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La cena de gala en Barcelona donde el hijo pródigo devora banquetes y el olvidado solo recoge las migas de la humillación

La cena de gala en Barcelona donde el hijo pródigo devora banquetes y el olvidado solo recoge las migas de la humillación

Parte 1

En Barcelona, cuando una familia rica dice “vamos a hacer una cena íntima”, conviene ponerse en lo peor. Porque íntima, en según qué casas, significa que solo han invitado a ciento veinte personas, dos concejales, un chef con cara de haber estudiado filosofía y un pianista que toca como si le debieran dinero.

La familia Roviralta era de esas familias que no cenaban: celebraban. No hablaban: pronunciaban. No discutían: generaban tensión atmosférica de clase alta.

Y aquella noche, en el salón principal de un hotel antiguo cerca del Passeig de Gràcia, iban a celebrar el treinta aniversario de la fundación familiar, una entidad que en teoría ayudaba a jóvenes emprendedores y en la práctica servía para que doña Inés Roviralta pudiera llevar vestidos largos un miércoles y decir cosas como “la responsabilidad social es el nuevo lujo”.

El salón estaba perfecto. Lámparas de araña, manteles blancos, copas alineadas como soldados en desfile, centros de mesa con flores tan caras que uno no sabía si olerlas o pedirles hipoteca. Desde los ventanales se veía Barcelona iluminada, elegante, un poco presumida, como si la ciudad también se hubiese puesto americana para la ocasión.

Mateo Roviralta llegó antes que todos.

No porque le hiciera ilusión. Llegó antes porque alguien tenía que revisar que las tarjetas con los nombres estuvieran bien, que los alérgicos al marisco no acabaran en urgencias, que el proyector funcionara y que su madre no colocara a la señora Pujol al lado de la señora Ferrer, porque la última vez casi se declaran la independencia mutuamente en medio de los postres.

Mateo llevaba un traje azul oscuro, sencillo, bien cortado, sin estridencias. Tenía treinta y cuatro años, ojeras de quien trabajaba más de lo que contaba y esa manera de sonreír que tienen las personas acostumbradas a no molestar.

—Perdona, ¿tú eres de organización? —le preguntó un camarero joven, con el pinganillo torcido y cara de estar descubriendo el capitalismo por las malas.

Mateo miró el plano de mesas que llevaba en la mano.

—Según mi madre, sí. Según el Registro Civil, soy su hijo.

El camarero parpadeó.

—Ah. Perdón.

—No pasa nada. Me pasa a menudo.

El chico se rio con prudencia, como si no supiera si estaba permitido reírse de los dramas de los ricos.

—Pues, eh… tenemos un problema con la mesa presidencial.

Mateo cerró los ojos un segundo.

—Dime que no han puesto a mi tío Ernesto cerca del micrófono.

—Peor. Han traído una silla más grande para su hermano.

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