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VOLVÍ DE EE.UU., YA NO DOY DINERO Y AHORA ME ODIAN

Me llamo Carmen Soledad Herrera, tengo 38 años y soy de Michoacán, de un pueblo que se llama La Piedad. Si me hubieran dicho hace 5 años que iba a estar sentada en mi cocina mirando el teléfono que ya no suena, viendo cómo la gente que decía amarme ahora cruza la calle para no saludarme, no lo hubiera creído.

Pero aquí estoy. Y la verdad duele más que todas las noches de frío que pasé en Chicago, más que todas las veces que lloré escondida en el baño de esa fábrica donde trabajé 12 años seguidos. Todo empezó cuando decidí regresar a México. Después de tanto tiempo, pensé que volvía a casa. Pensé que la gente me iba a recibir con los brazos abiertos, no por el dinero que había mandado todos estos años, sino por mí, por Carmen, la mujer que se fue jovencita y regresaba hecha toda una señora.

Qué equivocada estaba. Resulta que para mi familia, para mis vecinos, para todos los que me rodeaban, yo no era Carmen. Yo era el billete de 500 pesos que llegaba cada 15 días. Era la transferencia que pagaba la medicina de mi mamá. Era el dinero que arreglaba techos y compraba zapatos nuevos para los niños.

Cuando dejé de mandar dinero porque ya no lo tenía, porque había vuelto y tenía que empezar de cero aquí en mi propio país, descubrí algo que me partió el alma. Nadie me conocía realmente. Durante 12 años fui invisible para ellos. Solo existía mi dinero y ahora que no lo hay, yo también dejé de existir.

Pero vamos por partes, porque esta historia es larga y está llena de cosas que nunca le conté a nadie. Era febrero del 2011 cuando me fui. Tenía 26 años y trabajaba en una tiendita aquí en La Piedad, ganando 3000 pesos al mes, si bien me iba. Mi mamá estaba enferma de diabetes y necesitaba medicinas caras. Mi hermana menor, Rocío, tenía 18 años y quería estudiar enfermería, pero no teníamos para pagarle la carrera.

Mi papá había muerto 3 años antes en un accidente en la carretera y desde entonces éramos solo nosotras tres tratando de salir adelante. Un día llegó don Aurelio, un señor del pueblo que se dedicaba a ayudar a la gente a cruzar al norte. me dijo que conocía a una familia en Chicago, que necesitaba a alguien para cuidar niños y hacer limpieza, que pagaban muy bien, que en 6 meses podía mandar suficiente dinero para todos los gastos de mi casa durante un año completo.

Me cobró $5,000 por llevarme hasta allá, dinero que tuve que pedir prestado a medio pueblo, prometiendo que en cuanto llegara y empezara a trabajar iba a ir pagando poco a poco. La despedida fue horrible. Mi mamá lloraba y me decía que no me fuera, que íbamos a encontrar otra manera. Rocío me abrazaba y no me quería soltar, pero yo ya había tomado la decisión.

Le prometí a mi mamá que le iba a mandar dinero para sus medicinas. Le prometí a Rocío que iba a pagar sus estudios. Le prometía a ambas que en dos o tres años máximo iba a regresar con suficiente dinero para comprar una casita mejor y poner un negocio. Qué inocente era. No sabía que me iba a tardar 12 años en volver y que cuando regresara iba a ser como una extraña en mi propia tierra.

El viaje fue una pesadilla. Éramos 18 personas en una camioneta que parecía que se iba a desarmar en cualquier momento. Primero fuimos a Tijuana, donde esperamos 4 días en una casa llena de gente, durmiendo en el suelo, comiendo frijoles y tortillas una vez al día. Después, en la madrugada del quinto día, nos llevaron hasta la frontera.

Recuerdo que era un frío horrible de esos que te lastiman la cara. Empezamos a caminar por el desierto a las 3 de la mañana. El coyote nos había dicho que eran solo 3 horas de caminata, pero resultó que fueron casi ocho. Se me terminó el agua como a las 5 horas y las piernas me temblaban, no sé si de frío, de cansancio o de miedo.

Una señora que venía con nosotros se desmayó dos veces y tuvimos que cargarla entre todos. Cuando al fin cruzamos, llegamos a una casa en San Diego, donde nos tuvieron otros tres días encerrados. Ahí fue donde me di cuenta de que esto no era como me lo habían pintado. La casa estaba llena de gente que llevaba semanas esperando.

Algunos habían intentado cruzar varias veces y los habían regresado. Había una muchacha de Oaxaca que tenía solo 17 años y llevaba un mes ahí esperando a que su familia juntara más dinero para que la llevaran hasta Nueva York. De San Diego me llevaron en autobús hasta Los Ángeles y de ahí en avión hasta Chicago. Fue la primera vez que me subí a un avión y por un momento olvidé todo lo malo y me sentí como una señora importante viendo las nubes desde arriba, pensando en lo que les iba a contar a mi mamá y a Rocío cuando las llamara. Pero cuando llegué a

Chicago, la realidad me pegó como cubetazo de agua fría. La familia que me esperaba vivía en una casa enorme en un barrio que se llamaba Lincoln Park. eran los señores Morrison. Él trabajaba en algo de finanzas y ella era doctora. Tenían tres niños, Ema de 8 años, Josh de 6 y la bebé Sofía de apenas dos añitos.

La señora Morrison me explicó mi trabajo el primer día. Tenía que llegar a las 6 de la mañana, preparar el desayuno para toda la familia, alistar a los niños para la escuela, llevarlos, regresar a hacer toda la limpieza de la casa, lavar y planchar la ropa, hacer la comida, recoger a los niños, ayudarles con las tareas, bañarlos y quedarme hasta las 9 de la noche cuando los niños ya estuvieran dormidos.

Los sábados solo trabajaba mediodía y los domingos era mi día libre. me iba a pagar $700 a la semana, que para mí era una fortuna. En pesos mexicanos eran como 9,000 pesos semanales, tres veces más de lo que ganaba al mes en La Piedad. Me dijo que me iba a dar un cuartito en el sótano para que viviera ahí y que la comida estaba incluida.

El primer mes fue el más difícil de mi vida. No hablaba inglés, solo sabía decir yes, no, thank you y excuse me. Los niños hablaban rapidísimo y yo no les entendía nada. Emma, la más grande, se desesperaba conmigo porque no sabía ayudarla con las tareas. Josh era más paciente, pero a veces se ponía a llorar porque extrañaba a su nana anterior, que se llamaba María, y llevaba 5 años con ellos hasta que se casó y se fue a Texas.

La bebé Sofía era la única que no me causaba problemas. era muy tranquila y cariñosa, y como los bebés no hablan mucho, conmigo se la pasaba bien. Pero aún así, extrañaba tanto mi casa, extrañaba tanto a mi familia, que todas las noches lloraba en mi cuartito del sótano. Mi cuarto era muy pequeñito, tenía apenas una cama individual, un buró y un ropero chiquito.

No tenía ventanas, solo una pequeña salida de aire quedaba a un patio interior. En el invierno hacía mucho frío y en el verano mucho calor, pero era mi espacio, lo único que era mío en esa casa gigante donde yo era invisible, porque eso era lo que era, invisible. Los señores Morrison me trataban bien, no me gritaban ni nada, pero era como si no existiera.

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