PARTE 1
Eran las cuatro de la tarde de un martes cualquiera en Madrid.
El sol de justicia pegaba con saña contra las persianas a medio bajar del salón de mi suegra.
Se escuchaba de fondo el runrún constante de un ventilador de torre que ya había visto tiempos mejores.
Ese aparato giraba la cabeza de izquierda a derecha con un quejido asmático, como si le doliera el cuello.
Puri, mi suegra, estaba sentada en su sillón de orejas, el que tiene una funda de ganchillo que se te clava en los muslos si llevas pantalón corto.
Me miraba fijamente mientras sostenía una taza de café humeante, a pesar de que hacíamos treinta y dos grados a la sombra.
En esta casa el café se toma hirviendo o no se toma, decía ella siempre.
Yo movía la cucharilla dentro de mi taza, haciendo un tintineo metálico que empezaba a ponerme nerviosa a mí misma.
Hacía tres años que trabajaba en la gestoría de Don Julián.
Tres años picando datos, aguantando a clientes que no saben ni lo que es un IVA repercutido y soportando el olor a cerrado de una oficina que no ha visto una reforma desde el Mundial 82.
Mi suegra dio un sorbo ruidoso, de esos que aspiran aire para no quemarse la lengua.
—¿Te pasa algo, Loli? —me preguntó con ese sexto sentido que tienen las madres para detectar el drama.
—Tienes una cara de acelga que no puedes con ella —añadió sin anestesia.
Yo suspiré, dejando la cucharilla sobre el plato con un golpe seco.
Me ajusté el pelo, que se me pegaba a la nuca por la humedad ambiental.
—Puri, he tomado una decisión —solté, intentando sonar mucho más segura de lo que realmente me sentía.
Ella dejó la taza en la mesa auxiliar, justo encima de un tapete que ella misma había bordado durante el confinamiento.
Se recolocó las gafas de cerca, esas que llevan una cadena de perlas para que no se le pierdan por el escote.
—Malo —dijo ella, sentenciando antes de tiempo.
—Siempre que dices que has tomado una decisión, acabamos comprando algo a plazos o te cortas el pelo que pareces un duende —comentó con esa guasa madrileña tan suya.
—No es eso, suegra —le dije, apoyando los codos en la mesa de camilla.
—Voy a pedirle un aumento al jefe —anuncié por fin.
El silencio que siguió a mis palabras fue tan denso que casi se podía cortar con el cuchillo de la tarta.
El ventilador dio otra vuelta completa, soltando un crujido que pareció una carcajada burlona.
Puri abrió mucho los ojos, como si acabara de confesarle que me iba a unir a una comuna hippie en Formentera.
—¿Un aumento? —repitió ella, como si la palabra fuera un concepto exótico venido de otro planeta.
—Sí, Puri, un aumento —reafirmé yo, cruzándome de brazos.
—Que me lo merezco, que llevo haciendo el trabajo de tres personas desde que echaron a la Mari Luz.
—Y Don Julián no hace más que comprarse zapatos de piel de becerro mientras yo sigo con el mismo sueldo de hace cuatro inviernos.
Mi suegra se echó hacia atrás en el sillón, haciendo que la estructura de madera crujiera bajo su peso.
Se llevó una mano al pecho, como si le faltara el aire de repente.
—Hija, por el amor de Dios, tú no estás bien de la cabeza —soltó con un hilo de voz dramático.
—¿Tú has visto cómo están las cosas? —me preguntó, señalando vagamente hacia la ventana, como si el apocalipsis estuviera ocurriendo justo en la calle Alcalá.
—Con la que está cayendo ahí fuera, que no hay más que crisis y gente yéndose al paro por un quítame allá esas pajas.
Se asomó un poco, como si buscara confirmación en el cielo azul y despejado de Madrid.
—Mejor quédate calladita, no te vayan a echar —me soltó el consejo con esa contundencia de quien ha sobrevivido a tres devaluaciones de la peseta.
Yo puse los ojos en blanco, porque ya me conocía el discurso de la prudencia extrema.
—Puri, que no estamos en la posguerra, que la empresa tiene beneficios —le repliqué.
—El otro día vi la liquidación del trimestre y te digo yo que Don Julián no pasa hambre precisamente.
Ella negó con la cabeza repetidamente, haciendo que sus pendientes de perlas bailaran con frenesí.
—Eso da igual, Loli, da exactamente igual —insistió ella, bajando el tono como si el jefe pudiera oírnos desde su oficina a cinco kilómetros de distancia.
—En este país, el que asoma la cabeza se la cortan —sentenció con una sabiduría popular que me ponía de los nervios.
—Tú tienes tu nómina todos los meses, ¿verdad? —me preguntó con tono inquisitivo.
—Llegas a casa, tienes tu seguridad social, tu paguita extra en Navidad… ¿qué más quieres, hija mía?
Yo sentí que la sangre me empezaba a hervir, y no era por el café de Puri.
—Quiero que se valore mi esfuerzo, suegra —le dije, levantando un poco la voz.
—Quiero poder ir al supermercado y no tener que mirar el precio del papel higiénico como si fuera una inversión en bolsa.
—Quiero poder invitar a mi marido a cenar a un sitio donde no te den el menú en una servilleta de papel.
Puri me miró con una mezcla de lástima y horror, como si estuviera viendo a una suicida saltar sin paracaídas.
—La ambición rompe el saco, que te lo digo yo —murmuró ella, volviendo a coger su taza.
—Si vas allí y le pides más dinero, Don Julián se va a fijar en ti —advirtió con un dedo levantado.
—Y no quieres que un jefe se fije en ti para esas cosas —añadió con misterio.
—Se va a poner a mirar tus horas, si llegas tarde tres minutos, si gastas mucho tóner en la impresora…
—Se va a inventar cualquier excusa para ponerte en la calle y contratar a un chaval de esos que saben de ordenadores y cobran en cacahuetes.
Yo me levanté de la silla, incapaz de quedarme sentada ante semejante despliegue de pesimismo crónico.
Caminé por el salón, esquivando las figuritas de porcelana de Lladró que Puri custodiaba como si fueran el tesoro de los templarios.
—Quien no llora, no mama, suegra —le solté, usando uno de esos refranes que ella tanto apreciaba para ver si así lo entendía.
—Hay que valorarse, que si no lo hago yo, no lo va a hacer nadie —añadí, dándome palmaditas en el pecho.
Puri resopló, dejando escapar un sonido que era mitad burla y mitad desesperación.
—¿Valorarse? —dijo con ironía—. En mis tiempos, valorarse era tener trabajo y dar gracias a la Virgen todos los días por ello.
—Tu abuelo se pasó cuarenta años en la misma fábrica y no pidió un aumento ni cuando se quemó la sección de montaje.
—Y aquí estamos, con la casa pagada y los hijos criados —concluyó con orgullo.
—Pero Puri, que los tiempos han cambiado —insistí yo, parándome frente a ella.
—Ahora si no pides, te pisan —dije con firmeza.
—Mañana mismo, en cuanto termine de cuadrar el balance de las tres, me meto en su despacho.
Ella se santiguó, lo juro por lo más sagrado, se hizo la cruz de arriba abajo.
—Que Dios te pille confesada, Loli —susurró con tono de funeral.
—Mañana vienes aquí llorando porque te han dado el finiquito y no digas que no te lo advertí.
Yo sonreí, aunque por dentro tenía las tripas hechas un nudo de puro miedo.
Porque una cosa es decírselo a tu suegra en el salón de su casa y otra muy distinta es plantarte ante el despacho de Don Julián.
Don Julián, ese hombre que siempre parece que tiene un trozo de limón bajo la lengua.
Aquel que usa tirantes y fuma puros en la terraza de abajo, dejando un rastro de olor a tabaco rancio por todo el rellano.
—Ya verás como no pasa nada malo —le dije, intentando convencerme a mí misma más que a ella.
—Mañana por la tarde te llamo y te digo cuánto me han subido —añadí con una falsa bravuconería.
Puri no contestó, se limitó a mirar al fondo de su taza de café vacía, como si estuviera leyendo allí mi trágico destino laboral.
El ventilador dio su último giro antes de detenerse de golpe, haciendo un ruido seco que sonó a mal augurio.
Yo cogí mi bolso, le di un beso en la mejilla que olía a polvos de talco y me despedí.
—Hasta mañana, Puri —dije mientras abría la puerta.
—Vete con cuidado, hija —me respondió ella desde la penumbra del salón.
—Y piénsatelo dos veces antes de abrir la boca, que las palabras las carga el diablo.
Cerré la puerta y bajé las escaleras a pie, sintiendo como el calor de la calle me golpeaba la cara.
Mañana sería el gran día.
El día en que dejaría de ser la “Loli de los recados” para convertirme en una profesional justamente remunerada.
O eso esperaba yo, mientras cruzaba la calle esquivando un autobús de la EMT que pasaba rozándome.
PARTE 2
Esa noche casi no pegué ojo, dando vueltas en la cama como una croqueta en la sartén.
Mi marido, que duerme como un tronco de encina, ni se enteraba de mi drama interno.
Yo visualizaba el despacho de Don Julián, con su mesa de roble macizo y ese cenicero de cristal que pesa tres kilos.
Repasaba mentalmente mi discurso, buscando las palabras exactas, ni muy agresiva ni muy sumisa.
“Don Julián, verás, he estado reflexionando sobre mi trayectoria en la empresa…”
No, eso sonaba demasiado a discurso de entrega de los Goya.
“Julián, o me subes el sueldo o aquí se va a liar la de Dios es Cristo…”
Demasiado macarra, Loli, demasiado macarra.
Me desperté con el despertador a las siete de la mañana, sintiendo que me habían pasado por encima tres camiones de basura.
Me puse mi mejor traje, ese de color azul marino que me hace parecer una persona seria y solvente.
Me maquillé un poco más de lo habitual, para tapar las ojeras que me llegaban hasta la barbilla.
Llegué a la oficina media hora antes, algo inaudito en mi historial laboral.
Don Julián todavía no había llegado, así que me dediqué a organizar los papeles con un celo profesional digno de una funcionaria del Estado.
A las nueve en punto, la puerta de la calle se abrió y entró él, resoplando como un toro de lidia.
Traía el periódico bajo el brazo y ese olor a colonia intensa que te despeja los senos paranasales al instante.
—Buenos días, Loli —gruñó sin mirarme, entrando directo a su despacho.
—Buenos días, Don Julián —respondí yo con una voz que me salió dos octavas más alta de lo normal.
Me pasé las siguientes tres horas picando facturas de una empresa de construcción que tenía la contabilidad hecha un cristo.
Cada vez que escuchaba un ruido en el despacho de al lado, me daba un vuelco el corazón.
El teléfono no dejaba de sonar, y yo atendía a los clientes con una sonrisa falsa que me tensaba los músculos de la cara.
—Sí, caballero, no se preocupe, su liquidación estará lista para el viernes —decía, mientras pensaba en mi propio liquidado futuro.
A las once, como era costumbre, Don Julián salió para irse al bar de la esquina a tomarse su segundo café y un pincho de tortilla.
Era mi oportunidad para prepararme psicológicamente.
Fui al baño, me miré al espejo y me di dos palmaditas en las mejillas.
—Tú puedes, Loli, tú vales mucho, como decía la de la tele —me susurré.
Recordé las palabras de mi suegra: “Quédate calladita, no te vayan a echar”.
Y por un momento, la duda me asaltó como un atracador en un callejón oscuro.
¿Y si Puri tenía razón? ¿Y si Don Julián estaba de mal humor hoy porque el Madrid había perdido?
No, me dije, no puedes dejar que el miedo de una generación pasada dicte tu futuro.
Don Julián volvió a las once y media, rascándose la barriga por debajo del chaleco.
Entró en su despacho y dejó la puerta abierta, una señal que yo interpreté como una invitación divina.
Me levanté de mi silla, cogí una carpeta vacía para tener algo en las manos y caminé hacia su puerta.
Mis tacones hacían un ruido infernal sobre el suelo de terrazo: clac, clac, clac.
Me paré en el umbral y llamé suavemente con los nudillos.
—¿Se puede, Don Julián? —pregunté con una sonrisa que me temblaba un poco.
Él levantó la vista de un informe, me miró por encima de sus gafas de lectura y asintió con un gesto brusco.
—Pasa, Loli, pasa. ¿Hay algún problema con la cuenta de los García? —me preguntó sin rodeos.
Cerré la puerta detrás de mí, algo que nunca hacía a menos que fuera para tratar temas confidenciales.
—No, no es de los García de lo que quería hablarle —dije, sentándome en la silla de confidente.
Él me miró con curiosidad, dejando el bolígrafo sobre la mesa.
—Usted dirá entonces —comentó, echándose hacia atrás y haciendo crujir el cuero de su sillón.
—Verá, Don Julián… —empecé, notando que la boca se me quedaba seca como la suela de una alpargata.
—Llevo ya tres años en esta casa, y usted sabe que estoy muy contenta con el trato y con el ambiente.
Él asintió, esperando el “pero” que sabía que vendría a continuación.
—Pero también sabe que mis responsabilidades han aumentado considerablemente en el último año —continué, ganando un poco de confianza.
—Desde que se jubiló Mari Luz, yo he asumido toda la parte de nóminas y seguros sociales, además de la contabilidad general.
Don Julián entornó los ojos, como si estuviera calculando mentalmente cuánto le estaba ahorrando yo al mes.
—Y bueno, considerando la situación actual y el compromiso que tengo con esta oficina… —hice una pausa dramática.
—Me gustaría pedirle que revisáramos mis condiciones salariales. Creo que un aumento sería justo.
Me quedé callada, esperando la explosión, el grito o el despido fulminante que mi suegra me había vaticinado.
Don Julián no dijo nada durante al menos treinta segundos, que a mí me parecieron tres siglos.
Se rascó la barbilla, miró por la ventana y luego volvió a fijar sus ojos en mí.
—Un aumento, ¿eh? —dijo con una voz neutra, imposible de descifrar.
—Con la que está cayendo, Loli… —añadió, usando exactamente la misma frase que Puri.
Sentí un escalofrío. Parecía que todos los mayores de sesenta años compartían el mismo manual de excusas.
—Soy consciente de la situación, Don Julián, pero la empresa está funcionando bien —repliqué rápidamente.
—De hecho, hemos captado tres clientes nuevos este trimestre gracias a que yo misma les hice la gestión comercial.
Él suspiró, sacando un puro del cajón aunque sabía perfectamente que no se podía fumar en la oficina.
No lo encendió, simplemente empezó a juguetear con él entre los dedos.
—Eres buena trabajadora, Loli, eso no te lo voy a negar —admitió por fin.
—Pero un aumento ahora… es un momento delicado, muy delicado.
—Tengo que hablarlo con mi socio, mirar los números, ver cómo queda el margen de beneficio tras los impuestos.
Yo sabía que esa era la táctica clásica de dilación.
Si le dejaba irse con el “tengo que mirarlo”, el aumento se perdería en el Triángulo de las Bermudas de su memoria.
—Lo entiendo, pero me gustaría tener una respuesta concreta antes del viernes —dije con una valentía que no sabía de dónde había salido.
Don Julián me miró sorprendido. No estaba acostumbrado a que su empleada modelo le pusiera plazos.
—¿El viernes? —repitió, arqueando una ceja.
—Sí, el viernes —confirmé yo, levantándome de la silla.
—No quiero presionarle, pero necesito saber si mi futuro está aquí o si debo empezar a mirar otros horizontes.
Esa frase fue un farol absoluto. No tenía ni un plan B ni un horizonte que no fuera mi balcón con las plantas medio secas.
Pero pareció surtir efecto.
Don Julián se quedó un poco descolocado, como si no se esperara que yo tuviera “otros horizontes”.
—Está bien, Loli, está bien —dijo, haciendo un gesto con la mano para que me fuera.
—Lo miraré. El viernes hablamos. Pero no te hagas muchas ilusiones, ¿eh? Que la cosa está muy achuchada.
Salí de su despacho con el corazón a mil por hora, pero con una sonrisa de oreja a oreja.
No me había echado.
No me había gritado.
Incluso me había dicho que era una buena trabajadora.
Me senté en mi sitio y retomé la contabilidad de los García con una energía renovada.
A la hora de comer, llamé a mi suegra por teléfono.
—Puri, que ya se lo he dicho —anuncié en cuanto descolgó.
—¡Virgen de la paloma! —exclamó ella—. ¿Y todavía tienes trabajo o te llamo para que vengas a recoger tus cosas en una caja?
—Sigo aquí, Puri, sigo aquí —le dije riendo.
—Me ha dicho que lo va a mirar y que el viernes me da una respuesta.
Se escuchó un silencio al otro lado de la línea.
—Eso es que te está dando largas, Loli, no te enteras —dijo ella con su pesimismo habitual.
—El viernes te dirá que ha habido un error en el cálculo o que el socio ha dicho que no.
—Tú vete preparando el currículum ese, por si las moscas.
—Puri, de verdad, eres un rayo de sol —ironicé yo.
—Hija, yo solo te digo la verdad, que más sabe el diablo por viejo que por diablo —me soltó antes de colgar.
Colgué el teléfono y me quedé mirando la pantalla del ordenador.
Faltaban tres días para el viernes.
Tres días de tensión, de miraditas por encima del hombro y de intentar ser la empleada más eficiente de la historia de la humanidad.
Cualquiera que me viera pensaría que estaba preparando una oposición a registradora de la propiedad.
Don Julián pasaba por mi lado y yo le dedicaba mi mejor cara de “soy imprescindible para que esta oficina no se hunda en el caos”.
El miércoles pasó sin novedades.
El jueves, Don Julián estuvo fuera toda la mañana, supuestamente reunido con ese “socio” que nadie había visto nunca.
Yo empezaba a ponerme nerviosa de verdad.
¿Y si Puri tenía razón y me estaba evitando para darme la patada el último día de la semana?
Esa noche no cené más que un yogur, sentada en el sofá mientras mi marido veía un partido de fútbol.
—¿Sigues con lo del aumento? —me preguntó él sin quitar la vista de la tele.
—Sí, mañana me dice algo —respondí yo, mordiéndome las uñas.
—Pues suerte, Loli, aunque ya sabes lo que dice tu madre…
—Si me vuelves a decir lo de “con la que está cayendo”, te tiro el mando a la cabeza —le advertí.
Él se rió y me dio un beso rápido en la mejilla.
—Venga, mujer, que seguro que sale bien. Si no te lo dan a ti, no se lo dan a nadie.
Esa noche dormí un poco mejor, pero soñé que Don Julián me pagaba el aumento con cupones de descuento para una tienda de lámparas.
Cosas del subconsciente.
PARTE 3
El viernes amaneció con una tormenta de esas de verano que limpian el aire pero te dejan empapada en tres segundos.
Llegué a la oficina con el paraguas dado la vuelta por el viento y el ánimo por los suelos.
“Esto es una señal”, pensé mientras intentaba secarme el traje con papel de manos en el baño.
“El cielo está llorando por mi carrera profesional”.
Don Julián llegó más tarde de lo habitual, con cara de haber dormido poco y mal.
No me saludó. Entró en su despacho y pegó un portazo que hizo temblar hasta los archivadores.
Mi corazón se hundió hasta los tobillos.
“Ya está”, me dije. “Puri tenía razón. Hoy es el día en que me voy a la cola del paro”.
Me pasé toda la mañana trabajando en silencio sepulcral, sin atreverme ni a ir a por agua.
La Mari Carmen, la otra administrativa que venía solo por las mañanas, me miraba con cara de pena.
Ella ya se había enterado de mi jugada, porque en esa oficina las paredes tienen oídos y la cafetera tiene lengua.
—¿Te ha dicho algo el jefe? —me susurró mientras grapaba unos folios.
—Todavía no —respondí yo sin levantar la vista.
—Pues suerte, chica, porque tiene un humor que muerde —añadió ella con poco tacto.
A la una de la tarde, Don Julián salió de su despacho.
Se paró frente a mi mesa y me miró con una expresión indescifrable.
—Loli, entra un momento —dijo secamente.
Me levanté como si fuera al patíbulo.
Mari Carmen me hizo un gesto con el pulgar hacia arriba, pero tenía cara de estar dándome la extremaunción.
Entré en el despacho y me senté.
Don Julián se sentó frente a mí y sacó una hoja de papel.
—He estado mirando los números, Loli —empezó a decir, y yo ya estaba preparando el discurso de “no se preocupe, lo entiendo perfectamente”.
—Y la verdad es que tienes razón —continuó, dejándome de piedra.
—Llevas mucho peso de la oficina y no te hemos compensado como es debido.
Sentí que un peso de mil toneladas se me quitaba de encima.
—Así que he decidido subirte el sueldo —anunció con un tono casi solemne.
—Te vamos a subir doscientos euros netos al mes —dijo, mirándome fijamente para ver mi reacción.
Doscientos euros. No era la fortuna que yo había imaginado en mis sueños más salvajes, pero era mucho más de lo que Puri pensaba que conseguiría.
—Muchas gracias, Don Julián —dije, intentando mantener la compostura y no ponerme a bailar una jota allí mismo.
—De verdad que lo valoro mucho.
—Pero —añadió él, y el “pero” me heló la sangre de nuevo.
—A cambio, quiero que te encargues también de la gestión de la nueva cartera de seguros que vamos a abrir en septiembre.
—Eso implica una tarde más a la semana, los jueves, hasta las siete.
Lo sabía. En esta vida nadie da duros a cuatro pesetas, como diría mi suegra.
El aumento venía con letra pequeña y un par de horas extra de regalo.
—¿Qué te parece? —me preguntó, esperando mi respuesta.
Pensé rápidamente. Doscientos euros más al mes significaban poder respirar un poco más tranquila.
Significaba poder decirle a Puri en su cara que “quien no llora, no mama” funciona.
—Me parece justo —respondí con una sonrisa profesional.
—Acepto las condiciones.
Don Julián asintió, visiblemente aliviado de no haber tenido que despedir a su mejor empleada o tener una escena dramática.
—Pues nada, firma aquí y el próximo mes ya lo verás reflejado en la nómina.
Salí de su despacho sintiéndome como si acabara de ganar la Champions League.
Mari Carmen me miró con los ojos como platos cuando me vio salir sonriendo.
—¿Y bien? —preguntó ansiosa.
—¡Me lo han dado! —exclamé, aunque bajito para que no se oyera desde el despacho.
—¡Toma ya! —dijo ella chocado los cinco conmigo—. ¡Esta tarde nos tomamos algo para celebrarlo!
Pero yo tenía una llamada mucho más importante que hacer.
Salí a la escalera para tener cobertura y llamé a Puri.
—¿Dígame? —contestó ella con ese tono de voz que pone cuando espera malas noticias.
—¡Puri! ¡Que me lo han dado! —solté sin preámbulos.
Se hizo un silencio total al otro lado.
—¿Cómo que te lo han dado? —preguntó ella, como si hablara en otro idioma.
—El aumento, suegra. Doscientos euros más al mes.
—¿Y no te han echado? —insistió, incrédula.
—No solo no me han echado, sino que Don Julián me ha dicho que soy una pieza clave en la empresa.
Escuché un resoplido de Puri.
—Bueno… —dijo ella, arrastrando la palabra—. Pues habrá tenido un buen día el hombre.
—Pero no te confíes, Loli, que ahora que te paga más te va a exigir el triple.
—Ya lo sé, Puri, ya lo sé. Tengo que trabajar una tarde más, pero vale la pena.
—¡Ay, señor! —exclamó ella—. Una tarde más de trabajo por cuatro perras… si es que al final os engañan como a chinos.
—Puri, no son cuatro perras, es una subida digna —le corregí.
—Bueno, bueno… —dijo ella, empezando a ceder un poco en su pesimismo.
—Pues ya que tienes más dinero, podías pasarte mañana y compramos ese jamón del bueno, que el que tengo en la cocina parece cartón piedra.
Me eché a reír. Puri siempre encontraba la manera de sacar tajada de cualquier situación.
—Hecho, Puri. Mañana compramos el mejor jamón de la tienda.
—Y tráete a tu marido, que le haré unas patatas con carne para celebrar que todavía tienes trabajo.
Colgué el teléfono sintiéndome victoriosa.
Había roto la maldición del “quédate calladita”.
Había demostrado que, a veces, la ambición no rompe el saco, sino que lo llena un poquito más.
PARTE 4
Esa tarde, la oficina parecía un lugar distinto.
Incluso el olor a cerrado me parecía más soportable, como si fuera el aroma del éxito.
Terminé mi jornada a las seis y me fui directamente al centro para darle una sorpresa a mi marido.
Le esperé a la salida de su trabajo y le llevé a una de esas terrazas con vistas donde te cobran diez euros por una caña.
Pero esta vez no me importaba. Esta vez pagaba yo con mis nuevos “fondos de inversión”.
—¿A qué viene tanto lujo, Loli? —me preguntó él, mirando la carta con recelo.
—A que tu mujer es una negociadora de élite —le respondí, guiñándole un ojo.
Le conté todo el proceso, desde el miedo cerval en el despacho hasta la victoria final de los doscientos euros.
Él me escuchaba con orgullo, aunque también con esa prudencia que le había heredado a su madre.
—Pues me alegro mucho, de verdad —dijo, brindando conmigo—. Te lo curras mucho y ya era hora de que se dieran cuenta.
—¿Y qué dice mi madre? —preguntó con una sonrisa burlona.
—¿Qué va a decir? Que nos engañan como a chinos y que mañana quiere jamón del caro —respondí riendo.
Pasamos una tarde estupenda, planeando qué haríamos con ese pequeño extra.
Quizás un viaje corto en el puente de noviembre, o simplemente dejar de mirar la cuenta bancaria con ansiedad cada día veinte de mes.
Al día siguiente, fuimos a casa de Puri como habíamos quedado.
Llevábamos un sobre de jamón de bellota que costaba casi lo mismo que mi antigua subida diaria.
Entramos en el salón y allí estaba ella, con el mismo ventilador y la misma cafetera.
—Hombre, los millonarios —dijo al vernos entrar.
—Traemos el jamón, Puri —le dije, dejándolo sobre la mesa de camilla.
Ella lo examinó con ojo experto, tocando el envase para comprobar la calidad de la grasa.
—Mmm, no tiene mala pinta —concedió por fin—. Pero seguro que os han clavado.
Nos sentamos a comer y, por primera vez en mucho tiempo, Puri no habló de la crisis ni del paro.
Se dedicó a contarnos chismes del barrio, de cómo la vecina del quinto se había comprado un perro que ladraba en inglés y de que el panadero había subido el precio de la barra otra vez.
Yo la miraba y sonreía.
Sabía que, en el fondo, estaba orgullosa de mí.
Aunque nunca lo diría con esas palabras, el hecho de que hubiera hecho las patatas con carne más ricas de su repertorio era su forma de darme la enhorabuena.
—Oye, Loli —me dijo mientras servía el postre, un flan casero que pesaba como un yunque.
—¿Tú crees que si yo le pido a la comunidad que me bajen la cuota de la limpieza, me harán caso?
Yo me eché a reír, contagiada por su repentino espíritu reivindicativo.
—No sé yo, Puri, ahí no hay “socio” al que consultar, ahí mandan las del tercero y esas son peores que Don Julián.
—Pues habrá que intentarlo —dijo ella con una chispa de malicia en los ojos—. Porque quien no llora, no mama, ¿verdad?
Todos nos reímos a carcajadas.
La lección había calado incluso en la fortaleza del pesimismo.
Al final del día, mientras volvíamos a casa, me sentí en paz.
Pedir un aumento no era solo cuestión de dinero.
Era cuestión de mirarse al espejo y saber que tu tiempo y tu talento tienen un valor.
Y que, a veces, hay que saltar al vacío para descubrir que tienes alas.
O, al menos, para descubrir que el suelo no está tan lejos como te decían los que nunca se atrevieron a saltar.
Llegué a mi portal y miré hacia arriba, hacia el cielo de Madrid que ya estaba cuajado de estrellas.
Mañana sería lunes y volvería a la oficina de Don Julián.
Pero ya no sería la misma Loli.
Sería la Loli que se atrevió a pedir y que, contra todo pronóstico, recibió.
Y eso, señoras y señores, no tiene precio.
Aunque los doscientos euros tampoco vienen nada mal, las cosas como son.