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Lucille Ball: La Traicionaba Cada Noche… y Ella Sonreía ante 44 Millones

Un hombre joven, fuerte, con planes. Lo que mató a Henry Ball fue la fiebre tifoidea. Primero la cuarentena, los médicos entrando y saliendo, la casa cerrada y luego el silencio que llega cuando ya no queda nada que hacer. Lucil recuerda ese día con una precisión que no es lógica para alguien de 3 años. Lo recordará así durante toda su vida, en entrevistas, en conversaciones privadas, siempre con los mismos detalles.

Un cuadro que cae de la pared, un pájaro que entra por la ventana y el sonido de su madre llorando en la habitación de al lado. Durante el resto de su vida, Lucil Ball no pudo estar en un hotel que tuviera cuadros de pájaros. Los hacía retirar antes de entrar. Sus asistentes sabían que era una instrucción sin negociación. Nadie preguntaba por qué.

El miedo irracional es siempre el único recuerdo que sobrevive limpio. Después de la muerte de Henry, su madre Dede volvió a Jamestown con Lutil y con el recién nacido Fred. No tenía dinero, no tenía trabajo fijo. Tenía dos hijos y los padres de su marido muerto y una vida que reconstruir desde el principio.

Los abuelos maternos asumieron la crianza. Dede salía a trabajar. La niña quedaba al cuidado de una familia que hacía lo que podía con lo que tenía. Celorón en esa época no era un lugar para soñar, era un lugar para sobrevivir. La pobreza de esa infancia no era la pobreza de no tener zapatos, era la otra pobreza, la de saber que cada gasto es un problema, la de escuchar conversaciones de adultos que hablan en voz baja sobre el dinero y entender, aunque nadie te lo explique, que la casa no tiene margen para errores. Lucil lo aprendió muy pronto.

Tan pronto que nunca tuvo que aprenderlo de nuevo. Lo llevó incorporado el resto de su vida. DD se volvió a casar con Edward Peterson. Buscó trabajo en Detroit y durante meses, a veces años, la crianza cotidiana de Lucil y Fred quedó en manos de los abuelos del lado Peterson. Eran personas religiosas, ordenadas, severas.

En esa casa no había espejos o casi ninguno. La vanidad era un pecado que no merecía tentación. Un día, Lucil pasó por delante del único espejo del pasillo y se detuvo un momento a mirarse. Solo un momento la sorprendieron. Le dijeron que era vanidosa, que sus rasgos no merecían tanto interés, que se mirara menos y pensara más en lo que debía.

Lucil tenía 8 años. Esa escena, ese momento exacto de vergüenza frente a su propio reflejo, apareció en sus memorias, en entrevistas, en conversaciones con sus hijos décadas después. Nunca lo soltó del todo. La mujer que América amaba por su cara, por su expresión, por la manera en que el público no podía dejar de mirarla.

Era la misma mujer que de niña aprendió que mirarse era un error. Hay cosas que se aprenden con 8 años y que no se desaprenden nunca, solo se aprende a vivir con ella. Hay también algo que ninguna biografía cuenta bien sobre esos años porque resulta demasiado pequeño para los libros. Hubo un periodo en que los abuelos desbordados no sabían qué hacer con la energía de una niña que no paraba, que salía corriendo, que molestaba a los vecinos, que se colaba en el parque de atracciones a ver los espectáculos desde fuera porque no había dinero para la entrada. Es la solución.

Fue una correa de perro. La ataban en el patio de la casa con una correa de perro para que no se escapara. Y Lucil, cuando alguien pasaba por la acera, suplicaba que la soltara. Eso no es un detalle menor, es el origen de todo. La niña a la que ataron aprendió que la única manera de que nadie volviera a atarla era volverse indispensable, que si el mundo necesitaba algo de ti, no podían prescindir de ti, no podían devolverte, no podían dejarte atada.

Pero lo peor no fue la correa, lo peor fue el disparo. Durante uno de los periodos en que DD estaba trabajando fuera, los niños del vecindario estaban practicando tiro con una carabina del 22 en los terrenos de los abuelos. Un vecino cruzó en el momento equivocado. El disparo lo alcanzó en la espalda. El niño quedó paralizado.

La demanda llegó poco después. El tribunal ordenó vender la casa, las pertenencias, todo lo que la familia había acumulado para pagar la indemnización. Lucil estaba en Nueva York cuando sucedió. Tenía 17 años y ya intentaba abrirse paso como corista. La tragedia ocurrió sin ella, pero la culpa llegó igual. Años después diría una frase que sus biógrafos repiten porque condensa todo.

Dijo que ese accidente arruinó la vida de su abuelo. No la de ella, no la de la familia, la de su abuelo. El hombre que había sido el último pilar, el último reemplazo del padre que murió, el último adulto que se sostenía en pie. Cuando la familia perdió la casa de Celorón, perdió también la última ilusión de esta habilidad.

El suelo que creían firme resultó ser provisional. Lucil Ball aprendió eso con 17 años y no lo olvidó nunca. Todo puede perderse de un día para otro por un accidente, por una fiebre, por un disparo que nadie quiso dar. El resultado de esa infancia no fue una mujer rota, fue algo más peligroso, una mujer que decidió que nunca más iba a depender de que las cosas siguieran en pie, que si algo se sostenía, se sostenía porque ella lo sostenía, que el único suelo que no se hunde es el que uno mismo construye.

Esa mujer iba a trabajar más que nadie. Iba a controlar todo lo que pudiera controlar. iba a traer a su madre, a su hermano, a los restos de esa familia, dispersa a vivir bajo su techo, en cuanto tuviera un techo que ofrecer, y no iba a parar nunca, porque parar en el cuerpo y en la mente de Lucil Ball siempre iba a sonar a lo mismo, al cuadro cayéndose de la pared, al pájaro en la ventana, al silencio que llega cuando ya no queda nada más que hacer.

Pero antes de todo eso, antes del estudio y los contratos y Hollywood, Lucil Ball tenía que hacer algo mucho más difícil. Tenía que convencer al mundo de que era alguien y el mundo durante 10 años iba a decirle que no. Nueva York, 1926. Lucil Ball tiene 15 años y una determinación que no sabe exactamente a dónde apuntar.

deja el instituto, se sube a un tren y llega a la ciudad más exigente del mundo con la idea de que va a ser actriz. La primera puerta que toca es la de la escuela de arte dramático de John Murray Anderson, la escuela más respetada de Nueva York en ese momento, el lugar donde se formaron algunos de los nombres más importantes del teatro americano. La aceptan.

Ella paga la matrícula, entra a las clases, intenta. Semanas después, la escuela llama a su madre, le devuelven el dinero, le dicen que Lucil es una pérdida de tiempo, que no tiene lo que se necesita, que sería mejor que volviera a casa y encontrara otra cosa que hacer con su vida. Hay una compañera de clase en esa misma escuela durante esa misma época.

Se llama Bet Davis. A Bet Davis no la devuelven. Lucil B vuelve a Jamestown, enferma, una crisis que los médicos de la época llaman artritis reumatoide, que la deja en cama durante meses, que le quita la movilidad de las piernas y que le hace escuchar por primera vez la posibilidad de que no vuelva a caminar con normalidad.

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