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Bajo la tormenta de Galicia, el favorito duerme en seda mientras el desterrado lucha contra el frío del silencio paterno

Bajo la tormenta de Galicia, el favorito duerme en seda mientras el desterrado lucha contra el frío del silencio paterno

Parte 1

La noche en que Martín Rivas volvió a la costa de Galicia, el cielo parecía tener cuentas pendientes con la humanidad entera. No llovía: aquello era una auditoría vertical de agua. El viento golpeaba los acantilados como si intentara echar abajo el norte, y las olas, enormes y blancas, subían por las rocas con un rugido de animal viejo, de esos que ya no tienen dientes pero conservan muy mala leche.

Martín caminaba por el sendero que llevaba a la mansión de los Rivas con un abrigo que había conocido mejores épocas, peores inviernos y, seguramente, algún perro poco educado. Lo llevaba cerrado hasta el cuello, aunque el cuello, en señal de protesta, seguía helado. En la mano derecha apretaba una carta húmeda, doblada tantas veces que parecía más un pañuelo triste que un papel. En la izquierda llevaba una maleta pequeña, de cuero gastado, con una rueda que hacía un ruido ridículo cada tres pasos.

Crac. Crac. Croc.

—Muy digno todo —murmuró Martín, mirando la maleta—. Vuelvo a la casa familiar como hijo desterrado y tú suenas como carrito de supermercado del Gadis.

El viento le respondió empujándole la lluvia contra la cara. Martín cerró un ojo, luego el otro, y durante dos segundos caminó casi a ciegas, confiando en que el sendero siguiera donde tenía que seguir. En Galicia, pensó, hasta los caminos tienen carácter. No se limitan a llevarte a un sitio. Primero te juzgan, luego te ponen a prueba, y si sobrevives, ya veremos.

Al fondo, sobre una colina baja frente al mar, se alzaba la mansión de los Rivas de Lira. Era una construcción antigua, de piedra gris, tejado negro y ventanas estrechas, tan solemne que uno esperaba que al llamar a la puerta saliera un notario con paraguas. La casa llevaba más de cien años mirando al Atlántico con la misma expresión con la que las abuelas miran a un nieto que se ha hecho un piercing: desaprobación silenciosa.

Todas las ventanas estaban oscuras salvo una, en la planta alta, donde la luz cálida de una lámpara dibujaba una habitación amplia, protegida, casi insultantemente cómoda. Martín se detuvo un momento bajo la lluvia. Sabía qué habitación era. La suite del ala oeste. La de Tomás.

Tomás Rivas de Lira, el hijo favorito.

Tomás, el orgullo de su padre.

Tomás, el heredero perfecto, el de la sonrisa de revista, el pelo siempre bien colocado incluso en funerales, el que de niño rompía un jarrón y recibía una palmada cariñosa porque “era inquieto”, mientras Martín respiraba fuerte y ya parecía culpable de algo.

Desde el camino, Martín alcanzó a ver el perfil de una cama enorme, cubierta con sábanas claras, probablemente de seda. Porque en aquella casa hasta dormir tenía categorías sociales. Tomás dormía en seda mientras él luchaba contra un temporal capaz de hacer dimitir a un marinero noruego.

—Claro que sí —dijo Martín, con una sonrisa torcida—. No vaya a ser que el niño se nos resfríe en algodón egipcio.

Un trueno partió el cielo en dos. La luz se reflejó en los cristales de la mansión, y por un instante Martín vio su propia figura: empapado, flaco, con barba de varios días y ojos cansados. No era exactamente la entrada triunfal que uno imagina cuando regresa después de diez años. En su cabeza, durante el viaje, se había permitido una escena más elegante. Él llegaba, llamaba a la puerta, su padre bajaba las escaleras emocionado, decía “hijo mío”, se abrazaban, sonaba música suave y quizá una señora del servicio lloraba discretamente en una esquina.

La realidad, en cambio, incluía barro en los zapatos, calcetines mojados y una maleta que seguía haciendo crac, crac, croc como si disfrutara humillándole.

La carta que llevaba en la mano era la única razón por la que había vuelto. Tres líneas escritas con la letra seca y firme de su padre.

“Tu presencia es necesaria. Ven antes del jueves. No hagas preguntas por carta.”

Ni “querido Martín”. Ni “espero que estés bien”. Ni siquiera “trae paraguas, que esto está que parece el fin del mundo”. Don Álvaro Rivas de Lira no desperdiciaba tinta en afectos. Para él, las emociones eran como las persianas viejas: solo se subían cuando hacía estrictamente falta, y aun así haciendo ruido.

Martín había recibido la carta en Zaragoza, donde trabajaba como restaurador de muebles antiguos en un taller pequeño que olía a madera, barniz y café recalentado. Allí, al menos, los objetos rotos tenían arreglo. Las familias, en cambio, no siempre.

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