que ya no gira únicamente alrededor del eje Atlántico y ese es el mundo en el que vivimos hoy. Pero piensen en esto desde el punto de vista de los trabajadores iraníes, de las familias que en diciembre de 2025 salieron a las calles del bazar grande de Teerán cuando el colapso de la moneda dejó los estantes vacíos y la inflación se comió lo poco que quedaba del ingreso familiar.
El secretario del tesoro norteamericano, Scott Besen, describió ese colapso monetario como la gran culminación de la estrategia de presión máxima. Fue literalmente la arquitectura económica de una nación, destruyendo la vida cotidiana de millones de personas y alguien en Washington la celebró como un logro.

Eso es lo que hace el capitalismo en su forma más imperial. convierte el sufrimiento ajeno en un indicador de éxito propio. 30,000 personas murieron en la represión del gobierno iraní a los protestantes en enero de 2026, 30,000. Y cuando uno mira la cadena causal, las sanciones que destruyeron la economía, la inflación que produjo el desespero, el desespero que produjo las protestas, la represión que produjo las muertes, uno tiene que preguntarse dónde empieza y dónde termina la responsabilidad moral de los que diseñaron esas sanciones.
No me malinterpreten. No estoy defendiendo al régimen de los Ayatolás, no estoy romantizando ninguna forma de gobierno autoritario. Lo que estoy diciendo es que la economía como arma de guerra, el uso deliberado de sanciones para empujar a una población civil al límite de la supervivencia con la esperanza de que ese sufrimiento produzca un cambio de régimen, es una forma de violencia que raramente se nombra como tal en los medios norteamericanos.
Y cuando esa estrategia falla, como ha fallado en Cuba, como ha fallado en Venezuela, como ha fallado ahora mismo en Irán, nadie en Washington pide cuentas, nadie analiza críticamente por qué la fórmula no funcionó. Simplemente se pasa a la siguiente crisis, se construye una nueva narrativa y el ciclo se repite. Lo que no nos están diciendo es que el acuerdo de 14 puntos que se está negociando ahora mismo entre Washington y Teerán con mediación de Pakistán y Qatar y que se va a firmar el 19 de junio en Ginebra, contiene elementos que habrían
sido completamente aceptables para Irán hace un año antes de que comenzara la guerra. La desnuclearización bajo un modelo similar al de Libia era una de las demandas de Israel. Las conversaciones sobre las milicias proxi de Irán en la región eran un punto de agenda desde 2025. El descongelamiento de 24,000 millones de dólares en activos iraníes era algo que ya se había discutido en las rondas de negociación de Omán y Roma en la primavera del año pasado.
La pregunta que nadie en los medios mainstream quiere hacer es esta. Si estos términos eran negociables, si estos acuerdos eran alcanzables por la vía diplomática, ¿para qué era necesaria la guerra? ¿Para qué eran necesarios los 34,000 millones de dólares gastados? ¿Para qué eran necesarias las 15 vidas americanas perdidas, las más de 500 personas heridas? los más de 1700 civiles muertos según las propias estimaciones disponibles.
Pero piensen en esto, y esto es crucial para entender la lógica del sistema. A veces las guerras no se hacen para lograr los objetivos que se declaran públicamente. A veces se hacen para demostrar capacidad, para enviar señales a otros actores, para mantener contratos de defensa activos. para consolidar posiciones políticas internas.
Y la distancia entre lo que una guerra produce y lo que prometió producir es exactamente el espacio donde viven las grandes fortunas de la industria bélica y las grandes mentiras del poder político. El Congreso norteamericano fue mantenido prácticamente en la oscuridad durante todo el desarrollo de la operación Epic Fury.
No hubo declaración formal de guerra, algo que la Constitución de Estados Unidos requiere explícitamente. Se gastaron decenas de miles de millones de dólares del presupuesto federal sin la deliberación democrática que el sistema supuestamente garantiza. Y cuando los legisladores comenzaron a hacer preguntas incómodas, se les respondió con clasificaciones de seguridad nacional que cerraron el acceso a la información.
Eso no es democracia, eso es el ejecutivo imperial que opera por encima de los mecanismos de control que la Constitución diseñó precisamente para evitar que el poder se concentre en manos de una sola persona o de un solo grupo de interés. Y en este punto quiero conectar todo esto con algo que me preocupa enormemente como economista, como alguien que ha dedicado su carrera a entender cómo el capitalismo funciona realmente versus cómo se nos dice que funciona.
conflicto con Irán ha acelerado una transición que ya estaba ocurriendo en la economía global, la devaluación del dólar como moneda de reserva universal y el avance silencioso pero constante de alternativas al sistema financiero centrado en Washington. Cuando Irán bloqueó el estrecho de Ormud, los países del sur de Asia y del este asiático que dependen de ese petróleo tuvieron que buscar rutas alternativas, acuerdos bilaterales, mecanismos de pago que no pasaran por el sistema bancario basado en el dólar. Ese proceso ya venía
ocurriendo dentro del marco del Bricks, pero la guerra lo aceleró y cada vez que la infraestructura financiera internacional busca un camino alternativo al dólar, aunque sea por necesidad y no por ideología, se está debilitando el instrumento más poderoso que tiene Washington para ejercer presión sobre el mundo entero, el control del sistema monetario global.
Lo que no nos están diciendo es que la hegemonía norteamericana en el siglo XXI no depende principalmente de sus aviones de guerra ni de sus portaaviones. Depende de que el dólar sea la moneda en la que se denomina la mayoría del comercio global, en la que se pagan las deudas soberanas, en la que se cotizan las materias primas.
Mientras eso se mantenga, Estados Unidos puede imprimir dinero para financiar sus guerras sin el costo inmediato que cualquier otro país sufriría. Pero cuando ese privilegio se erosiona, cuando otros países encuentran maneras de comerciar entre sí pasar por el dólar, la ecuación cambia de manera fundamental.
Y lo que estamos viendo ahora mismo, este reposicionamiento de los actores del Medio Oriente, esta búsqueda de múltiples mediadores, esta renuencia de los aliados del Golfo a doblegarse automáticamente ante Washington es un síntoma temprano de esa erosión. Pero piensen en esto, yo no soy pesimista respecto al futuro, soy realista.
Y el realismo me dice que los momentos de transición histórica como el que estamos viviendo, cuando un orden mundial está cediendo paso a otro, siempre son momentos de gran peligro, pero también de gran oportunidad. El peligro está en que las potencias en declive raramente cedenífica y ordenada. La historia nos muestra una y otra vez que la peligrosidad de un estado en declive aumenta en la medida en que percibe que su posición dominante está siendo cuestionada.
Y eso es aplicable tanto a la política exterior norteamericana como a cualquier otro imperio que haya llegado antes a este punto de inflexión. Pero la oportunidad está en que el mundo que está emergiendo, un mundo con múltiples centros de poder, con nuevos actores que antes eran invisibles en el escenario global, con una redistribución, aunque lenta y desigual, de la capacidad de tomar decisiones, ese mundo tiene el potencial de ser más justo, más sostenible, más representativo de la diversidad real de la humanidad. Eso no
es garantía. Es una posibilidad y las posibilidades se convierten en realidades solo cuando hay suficiente gente consciente, suficiente gente organizada, suficiente gente que se niega a consumir las versiones simplificadas y convenientes de la realidad que los centros del poder tienen interés en difundir.
Lo que estamos viendo en Bengurion, ese aeropuerto donde los aviones de guerra norteamericanos están haciendo espacio para que las familias israelíes puedan tomar sus vuelos de vacaciones, es un símbolo que merece ser leído con profundidad, no porque Estados Unidos haya perdido ni porque Irán haya ganado en algún sentido definitivo, sino porque lo que ilustra es la física implacable del poder real, que ningún Un actor, por poderoso que sea, puede sostener indefinidamente una postura que el entorno geopolítico ya no
tolera. Ni siquiera el más grande aparato militar de la historia humana puede reemplazar la legitimidad, la inteligencia diplomática y la paciencia estratégica cuando esas son las variables que definen el resultado. Y termino con esto. En los próximos meses vamos a ver el desarrollo de estas negociaciones en Ginebra.
Vamos a ver cómo se implementa o no se implementa el memorando de entendimiento entre Washington y Teerán. Vamos a ver si Netañahu acepta las condiciones que implican retirar las fuerzas israelíes del Líbano o si esa resistencia vuelve a desestabilizar lo que es un equilibrio extremadamente frágil. Yeah.