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Elena Ceaușescu: Se Creyó Reina… y la Fusilaron en Navidad

Lo que todavía no sabía, o quizás sí lo intuía, era que ese futuro tendría un precio y que el precio lo pagarían millones de personas que nunca habían pedido nada de ella. Cuando Nicolá Chauchescu comenzó a escalar posiciones dentro del Partido Comunista Rumano, Elena observaba, aprendía y esperaba.

Durante los primeros años del régimen comunista en Rumanía, el país estuvo dominado por figuras que respondían directamente a Moscú. George Guorgiuesh era el hombre fuerte, el líder indiscutible y Nicolae era uno de sus protegidos, pero no el protagonista. Elena, por su parte, ocupaba un espacio casi invisible en la vida pública.

Era la esposa del político. Asistía a los eventos que se esperaba que asistiera. Sonreía cuando había que sonreír y, mientras tanto, observaba con una atención que muchos subestimaron durante demasiado tiempo. Lo que Elena observaba era el poder, no el poder abstracto de los libros de filosofía política, sino el poder concreto y cotidiano.

¿Quién hablaba y quién callaba en una reunión? ¿Quién recibía el mejor apartamento? ¿Y quién se quedaba con el segundo? ¿Quién era ascendido? ¿Y quién era dejado de lado? ¿Cómo funcionaban las lealtades? y cómo se tejían las traiciones. Era una educación informal, pero extraordinariamente práctica y Elena la aprovechó con una disciplina que nunca había mostrado en la escuela.

Mientras tanto, el régimen comunista transformaba Rumanía a una velocidad brutal. Las propiedades privadas fueron nacionalizadas, los campesinos fueron forzados a unirse a cooperativas colectivas. La iglesia fue sometida y vigilada. La prensa, la cultura y la educación fueron puestas al servicio del partido y quienes se resistían a estos cambios descubrían que el nuevo estado tenía formas muy eficientes de hacer callar las voces incómodas.

Elena vio todo esto y en lugar de horrorizarse tomó nota. En el plano personal, los años 50 fueron para ella un periodo de consolidación. Tuvo tres hijos con Nicolae, Valentín, Zoya y Niku. Y aunque nunca fue el tipo de madre que se describen los cuentos, cumplió con el papel que se esperaba de ella en la vida doméstica, sin renunciar a sus propias ambiciones.

Esas ambiciones, sin embargo, necesitaban una cobertura. En el mundo comunista el mérito personal tenía que estar respaldado por logros verificables y Elena había decidido que sus logros serían en el campo de la ciencia. La química fue el área que eligió, o más exactamente el área que eligieron por ella, porque la decisión de convertirla en científica no surgió de una vocación genuina, sino de una estrategia calculada.

Necesitaba un título universitario, necesitaba publicaciones, necesitaba un currículum que justificara las posiciones que planeaba ocupar. El problema era evidente para cualquiera que mirara los hechos sin anteojeras ideológicas. Elena no tenía los estudios básicos necesarios para cursar una carrera universitaria.

Su formación real se detenía en 4 años de primaria. Pero en la Rumanñía comunista de los años 50, cuando el marido de una persona era alguien influyente en el partido, los obstáculos académicos tendían a desvanecerse con una facilidad sorprendente, así, con una combinación de documentos falsificados, exámenes que nunca rindió de verdad y la colaboración forzada de funcionarios universitarios que sabían perfectamente lo que estaban haciendo, pero que preferían no pensar demasiado en ello. Elena Chaescu obtuvo un diploma

en química. Luego, con el mismo método, acumuló títulos de posgrado, luego publicaciones científicas que otros escribieron, pero que llevaban su nombre. Luego membresías en academias científicas. Luego reconocimientos internacionales obtenidos a través de presiones diplomáticas y favores políticos. Era una construcción extraordinaria, un edificio académico entero levantado sobre cimientos de papel y miedo.

Y lo más revelador de todo es que Elena no solo aceptó esta ficción, la abrazó con una convicción que con el tiempo se volvió casi patológica. llegó a creerse genuinamente que era una científica importante, que sus contribuciones a la química de los polímeros eran reales y significativas, que quienes la admiraban lo hacían por sus méritos y no por el cargo de su marido.

Esta capacidad para convencerse a sí misma de sus propias mentiras fue quizás el rasgo más peligroso de su personalidad. Una persona que sabe que está mintiendo puede en algún momento recapacitar. Una persona que ha llegado a creer su propia mentira no tiene esa válvula de escape. Para Elena, cuestionar su identidad científica hubiera sido cuestionar todo lo que era.

Y eso no era algo que estuviera dispuesta a hacer. Mientras Elena construía su fachada académica, Nicolae continuaba ascendiendo. En 1965, tras la muerte de Gorgiu Desh, se convirtió en el secretario general del Partido Comunista Rumano. Era el hombre más poderoso del país. Y desde ese momento el poder de Elena también comenzó a crecer, aunque de manera más gradual y menos visible al principio.

Los primeros años del gobierno de Nicolae fueron paradójicamente un periodo de cierta apertura relativa. Rumanía adoptó una política exterior que se distanciaba parcialmente de Moscú, lo que le granjeó una simpatía inesperada de Occidente. Nicolae condenó la invasión soviética de Checoslovaquia en 1968. Recibió a Richard Nixon en Bucarest.

estableció relaciones diplomáticas con Alemania occidental y con Israel en momentos en que eso era considerado una herejía en el bloque comunista. En Occidente, muchos lo vieron durante un tiempo como un comunista diferente, reformista, independiente. Era en gran medida una ilusión, pero era una ilusión conveniente para todos.

Elena observaba estos éxitos diplomáticos de su marido con una mezcla de orgullo y algo más complejo, porque para esta época ella ya no se conformaba con ser el telón de fondo. Quería estar en el centro. Quería que su nombre apareciera en los discursos, en los carteles, en los titulares. Quería ser reconocida no como la esposa de Chauchescu, sino como Elena Chauchescu, científica, líder, figura histórica por derecho propio.

Y Nicolae, que en muchos aspectos era un hombre de intuiciones políticas agudas, pero con puntos ciegos enormes, cuando se trataba de las personas más cercanas a él, comenzó a dárselo. Primero fue un cargo en el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, luego una posición en el Comité Central del Partido, luego otra más.

Cada año que pasaba, Elena acumulaba nuevos títulos, nuevas responsabilidades, nuevos privilegios y cada año que pasaba su influencia real sobre las decisiones del régimen crecía de una manera que comenzaba a inquietar incluso a quienes habían apoyado a Nicolae sin reservas, porque Elena no usaba su poder con discreción, lo usaba con una voracidad que no conocía el pudor y lo usaba sobre para ajustar cuentas con todos los que en algún momento la habían mirado como lo que era antes de convertirse en lo que era ahora.

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