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María de las Mercedes: la reina que murió cinco meses después de casarse

En diciembre de 1874, el general Martínez Campos protagonizó el llamado pronunciamiento de Sagunto, que proclamó rey de España al joven Alfonso, hijo de Isabel II. El príncipe en el exilio se convirtió de repente en Alfonso XI, rey de España. Tenía 17 años y una de sus primeras certezas era que quería casarse con Mercedes.

El gobierno pensaba otra cosa. Los ministros de Cánovas del Castillo, el poderoso político que manejaba los hilos de la restauración, preferían un matrimonio con una princesa extranjera, alguna europea de buena familia que reforzara las alianzas diplomáticas de España. Era lo que se esperaba de un rey, era lo que la razón de estado exigía.

Pero Alfonso era joven y el amor que sentía era de esos que no se negocian en despachos. En octubre de 1876, los monpensier regresaron definitivamente a España. Alfonso XI los recibió en Madrid y allí, ante Mercedes y su familia renovó el juramento de amor que había hecho en Randán 4 años atrás. Tenía ahora 19 años, ella 16.

El juramento infantil de un castillo francés se había convertido en algo mucho más serio, mucho más firme y esta vez Alfonso no tenía intención de permitir que nadie se lo arrebatara. Hay momentos en la historia en que un hombre, aunque sea un rey, actúa movido únicamente por lo que siente. El año 1877 fue uno de esos momentos para Alfonso XI.

El gobierno de Cánovas del Castillo seguía oponiéndose al matrimonio. Isabel II desde París enviaba cartas negando su consentimiento. Los diplomáticos hablaban de otras candidatas y aún así, Alfonso siguió adelante. Durante la primavera de 1877, el rey pasó varios días en Sevilla. Era una visita oficial, pero en realidad era algo más.

Las visitas al palacio de Santelmo, donde vivían los Monpencier, fueron casi diarias. Alfonso pasaba horas con Mercedes, con su familia, reafirmando con cada visita que su decisión era inamovible. El pueblo de Sevilla lo veía, lo comentaba y tomaba partido. Y el pueblo tomó partido por los enamorados. La tensión con Isabel II llegó a un punto crítico.

La reina madre estaba tan disgustada que en septiembre de ese mismo año abandonó el Alcázar de Sevilla para instalarse en el Escorial, lejos de toda aquella situación. Una retirada que era también un mensaje claro, pero Alfonso no cedió. El 7 de diciembre de 1877, el rey tomó la decisión definitiva. Envió a José Osorio y Silva, Marqués de Alcañices y uno de sus hombres de mayor confianza, al Palacio de Santelmo de Sevilla con una carta, una carta en la que el rey de España pedía formalmente la mano de María de las Mercedes de Orleans. El marqués viajó acompañado del

mayordomo real y de varios miembros de la corte. La llegada al palacio fue todo un acontecimiento. Una compañía del regimiento de infantería Soria lo recibió en la entrada. La delegación real fue recibida en el salón blanco del palacio por el duque, la duquesa y sus hijos. El marqués pronunció un breve discurso y entregó la carta del rey.

Antes de que esa carta fuera leída en voz alta, entregaron a Mercedes un regalo de parte de Alfonso, un brazalete de oro con rubíes y brillantes. No era solo una joya, era un símbolo. Era la manera que tenía el rey de decirle que estaba pensando en ella, que la elección era firme, que ningún consejero, ninguna madre, ningún gobierno podría cambiarla.

Esa misma noche se celebró una cena en el palacio. Hubo música del regimiento de Soria. La fachada del edificio estuvo iluminada. A la mañana siguiente, todos asistieron a misa en el oratorio del palacio y cuando la delegación regresó a Madrid, llevaba consigo la respuesta del duque, escrita con la dignidad de quien sabe que está entregando lo más valioso que tiene, su hija, al hombre que la amaba.

La carta decía que María de las Mercedes aceptaba casarse con Alfonso XI, rey de España. Las capitulaciones matrimoniales se firmaron el 22 de enero de 1878. La dote de Mercedes se cifró en 1,illón y medio de pesetas, incluyendo alajas, acciones, propiedades en Castilleja de la Cuesta y una finca en Bolonia. Al día siguiente, el 23 de enero de 1878, se celebraría la boda.

La madre del rey, Isabel II no asistió a la ceremonia. El 23 de enero de 1878 amaneció frío en Madrid. Era un día de invierno castizo con esa luz gris y cortante que suele tener la capital española en los primeros meses del año. Pero el frío no impidió que miles de madrileños salieran a la calle para ver a su reina. María de las Mercedes llegó a Madrid desde Aranjés en tren.

Fue la única reina de España que llegó a su boda en ferrocarril, algo que en aquella época era un detalle casi revolucionario. El tren era modernidad, era progreso, era el siglo XIX abriéndose paso frente a las viejas ceremonias polvorientas y Mercedes, sin proponérselo, encarnaba ese espíritu de algo nuevo. La boda se celebró en la Basílica de Nuestra Señora de Atocha en el corazón de Madrid.

Cuando el carruaje que transportaba a la novia atravesó las calles de la ciudad, el pueblo madrileño la ovacionó. Aplausos, vítores, flores arrojadas desde los balcones. La gente no aplaudía solo a una reina, aplaudía a una historia de amor que había desafiado a los gobiernos, a las madres reales, a la razón de estado. Aplaudía a dos jóvenes que se habían amado en la distancia y que ahora caminaban juntos hacia el altar.

Mercedes vestía de blanco. Del brazo de su padre, el duque de Monpensier, avanzó hacia el altar donde la esperaba el rey. Las crónicas de la época describen la escena con una emoción que no es habitual en los textos periodísticos del siglo XIX. Había algo en aquella ceremonia que todos los presentes percibían como extraordinario.

Era una boda de amor en una época en que los matrimonios reales eran casi siempre matrimonios de conveniencia. Alfonso XI miró a Mercedes cuando ella llegó al altar y lo que vieron todos los que estaban allí fue la cara de un hombre que realmente amaba a la mujer que tenía delante. No era el gesto protocolar de un rey cumpliendo con su deber dinástico.

Era algo mucho más simple y mucho más profundo que eso. Tras la ceremonia, la pareja real se trasladó al Palacio del Pardo para disfrutar de su luna de miel. Días tranquilos, privados, alejados del protocolo de la corte. Luego regresaron a Madrid para presidir juntos la apertura de las Cortes, uno de los actos más importantes del calendario político del reino.

Y poco después llegó desde Cuba la noticia de la firma de la paz de San Jón, que ponía fin a la larga y sangrienta guerra que había desgarrado a la isla durante 10 años. Era como si la felicidad del rey se hubiera extendido más allá de los muros del palacio, como si el bien que vivía dentro contagiara también a lo que estaba fuera. España entera parecía respirar con alivio.

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