Posted in

“Necesito un marido para mañana”, me dijo… Yo respondí “Entonces haz tu maleta y vente a mi casa ”

Todo estaba armado porque yo me iba a casar con Eduardo. Con Eduardo. Sí, que ahora te está chantajeando. No contestó. No hacía falta. Me devolvió la mirada y por primera vez vi algo que no le recordaba a don Ernesto. Él era fuego cuando se enojaba. Camila era diferente, se quedaba quieta. Eso era peor.

¿Por qué viniste conmigo? Pregunté. Porque esa era la pregunta. No, el fideicomiso, no Eduardo, no el plazo. Yo, Camila bajó los ojos a mis manos, todavía manchadas de grasa, porque mi papá confiaba en ti. Tu papá confiaba en mí para arreglar tuberías, no para casarme con su hija. También decía que eras el único hombre de esta propiedad que no sonreía cuando quería algo.

Eso me cayó. Afuera, una camioneta pasó levantando polvo. Camila miró hacia el camino como si esperara ver aparecer a alguien. Eduardo, ¿sabe que viniste?, pregunté. No te siguieron. No creo. ¿No crees? Me acerqué a la puerta y miré hacia la carretera. Nada, solo tarde, árboles, polvo y el sonido de un martillo lejano en la zona de cabañas.

Cuando volví, Camila estaba mirando un clavo en la mesa como si fuera más fácil que mirarme a mí. Mateo, no vine a pedirte que me salves. Menos mal, porque tengo la camisa hecha un desastre. Vine a pedirte algo horrible. Eso ya quedó claro. Puedo pagarte. La frase me cayó mal. No porque necesitara dinero.

Claro que lo necesitaba. Todo el mundo necesita dinero. Pero escuchárselo a ella me hizo sentir que Eduardo ya había ensuciado hasta la forma en que pedía ayuda. No vuelvas a decir eso, Mateo. No, si lo hacemos no va a ser por dinero. Ella tragó saliva. Entonces, ¿por qué? Buena pregunta, demasiado buena para responder rápido.

Miré otra vez la posada. Pensé en don Ernesto enseñándome a nivelar una puerta en las noches de lluvia cuando subíamos juntos a revisar goteras en Camila, más joven, sentada en el comedor con un cuaderno fingiendo que no escuchaba cuando su papá decía que algún día todo eso sería suyo. Y pensé en Eduardo entrando a esa casa con zapatos limpios y planes de venderla por partes.

“Porque tu papá me habría aventado una llave inglesa si dejo que ese tipo se quede con esto.” Camila soltó aire por la nariz. Casi una risa, casi un llanto. Esto es una locura. Sí. Ni siquiera te explicado todo. Lo vas a hacer. ¿Cuándo? Miré su bolsa, sus manos vacías, la forma en que seguía mirando hacia el camino. Primero sales donde puedan presionarte.

¿Qué? Empaca y vente a mi casa. Camila se quedó inmóvil. No sé qué escuchó exactamente, porque yo lo dije como una orden práctica, un lugar seguro, una puerta lejos de Eduardo, una mesa donde leer papeles sin que alguien le respirara encima. Pero cuando sus ojos subieron a los míos, algo cambió. No grande, no de película, solo lo suficiente para que ambos entendiéramos que esa frase sonaba más íntima de lo que debía.

Tu casa repitió, está al lado del taller. Tiene goteras, un sillón incómodo y café malo, pero nadie entra sin que yo abra. Y si Eduardo viene, entonces se queda afuera. Así de fácil. No dije fácil, dije afuera. Camila me miró como si llevara todo el día esperando que alguien hablara sin miedo a Eduardo.

Luego bajó la vista al sobre en mis manos. Mateo, si aceptas esto, mañana todo el pueblo va a ti hablar. Ya hablan, van a decir que me aproveché de ti. Que digan, van a decir que tuviste una oportunidad. Eso sí me hizo mirarla más duro. Eso piensas tú. No. La respuesta salió rápido. Demasiado rápido para ser mentira. No, repitió más bajo. Por eso vine.

El silencio entre nosotros se llenó de polvo. Tarde y una cosa peligrosa que ninguno había venido a buscar. Tomé las llaves de mi camioneta. ¿Dónde están tus cosas? En la casa grande. Vamos. Camila no se movió. ¿Aceptas? Me quedé frente a ella con el sobre en una mano y las llaves en la otra.

No sé si acepto ser tu marido mañana. Su cara cayó apenas, pero esta noche no vuelve sola a esa casa. Y entonces, por primera vez que llegó, Camila dejó de parecer la hija de don Ernesto intentando sostener una herencia. Pareció una mujer cansada que acababa de encontrar una silla. Asintió. Solo una vez. Está bien. Salimos del taller juntos.

Yo todavía olía grasa y madera. Ella a perfume caro y miedo contenido. Y mientras caminábamos hacia la camioneta, entendí que el problema no era si podía fingir ser su marido por un día. El problema era que cuando abrí la puerta del copiloto y ella subió sin discutir, ya no sentí que estaba ayudando a la hija de mi antiguo jefe.

Sentí que acababa de dejarla entrar en mi vida. La casa grande estaba demasiado iluminada para alguien que decía estar tranquila. Cuando llegamos, había luces prendidas en la entrada, en la cocina, en la oficina de don Ernesto y hasta en el balcón del segundo piso. Camila se quedó mirando desde la camioneta con las manos juntas sobre las piernas.

¿Quieres que entre contigo?, pregunté. No, asentí. Ella abrió la puerta, luego la cerró otra vez. Sí. No hice ningún comentario. A veces la gente cambia de opinión sin necesitar que uno lo anuncie como noticia. Bajamos. La casa olía madera vieja, flores recién cortadas y café recalentado. En la pared seguía la foto de don Ernesto con sombrero sonriendo junto a la chimenea, como si todavía pudiera regañarnos por pisar con lodo.

Camila la vio y apretó la mandíbula. Voy a tardar 5 minutos. Te doy 10. Subimos a su cuarto. No era el cuarto de una mujer instalada. Era el cuarto de alguien que había vuelto a una casa que todavía no se atrevía a reclamar. Había una maleta abierta, ropa doblada sin orden, una caja con papeles, un vestido claro colgado en la puerta del closet y un par de tacones tirados debajo de una silla.

Camila fue directo por la maleta. Solo necesito ropa para mañana y los documentos, ¿dónde están? En la oficina de mi papá. Bajamos otra vez. La oficina seguía igual que antes. Escritorio grande, lámpara verde, libreros, olor a cuero viejo. Camila abrió un cajón con una llave pequeña y sacó una carpeta azul. Mientras ella revisaba papeles, mi celular vibró. Era Ramiro, el velador.

Mateo, el licenciado de Eduardo, anda preguntando si la señorita está en la posada. Le enseñé el mensaje. Camila palideció un poco. Ya empezaron. ¿Quién más sabe que viniste conmigo? Nadie. Entonces, no contestes llamadas. Como si el teléfono hubiera escuchado, el suyo empezó a sonar. Eduardo. El nombre apareció grande, insistente sobre la pantalla. Camila lo miró sin tocarlo.

Read More