El panorama eclesiástico actual enfrenta una de las tormentas documentales más profundas de los últimos tiempos. El arzobispo Carlo Maria Viganó, una de las figuras más polémicas y a la vez influyentes dentro de la diplomacia vaticana contemporánea, ha hecho pública una carta enviada originalmente al Papa, en la que expone de manera detallada las motivaciones de su ministerio, los pormenores de su excomunión y la profunda crisis estructural que, según su perspectiva, afecta a la Iglesia católica. A través de este testimonio en primera persona, Viganó desglosa una trayectoria marcada por la lucha contra la corrupción financiera, la denuncia de redes de abusos y una crítica teológica severa hacia los desarrollos posteriores al Concilio Vaticano Segundo.
La carrera ministerial de Viganó lo situó en posiciones de alta responsabilidad institucional, destacando su labor como delegado para las representaciones pontificias. En este cargo, tuvo bajo su responsabilidad los procesos de investigación para los nombramientos episcopales en la Curia Romana y en las nunciaturas apostólicas. Fue en ese período cuando manejó expedientes sumamente deli
cados, incluidos los informes relativos a prelados implicados en conductas inmorales y abusos. El arzobispo señala que el rigor con el que abordó estas investigaciones provocó tensiones con sectores influyentes dentro de la Secretaría de Estado, lo que eventualmente derivó en su traslado a la Gobernación del Estado de la Ciudad del Vaticano como secretario general.
Durante su gestión en la Gobernación, bajo el pontificado de Benedicto XVI, Viganó asumió la tarea de sanear las finanzas vaticanas y combatir la mala administración. El testimonio destaca que, en un lapso de año y medio, la administración logró revertir un déficit de quince millones de euros, alcanzando un superávit de treinta y cinco millones de euros. A pesar de estos resultados económicos y del deseo del pontífice de promoverlo a la presidencia del Consejo Pontificio para los Asuntos Económicos de la Santa Sede, fuerzas internas con gran capacidad de influencia lograron apartarlo de la Curia Romana, resultando en su nombramiento como nuncio apostólico en Washington, Estados Unidos. Viganó afirma que sus acciones en favor de la transparencia incomodaron a personajes poderosos capaces de contrarrestar las decisiones del propio Benedicto XVI.

El año dos mil dieciséis marcó un punto de inflexión definitivo en su estatus residencial y diplomático. Al cumplir los setenta y cinco años, edad reglamentaria de jubilación, se le ordenó abandonar la nunciatura en Washington. El relato describe una serie de medidas restrictivas que afectaron drásticamente su vida cotidiana y civil: se le prohibió regresar al Vaticano, donde Juan Pablo II le había asignado un apartamento permanente, y se le denegó la residencia en el hogar para nuncios retirados que Benedicto XVI había dispuesto. Asimismo, se procedió a la revocación de su ciudadanía vaticana y de su pasaporte diplomático, la cancelación de su acceso a los servicios de salud eclesiásticos a pesar de haber cotizado durante toda su carrera, y la eliminación de su vehículo del registro automotor del Vaticano, impidiendo además la renovación de su licencia de conducir, la cual poseía desde el año mil novecientos setenta y tres.
En agosto de dos mil dieciocho, Viganó publicó un memorando sobre las redes de complicidad dentro de la Curia Romana, lo que agudizó su distanciamiento de las autoridades vaticanas. Tras la difusión de este documento, el arzobispo optó por vivir en ubicaciones secretas por consejo de otros miembros del colegio cardenalicio, debido a la gravedad de las amenazas recibidas y al recuerdo de su predecesor inmediato en Washington, Pietro Sambi, quien falleció en circunstancias que Viganó califica de altamente sospechosas tras sostener fuertes discusiones institucionales sobre las medidas disciplinarias aplicadas a clérigos acusados de abusos.
Más allá de las disputas administrativas y personales, la carta adquiere un profundo matiz doctrinal y teológico. Viganó rememora sus años de formación en la Universidad Lateranense y en la Universidad Gregoriana, señalando que, incluso antes de la clausura del Concilio Vaticano Segundo, el marco ideológico del profesorado ya mostraba signos de una transformación radical. Según el arzobispo, la disciplina clerical tradicional dio paso a una notable apertura hacia corrientes teológicas que anteriormente habían sido observadas con sospecha por el Santo Oficio. Menciona explícitamente a teólogos de la época como Kung, Ratzinger, Rahner y Congar como figuras influyentes en un proceso de cambio que, a su juicio, se promovió de manera artificial desde las estructuras superiores del poder eclesiástico.
Desde su posición en la administración vaticana, el arzobispo afirma haber sido testigo de una disminución considerable en las vocaciones sacerdotales y religiosas, mientras que aquellos clérigos que optaban por mantener la fidelidad a la liturgia tridentina o mostraban reticencias ante las nuevas directrices conciliares sufrían marginación, suspensiones o el olvido institucional. Al analizar estos hechos históricos a la luz de los acontecimientos recientes, como las dinámicas de los últimos sínodos sobre la familia y la actual reforma sinodal, Viganó sostiene que existía un diseño predeterminado para alterar la identidad de la Iglesia bajo una apariencia de estricta legalidad.
Para Viganó, las reformas postconciliares representan una ruptura con los dos mil años de magisterio de la Iglesia. Argumenta que la adopción de doctrinas en constante evolución ha favorecido la descristianización de las sociedades occidentales y ha facilitado la introducción de conceptos ajenos a la tradición católica. A pesar de la sanción de excomunión impuesta en su contra, la cual considera nula e ideológicamente motivada, el arzobispo ratifica de manera solemne que no se considera en situación de cisma. En el cierre de su comunicado, declara su firme intención de permanecer como un hijo devoto de la Iglesia Católica Romana y un súbdito fiel del pontificado romano, reconociendo expresamente la primacía de Pedro y la necesidad indispensable de pertenecer tanto al cuerpo místico invisible como a la estructura visible e institucional de la Iglesia.