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HARFUCH REVELA LA ORDEN FIRMADA QUE OBLIGABA A JUAN GABRIEL A MORIR ENGAÑADO

A Juan Gabriel lo condenaron  a morir engañado, no con balas, con una firma. 12 de diciembre de 1995,  Fernando Gutiérrez Barrios escribió siete palabras en un papel: “El sujeto debe morir sin saber. 21 años después, se cumplió. 28 de agosto de 2016. Santa Mónica, sin saber tal como lo ordenaron.

Pero la firma no fue lo único. Antes de esa orden hubo 20 años de  vigilancia. Expediente 121-00-174.  400 fotografías de seguimiento, 100 horas de grabaciones telefónicas,  dos propiedades de sus hermanos en Ciudad Juárez con planos arquitectónicos  completos. Una empresa a nombre de la familia Aguilera Baladezpiada durante una década.

Agibal SADcbe, 14 conciertos privados para Carmen Romano en Los Pinos. Tres para Luis Echeverría. Uno para López Portillo, todos pagados con dinero del erario. Y mientras él cantaba  en una oficina de Bucarelli, un agente abría su carpeta cada lunes y agregaba lo nuevo. Su agenda, sus llamadas, sus amantes, sus contratos con Televisa, su correspondencia con Rocío Durcal, las cartas que le escribía a Verónica Castro el día que conoció a Silvia Pinal.

La noche que se peleó con José José en una cantina de la zona rosa, todo anotado, todo archivado y al final una sola decisión, que muriera sin enterarse, que se llevara a la tumba lo que ellos sabían. Por eso, esta noche, 30 años después de  aquella firma, Omar García Harfuch llegó al Archivo General de la Nación a las 4 de la madrugada y por eso tú vas a saber lo que él nunca pudo saber.

Hoy ese expediente salió de la bóveda. Omar García Harfó la orden a las 3:18 de la mañana de  un martes de octubre. El Archivo General de la Nación abrió las rejas del Fondo Confidencial 40  minutos después y lo que había adentro no era lo que dijo  la crónica el día que publicó el expediente por primera vez.

Lo que había adentro era peor. Hora exacta del cateo, 4 horas 17 minutos. Lugar la antigua  bóveda B de la galería 7 del Archivo General de la Nación en Lecumberry, el edificio que fue cárcel. y donde por una de esas casualidades crueles de la historia mexicana, Juan Gabriel pasó un año encerrado en 1971, acusado de un robo que no cometió, liberado sin juicio, olvidado en una celda.

La misma piedra que lo encerró a los 21 años guardó después su expediente  durante medio siglo. Esa coincidencia ningún biógrafo la tocó. La van a tocar esta noche. Harf bajó del suburbán negro con dos agentes de  la federal y una archivista de la AN. Llevaba puestas las botas militares  y un saco oscuro sobre la camisa blanca. Hacía frío.

11 ºC. Una neblina baja flotaba sobre los charcos  de la calle Eduardo Molina. La calle estaba vacía, solo un perro callejero ladrando lejos y el motor de un taxi que pasó a lo lejos. Sin detenerse. La archivista,  una mujer de 50 años, lentes redondos, cabello canoso recogido, cargaba una llave  maestra de bronce, de las antiguas, de las que ya no se fabrican.

La llave pesaba  casi medio kilo. Tenía grabada una inscripción borrada por el uso AAN, 1962. Pasaron por el patio central. El mismo patio donde antes  había tendederos y formaciones de presos, donde Juan Gabriel, a sus 21 años cargó cubetas de agua durante los 12 meses que estuvo encerrado. El patio sigue igual, el piso de cemento gris, las columnas amarillentas, las gradas donde antes los presos esperaban su comida.

Hoy todo eso es archivo, cajas, carpetas, memorias de un país que prefiere no recordar lo que hizo. Entraron por la puerta lateral que ahora dice galería 7. La archivista  abrió la primera reja. El cerrojo sonó como un disparo en la madrugada. Cruzaron un pasillo de techo bajo con olor a polvo viejo y  a humedad. Las luces fluorescentes parpadeaban.

Una de ellas estaba a  punto de fundirse y zumbaba como un mosquito. Harf caminaba  sin hablar. Detrás de él los pasos de los agentes resonaban en el cemento. Pasaron  tres puertas más, cada una con su propia cerradura, hasta llegar a la bóveda B. La archivista  se detuvo y se persignó.

Lo hizo rápido, casi sin pensar, como hace alguien que va a abrir una caja con un muerto adentro. Metió la llave. La cerradura tronó. La puerta de metal pesado se abrió hacia adentro con un quejido de bisagras. Dentro había 360 cajones  de archivos numerados ordenados por dependencia. La sección amarilla era la de la DFS.

La Dirección Federal  de Seguridad, la sección amarilla era la sección de los espiados. Harf caminó directo  al cajón 121. Lo abrió. La carpeta estaba ahí, color manila, esquinas dobladas, una etiqueta  mecanografiada con tinta corrida y encima del nombre un sello rojo que  decía altísimo secreto de FS exceso restringuido.

La etiqueta decía Alberto Aguilera  Baladez, alias Juan Gabriel. La levantó  con las dos manos. Pesaba más de 3 kg. la puso sobre la mesa metálica del  centro de la bóveda, encendió la lámpara y la abrió. La primera fotografía estaba arriba de todo. Año 1974, Juan Gabriel, saliendo de una tienda de discos en avenida insurgentes, lleva una chamarra blanca, pantalón de campana, el pelo todavía corto. Está sonriendo.

No mira a la cámara. Alguien lo está fotografiando desde un  coche estacionado en la acera de enfrente. La toma es nítida, profesional. Aparece en las manos de él las llaves del coche, una bolsa de papel. Detrás, sin que él lo sepa, el agente que lo seguía esa tarde anotó en el reverso de la foto cinco palabras con tinta azul.

Cinco palabras que ningún periodista  mexicano leyó hasta hoy. Esta noche vas a saber qué decían esas cinco  palabras. Vas a saber quién firmó la orden de espionaje en 1974 y por qué la firmó. Vas a saber el contenido completo de la grabación  telefónica del 5 de noviembre de 1985. esa que la DFS interceptó tres semanas antes del terremoto y que cambió todo.

Y vas a saber qué decía la última hoja del expediente, la que cierra la carpeta, la que está firmada por Fernando Gutiérrez Barrios, la que prueba que el divo de  Juárez murió sin saber que el país que tanto amó lo trató como enemigo durante toda su vida. Cuatro cosas, cuatro promesas.

Te aviso cuando  llegue cada una. Primero, las cinco palabras escritas  detrás de la primera fotografía de 1974, cinco palabras escritas por un agente con brado  de capitán segundo, hijo de un general que peleó en Tratelolco. Cinco palabras  que explican por qué en lugar de seguirlo dos semanas lo siguieron 20 años.

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