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El Productor de Broadway Se Burló de Camilo Sesto — Diez Minutos Después le Suplicaba que Se Quedara

En inglés, rápido, sin importancia. Camilo no entendió todas las palabras, pero entendió el tono. Era el tono de alguien que ya está pensando en la próxima cosa, que ha cerrado un capítulo antes de que el otro terminara de leerlo. 10 minutos antes, Whitfield había dicho algo que Camilo siguió escuchando mucho después de que la puerta se cerrara.

Latin music doesn’t work on Broadway. Never has, never will. It’s decoration, no drama. Camilo miró la puerta cerrada. Si todavía no te has suscrito al canal, hazlo ahora, porque nadie en ese teatro sabía lo que Camilo estaba a punto de hacer. Thomas Whitfield llevaba 30 años siendo uno de los nombres más importantes de Broadway.

No el más famoso, no el que aparecía en las portadas de las revistas, sino el tipo de nombre que los que saben saben, el que cuando aparecía en los créditos de una producción, los críticos ya sabían que valía la pena comprar la entrada. Había producido West Ride Story en su segunda gira.

Había apostado por Chicago cuando nadie creía que una historia de mujeres asesinas pudiera funcionar. Había reformado el Imperial The Seat en 1971 con su propio dinero porque creía que ese edificio merecía algo mejor que lo que tenía. Era un hombre que amaba el teatro, de eso no había duda, pero era también un hombre con ideas muy concretas sobre qué era el teatro y que no lo era.

Ideas que había construido durante 30 años y que no estaba dispuesto a revisar fácilmente. El teatro musical era una tradición anglosajona. Sus reglas eran sus reglas. Los que querían participar en ese mundo debían entender esas reglas o quedarse fuera. Los músicos latinoamericanos habían intentado entrar por esa puerta antes. Whfield los había escuchado con cortesía y los había enviado de vuelta con educación.

No era crueldad, era convicción. Los músicos que pasaban por su oficina eran de dos tipos. Los que llegaban con agentes y contratos previos y presentaciones preparadas, y los que llegaban solos con la convicción de que su talento era suficiente. Whitfield prefería a los segundos. Mfintom, aunque casi siempre terminaban igual de rechazados, pero en los 30 años que llevaba en ese negocio había aprendido y un a escuchar ciertos sonidos, a distinguir la técnica de la verdad, a saber cuando alguien cantaba porque podía y cuando cantaba porque no podía

no hacerlo. Era una diferencia que no se aprendía en ningún conservatorio. Se aprendía escuchando durante 30 años. Esa tarde de noviembre de 1977, alguien le había enviado una cinta. Su asistente se le había dejado encima del escritorio con una nota. Spanish singer, interesting range y worth five minutes. Whfield había escuchado los 5 minutos y luego cinco más y luego había llamado al número del sobre y había dicho que podía venir a una audición.

No sabía bien por qué lo había hecho y esa incomodidad le había puesto de mal humor antes de que el español llegara. Esa tarde alguien le envió una cinta y Whitfield, por razones que nunca explicó bien, la escuchó. Camilo había llegado a Nueva York el día anterior solo, sin manager, sin equipo, Tiun con la maleta pequeña que usaba para los viajes cortos y un abrigo que no era suficiente para el noviembre neoyorquino.

No era la primera vez que venía a Nueva York. Había estado antes de gira. Había cantado para audiencias de hispanohablantes en Queens y en el Bronx. Y había visto como esa gente lloraba con canciones que les recordaban a lugares que habían dejado atrás. Eso lo conocía, eso lo entendía. Pero el Manhattan de los teatros era otra cosa.

Era un mundo que hablaba un idioma diferente, no solo en el sentido literal faming, sino en el sentido de qué se valoraba y cómo se valoraba, y por qué razones se abría o se cerraba una puerta. No era la primera vez que venía a Nueva York. Había estado antes de gira. Pero esas veces llegaba con toda la maquinaria de un artista internacional.

Hoteles, agendas, personas que se encargaban de que todo estuviera en su sitio. Esta vez era diferente. Esta vez había venido por algo que no sabía bien cómo explicarle a nadie. Tenía 31 años. Había vendido millones de discos, había llenado estadios. Teyuim había conquistado América Latina de una manera que pocos artistas españoles habían conseguido.

Sobre el papel lo había conseguido todo. Y sin embargo, había algo que seguía sin hacer, algo que no sabía bien cómo nombrarlo, una sensación de que la voz que tenía podía hacer cosas que todavía no había explorado del todo, que había un territorio entre la canción y el drama al que había llegado parcialmente con Jesucristo Superstar, pero que no había agotado.

de Jesucristo Superstar, algo había cambiado en él, no en su voz, en su manera de entender para qué servía la voz. Teny, el musical, le había mostrado que la música podía hacer cosas que las canciones solas no podían hacer, que había un territorio entre la canción y el drama, que él no había explorado del todo y que quería explorar.

Cuando llegó la invitación de Whitfield, Camilo la guardó durante tres semanas sin responder. Luego la sacó una noche, la leyó otra vez y llamó. No le dijo nada a nadie. Compró el billete de avión, hizo la maleta pequeña y fue. Wheld recibió en su oficina. Te guinó en el despacho principal con las ventanas al teatro, en la sala de reuniones del fondo, la que usaba para las reuniones que no quería que duraran mucho.

Whfield lo había escuchado 5 minutos con la cortesía de alguien que a mí prometido 5 minutos y los va a cumplir exactamente. Luego había dicho lo que pensaba sin crueldad, con la franqueza de alguien que cree que decir la verdad es más respetuoso que dar falsas esperanzas. Let music doesn’t work on Broadway.

Never has, never will, y decoration, no drama. Y luego se había levantado. Whfield esperó un segundo, dos. Lo que Whitfield no esperaba era lo que pasó a continuación. Camilo no se levantó. Whitfield lo miró con la expresión de alguien que acaba de dar una señal clara y no entiende por qué Mido peniló que el otro no la está leyendo.

I think we’re done here dijo Whitfield. Give me 10 minutes dijo Camilo. Whitfield parpadeó. 10 minutes of what? The stage. Whitfield abrió la boca para decir que no era la respuesta obvia, la respuesta eficiente. Había tomado su decisión. Había sido claro. No había razón para extender una conversación que ya había terminado, pero algo lo detuvo.

Quizás fue la calma del hombre que tenía delante. No era la calma del nervioso que intenta aparentar. Oing ir a la calma de alguien que ya ha tomado su propia decisión y está esperando simplemente que el otro le dé el espacio para ejecutarla. En 30 años de producción teatral, Whitfield había aprendido a distinguir a la gente que quería algo de la gente que necesitaba algo.

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