PARTE 1
El salón de Lucía olía a esa mezcla contradictoria de incienso de sándalo y ambientador de pino barato.
Era diciembre en Madrid, y el frío se colaba por las rendijas de las ventanas viejas del barrio de Chamberí.
Encarna estaba sentada en el sofá de terciopelo, ese que Lucía había comprado en un mercadillo de antigüedades y que, según Encarna, “tenía cara de ácaro”.
La suegra sostenía una taza de té de jengibre con una expresión de sospecha profunda.
Miraba el líquido amarillento como si fuera a salir de él una criatura abisal.
Lucía, por su parte, revolvía unos papeles sobre la mesa del comedor, nerviosa, ordenando folletos de “alternativas éticas”.
Paco, el hijo de Encarna y marido de Lucía, estaba en la cocina, intentando no existir.
Se oía el ruido del grifo abierto, una táctica milenaria para no participar en la conversación que se avecinaba.
Encarna dejó la taza sobre un posavasos de corcho prensado.
—¿Y dices que esto limpia el aura, Lucía? —preguntó Encarna, arqueando una ceja perfectamente depilada.
—No, mamá, te he dicho que ayuda a la digestión antes de planificar el menú —respondió Lucía sin levantar la vista.
—A mí la digestión me la ayuda un orujo de hierbas después de un buen chuletón, no antes de un papelito.
Lucía suspiró, cerró los ojos y contó hasta diez, una técnica que su terapeuta le había recomendado para “gestionar figuras de autoridad conflictivas”.
—Precisamente de eso quería hablarte, Encarna —dijo Lucía, sentándose frente a ella.
El ambiente se tensó de repente, como si el espíritu de la Navidad hubiera decidido darse a la fuga por el balcón.
—Uy, esa cara la conozco yo —sentenció la suegra—. Esa es la cara de cuando me vas a decir que el niño no va a ir a misa de gallo.
—El niño tiene treinta y cinco años, mamá —gritó Paco desde la cocina, aún bajo el amparo del grifo.
—¡Tú te callas y sigue fregando, que para una vez que tocas el estropajo hay que celebrarlo! —le espetó Encarna.
Lucía tomó aire, expandiendo sus pulmones como si fuera a dar un discurso en la ONU.
—Este año me toca a mí organizar la cena de Nochebuena, ¿verdad? —empezó Lucía con suavidad.
—Bueno, es el turno que pactamos cuando os casasteis, a menos que el contrato tenga cláusulas de rescisión —ironizó la suegra.
—Pues he tomado una decisión importante —continuó Lucía, ignorando el dardo—. Una decisión coherente con mis valores.
Encarna se cruzó de brazos, hundiéndose un poco más en el sofá de los ácaros.
—Miedo me das, Lucía. La última vez que fuiste coherente con tus valores terminamos pintando el pasillo de color “barro místico” y estuvimos tres meses viviendo en una cueva.
—Esto es distinto, de verdad. Se trata de la sostenibilidad, del respeto a la vida y de reducir nuestra huella.
—¿Tu huella? Si tienes un treinta y siete de pie, hija, ¿qué huella vas a dejar?
Lucía exhaló con fuerza, el jengibre ya no estaba funcionando.
—He decidido que este año no se cocina carne en esta casa para Navidad —soltó de golpe.
El silencio que siguió fue tan pesado que se podría haber cortado con un cuchillo de carnicero.
Un cuchillo de carnicero que, según Lucía, no se usaría ese año.
Encarna parpadeó tres veces, procesando la información como un ordenador de los años ochenta.
—¿Cómo que no se cocina carne? —preguntó al fin, con la voz sospechosamente calmada.
—Exacto. Nada de sufrimiento animal. He diseñado un menú de siete platos basado en proteína vegetal.
—¿Proteína qué? —Encarna se inclinó hacia adelante—. ¿Me estás diciendo que en Nochebuena me vas a dar de cenar césped?
—No es césped, mamá —intervino Paco, asomando la cabeza por la puerta de la cocina—. Se llama soja texturizada y seitán.
—¿Seitán? —Encarna se santiguó—. ¿Pero qué nombre de demonio es ese? ¿Vais a invocar a Lucifer entre el primer plato y el postre?
—Es gluten de trigo, Encarna. Tiene una textura maravillosa, si se sabe cocinar bien parece…
—¡Ni lo digas! —la interrumpió la suegra levantando una mano—. ¡No me digas que parece carne porque eso es mentira!
—Hay que ser más conscientes del mundo en el que vivimos —insistió Lucía con tono pedagógico.
—Yo soy muy consciente, Lucía. Soy consciente de que llevo sesenta años comiendo cordero asado en Navidad.
—Pero los tiempos cambian, la tradición puede evolucionar.
—La tradición es tradición porque no cambia, hija mía. Si cambia, se llama “inventar chorradas”.
Encarna se levantó del sofá con una agilidad sorprendente para su edad.
Empezó a caminar por el salón, gesticulando como una actriz de teatro clásico en mitad de una tragedia.
—¡Cordero! —gritaba—. ¡Un cordero lechal, tierno, que se deshaga en la boca! ¡Con sus patatitas panaderas!
—Eso es un cadáver en la mesa, Encarna —dijo Lucía, intentando mantener el tono zen.
—¡Es un manjar de los dioses! Y los langostinos… ¿qué me dices de los langostinos?
—Podemos hacer brochetas de “gambas” hechas con extracto de algas y fécula de patata.
Encarna se detuvo en seco y miró a su nuera con una mezcla de lástima y horror.
—¿Extracto de qué? Lucía, por el amor de Dios, que los langostinos se chupan, se les quita la cabeza y te llenas los dedos de jugo.
—Eso es poco higiénico y cruel —replicó Lucía.
—¡Eso es la felicidad! —rugió la suegra—. ¿Tú pretendes que yo chupe una patata con sabor a alga en Nochebuena?
Paco intentó mediar, acercándose con cautela al campo de batalla.
—Mamá, Lucía ha estado practicando y el “falso paté” de nueces está muy rico, de verdad.
—¿Falso paté? —Encarna miró a su hijo—. ¿A ti qué te han dado, Francisco? ¿Te han lavado el cerebro con zumo de remolacha?
—Solo digo que hay que abrir la mente —balbuceó Paco.
—La mente la tengo abierta, lo que tengo cerrado es el estómago a tus experimentos de laboratorio.
Encarna se volvió hacia Lucía, señalándola con el dedo índice, el mismo dedo que usaba para comprobar si había polvo sobre los muebles.
—Escúchame bien, nuera. En Navidad se come lo que se tiene que comer. Cordero, jamón del bueno y langostinos que te miren a los ojos.
—Hecho de soja —repitió Lucía con firmeza—. El plato principal es un Wellington de soja fermentada con costra de semillas de chía.
—¿Wellington? —bufó Encarna—. ¡Eso suena a general inglés que perdió una guerra! ¡No me des gato por liebre!
—No es gato, es soja. Y es mucho más nutritivo.
—¿Nutritivo? ¡Es Navidad! ¡En Navidad se trata de ponerse como el quico y luego quejarse de que no te cierra el pantalón!
Encarna se sentó de nuevo, esta vez con aire triunfal, como si hubiera ganado un asalto.
—No voy a permitir que mi familia pase hambre por tus modernuras.
—Nadie va a pasar hambre —aseguró Lucía—. He calculado las calorías y…
—¡Me dan igual las calorías! —la cortó Encarna—. Lo que me importa es el espíritu. ¿Qué es una Nochebuena sin el olor a asado saliendo del horno?
—Es una Nochebuena sin crueldad —respondió Lucía, cruzando también los brazos.
—Es una Nochebuena triste, Lucía. Una Nochebuena gris, como tu “barro místico”.
—Si te dieras una oportunidad, verías que los sabores son increíbles.
—Yo ya tengo todos los sabores que necesito en mi libreta de recetas de 1974.
Paco suspiró y se sentó entre las dos mujeres, sintiéndose como el árbitro de un derbi de alto riesgo.
—¿No podríamos llegar a un término medio? —sugirió con esperanza.
—¿Término medio? —dijeron las dos al unísono, mirándolo fijamente.
—Sí… no sé… ¿un pavo pequeño y el resto vegetal? —propuso Paco, retrocediendo ante las miradas de fuego.
—¡Ni hablar! —dijo Lucía—. Sería como ser “un poco feminista” o “un poco ecologista”. O se es, o no se es.
—Exacto —asintió Encarna, para sorpresa de Lucía—. O se cena como Dios manda, o no se cena.
—Pues aquí se cena vegano —sentenció Lucía, dando un golpe final en la mesa.
Encarna se quedó en silencio un momento, con una sonrisa gélida dibujándose en sus labios.
Era la sonrisa que usaba antes de soltar una bomba atómica verbal.
—Muy bien, Lucía. Es tu casa. Son tus reglas. Son tus… semillas esas de pájaro.
Lucía se relajó un poco, pensando que había ganado la batalla por fin.
—Me alegra que lo entiendas, Encarna. De verdad significa mucho para mí.
—Oh, lo entiendo perfectamente —dijo la suegra, levantándose para coger su abrigo de visón (sintético, por exigencia de Lucía, pero ella siempre decía que era de “un bicho muy caro”).
Se puso el abrigo con una parsimonia cinematográfica.
Se ajustó la bufanda de seda.
Cogió su bolso de piel (esta vez sí, piel de verdad, de la que hace que Lucía se estremezca).
—Solo te aviso de una cosa, hija —dijo Encarna mientras se dirigía a la puerta.
Paco y Lucía la siguieron con la mirada, temiendo el epílogo.
Encarna se dio la vuelta en el umbral, con la mano en el pomo.
—Como yo sé que con tu menú voy a terminar con anemia antes de los turrones…
Hizo una pausa dramática, digna de una villana de telenovela de sobremesa.
—Pues yo me traigo mi propio filete en el bolso, te lo aviso.
Lucía abrió la boca, pero no salieron palabras.
—Un filete de ternera de Ávila —continuó Encarna—. De esos que ocupan todo el plato y que sangran un poquito cuando los pinchas.
—¡Encarna, no te atreverás! —exclamó Lucía al fin.
—¿Que no? —la suegra soltó una carcajada corta y seca—. Me lo traigo hecho, envuelto en papel de aluminio, y me lo como delante de tu Wellington ese de pega.
—¡Eso es una falta de respeto total a mi hospitalidad! —gritó Lucía.
—Y lo tuyo es un atentado contra la gastronomía nacional, pero aquí estamos, aguantando el tipo.
Encarna abrió la puerta de la calle.
—Paco, ve comprando sal de frutas, que la vas a necesitar para digerir el corcho que te va a dar tu mujer.
—¡Mamá, por favor! —suplicó Paco.
—¡Hasta luego, Lucas! —se despidió Encarna con un gesto de la mano.
La puerta se cerró con un golpe seco.
Lucía se quedó de pie en mitad del salón, temblando de indignación.
—¿Lo has oído, Paco? ¿Lo has oído? ¡Dice que se va a traer un filete en el bolso!
Paco se rascó la nuca, mirando al suelo.
—Bueno, conocerla, la conoces… cuando se le pone algo en los cuernos…
—¡Es un boicot! —exclamó Lucía—. ¡Un boicot en toda regla a mi transición hacia una vida más ética!
—A lo mejor si hubieras empezado por algo más suave… no sé… una tortilla de patatas sin cebolla…
—¡La tortilla de patatas lleva huevo, Paco! ¡Huevo! ¡Explotación avícola!
Lucía empezó a caminar de un lado a otro, como un león enjaulado en un zoo de hormigón.
—No voy a permitir que entre carne en esta casa el día 24. Lo juro por mi esterilla de yoga.
Paco suspiró profundamente, sabiendo que aquello solo era el principio de una guerra civil navideña.
—Cariño, va a ser una noche muy larga —murmuró Paco para sí mismo.
—Va a ser una noche histórica —corrigió Lucía—. La noche en la que la ética venció al cordero.
Pero en el fondo, Lucía sabía que Encarna no bromeaba.
Podía imaginar perfectamente a su suegra sacando un solomillo del bolso entre villancico y villancico.
La guerra estaba declarada.
Y el campo de batalla iba a oler a tofu y a rebeldía.
PARTE 2
Los días siguientes al “Incidente del Té de Jengibre” fueron un despliegue de estrategia militar por ambas partes.
Lucía se sumergió en blogs de cocina radical, buscando la receta definitiva que hiciera que Encarna se arrodillara ante una coliflor.
—Tiene que ser algo visualmente idéntico a la carne —murmuraba Lucía frente al ordenador a las dos de la mañana.
Paco, que intentaba dormir a su lado, solo oía palabras sueltas que le daban escalofríos.
—”Humo líquido”, “texturizado de guisante”, “sangre de remolacha reducida”…
—Cariño, parece que estás planeando un asesinato ritual, no una cena —dijo Paco con la voz ronca por el sueño.
—Es una revolución, Paco. No lo entenderías.
Mientras tanto, en el otro lado de la ciudad, Encarna no se quedaba de brazos cruzados.
Había convocado una reunión de emergencia en su cocina con sus dos mejores amigas: Maruja y Conchi.
—Que dice que me va a dar seitán, Maruja. ¡Seitán! —exclamaba Encarna mientras rellenaba unos pimientos (de carne, por supuesto).
—¿Y eso qué es? ¿Una marca de detergente? —preguntó Conchi, ajustándose las gafas de cerca.
—Es una masa de chicle con sabor a nada, Conchi. ¡A nada! —Encarna golpeó la encimera—. Y lo quiere poner en Nochebuena.
—¡Qué barbaridad! —exclamó Maruja—. ¡Si es que la juventud está perdida! ¿Dónde vamos a llegar?
—Yo no pienso consentirlo —sentenció Encarna—. He llamado a mi carnicero, a Manolo, el de la esquina.
—¿A Manolo? Pero si Manolo se jubiló el año pasado —dijo Conchi.
—Ha abierto un servicio clandestino para clientas de confianza. Me ha reservado una pieza de ternera que brilla en la oscuridad de lo buena que está.
Encarna bajó la voz, como si estuviera pasando secretos de estado.
—Y la voy a cocinar en mi casa el día 24 por la mañana. Con mucho ajo y mucho vino blanco.
—¿Y cómo la vas a meter en casa de Lucía? —preguntó Maruja, intrigada—. Esa mujer tiene olfato de perro policía para esas cosas.
Encarna sonrió con malicia.
—Tengo un plan. He comprado un bolso nuevo. Uno con doble fondo y revestimiento térmico.
—¡No me digas! —Conchi se tapó la boca con la mano—. ¡Como los de las espías de las películas!
—Exactamente. Ella me dará su trozo de madera fermentada, y yo, por debajo de la mesa, haré el cambiazo.
La logística de la “Operación Filete” estaba en marcha.
Pero Lucía, que no era tonta, sospechaba de la repentina calma de su suegra.
—Está muy callada, Paco —dijo Lucía una tarde mientras pelaba tres kilos de castañas.
—A lo mejor es que lo ha aceptado, Lucía. A lo mejor ha visto la luz.
—Encarna no ve la luz, Encarna es la que apaga la luz para que no gastes. Está tramando algo.
Lucía decidió contraatacar con una maniobra de propaganda.
Empezó a enviar fotos al grupo de WhatsApp familiar.
Fotos de platos veganos de alta cocina, con filtros de Instagram que los hacían parecer apetitosos.
“Mirad qué delicia: Carpaccio de rábano sandía con emulsión de piñones”, escribió Lucía.
La respuesta de Encarna no tardó ni dos minutos.
Fue una foto de un jamón de bellota recién empezado, con el cuchillo calado en el centro.
“Mirad qué brillo tiene la grasa, se deshace sola”, respondió la suegra.
La tensión en el grupo de WhatsApp se podía cortar con el mismo cuchillo del jamón.
Paco, el único integrante neutral, intentaba poner emojis de corazones y arbolitos de Navidad, pero nadie le hacía caso.
Llegó el día 22 de diciembre, el día de la Lotería.
A nadie le tocó ni el reintegro, lo cual aumentó el mal humor general.
Lucía estaba en plena fase de producción de su “No-Pavo”.
Era una estructura compleja de legumbres, gluten y especias que intentaba imitar la forma de un ave.
—Paco, necesito que me ayudes a bridar el seitán —pidió Lucía.
Paco miró la masa grisácea sobre la mesa.
—Parece un pulmón de fumador, Lucía. ¿Seguro que esto se come?
—¡Cállate y ata! Tiene que quedar compacto para que luego, al cortarlo, se vean las vetas de la farsa de setas.
—Farsa… nunca mejor dicho —murmuró Paco, ganándose un golpe de trapo en el hombro.
En la casa de Encarna, el aroma era muy diferente.
El vino blanco, el laurel y la pimienta llenaban cada rincón.
—¡Eso es, así, que suelte el juguito! —le decía Encarna a la sartén.
Estaba sellando la carne con la precisión de un cirujano.
Luego la envolvería en varias capas de film transparente, luego en papel de plata, y finalmente en una bolsa hermética para que no se escapara ni una molécula de olor.
—Ni el CNI me pilla este solomillo —se jactó ante el espejo de la entrada.
Llegó la tarde del 24.
El cielo de Madrid estaba encapotado, amenazando con una lluvia fina y molesta.
Paco estaba terminando de poner la mesa bajo la supervisión tiránica de Lucía.
—¡Los cubiertos tienen que estar alineados con el centro del plato, Paco! ¡Que parezca un restaurante de tres estrellas Michelin!
—Cariño, es mi madre, no un inspector de la guía roja.
—Es peor que eso, Paco. Es el jurado más implacable de la historia de la humanidad.
Sonó el timbre.
Lucía se puso firme, se alisó el delantal de lino orgánico y respiró hondo.
—Ya están aquí. Que empiece el juego.
Paco abrió la puerta.
Entró Encarna, envuelta en su abrigo y cargando un bolso que parecía pesar cinco kilos.
Caminaba de una forma un poco extraña, rígida, como si llevara un tesoro escondido entre las costillas.
—¡Feliz Navidad a todos! —exclamó con una alegría excesiva.
—Hola, mamá. Pasa, dame el abrigo —dijo Paco.
Encarna soltó el abrigo con cuidado, pero se aferró al bolso como si fuera un náufrago a una tabla.
—El bolso lo dejo aquí conmigo, que tengo… cosas delicadas —dijo, sentándose rápidamente en una silla del comedor.
Lucía se acercó a ella, entrecerrando los ojos.
—Hola, Encarna. Qué bolso más… voluminoso traes hoy.
—Es la moda, hija. Ahora se llevan grandes. Para meter todas las penas de este año —respondió la suegra con una sonrisa falsa.
Lucía olfateó el aire de manera casi imperceptible.
—Huele… huele a algo —dijo Lucía.
Encarna se puso tensa.
—Será mi perfume. “Esencia de mujer madura que sabe lo que quiere”.
—No… no es perfume. Es como… ¿ajo?
—¡Será el ajo que te has puesto tú para espantarme, Lucía! —rio Encarna, intentando desviar la atención.
Paco intervino rápido.
—¿Queréis un poco de cava para empezar? Es vegano, por supuesto. Sin clarificantes de origen animal.
—Ponme un vaso bien lleno, hijo. Lo voy a necesitar para procesar tanta pureza —dijo Encarna.
Se sentaron a la mesa.
El primer plato apareció: una crema de castañas con aceite de trufa y crujiente de puerro.
Encarna miró el plato.
—¿Y el jamón picadito por encima? —preguntó.
—No hay jamón, Encarna. Hay semillas de sésamo negro —respondió Lucía con orgullo.
Encarna probó una cucharada.
—Está… caliente —dijo, que era lo mejor que podía decir sin mentir descaradamente.
Lucía la observaba como un halcón.
Encarna mantenía el bolso sobre sus rodillas, oculto bajo el mantel.
Sus manos se movían inquietas por debajo de la tela.
—¿Te pasa algo en las piernas, mamá? —preguntó Paco.
—No, hijo, es que tengo un poco de hormigueo. Debe de ser la falta de vitamina B12, esa que decís vosotros.
Lucía apretó los labios.
El primer asalto había terminado, pero el plato fuerte aún no había salido de la cocina.
Y el bolso de Encarna parecía estar ganando temperatura por momentos.
PARTE 3
El ambiente en el comedor era una mezcla de cortesía forzada y espionaje industrial.
Lucía se levantó para retirar los platos de la crema de castañas.
—Ahora viene lo mejor —anunció con un brillo mesiánico en los ojos—. El Wellington de “No-Ternera” con reducción de vino tinto y ciruelas.
Encarna aprovechó que Lucía estaba en la cocina para susurrarle a Paco:
—Paco, hijo, dame una servilleta de las de tela, que esta de papel no va a aguantar el envite.
—Mamá, ¿qué tienes ahí debajo? —preguntó Paco, señalando el bulto sospechoso bajo el mantel.
—Tengo mi seguro de vida, Francisco. No me hagas hablar.
Lucía regresó triunfante con una bandeja de madera.
En el centro, una costra de hojaldre dorado (hecho con margarina vegetal de alta calidad) brillaba bajo la luz de las velas.
Tenía buen aspecto, había que reconocerlo.
—¡Vaya! —exclamó Encarna—. Si parece comida de verdad y todo.
—Es comida de verdad, Encarna —corrigió Lucía, empezando a trinchar—. Es una oda a la tierra.
Al cortar el primer trozo, una masa de color marrón rosáceo quedó a la vista.
—Mira ese color —dijo Lucía—. Lo he conseguido con un toque de remolacha asada para que visualmente no eches de menos nada.
Encarna miró el trozo que Lucía depositó en su plato.
Parecía carne, pero olía a huerto después de una tormenta.
—Es… fascinante —dijo Encarna, mientras su mano derecha buscaba desesperadamente la cremallera del bolso bajo la mesa.
—¿No vas a probarlo? —preguntó Lucía, sentándose y clavando la mirada en ella.
—Sí, claro. Es que estoy esperando a que… a que repose. La buena cocina tiene que reposar.
Encarna empezó a juguetear con el tenedor, moviendo el trozo de seitán de un lado a otro del plato.
—Paco, ¿podrías ir a por un poco más de agua? —pidió Encarna.
—Hay una jarra aquí mismo, mamá —dijo Paco.
—No, pero quiero de la del grifo de la cocina, que sale más fresca. Anda, ve, hazle ese favor a tu madre.
Paco, captando la señal de auxilio o de distracción, se levantó.
Lucía, sin embargo, no se movió.
—¿Y tú, Lucía? ¿No te has dejado el horno encendido? —insistió la suegra.
—No, Encarna. El horno está apagado. Estoy aquí, disfrutando de este momento contigo.
Encarna sudaba.
El calor de su propio solomillo, escondido en el bolso térmico, le estaba subiendo por los muslos.
Era ahora o nunca.
—¡Ay! —gritó Encarna de repente, llevándose la mano a la pierna.
—¿Qué pasa? —se asustó Lucía.
—¡Un calambre! ¡Un calambre de esos que te dejan la pierna como un palo! ¡Rápido, Lucía, mira debajo de la mesa si es que se me ha enganchado el zapato en la pata de la silla!
Lucía, por puro instinto de ayuda, se agachó para mirar debajo de la mesa.
Fue el momento exacto.
Con una velocidad que ni un carterista del metro de Sol, Encarna abrió el bolso, sacó el paquete de papel de aluminio y, en un movimiento fluido, dejó caer el trozo de Wellington dentro del bolso mientras colocaba su solomillo de Ávila sobre el plato.
Todo en menos de dos segundos.
Lucía emergió de debajo de la mesa.
—No veo nada, Encarna. Tus zapatos están bien.
—¡Ah, ya pasó! —dijo Encarna, fingiendo alivio—. Se ha soltado solo. Debe de ser la emoción.
Lucía volvió a su sitio y miró el plato de su suegra.
Se quedó paralizada.
Algo no cuadraba.
El trozo de “carne” de Encarna parecía haber… evolucionado.
Tenía una fibra diferente.
Y, sobre todo, soltaba un jugo rojizo que no recordaba a la remolacha.
Y el olor… oh, el olor.
El aroma a carne asada con ajos empezó a inundar el salón, derrotando sin piedad al incienso de sándalo.
—Encarna… —dijo Lucía con voz temblorosa— ¿Por qué tu Wellington tiene vetas de grasa auténtica?
—Será que lo has cocinado tan bien, hija, que hasta las moléculas se han vuelto locas —respondió la suegra, pinchando un trozo enorme y metiéndoselo en la boca.
—¡Mmmm! —gemía Encarna con los ojos cerrados—. ¡Esto es gloria bendita, Lucía! ¡Qué manos tienes! ¡Parece ternera de la sierra!
Lucía se levantó, indignada.
—¡Eso no es mi Wellington! ¡Eso es una vaca muerta!
—¿Cómo va a ser una vaca, Lucía? Si tú no dejas entrar vacas en casa —dijo Encarna con la boca llena.
Lucía dio la vuelta a la mesa y agarró el bolso de Encarna, que seguía en la silla.
—¡Suelta mi bolso, que es propiedad privada! —chilló la suegra.
Lucía abrió el bolso y, con un gesto de horror, sacó el trozo de seitán que Encarna había descartado.
Estaba allí, triste, rodeado de pañuelos de papel y caramelos de menta.
—¡Lo sabía! —gritó Lucía—. ¡Has traído contrabando de carne a mi cena ética!
Paco regresó de la cocina con la jarra de agua y se encontró el panorama: su mujer sosteniendo un trozo de gluten como si fuera una prueba pericial y su madre masticando felizmente un solomillo clandestino.
—¡Me has engañado! —reprochó Lucía—. ¡He estado tres días cocinando para que tú traigas un cadáver en el bolso!
—¡Es que esto no se puede comer, Lucía! —explotó Encarna, señalando el seitán en el bolso—. ¡Esto parece la suela de una alpargata de un legionario!
—¡Es respeto animal!
—¡Y lo mío es respeto a mi estómago, que tiene una edad y no está para procesar serrín!
Lucía empezó a llorar de frustración.
—Solo quería una Navidad diferente… una Navidad consciente…
—¡Pues yo quiero una Navidad con sabor, Lucía! ¡Que para comer raíces ya tengo el resto del año cuando me pongo a dieta!
Paco dejó la jarra en la mesa, suspirando.
—Venga, por favor… que es Nochebuena. No os peleéis por un filete.
—¡No es un filete, Paco! —gritó Lucía—. ¡Es lo que representa! ¡Es la falta de apoyo de tu madre a nuestras decisiones de vida!
—¿Decisiones de vida? —rio Encarna—. Lucía, hija, que el año que viene te dará por comer solo cosas que caigan de los árboles por su propio peso y nos tendrás aquí esperando a que madure una manzana.
—¡Eso se llama frugivorismo y es una opción muy válida! —replicó Lucía.
—¡Ves! —Encarna señaló a su hijo—. ¡Ves como está mal de la cabeza!
La discusión subió de tono.
Lucía acusaba a Encarna de ser una “especista retrógrada”.
Encarna acusaba a Lucía de ser una “radical del brócoli”.
Paco miraba el solomillo de su madre con un hambre que empezaba a ser preocupante.
El olor era demasiado tentador.
—¿Sabes qué, Encarna? —dijo Lucía, secándose las lágrimas—. Si tanto te gusta tu filete, te lo puedes comer en el rellano. En esta mesa no se consume crueldad.
—¿Me estás echando de tu casa por un trozo de carne? —preguntó Encarna, ofendida en lo más profundo de su ser.
—Te estoy echando por tu falta de respeto.
Encarna se levantó con dignidad.
—Muy bien. Me voy. Pero me llevo mi filete.
—¡Y llévate tu bolso térmico también! —añadió Lucía.
Encarna cogió su bolso, metió lo que quedaba de solomillo dentro y miró a su hijo.
—¿Tú qué haces, Francisco? ¿Te quedas aquí comiendo corcho o te vienes con tu madre a cenar como un hombre?
Paco miró a Lucía.
Miró a su madre.
Miró el Wellington de “No-Ternera”.
El silencio era absoluto.
Era el momento de la verdad.
PARTE 4
Paco se encontraba ante el dilema definitivo.
Por un lado, la lealtad conyugal y el compromiso con un futuro sostenible (y la paz en su cama).
Por otro lado, su madre y el aroma embriagador de la carne asada que apelaba a sus instintos más primarios.
—Paco… —advirtió Lucía con tono de ultimátum.
—Francisco… —tentó Encarna con el tono de quien sabe que tiene la sartén por el mango (literalmente).
Paco miró su plato de Wellington vegano.
Había intentado ser un buen marido.
Había bebido batidos verdes que parecían lodo de pantano.
Había aprendido a distinguir entre el tofu firme y el tofu sedoso.
Pero era Nochebuena.
Y el espíritu del cordero de sus antepasados gritaba en su interior.
—Lo siento, Lucía —dijo Paco en un susurro—. Pero es que… huele demasiado bien.
Lucía se llevó las manos a la cabeza.
—¡Tú también! ¡Hijo de tu madre tenías que ser!
—¡Ese es mi chico! —exclamó Encarna con un triunfo absoluto en la mirada.
—No es que no te apoye, cariño —intentó explicar Paco mientras se ponía la chaqueta—, es que… un Wellington de soja es un lunes cualquiera, pero el solomillo de mi madre es solo una vez al año.
—¡Fuera! —gritó Lucía, señalando la puerta—. ¡Iros los dos con vuestros instintos asesinos!
Encarna y Paco salieron al rellano de la escalera como dos fugitivos.
Lucía cerró la puerta de un portazo que hizo vibrar las paredes de Chamberí.
Se quedó sola en el salón, rodeada de comida ética, velas aromáticas y un silencio sepulcral.
Se sentó a la mesa, cogió un trozo de su “No-Ternera” y le dio un bocado.
Estaba rico. De verdad lo estaba.
Pero sabía a derrota.
Mientras tanto, en el rellano, Encarna y Paco estaban sentados en los escalones de la escalera.
—¿Tienes tenedores, mamá? —preguntó Paco.
—¿Tenedores? —Encarna sacó el paquete de aluminio del bolso—. En esta casa se come con las manos, como los antiguos.
Allí estaban, en mitad de la escalera de un edificio señorial, madre e hijo compartiendo un solomillo de Ávila envuelto en papel de plata.
—Está un poco frío ya, pero sigue siendo gloria, ¿verdad? —dijo Encarna, ofreciéndole un trozo a su hijo.
—Es lo mejor que he probado en meses, mamá.
—La próxima vez, Francisco, la cena se hace en mi casa. Y si Lucía quiere venir, que se traiga su propio tupper de alfalfa.
Paco masticaba con melancolía.
—La he fastidiado, ¿verdad? Mañana me toca dormir en el sofá.
—En el sofá se duerme muy bien cuando tienes el estómago lleno, hijo. No te preocupes.
De repente, la puerta del piso se abrió de nuevo.
Lucía apareció en el umbral.
Llevaba una botella de vino (del caro, no del vegano de oferta) y tres copas.
Miró a su marido y a su suegra sentados en la escalera, como dos niños traviesos.
Se produjo un silencio largo.
Lucía suspiró, se sentó en el escalón de arriba y dejó las copas en el suelo.
—Si no podéis con el enemigo… —empezó Lucía.
—… únete a él —terminó Encarna con una sonrisa de oreja a oreja.
Lucía cogió un trocito del solomillo clandestino con dos dedos, como quien toca algo radiactivo.
Se lo llevó a la boca.
Cerró los ojos.
—Dios mío… —susurró Lucía—. Está… está increíble.
—¡Lo ves! —gritó Encarna dándole una palmada en la espalda—. ¡Si es que la ética está muy bien, pero la grasa es la que nos mantiene unidos!
Paco rió, aliviado de que la sangre (de ternera) no hubiera llegado al río.
—¿Entonces aceptamos el menú 100% vegetariano para el año que viene? —preguntó Lucía, intentando salvar algo de dignidad.
Encarna la miró mientras servía el vino en las copas de cristal.
—Hija, hagamos un trato. El año que viene tú pones la chía y las semillas esas de nombre raro para los entrantes…
—¿Y de plato principal? —preguntó Paco.
Encarna levantó su copa.
—De plato principal, que decida el carnicero. Que para eso es el experto.
Los tres brindaron en la escalera, bajo la luz mortecina del portal.
No era la Nochebuena consciente que Lucía había planeado.
Tampoco era la cena tradicional que Encarna exigía.
Era una mezcla extraña de principios rotos, solomillo frío y una familia que, a pesar de las dietas y las ideologías, seguía prefiriendo pelearse unida que cenar separada.
—¿Me das otro trozo, Encarna? —pidió Lucía.
—Toma, hija. Come, que te estás quedando en los huesos con tanta soja.
Y así, entre risas y papel de aluminio, terminó la Navidad más “mixta” de la historia.
¿Aceptaríais un menú 100% vegetariano en Navidad?
Después de ver lo que hay que liar para esconder un filete en un bolso, quizá la respuesta dependa de cuánta paciencia (y cuánto espacio en el bolso) tenga vuestra suegra.