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Ileana de Rumanía: la princesa que tuvo 48 horas para huir

La gran guerra ha terminado. Rumanía ha salido fortalecida de ella, engrandecida, repleta de promesas. Pero la Europa de los años 20 es un continente que ha enterrado a millones de jóvenes y que no sabe muy bien qué hacer con el silencio que ha quedado después de tanto ruido de cañones. En ese clima extraño, mezcla de euforia y trauma, de jazz y melancolía, la princesa Ileana crece con una conciencia social que pocas personas de su posición se habrían permitido desarrollar.

A diferencia de lo que cabría esperar de una hija de reyes, Ileana no se limita a asistir a bailes y recepciones diplomáticas. se involucra, organiza el movimiento de las guías de Rumanía, el equivalente femenino de los exploradores, y lo hace no como figura decorativa, sino como líder activa, capaz de diseñar programas, motivar a las jóvenes participantes y construir una estructura de valores basada en la solidaridad y el servicio.

También impulsa la creación de las reservas juveniles de la Cruz Roja y colabora en el establecimiento de la primera escuela de trabajo social del país. Con apenas 20 años, Ileana ya ha demostrado que no le interesa el poder por el poder, sino lo que puede hacerse con él cuando se pone al servicio de los demás.

Mientras tanto, en los pasillos de palacio la situación política se complica de manera acelerada. El rey Fernando muere en 1927, dejando a Rumanía en un momento delicado. El heredero natural, el príncipe Carol, había renunciado al trono años antes, en circunstancias escandalosas relacionadas con sus relaciones amorosas y su incapacidad para mantenerse dentro de los límites que la institución monárquica exigía.

En su ausencia sube al trono su hijo, el pequeño Mijai, de apenas 6 años, bajo la regencia de un consejo. Pero en 1930, Carol regresa de su exilio voluntario y reclama la corona. Rumanía lo acepta, quizás porque necesita alguien con autoridad suficiente para enfrentar los tiempos que se avecinan. El rey Carol II ocupa el trono y con él llega también para Iliana una nueva era de complicaciones.

La relación entre Iliana y su hermano Carol no es fácil, nunca lo ha sido. Carol es un hombre profundamente inseguro, disfrazado de arrogancia, un rey que mide el poder propio en términos de cuánto admira la gente a quienes lo rodean. Y la gente admira demasiado a Ileana. La admira porque es hermosa, pero sobre todo porque es auténtica.

Porque cuando visita un hospital no lo hace para las fotografías, sino para quedarse horas hablando con los enfermos. Porque cuando recorre las zonas rurales del país no lleva séquito de cortesanos, sino libreta y lápiz para tomar nota de lo que necesita la gente. Esa popularidad genuina, esa conexión real con el pueblo rumano es exactamente lo que Carol no puede tolerar.

Y entonces el rey Carol toma una decisión que marcará para siempre el rumbo de la vida de su hermana menor. En 1931, cuando Ileana tiene 22 años, le presenta a Antón de Habsburgo, archiduque de Austria y príncipe de Toscana. El joven es apuesto, de buena familia y el matrimonio parece razonable desde el punto de vista dinástico.

Pero el verdadero motivo de Carol no es encontrar un buen partido para su hermana. El verdadero motivo es alejarse de ella. Si Leana se casa con un austriíaco, tendrá que vivir en Austria y si vive en Austria, ya no podrá robarle aplausos ni afecto popular en Rumanía. El matrimonio en la mente calculadora de Carol es la solución perfecta.

El 26 de julio de 1931, la princesa Ileana de Rumanía y el archiduque Anton de Absburgo se dan el sí quiero en una ceremonia que deslumbra a las cortes europeas. Es uno de los matrimonios reales más comentados de la temporada. Y Leana lleva un vestido de novia que parece diseñado para la eternidad y una mirada que mezcla ilusión genuina con esa extraña lucidez que tienen las personas que intuyen lo que viene, aunque no quieran admitirlo.

Anton afectuoso y entre ellos nace un afecto real. Pero casi de inmediato, tal como Carol había planeado, se les impone la condición de residir fuera de Rumanía. Primero en Munich, luego en Mudlin, cerca de Viena. Iana deja atrás su país, su pueblo, su castillo de Bran, y comienza a construir una nueva vida del otro lado de los cárpatos.

La vida en Austria tiene su propio ritmo. Y Leana y Antonia numerosa. Seis hijos nacerán de ese matrimonio. Y Ileana se entrega a la maternidad con la misma intensidad con que se entrega a todo lo que hace. Pero no abandona su carácter inquieto. Continúa navegando cuando puede. Mantiene sus vínculos con organizaciones humanitarias.

escribe cartas constantes a su madre, la reina María, que sigue siendo el ancla emocional más firme de su vida y observa Europa con una preocupación creciente, porque el continente que la rodea está cambiando a una velocidad alarmante. En Alemania, un hombre llamado Adolf Hitler ha llegado al poder. En Italia, Mussolini lleva años construyendo su estado totalitario.

Los vientos que soplan sobre Europa ya no huelen a reconstrucción, sino a algo mucho más oscuro. Cuando en 1937 muere la reina María, algo se rompe definitivamente en el interior de Ileana. María había sido el hilo conductor de su existencia, la persona que mejor la comprendía. El recordatorio permanente de lo que Rumanía era y podía ser.

Su muerte deja a Ileana con una sensación de orfandad que ningún título nobiliario puede llenar. Ahora está sola frente a un mundo que se tambalea, casada con un hombre bueno, pero atrapado en las complicaciones de su propio linaje, alejada de su patria por decreto de su propio hermano y con seis hijos que dependen de ella.

Todavía no sabe que lo peor está por llegar. Todavía no sabe que la historia está afilando el hacha con la que destruirá todo lo que ella conoce. Cuando la Segunda Guerra Mundial estalla en septiembre de 1939, Europa entera se convulsiona. Las fronteras, que parecían permanentes, se vuelven líneas de fuego. Los tratados que los diplomáticos habían firmado con tanto cuidado se convierten en papel mojado.

y las familias reales, esas instituciones que habían sobrevivido siglos de guerras y revoluciones, se encuentran de repente en una posición terriblemente vulnerable, atrapadas entre fidelidades imposibles y lealtades que el conflicto hace incompatibles. Para Iliana, la guerra llega con un dilema inmediato. Su marido, Antón de Absburgo, es ciudadano del Reich alemán por las circunstancias del Anglus.

La anexión de Austria por parte de la Alemania nazi en 1938. Con el inicio del conflicto, Antón es llamado a filas y acaba incorporado a la Luz Buffe, la Fuerza Aérea Alemana en calidad de oficial. Iliana queda sola con sus hijos en el castillo de Sombur, al noroeste de Viena, un lugar hermoso, pero cada vez más expuesto a los peligros de una guerra que se expande como una mancha de aceite sobre el mapa europeo.

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