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Nadie Quería Sus Jaranas Hechas a Mano — Hasta que Pedro Infante Tocó Una y Todo Cambió

Buenas tardes, joven. ¿Gusta ver algo? Pedro se acercó a la mesa y miró las jaranas de cerca por primera vez. eran hermosas, no de manera evidente, no como algo que brilla bajo los reflectores, sino hermosas de la manera en que son hermosas las cosas que alguien hizo pensando en cada detalle. La madera de una era de cedro rojo con el beteado tan limpio que parecía pintado.

Otra tenía incrustaciones de nácar en el clavijero, diminutas, perfectas. Una tercera, la más pequeña, tenía grabado en la tapa un jaguar casi microscópico hecho con una herramienta que Pedro no sabía ni cómo nombrar. ¿Las hizo usted?, preguntó Pedro sin apartar los ojos del jaguar. Don Aurelio se incorporó en su silla apenas notablemente, como quien recibe algo que lleva mucho tiempo sin recibir.

Sí, señor. Todas. El cuerpo de cedro o caoba, las clavijas de hueso, las cuerdas de nylon que yo mismo afino a mano, la incrustación de Nácar la hago con buril de relojero. Esa pequeñita me tomó tres semanas. Pedro tomó la jarana del jaguar en sus manos. Era más ligera de lo que esperaba.

La madera estaba tan bien pulida que parecía que desprendía calor propio. La giró con cuidado mirando las costillas, la tapa, la boca. 56 años de oficio estaban en cada curva de ese instrumento. Se podían sentir. Puedo dijo Pedro. Don Aurelio asintió. Pedro llevó la jarana a su cuerpo apoyándola con naturalidad. Sus manos encontraron la posición sin buscarla.

Rasgueó una vez suave para escuchar el timbre. El sonido que salió de ese instrumento pequeño no era el sonido de una guitarra ni el de un requinto, era algo propio, algo que pertenecía a las costas y a los portales y a las noches con luna sobre el río. Pedro rasgueó de nuevo, esta vez con más confianza, y dejó que sus dedos encontraran una melodía sencilla, el tipo de melodía que no pertenece a ningún lugar en particular, pero que cualquier hombre que creció con música en casa reconoce de inmediato.

Y sin proponérselo, comenzó a cantar en voz muy baja, casi para sí mismo, apenas un murmullo sobre las notas. Las notas salieron limpias, cálidas. Don Aurelio abrió los ojos un poco más. Ese murmullo, esa voz. Había algo en esa voz que el anciano no podía nombrar todavía, pero que le perturbaba de una manera que no era normal.

La gente que pasaba por el pasillo siguió pasando. Nadie se detuvo todavía. Pero algo había cambiado en ese rincón del mercado. El silencio que rodeaba la mesa de don Aurelio era ahora un silencio distinto. Ya no era el silencio del abandono, era el silencio de alguien escuchando. Usted no toca como alguien que toca de vez en cuando dijo don Aurelio en voz baja.

Pedro sonrió sin dejar de tocar. Mi padre tocaba el contrabajo en una banda de Mazatlán. En casa siempre había música. Yo aprendí a tocar guitarra solo en el taller de carpintería donde trabajé de joven. Me fabricaba mis propias púas de madera porque no tenía dinero para comprarlas. Don Aurelio escuchó esto con la atención de alguien que reconoce una historia parecida a la suya.

Pedro continuó tocando suave, sin apresurarse. La jarana respondía bien. Respondía con una generosidad que solo tienen los instrumentos que alguien hizo con amor. ¿Ustedes de Veracruz? Preguntó Pedro. De Tlacotalpán. Nací allá. Aprendí el oficio allá. Vine a la capital hace 10 años buscando mercado.

Don Aurelio hizo una pausa. Su voz cambió levemente, como cuando se cambia de camino en el medio de una frase. Vine con mi esposa Consuelo. Ella tocaba la jarana mejor que yo. Mejor que nadie que yo haya conocido. Mientras yo las fabricaba, ella las afinaba. Decía que cada jarana tiene su propia voz y que hay que escucharla antes de tocarla.

Pedro dejó de tocar. Había algo en el modo en que don Aurelio había dicho vino que le indicaba que Consuelo ya no estaba. ¿La perdió?, preguntó Pedro con la voz baja. Don Aurelio tardó un momento, hace dos años. El corazón se durmió una noche de marzo y ya no despertó. Fue como si se apagara una vela. Así de silencioso.

Todos los días. Desde entonces me levanto y hago jaranas porque es lo único que sé hacer, pero ya no es lo mismo fabricarlas sin que ella las afine. Le pongo la cuerda y lo que escucho es el silencio donde antes estaba su voz. Se detuvo. Luego agregó algo más. En voz todavía más baja. Hay una que no está en la mesa, la última que hice para ella.

Cada año en su cumpleaños le fabricaba una jarana nueva. Esa fue la del año en que murió. La tengo guardada en una caja de tela en mi taller. Nunca la he puesto en venta. Nunca la pondré. Pedro permaneció quieto. El ruido del mercado seguía existiendo a su alrededor. Los gritos de los vendedores, los pasos de la gente, las radios compitiendo con sus anuncios.

Pero en ese rincón todo eso parecía muy lejos. Conocía ese silencio. No de la misma manera, no con la misma pérdida, pero lo conocía. Su madre, doña refugio, había muerto 2 años antes, en 1953. Y hubo semanas enteras en que Pedro cantaba en los estudios y en los palenques y en las fiestas, y llegaba a casa de noche y se sentaba en la cocina, y el silencio de esa cocina tenía un peso físico, un peso que empujaba hacia abajo.

“Yo sé lo que es eso”, dijo Pedro con una voz que no era la voz del actor ni la del cantante. Era la voz del hombre que había nacido en Mazatlán y aprendido a trabajar la madera antes de aprender a cantar. Don Aurelio lo miró por primera vez en todo el día. Alguien le estaba hablando como se le habla a una persona. ¿Usted tuvo una pérdida así?, preguntó el anciano.

Mi madre, dijo Pedro hace dos años también era costurera. Cuando yo era niño en Guamuchil no teníamos casi nada, pero ella siempre encontraba la forma de que no nos faltara lo esencial, no el dinero, el ánimo. Eso es lo que no se reemplaza cuando se va alguien. Así los dos hombres se miraron en ese rincón amarillo del mercado, un anciano veracruzano fabricante de jaranas y un hombre en camisa de algodón que no parecía a nadie en particular.

Ninguno de los dos habló durante un momento. No hacía falta. Había cosas que se entienden sin palabras cuando dos personas han cargado el mismo tipo de peso. Pedro miró la jarana que tenía en las manos, luego miró las otras 15 sobre el mantel. Luego miró a don Aurelio. Entonces dijo algo que no había planeado decir.

Le puedo preguntar una cosa alguna vez le ha enseñado a alguien a tocar la jarana. Don Aurelio frunció el seño levemente, sorprendido por la pregunta. Le enseñé a Consuelo cuando éramos novios. Ella no sabía tocar y yo le enseñé. Tardó tr meses en aprender el ritmo del son. El cuarto mes tocaba mejor que yo.

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