Aprendes a tragarte el no como quien desayuna. Hay una imagen que a mí me parece muy de ella, una chica joven sentada en una de esas sillas duras de pasillo con el [música] guion aprendido de memoria y el pelo arreglado desde las 6 de la mañana lista por si acaso, por si hoy era el día. [música] Y por delante de ella pasaban los productores, los directores, los que decidían, la saludaban, le sonreían, a veces le decían, “Qué guapa estás hoy.
” Y seguían de largo hacia la sala donde se repartían los papeles. Ella se quedaba en la silla otra vez y nadie la llamaba. Y al día siguiente volvía al mismo pasillo, a la misma silla de siempre, con el pelo arreglado desde las 6 de la mañana otra vez. A veces se llevaba un sándwich envuelto en una servilleta para no perder el sitio a la hora de comer, por si justo en ese rato salía alguien y preguntaba su nombre.
Tomando clases de canto que pagaba con lo poco que tenía, de baile, de actuación, haciendo fotonovelas, papelitos minúsculos, pruebas que no salían, audiciones que no llamaban de vuelta. [música] La mayoría se habría ido a los 5 años o a los siete o a los 10. Verónica siguió porque eso de esperar detrás de una puerta que llegara algo mejor ya lo había aprendido de niña. Lo normal habría sido rendirse.
[música] Lo raro es que siguiera volviendo, porque nadie espera 15 años si no tiene hambre de algo mucho más grande. Y mientras esperaba, apareció un hombre. Y aquí es donde su vida [música] empieza a parecerse demasiado a las telenovelas que todavía no había rodado. El hombre era uno de los cómicos más famosos y queridos de México, un hombre que todo el país conocía.
Verónica tenía 21 [música] años, él tenía 42, el doble, casi la edad que tenía su padre cuando se fue. Casualidad, quizás, quizás no. Y de repente me pregunté algo un poco incómodo. Cuántas veces, sin darnos cuenta, buscamos en una pareja a la persona que nos faltó de niños. Se conocieron en un programa donde Verónica salía al final guapísima a que le pusieran encima los créditos, decoración, básicamente.
Y él, que era la estrella del programa, se fijó en ella, empezó a mandarle flores al camerino, hacerla reír entre toma y toma y a cortejarla. Y es fácil entender por qué ella se enamoró. Era famoso, carismático, divertidísimo. De los [música] que entran en una habitación y a los 10 minutos todo el mundo se está riendo.
A una chica de 21 años que había crecido sin un padre en casa, que llevaba años esperando que alguien la mirara, que la mirara precisamente el hombre más gracioso de México. A mí tampoco me habría parecido mala idea. Te soy sincera. Ya sabes cómo es eso. El que te hace reír te desarma y si encima es famoso y te presta atención cuando llevas años siendo invisible [música] en un pasillo, pues poco hay que pensar.
El programa terminó, pero ellos siguieron viéndose y Verónica, que no había tenido a un hombre en casa desde los 8 años, se dejó querer por el primero, que la miró como si fuera la única en la habitación. [música] Y aquí viene la parte que cuesta de contar. Cuando Verónica supo que esperaba a un hijo, descubrió también que aquel hombre tenía pareja y otros hijos y que llevaba años así. Imagínate el golpe.
Tienes 21 años, crees que por fin alguien te ha elegido, vas a darle la noticia de que vais a tener un hijo y descubres que ese alguien ya tenía su vida montada en otra parte, que tú eras la otra, que nunca te eligió de verdad, un hombre que no se iba a quedar como su padre. Y aquí es donde yo me hago la pregunta, ¿fue mala suerte o hay algo dentro de una persona que sin querer la lleva una y otra vez al mismo sitio? Guárdate esa duda, porque va a volver.
Lo que hizo Verónica en ese momento dice mucho de quién era. No montó un escándalo, no fue a los medios, cerró la puerta, se llevó el embarazo sin él y siguió trabajando. Yo pasé esa página, decía, años después. Cuando algo me decepciona, lo elimino de raíz. Y esa frase la repetía cada vez que le preguntaban por aquel hombre o por cualquiera de los que se fueron.
Página pasada. [música] y a otra cosa, pero una cosa es pasar la página y otra muy distinta olvidar lo que estaba escrito [música] en ella y eso, créeme, no se le olvidó. Cristian nació en 1974 y Verónica lo crió sola desde el primer día, trabajando, actuando con el niño en la guardería del estudio, esperando el papel grande con un carrito de bebé al lado [música] del set, meciéndolo con un pie mientras repasaba el guion con las manos.
Imagínate la estampa una mujer joven [música] sola terminando una escena y en cuanto le dicen corten saliendo corriendo hacia el carrito que han dejado en una esquina del plató [música] le daba el pecho entre toma y toma. Volvía a su marca, repetía la escena y vuelta a empezar. Madre y actriz en el mismo turno, sin descanso y sin nadie que la relevara.
Y cuando ella no podía, ahí estaba su madre, doña Socorro, cuidando del niño mientras Verónica grababa como siempre, la única que no fallaba. Y aquí hay un detalle pequeño que a mí me parece de las cosas más grandes de toda su historia. Cuando registró al niño no le puso el apellido del padre, le puso el suyo. Cristian Castro, no Cristian Valdés, porque sí, te lo cuento ya, aquel cómico famosísimo, el hombre que la dejó esperando un hijo y que tenía otra familia entera era Manuel Valdés, el loco Valdés, uno de los grandes de la comedia mexicana. Y Verónica decidió que
su hijo no llevaría ese apellido. Imagínatela en el Registro Civil con el bebé en brazos dictando el nombre Cristian Castro, el suyo. La empleada anotando sin saber que esa mujer acababa de borrar a un [música] padre de una vida con dos palabras. y a la salida sola otra vez con el niño y el papel en la mano a seguir el apellido de ella, el apellido de la que se quedó.
Y es como si le hubiera dicho al niño sin decírselo con palabras, “Mira, tú no vienes de un hombre que se marchó, tú vienes de una mujer que no se rindió.” [música] Verónica decía que de eso se sentía muy orgullosa y se le notaba. Acuérdate de ese niño porque la historia más grande de la vida de Verónica no es ninguno de los hombres que se fueron.
Es él y todavía nos queda mucho para llegar ahí. Lo crió entre bambalinas. Literalmente el niño dormía en los camerinos mientras su madre grababa. Crecía entre cables, focos y maquillaje. Veía a su madre transformarse en otra persona para la cámara y volver a ser su mamá cuando se apagaba la luz roja. Y Verónica trabajaba, trabajaba y trabajaba porque era madre soltera, sí, pero también porque cada papel era una manera de no parar, de no quedarse quieta, de no sentir el silencio de una casa donde no había un compañero esperando.
una [música] mujer joven sola, con un bebé en una mano y un guion en la otra, repasando sus líneas a las 3 de la mañana, porque al día siguiente [música] había rodaje y no había nadie más para hacerlo, ni para el niño ni para el trabajo, solo ella, igual que su madre antes, exactamente igual que su madre. Y 5 años después de que naciera, apareció el papel que lo iba a cambiar todo, el que la conocería el mundo entero.
Aunque [música] mira, ni ella se imaginaba hasta dónde. 1979, Verónica tenía 27 años, un hijo de cinco que criaba sola, 15 años de esperar en aquellos pasillos y por fin una oportunidad. Y fíjate que llegó casi de rebote como llegan a veces las cosas más grandes, porque al final después de tanto no, alguien se acordó de aquella mujer que llevaba media vida esperando en una silla y le dijo que sí.
El productor confió en ella para protagonizar una historia que parecía hecha a su medida, aunque nadie lo supiera todavía. Y la ironía es enorme. Llevaba 15 años oyendo que no que no daba el perfil, que no era lo que buscaban. Y de pronto ese papel que casi nadie quería protagonizar, el de la huérfana pobre que ama a un rico le cae a ella, a la madre soltera que de niña partía el pan [música] en cuatro.
La única que sabía de verdad cómo se siente eso por dentro. La telenovela se llamaba Los ricos también lloran y en ella interpretaba a Mariana Villarreal, una joven sin familia, sin apellido, recogida por una familia rica que se enamora del heredero, una mujer que no tenía nada y que amaba con todo. Fíjate qué cosa.
El papel que la hizo famosa en el mundo entero el de una mujer que amaba [música] sin que nadie le garantizara nada, que se entregaba sin red. que sufría con dignidad y que sacaba adelante a un hijo contra el mundo. Verónica lo bordó y a lo mejor lo bordó porque no estaba actuando del todo, porque cuando lloraba en cámara por un amor que no podía hacer, no tenía que imaginarse mucho.
Le bastaba con acordarse y la telenovela explotó. No solo en México, cruzó el mundo y llegó hasta la entonces Unión Soviética y allí pasó algo que todavía hoy cuesta creer con 70 millones de personas pegadas a la pantalla y dicen las calles vaciándose a la hora del capítulo. En un país que estaba al otro lado de todo, [música] donde la vida era gris y dura y cerrada, una mujer mexicana que [música] lloraba bonito por amor se convirtió en una especie de milagro.
La gente necesitaba creer que el amor existía aunque fuera en una pantalla y Verónica se lo daba cada tarde. Y párate a verla un momento. Una niña de un cuarto de servicio, la del café con leche aguado de cena, plantada décadas después en un aeropuerto de Moscú, rodeada de gente que llora de emoción solo de verla. Del cuarto cerrado con llave a que un país entero al otro lado del mundo te reciba como a una reina.
[música] Aquello fue una locura. Le llegaban cartas por sacos, le ponían su nombre a niñas recién nacidas al otro lado del mundo. La niña [música] que partía el pan en cuatro, recibida como una reina en medio planeta. Y mientras medio mundo aprendía su nombre, en casa seguía creciendo un niño que todavía no sabía quién era su [música] padre.
Y aún así, cuando aquella mujer volvía al hotel y se quedaba sola, seguía echando de menos exactamente lo mismo que de niña, que alguien se quedará porque mira, el cariño de 70 millones de desconocidos es muchísimo. No te digo que no, pero no te llama por tu nombre cuando apagas la luz, no te pregunta qué tal el día. No se sienta contigo en la cocina.
Acababa el programa, se apagaban las luces, se vaciaba el plató y la mujer más aplaudida del país volvía a una habitación de hotel, se quitaba las pestañas postizas frente al espejo y ahí estaba otra vez el mismo silencio del cuarto cerrado de su infancia, solo que ahora con sábanas caras y [música] nadie al otro lado de la puerta.

Y ese niño, el del carrito en el [música] plato, crecía viéndolo todo, las luces, los aplausos a su madre siendo de todo el mundo. Y claro, cuando sabes cómo acaba esta historia, esa imagen ya no se ve igual. Un niño que un día sería tan grande como ella y [música] que un día también aprendería a marcharse. Pero a eso aún le faltaba porque los años 80 y 90 fueron suyos.
cantó, sacó discos, tuvo programas propios donde se sentaba a charlar con la gente hasta horas imposibles. Triunfó en Italia, donde la adoraban. Condujo, presentó, cantó, actuó, no paraba. [música] Era de esas presentadoras que se sentaban con un invitado a charlar y si la conversación estaba buena, ahí seguían dos horas después mandando el reloj a paseo, [música] la producción tirándose de los pelos detrás de cámaras y ella tan tranquila.
Porque para Verónica aquello no era trabajo, era estar acompañada. Y eso no se corta a la hora en punto. Hizo Rosa Salvaje, otra pobre que ama a un rico, otra mujer de abajo amando hacia arriba sin red, otra vez su propia historia disfrazada de novela y la gente la quería como de la familia. [música] Entraba en cada casa cada tarde no como una estrella lejana, sino como la de la tele, la nuestra, la que te acompañaba mientras planchabas.
que no es poco para alguien que de niña se sentía tan sola. Y fíjate en una cosa que tiene mucho sentido, si lo piensas, una mujer que de niña no podía salir de casa, que se pasó 15 años esperando en un pasillo a que la dejaran entrar. Cuando por fin pudo entrar, no quiso salir nunca más. Trabajaba [música] sin descanso porque mientras hubiera cámara encendida había gente mirándola y mientras hubiera gente mirándola no estaba sola.
Esa era su manera de no volver al cuarto cerrado. Y en mitad de todo aquel ruido, Cristian [música] crecía entre bambalinas, viendo a su madre ser de todos, menos del todo suya. Guárdate también a ese niño. Porque la historia de verdad, la que parte el corazón, es la de ellos dos. Y fíjate qué ironía, la mujer que llevaba años acompañando a millones de personas desde la televisión, muchas veces no tenía a quien llamar cuando se apagaban las cámaras.
Si te gustan estas historias, suscríbete a El precio de Ser y quédate por aquí porque había algo en Verónica que la gente que la rodeaba veía y no sabía nombrar. Una actriz que lloraba en cámara con una naturalidad que daba escalofríos demasiado real, como si no hiciera falta que se lo pidieran. una mujer [música] que en las entrevistas desviaba la mirada cuando le preguntaban por el amor de [música] su vida, que contestaba con una sonrisa perfecta y un estoy muy bien, muy tranquila, que no terminaba de llegarle a los ojos.
Y nadie preguntaba más porque era Verónica Castro, porque tenía que estar bien, porque la reina no se puede romper delante de todos. Así que sonreía y cambiaba de tema y la función seguía. Yo me acuerdo de ver entrevistas suyas de aquella época [música] ya de mayor y notar algo que de joven se me escapaba esa manera de reírse muy fuerte justo cuando la conversación se ponía seria.
Esa forma de contestar a una pregunta íntima con un chiste para que nadie insistiera, lo hace muchísima gente, ¿sabes? reírse para que nadie pregunte si uno está bien. Y ella era la campeona del mundo. En eso [música] apareció otro hombre, se llamaba Enrique Niembro. Y Verónica volvió a enamorarse, volvió a entregarse y volvió a esperar un hijo.
Y volvió a descubrir otra vez que el hombre estaba casado. El mismo guion, la misma página, otra cara, un padre que se fue, un hombre casado, otro hombre casado. Cuántas veces tiene que repetirse algo para que deje de ser mala suerte. Pero aquí pasó algo que dice más de Verónica Castro, que cualquier [música] telenovela que rodó, Verónica fue a buscar a la esposa de Niembro.
Se presentó ante ella la mujer engañada y en vez de pelear le pidió perdón. Imagínate las dos mujeres frente a frente, la esposa que tendría todo el derecho del mundo a gritarle [música] y Verónica, [carraspeo] famosa, poderosa, que podría haberse dado la vuelta y marcharse sin dar explicaciones a nadie.
Y sin embargo, es ella la que baja la cabeza y habla primero. [música] Perdóname. Nunca pensé que estuviera casado y que yo pudiera hacerte daño. Nunca le haría daño a una mujer. Nunca más me voy a acercar a él. y se fue y cumplió. Párate a pensar en esa escena. La otra mujer, la que tendría todo el derecho a estar furiosa pidiendo perdón a la esposa, no por estrategia, no por cámaras, que no había ninguna. Eso no se actúa.
Michelle nació en 1981, también sin un padre que se quedara y también lo crió sola. Otra vez la misma estampa. [música] Verónica con un bebé en brazos sin un hombre al lado, volviendo al plató en cuanto el cuerpo se lo permitía, maquillándose con una mano y meciendo la cuna con la otra. Solo que ahora ya no era la chica desconocida del pasillo, era [música] la estrella más grande de México y seguía igual de sola que la primera vez.
Dos hijos, dos hombres casados, ninguna boda y ni una sola queja en público. Y hay que recordar una cosa, sobre todo si eres más joven y esto te suena lejano. En aquel México ser madre soltera era algo que se señalaba, que generaba comentarios en la fila del mercado, que cerraba puertas. Tu abuela te lo puede contar mejor que yo.
[música] Había mujeres que escondían un embarazo, que se iban del pueblo, que se inventaban un marido que se había marchado lejos para que las dejaran en paz. Verónica no escondió nada. fue madre soltera dos veces [música] a la vista de todo el país, en la época en que eso se pagaba caro y siguió siendo la actriz más famosa de México y nunca pidió disculpas por ello, ni una vez.
Mientras otras mujeres bajaban la cabeza, ella la llevaba alta con sus dos hijos, sin marido y sin pedir perdón a nadie. [música] Y para muchas mujeres de su generación, verla así fue casi un permiso, como si les dijera, “Sin decirlo se [música] puede.” A mí eso me parece más valiente que cualquier papel que interpretó su propia madre lo resumía así en las entrevistas de entonces.
“Por desgracia, mi hija ha tenido mala suerte en el amor. [música] Se entrega mucho, tendría que ser más reservada.” Pero Verónica no sabía querer de otra manera. [música] Se entregaba del todo, completa y cuando la dejaban recogía los pedazos y volvía al trabajo como su madre le había enseñado en aquel cuarto. Y eso me lleva otra vez al teléfono de aquel día de las madres.
Y fíjate qué cosa, después de todo lo que había vivido con los hombres, todavía faltaba la persona que más le iba a doler, porque el siguiente que iba a alejarse de su vida ya no era un hombre, era la única persona por la que había luchado más que por ella misma. su hijo. Y si todavía no te has suscrito, suscríbete ahora porque lo que viene es para mí la parte más triste de toda la historia.
Cristian creció y se hizo cantante y no uno cualquiera, uno enorme de los que llenan estadios en media docena de países. Voz de ángel decían. Y esa voz salió de la casa de una madre soltera que lo había criado entre grabación y grabación. Imagínate lo que tuvo que sentir Verónica, la niña del café con leche aguado, viendo a su hijo, al que crió sola con un carrito al lado del set, llenar plazas enteras de gente que cantaba sus canciones, [música] todo lo que ella sembró sola dando flor delante del mundo entero.
Me la imagino en alguno de esos conciertos entre el público [música] mirando hacia el escenario donde su hijo cantaba para miles de personas [música] y pensando a lo mejor en aquel bebé del carrito en el plató, en las noches sin dormir, en el pecho [música] entre toma y toma. Todo aquello ahora cantando bajo las luces, hay orgullos que no caben en el pecho. Ese tuvo que ser [música] uno.
Pero ya sabes lo que pasa muchas veces con los hijos que crecen demasiado deprisa o demasiado solos o demasiado a la sombra de una madre tan grande que un día necesitan separarse para poder ser ellos. Y esa separación en una familia normal no la ve nadie. En la familia Castro la vio el país [música] entero.
Durante años. Además, Verónica guardó el nombre del padre de Cristian como el secreto mejor guardado del espectáculo mexicano. Lo esquivaba, cambiaba de tema con esa elegancia suya de no contestar sin parecer maleducada. Le habría sido facilísimo señalar al loco, contar que la dejó embarazada y se fue.
Quedar ella como la víctima y él como el malo. No lo hizo. Cargó sola con la pregunta de todo un país antes que ponerle a su hijo el peso de un padre que no lo quiso. Y aquí está la parte que más cuesta de toda la historia, porque la relación entre Verónica y Cristian ha sido durante años una montaña rusa, momentos de cariño enorme y momentos de silencio total, distanciamientos que han salido en los medios, reconciliaciones que también idas y vueltas que el país entero ha visto, porque los dos son figuras públicas y su vínculo se ha vivido a la
vista de todos. 1000 peleas ha reconocido el propio Cristian, [música] pero siempre nos reconciliamos. Ha habido de todo, temporadas en que no se hablaban y el país entero lo sabía porque lo contaban en los programas temporadas en que se reconciliaban en directo con lágrimas abrazados, [música] declaraciones de él diciendo cosas duras, declaraciones de ella defendiéndolo siempre, pasara lo que pasara porque era su hijo.
Imagínate lo que es vivir eso a la vista de millones de personas. [música] una bronca de familia de esas que cualquiera tiene en su casa a puerta cerrada, pero la tuya sale en los programas de la tarde, la comentan desconocidos, le ponen música dramática y tú mientras tanto solo eres una madre que echa de menos a su hijo y no sabe cómo arreglarlo sin intimidad ni para sufrir.
Porque eso sí, fíjate, por mucho que Cristian dijera o dejara de decir Verónica nunca jamás habló mal de él en público, lo defendió siempre como había defendido a todos, como cuando fue a pedir perdón a la esposa de Niembro, la misma mujer que prefería cargar ella con el dolor antes que repartirlo.
Cristian subido a un escenario ante miles de personas llamando a su madre Mi todo con lágrimas en los ojos y Verónica [música] en algún día de las madres sentada en casa mirando un teléfono que no sonaba. Las dos cosas, ¿verdad? A la vez. Y aquí no hay un bueno y un malo. Hay una madre que se entregó entera, como se entregó con todo en la vida.
Y hay un hijo que la quiere y que a la vez ha necesitado muchas veces poner distancia. Los dos sufren con eso. Los dos. La mujer que perdonó a dos hombres que la engañaron, que fue a pedir perdón a la esposa de uno de ellos, que crió a dos hijos sola sin quejarse. Esa mujer ya mayor contaba [música] a veces que también con su hijo le había tocado esperar.
Él mismo a Dios de siempre, pero con la cara que menos te esperas. Porque mira, a un novio que se va lo pasas de página, qué remedio. Pero a un hijo, a un hijo no lo pasas de página. A un hijo lo esperas, por mucho que tarde y por mucho que duela, hasta el último día. Y ahí está otra vez la niña de 8 años detrás de la puerta [música] esperando que alguien llegue, solo que ahora la puerta es un teléfono [música] y el que tiene que llamar es el niño que ella crió entre camerinos.
Y entonces me di cuenta de algo que no había visto al empezar esta historia. El primer hombre que se fue de la vida de Verónica fue su padre. Ella tenía 8 años. [música] Después se fue el padre de Cristian. Después se fue el padre de Michelle y la última persona la que llevaba esperando [música] 60 años después junto a un teléfono era su propio hijo. Y ahí lo entendí.
[música] Que esta historia que parecía de telenovelas y de amores nunca fue una historia de amor. Fue desde el primer día una historia de espera de gente que se va y de una mujer en una silla esperando que vuelva. Cambia todo, ¿verdad? Vuelve a ver desde el principio a esa niña con el café con leche y ya no la ves igual.
¿Te acuerdas del teléfono del principio? El día de las madres, la casa grande, pues es esto y ese hijo la quiere. No es un mal hijo, es un hijo que carga con su propia historia, con el peso de haber crecido a la sombra de una madre gigante. Yo no te voy a decir quién tiene razón porque no la sé. Una madre puede darlo todo y aún así equivocarse.
Un hijo puede querer a su madre y necesitar irse lejos. Eso lo decides tú, que conoces tu propia casa mejor que nadie. [música] Y mientras todo eso pasaba puertas adentro, afuera la vida seguía exigiéndole [música] funcionar. Te tengo que contar una escena porque lo resume todo. En 2004, conduciendo un programa en directo, la subieron a un elefante en medio de la multitud.
El animal se asustó con el griterío, empezó a correr y Verónica tuvo que agarrarse con todas sus fuerzas para no caer. Se hizo una fisura en la columna. Estuvo cerca de no volver a caminar y la transmisión no se detuvo. Párate a verla. Una mujer encima de un animal desbocado, el público gritando, la [música] espalda partiéndose y ella buscando la cámara y sonriendo.
La misma niña que ponía cara de que no pasaba nada 60 años después [música] encima de un elefante y el cuerpo le fue pasando factura, operaciones, una columna que nunca se recuperó del todo. En los últimos años se la ha visto en silla de ruedas con oxígeno frágil. Ella que había sido pura energía [música] hasta que dejó de funcionarle.
Años después llegó una polémica pública que se extendió durante meses. México [música] entero opinando, las redes divididas, los programas dedicándole [música] horas y horas a su vida privada. Pudo salir a pelear, a defenderse, a dar entrevistas. Era lo que todo el mundo esperaba. No lo hizo. Hizo lo que había hecho toda la vida cuando algo le dolía demasiado.
Cerró la puerta y [música] se apartó. Solo que esta vez la puerta era su carrera entera. Y Verónica, que llevaba toda la vida sin quejarse, que había guardado secretos durante décadas, que había sonreído ante las cámaras cuando por dentro algo le dolía, que había sostenido la función pasara lo que pasara, esa vez no pudo seguir actuando.
Así que tomó una decisión y se fue. Apagó la cámara. El 12 de diciembre de 2019, el día de la Virgen de Guadalupe, después de 53 años. Elegí hoy que es el día de mi Santa Madre María de Guadalupe y en su nombre les digo adiós”, escribió y se acabó. Sin gira de despedida, sin homenaje, sin documental, la mujer que había vivido medio siglo delante de una cámara se despidió con un mensaje y se fue a su casa.
Y la mujer más escandalosa y más querida de la televisión mexicana se despidió así, casi de puntilla, sin que nadie se lo esperara. 53 años de carrera, 15 de ellos esperando solo para entrar y una despedida de una sola frase [música] en nombre de su madre, no de la polémica, no del cansancio, de su madre. Porque a su madre en aquel momento lo que le hacía falta era que alguien se quedara con ella, que por una vez alguien no se fuera.
Y Verónica, que había pasado la vida viendo irse a todo el mundo, eligió ser ella la que se quedaba 50 años delante de una cámara y la última decisión grande de su carrera fue apagarla para sentarse al lado de su madre. La única persona que [música] pasara lo que pasara nunca se había ido. Doña Socorro nos dejó el 24 de abril de 2020. Tenía 85 años.
Se fue en plena pandemia con el mundo cerrado y la gente sin poder despedirse de nadie. La crueldad de ese momento que tantas familias vivieron a la vez. [música] perder a alguien y no poder ni darle la mano. Verónica no pudo estar al lado como hubiera querido. La mujer que había sido su madre, su apoyo, su modelo de aguante, la que los había cerrado con llave para protegerlos, la que traía el café con leche aguado de cena, la que estudió taquigrafía de madrugada para sacar a cuatro hijos adelante.
Esa mujer se fue justo cuando el mundo no dejaba acompañar a nadie. Desde que se fue no logro levantar cabeza. Me ha costado mucho, dijo Verónica meses después. Y luego soltó una frase que viniendo de una mujer que llevaba toda la vida diciendo que estaba bien, a mí se me quedó clavada. Me agarró muy descolocada. Terminé mal.
Porque Doña Socorro fue el único amor de la vida de Verónica que nunca se fue. Sus hijos la llamaban Coco. Y Coco fue el centro de gravedad de toda la familia durante 85 años. La que llamaba cuando había un problema, la que sabía cuando Verónica estaba mala, aunque no lo dijera, la que ponía las cosas en su sitio cuando se hacían demasiado grandes.
El padre se fue, el loco se fue, miembro se fue, hasta el hijo a su manera se alejó, pero su madre se quedó, siempre se quedó. Y cuando le tocó irse, se [música] fue en el peor momento posible, en mitad de un mundo cerrado, sin que su hija pudiera estar como quería. el mismo patrón de la infancia, solo que al revés, ahora era ella la que no podía llegar a tiempo a la puerta.
Y a mí me gusta imaginarme en los últimos meses, las dos juntas, la hija que había recorrido el mundo y la madre que 60 años antes [música] cerraba la puerta con llave para protegerla sin cámaras, sin público, sin ningún papel que interpretar. Las dos en la cocina de aquella casa grande. La televisión a lo mejor puesta de fondo, dando una de esas telenovelas en las que la propia Verónica había llorado por amor 40 años antes.
Y ellas dos ahí sin decir gran cosa, como están las personas que ya se lo han dicho todo. [música] La hija pendiente de que su madre estuviera cómoda. La madre mirándola como solo te mira quien te conoce desde el primer día. Por primera vez en 50 años, Verónica no tenía que ser nadie para nadie, solo la hija de Socorro.
Y le servía a su madre despacio [música] un café con leche, el mismo de la infancia, solo que ahora era ella la que lo llevaba. La niña que esperaba detrás de una puerta que su madre llegara con la cena era hora la que servía la cena, sujetándole la taza para que no se le cayera, soplándola un poco para que [música] no quemara.
Y fíjate qué cosa, toda la vida buscando a alguien que se quedara y resulta que la que mejor sabía quedarse al final era ella. Lo había aprendido de su madre y se lo devolvió a su madre [música] en los últimos cafés con leche. A lo mejor esos fueron los meses más de verdad de toda su vida, cortos, pero de verdad.
Y por una vez una sola, aquella mujer que siempre decía estar bien, dijo en voz alta la verdad, que estaba rota, que aquella vez no había podido con todo, porque se le había ido la única persona que nunca jamás en 85 años le había fallado. El padre se fue, los hombres se fueron, el hijo a su manera se alejó, pero su madre nunca, su madre estuvo desde el primer café [música] con leche aguado hasta el último.
y de repente ya no estaba. Y la casa, esa casa enorme y llena de premios, se quedó de verdad en silencio. Una casa con habitaciones de sobra, vitrinas llenas de reconocimientos de medio mundo, fotos de ella triunfando en [música] cada pared y en medio de todo aquello, una mujer mayor sola, [música] esperando una taza de café con leche que ya nadie le iba a servir.
Verónica Castro llegó a ser la actriz de telenovelas más vista del mundo, más de [música] 120 países, 70 millones de personas, 50 años de cámara. Y durante todos esos años interpretó a mujeres que amaban, sufrían, se levantaban y volvían a amar sin que casi nadie supiera que lo estaba haciendo dos veces, una para la cámara y otra en su casa, con una diferencia, en la telenovela hay un guionista que decide si al final el amor sale bien en la vida [música] no.
En la vida el amor llega cuando llega y se va cuando se va y nadie te [música] garantiza el final feliz por muchas lágrimas que pongas. Y Verónica lo sabía mejor que nadie. Una versión la veían 70 millones de personas, la otra no la veía nadie y este fue el precio que pagó Verónica Castro por [música] ser quien fue. Nunca se presentó como una víctima.
nunca salió a contar lo mal que lo había pasado. Pasaba la página y seguía como su madre, como [música] aquella niña que partía el pan en cuatro. Pero a lo mejor la pregunta de verdad no es esa. A lo mejor no es qué le hicieron a Verónica todos los que se fueron. A lo mejor la pregunta es para ti, ¿a quién tienes tú esperando junto al teléfono ahora mismo? ¿Cuántas veces hemos sido nosotros el que no llama? Y cuántas sin darnos cuenta hemos dejado esperando a la persona que más nos dio.
Y mientras preparaba este video, no podía dejar de pensar en una cosa. Verónica se pasó la vida entera esperando que alguien se quedara y al final la única persona que nunca se fue su madre. Y tú, tú cómo recuerdas a Verónica Castro. ¿Cuál es el primer momento suyo que se te viene a la cabeza ahora mismo? La Mariana de los ricos también lloran.
[música] La Rosa Salvaje, aquella noche en que se quedó horas charlando con un invitado y ninguno de los dos quería parar. Cuéntamelo ahí abajo con detalle que yo los leo, porque yo tengo la sensación de que muchos la conocimos igual, desde la pantalla de casa, una tarde cualquiera, con la familia en el sofá y una telenovela puesta con el llanto callado de una madre o de una abuela que veía sufrir a Mariana y se reconocía en ella sin saberlo del todo y sin que tú supieras que mientras ella te miraba desde la pantalla y parecía tenerlo
todo, por dentro, echaba de menos exactamente lo mismo que tú. que alguien se quedara, que alguien [música] por una vez no se fuera. A lo mejor la veías de niña sentada en el suelo mientras tu madre planchaba y no se perdió un capítulo. A lo mejor era tu abuela la que lloraba con ella y tú no entendías por qué.
Y a lo mejor solo ahora, sabiendo lo que sabes, entiendes que aquella mujer de la pantalla lloraba de verdad, que no todo era actuado, que parte de aquellas lágrimas eran suyas. [música] Y si todavía no estás suscrita, suscríbete ahora. Porque en el precio de ser hacemos algo muy sencillo. Nos sentamos un rato a recordar a esas mujeres que parecían conocer millones de personas y luego descubrimos que nadie sabía de verdad lo que llevaban encima y Verónica llevaba mucho [música] más de lo que nunca mostró. Cuídate mucho y quédate cerca
porque todavía quedan muchas mujeres que merecen ser miradas otra vez sin gritos, pero sin miedo. No.