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El alfil del poder y el güero de la Merced: Las luces, sombras y pactos ocultos detrás de Jacobo Zabludovsky

Hay direcciones postales en la Ciudad de México que no figuran en ninguna antología del periodismo moderno, pero que permanecen grabadas a fuego en la memoria colectiva de los ciudadanos. No se trata de los monumentales foros de San Ángel, de las salas de redacción de los diarios más antiguos ni de los modernos estudios de grabación digital. Es una residencia particular en las Lomas de Chapultepec, el escenario final donde se extinguió, en la madrugada del 2 de julio de 2015, la voz que durante 27 años consecutivos dictó el epílogo diario de millones de hogares mexicanos. Antes de apagar el televisor, el país entero procesaba la realidad a través del filtro de un solo hombre: Jacobo Zabludovsky.

Detrás de la mítica corbata negra, del peinado milimétrico y de la sobriedad imperturbable del conductor del noticiero 24 Horas, yace una de las narraciones históricas más complejas, fascinantes y contradictorias de la América Latina contemporánea. La trayectoria del hombre que se sentó frente a Fidel Castro, Salvador Dalí y el Che Guevara no comenzó en las altas esferas del privilegio corporativo, sino entre las paredes agrietadas de una vecindad en el populoso barrio de la Merced, arrullada por el murmullo de los inmigrantes que escapaban del horror en una Europa que se aproximaba al abismo.

El folleto del barco y el nacimiento del ‘güero’

La historia de la dinastía Zabludovsky en territorio mexicano es el resultado de una carambola del destino, un azar absoluto plasmado en papel. En la primera mitad de la década de los años 20, la ciudad industrial de Bialystok, en Polonia, albergaba a una numerosa población judía que empezaba a respirar un antisemitismo cada vez más asfixiante. David Zabludovsky y Raquel Kraveski, una joven pareja local que ya había procreado a sus dos primeros hijos, Elena y Abraham, intuyeron con una claridad pavorosa que el viejo continente dejaría de ser un lugar seguro.

En 1925, David emprendió el viaje trasatlántico en un buque mercante que tenía dos destinos finales en su ruta: Nueva York y Buenos Aires. Sin embargo, el azar intervino en alta mar. El patriarca encontró un folleto informativo sobre México que alguien había olvidado en un rincón del barco. Fascinado por las descripciones del país norteamericano, y sin contar con redes de apoyo ni contactos previos en la capital mexicana, tomó la decisión unilateral de descender en puertos nacionales. En 1926, la familia se reunió formalmente en la Ciudad de México, instalándose inicialmente en la colonia Doctores y, de manera definitiva, en el corazón comercial de la Merced.

Fue allí, en un ecosistema donde el idioma español se entrelazaba de forma cotidiana con el yidis de los refugiados, donde nació Jacobo Zabludovsky Kraveski el 24 de mayo de 1928. Aquel niño de tez clara, cabello rubio y ojos intensamente azules se convirtió rápidamente en una anomalía visual en los pasillos del mercado; para todos los comerciantes y vecinos, él era simplemente “el güero de la Merced”. La precariedad económica del hogar no impidió que Jacobo desarrollara una voracidad intelectual inusitada. Inspirado por las lecturas de León Tolstói, Fiódor Dostoyevski y Máximo Gorki, el joven entendió que la literatura era la única herramienta de movilidad social a su alcance. Con el paso de los años, esa pasión se traduciría en una biblioteca personal de más de 20,000 volúmenes, los cuales afirmaba haber leído en su totalidad.

La revelación de su vocación definitiva ocurrió a los 13 años. Un vecino de la calle San Jerónimo número 124, Luis Felipe Ureña, quien se desempeñaba como corrector de pruebas en el diario oficialista El Nacional, comenzó a llevarlo a los talleres de impresión durante los fines de semana. El aroma punzante de la tinta fresca, el estruendo rítmico de las rotativas y la adrenalina de los reporteros sellaron el destino del adolescente. Zabludovsky no sería comerciante de telas como su progenitor. Sería periodista. En 1944, ingresó formalmente a El Nacional en el escalafón más bajo del organigrama, puliendo tipografías, y para 1946 ya redactaba informativos en la cadena Radio Continental, un oficio que compaginó con sus estudios de leyes en la Escuela Nacional de Jurisprudencia de la UNAM, obteniendo el título de abogado décadas más tarde.

La invención de las reglas del juego televisivo

El año 1950 marcó un punto de inflexión definitivo en la historia de los medios de comunicación en México con la llegada de las transmisiones regulares de la televisión. A sus escasos 22 años, Zabludovsky poseía una experiencia inusual en radio y prensa escrita. Mientras la mayoría de los comunicadores de la época contemplaban el nuevo aparato tecnológico con recelo o desconcierto, él descifró el código de inmediato: la televisión requería de rostros que proyectaran una credibilidad hipnótica y que dominaran el arte de narrar acontecimientos en tiempo real.

Sin manuales de instrucciones ni referentes locales a los cuales imitar, Jacobo asumió la producción y dirección del primer noticiero profesional de la televisión mexicana en el Canal 4. Cada movimiento, cada pausa dramática y la estructura misma del manejo de notas frente a la lente fueron decisiones intuitivas tomadas por un joven que estaba fundando las bases de una industria multimillonaria.

Dos años más tarde, el 22 de junio de 1954, consolidó su vida personal al contraer nupcias con Sara Nerubay Lieberman, hija de un próspero comerciante de la comunidad judío-rusa en México. A pesar de la desmesurada exposición pública que Jacobo experimentaría durante el siguiente medio siglo, el matrimonio permaneció blindado frente a la prensa de espectáculos y las frivolidades de la fama. Sara y sus tres hijos —Abraham, Jorge y Diana— habitaron un universo estrictamente privado, una línea divisoria infranqueable que el periodista defendió con celo absoluto.

Ese mismo año de 1954, Zabludovsky dio el paso que definiría la naturaleza dual de su trayectoria: fue nombrado coordinador de radio y televisión de la Presidencia de la República durante el mandato de Adolfo Ruiz Cortines, una posición de confianza gubernamental que mantuvo intacta a lo largo de las administraciones de Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz. De este modo, operaba simultáneamente como el entrevistador estrella de la pantalla y como funcionario de comunicación del aparato estatal, una dualidad que en el México de la hegemonía del Partido Revolucionario Institucional (PRI) no solo era aceptada, sino considerada el curso natural de las cosas.

El alfil político y los silencios inconfesables de la historia

La consolidación de su hegemonía informativa llegó el 7 de septiembre de 1970 con el nacimiento de 24 Horas en el Canal de las Estrellas de lo que posteriormente sería el coloso Televisa. El impacto cultural del programa fue tan devastador que permeó las estructuras del entretenimiento popular; personajes como el Chavo del Ocho hacían bromas en cadena nacional sobre “la danza de las 24 horas de Zabludovsky”. El espacio informativo se erigió como el único cordón umbilical que unía a millones de familias mexicanas con los sucesos internacionales y locales.

Sin embargo, esta posición de poder absoluto estaba cimentada sobre una lealtad corporativa e ideológica inquebrantable. Emilio Azcárraga Milmo, el legendario “Tigre” y dueño de la corporación mediática, definió la postura editorial de su empresa con una crudeza histórica imborrable: “Somos soldados del PRI y del presidente”. En ese tablero de ajedrez geopolítico y mediático, Zabludovsky se transformó, en palabras de los investigadores Claudia Fernández y Andrew Paxman, en el “perfecto alfil político”, un reportero de un olfato periodístico formidable que, no obstante, poseía la incapacidad voluntaria de rebasar las líneas editoriales trazadas por el poder ejecutivo.

Esta sumisión al diseño del régimen autoritario cobró su factura más cara la noche del 2 de octubre de 1968. Aunque la mitología popular mexicana insiste en que Zabludovsky abrió su espacio televisivo pronunciando la infame frase “Hoy fue un día soleado” tras la brutal matanza de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, las investigaciones académicas más rigurosas de la Universidad de Arizona desmitificaron la leyenda. La frase era una muletilla meteorológica habitual del conductor y 24 Horas ni siquiera existía en 1968. No obstante, la realidad histórica demostró ser aún más reveladora sobre el nivel de control imperante.

Zabludovsky dedicó tres de las siete páginas de su guion de aquella noche a los acontecimientos violentos de Tlatelolco, pero limitó su intervención a dar lectura estricta e impersonal a los boletines oficiales del gobierno, omitiendo cualquier cuestionamiento a la narrativa de la presidencia. Décadas más tarde, en una entrevista concedida al New York Times, el propio Jacobo reveló las presiones demenciales del aparato de Estado. Detalló cómo el presidente Gustavo Díaz Ordaz lo llamó personalmente por teléfono a la redacción para reclamarle con furia el uso de una corbata negra durante la emisión, interpretándola como un gesto insolente de luto por los estudiantes asesinados. La respuesta del periodista no fue colgar el teléfono ni denunciar la censura; se limitó a aclararle sumisamente al mandatario que usaba corbata negra desde hacía años por mera costumbre estética.

Las tensiones entre su extraordinario talento periodístico y su rol de guardián de la narrativa oficial volvieron a quedar expuestas el primero de enero de 1994, durante el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en Chiapas. Aquel día, mientras el gobierno celebraba la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio, los informativos dirigidos por Zabludovsky tildaron sistemáticamente a los rebeldes indígenas mayas como “transgresores de la ley”. El contraste resultaba hiriente para un sector de la población: el mismo hombre que en 1959 se había coronado como el único reportero mexicano en entrar a La Habana junto a Fidel Castro y el Che Guevara, obteniendo el Premio Nacional de Periodismo, utilizaba ahora la terminología más punitiva del Estado para desacreditar un movimiento social en su propia patria.

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