Tú agarrabas a tu hijo de la mano, igual que ella agarraba a Kiko. Vámonos, Kiko, no te juntes con esta chuzma. Y todos, todos sabíamos perfectamente a quién iba dirigido. Una mujer que defendía a su hijo de todo y de todos, una madre sola, viuda en la ficción, que se había quedado al frente de su casa ella sola y que sacaba las uñas por lo suyo. Fíjate qué cosa.
La actriz construyó, para reírnos todos, a una mujer que se pasaba la vida defendiendo a alguien. A lo mejor ahí, sin que nadie se diera cuenta, ya estaba contándonos algo de sí misma. Pero doña Florinda fue solo uno de sus personajes. La misma actriz hacía también a otras mujeres completamente distintas, opuestas entre sí.
Y hacerte reír siendo varias personas a la vez, cada una con su voz y su manera, no lo hace cualquiera. Y es que Florinda Mesa, y esto sí que casi nadie lo sabe, no era solamente una actriz que se aprendía un papel y lo hacía. Florinda escribía, Florinda dirigía, Florinda producía. Con los años fue guionista, se sentó a escribir los textos, a construir las historias, a darle forma a lo que después se veía en pantalla.
Dirigió telenovelas enteras, la sacó adelante, la dueña. Milagro y magia. Alguna vez tendremos salas producciones grandes de las que mueven a mucha gente con ella al mando detrás de la cámara. Y déjame que te pinte lo que era eso, de verdad, porque si te lo digo así, en frío dirigió telenovelas, no te dice nada. Imagínate un plató de los años 80, decenas de personas, cámaras, focos, técnicos, actores, gente cargando cosas de un lado a otro y casi todos hombres.
Y al frente de todo eso, dando las órdenes, decidiendo cómo se rueda cada escena, diciéndole a un actor con más años que ella que repita la toma porque no ha estado bien una mujer. En aquella época eso no se veía casi nunca. Una mujer mandando ahí en ese mundo era una rareza y te puedo asegurar que cada decisión que tomaba la miraban con lupa.
Que cada vez que levantaba la voz para que se hiciera lo que ella quería, había alguien pensando, “Mira esta” que tenía que demostrar cada día el doble que cualquier hombre en su puesto, solo para que la respetaran la mitad. una mujer de pueblo criada por sus abuelos, que terminó escribiendo, dirigiendo y produciendo televisión que veían millones de personas.
Y esto a mí me chirría, te lo digo claro, porque de Florinda Mesa se ha hablado durante 40 años de con quién estaba, de su vida privada hasta el último rincón. Y casi nunca, casi nunca de que esta señora se sentó a escribir guiones, dirigió a equipos enteros y sacó adelante producciones que tú a lo mejor has visto sin saber que detrás estaba ella, como si lo único que de ella le interesara al mundo fuera el escándalo y no el oficio.
Y a una mujer así con carácter que manda y que decide, en aquella época se le colgaba enseguida una etiqueta, la de difícil, la de Mandona, y a Florinda se la colgaron pronto. Cuando yo leo eso, reconozco que lo primero que me sale es desconfiar, porque esa misma etiqueta se la han puesto a tantísimas mujeres que mandaban, mientras que al hombre que hacía exactamente lo mismo, lo llamaban exigente, perfeccionista, un genio con carácter, la misma conducta, dos nombres distintos según quién la hiciera.
Ahora bien, y aquí me mojo en la otra dirección para que no parezca que la estoy poniendo de santa, a lo mejor también era dura de verdad. A lo mejor era exigente hasta cansar. A lo mejor no era fácil trabajar con ella. Es posible. Las dos cosas pueden ser verdad a la vez. Que fuera exigente y que la juzgaran más duro por ser mujer.
Yo no estaba ahí. No sé exactamente qué pasó en aquellos pasillos ni en aquellos camerinos. Nadie que no estuviera lo sabe del todo. Pero sí sé una cosa, que a las mujeres que toman el mando se las ha juzgado siempre más duro que a los hombres que hacen exactamente lo mismo. Eso lo hemos visto mil veces y me cuesta creer que con ella fuera distinto la que mandaba detrás de la cámara.
Y mientras todo esto pasaba en su carrera, en su vida estaba ocurriendo otra cosa, una cosa mucho más callada, mucho más lenta. Aquel hombre que la había invitado a su equipo, aquel creador, aquel escritor, se había enamorado de ella. Pero había un problema, un problema grande. Él estaba casado, llevaba años casado, tenía una familia formada, hijos.
Y en aquel México, en aquellos años, eso no era un detalle pequeño, era una pared. Una pared que para colmo tenía hasta peso legal, porque en aquella época las cosas del matrimonio se tomaban de una manera que hoy nos cuesta hasta imaginar. Así que ahí estaba ella, una mujer joven, guapa, con una larga melena, que trabajaba todos los días al lado de un hombre que le decía que la quería, pero que no se podía mover.
¿Y sabes qué hizo Florinda? Le dijo que no. Durante años le dijo que no. Y aquí está el detalle que más me llamó la atención de toda esta historia, porque cuentan, y lo ha contado ella misma, que tardó 5 años en creerle. 5 años, 5 años de un hombre insistiendo, escribiéndole, buscándola y de una mujer que no se dejaba. ¿Por qué no se dejaba? Pues por lo que te decía al principio, porque Florinda no era una mujer que tomara el cariño así a la ligera.
Ella que de niña había aprendido que el cariño se gana y se sostiene, no iba a creerle a la primera un hombre casado que le juraba amor eterno entre grabación y grabación. Ella misma lo explicó con una frase que lo dice todo. Dijo más o menos cómo le iba a creer si era mi compañero de trabajo y además era mi jefe.
Ahí está toda ella, la desconfianza de la que he aprendido sola, la cabeza fría, el no quiero ser una más porque eso también se lo dejó claro. Le dijo que ella no iba a ser una aventura, que no iba a ser la otra de nadie, que si aquello iba a pasar. ¿Iba a pasar en serio o no iba a pasar? 5 años tardó en creerle y párate a pensar lo que son 5co años así porque no eran 5 años de no verse, era todo lo contrario.
Se veían todos los días, trabajaban juntos, codo con codo, en el mismo plató, en el mismo equipo. Ella lo tenía delante cada mañana y cada mañana durante 5 años tenía que volver a decir que no. Imagínatelo, un hombre que te gusta, que te busca, que te escribe, que te mira distinto que a las demás y tú que también sientes algo, pero que has decidido con la cabeza que no, porque sabes que esa puerta sí se abre, te va a costar carísima y aún así tienes que seguir trabajando con él como si nada.
Sonreír en el ensayo, darle la réplica en la escena, hacer comedia, hacer reír a todo el mundo mientras por dentro libras una batalla que no le cuentas a nadie. Eso no es un mes ni un verano. Son 5 años, 5 años de mañanas, 5 años de aguantar lo que sentía sin dejarse llevar, porque algo dentro de ella, eso que aprendió de niña, le decía, “Ojo, que el cariño que viene fácil se va fácil.
Espera, mira bien, no te entregues a la primera. Y a lo mejor tú sabes lo que es eso, querer a alguien y aún así decir que no porque sabes que no es el momento o no es la manera o vas a salir tú perdiendo. Aguantar la cabeza por encima del corazón cuando el corazón tira para el otro lado.
Si lo has hecho alguna vez, aunque fuera una sola, sabes lo que cuesta y sabes que no lo hace cualquiera. Yo sinceramente con una mujer así solo me dan ganas de quitarme el sombrero porque en una situación donde lo fácil habría sido dejarse llevar, ella puso un límite y lo sostuvo media década. Eso no es debilidad, eso es exactamente lo contrario.
La que tardó 5 años en creer. Suscríbete. Si tú también piensas que si Florinda hubiera querido lo fácil, habría dicho que sí muchísimo antes. 5 años diciendo que no, eso no lo hace quien va buscando un atajo aquí en el precio de ser. A estas mujeres las miramos así despacio antes de juzgarlas. Al final, después de aquellos 5 años, Florinda dijo que sí empezó una historia de amor que iba a durar el resto de sus vidas, pero empezó con una grieta, una grieta que ya no se iba a cerrar nunca del todo, porque aquella relación
durante muchísimos años no se pudo firmar. Él explicó que no podía ofrecerle un matrimonio en papeles, que por su situación, por lo de antes, por cómo estaban las cosas, lo legal no se podía tocar y que lo único que le podía ofrecer era su palabra, su compromiso, su promesa de estar. Y quiero que te pongas un momento en su lugar, en el de ella, en ese momento exacto, porque es una de esas decisiones que parten una vida en dos.
Tienes delante al hombre que quieres, al que tardaste 5 años en creer. Y justo cuando por fin te has decidido, te dice, “Yo te quiero. Quiero estar contigo toda la vida, pero no te puedo dar un papel. No te puedo dar lo que cualquier mujer espera. No te puedo dar la boda, ni el documento, ni el reconocimiento delante del mundo.
Solo te puedo dar mi palabra.” Y ahí ella tuvo que elegir, decir que no marcharse, buscarse una vida normal con un hombre que sí pudiera ofrecerle todo eso o decir que sí y aceptar quedarse en esa tierra de nadie queriendo alguien sin papeles, sabiendo que el mundo lo iba a interpretar de la peor manera posible. Eligió quedarse.
Eligió el amor sin garantías, por encima de la seguridad con otro. Y oye, cada uno que piense lo que quiera de esa decisión, pero lo que está claro es que no fue la decisión de una mujer fría que iba por el dinero. El dinero y la seguridad estaban justamente en la otra opción en la que ella no tomó. aceptó compartir su vida entera con un hombre, sabiendo que de cara al mundo y de cara a los papeles, ella iba a ser nada la compañera la que está, pero sin un título, sin una firma, sin un documento que diga lo que cualquiera podía ver,
que esos dos eran una pareja de verdad. Estuvieron así casi tres décadas, casi 30 años. Ella misma lo llamó con esa franqueza que tenía amaciato, una palabra dura, antigua, que ella usaba sin maquillar, 28 años así. Y quiero que te pares en lo que significa eso de verdad, en el día a día, no en el titular.
28 años despertándote al lado de alguien que es tu marido en todo, menos en el papel. 28 años yendo a los sitios como pareja, presentándote como pareja, viviendo como pareja. construyendo una casa, una vida, una rutina de dos y sabiendo que si alguien lo mira por lo legal, tú no eres nada. No figuras, no constas. Piensa en las cosas pequeñas.
rellenar un papel y no saber qué poner en el estado civil, que en un hospital, en un banco, en donde sea, alguien te pregunte quién eres respecto a él y tener que explicar una situación que no cabe en ninguna casilla, 28 años así, sin la firma que cualquier pareja de la calle tiene, sin pensárselo. Y ella lo aceptó, no porque no le importara, le importaba.
Claro que le importaba. lo aceptó porque decidió que prefería tenerlo a él sin papeles que no tenerlo con ellos, que prefería esa vida, la de verdad, la de todos los días antes que un documento. Pero el precio de esa decisión lo pagó ella sola, porque mientras él seguía siendo a ojos del mundo, el genio, el querido, el intocable, ella era la otra, la de la situación rara, la que estaba ahí sin estar del todo.
Y eso año tras año pesa, aunque no lo digas, aunque sonrías en las fotos. Y durante todos esos años, ¿qué crees que se decía de ella? Pues exactamente lo que te imaginas, que era la que había roto una familia, que era la interesada, que estaba con él por el dinero, por los papeles o por escalar la robamaridos, la trepadora.
Hasta la compararon con una espía famosa, con la mata Hari, como si ella fuera una especie de intrigante, calculadora, que lo había atrapado. Eso se dijo de ella durante décadas en la calle, en los programas, en las portadas. Y aquí es donde yo te doy mi opinión, que para eso estamos tú y yo aquí. Mira, yo no sé si Florinda tomó buenas decisiones o malas, no tengo ni idea. No estaba ahí.
Y el que te diga que sabe lo que pasó de verdad en aquella casa te miente. A lo mejor hizo cosas que no estuvieron bien. Es muy posible. Era una persona, no una santa. Pero hay una cosa que no me quito de la cabeza y te la dejo a ti para que la pienses. Si de verdad era una interesada, una calculadora que iba por el dinero, ¿qué necesidad tenía de quedarse 40 años? ¿Para qué aguantas cuatro décadas de insultos de portadas de que medio mundo te señale por la calle? Esa parte es la que yo nunca he terminado de entender y a lo mejor tú la
entiendes mejor que yo. No lo sé, pero te juro que le he dado vueltas y no me cuadra. Lo que sí veo, eso sí te lo digo, es a una mujer que se enamoró de quien no le convenía, que lo supo desde el primer día y que eligió quedarse y pagar el precio de selección. Y el precio fue ese, que el mundo le pusiera un nombre feo y se lo dejara puesto 40 años. Ella nunca se quitó ese nombre.
Curiosamente, lo que sí hizo una y otra vez fue defenderlo a él. Y mientras todo esto pasaba por fuera, por dentro de aquella casa, había otra cosa, una cosa bonita que casi nadie vio, porque aquel hombre, el creador, el escritor, era de los que se expresaban con la pluma y a ella le escribía, le escribía poemas, le hacía dibujos, le dejaba notas.
Cuentan que incluso cuando ella estaba ya metida en sus personajes, maquillada, vestida de doña Florinda o de cualquiera de los otros, él la miraba desde un rincón del plató como un muchacho enamorado. Imagínate la escena. Un señor hecho y derecho, el jefe, el genio que hacía reír a millones, suspirando por la esquina por una mujer disfrazada con un moño y una batita.
El amor, ya ves, no entiende de vestuarios y todos esos papeles, todos esos poemas, todos esos dibujos hechos a mano, eh, Florinda, los fue guardando. Eh, esto no me lo invento yo, lo ha contado ella muchas veces, que él escribía, que le hacía poemas, que le dibujaba, que 40 años después todavía hablaba de aquellas cartas y de aquellos versos como quien habla de un tesoro que tiene guardado en casa.
Porque eso era para ella, la letra de él en papel, diciéndole lo que sentía año tras año. Esa era la prueba que ella tenía, la de verdad. Mientras el mundo de afuera escribía sobre ella titulares feos, ella tenía guardada en su casa la letra de él diciéndole quién era ella en realidad. Para él apunta esto, que vamos a volver al cuaderno más adelante y cuando volvamos va a tener todo el sentido del mundo, porque ese cuaderno, esos papeles guardados son el corazón de toda esta historia, la letra de él.
Y los años fueron pasando. Y aquí pasó algo que a mí me parece de las cosas más admirables de toda su vida y de lo que menos se habla. Florinda, que tenía su propia carrera, que escribía, que dirigía, que producía, que tenía un talento enorme y reconocido poco a poco fue poniéndose por detrás de él.
Y déjame que te lo demuestre, porque si te lo digo así, suelto no pesa. Hay que verlo. Piensa en lo que era ella cuando lo conoció. una actriz joven con tirón que podía haber sido protagonista de sus propias telenovelas durante años con su nombre arriba en el cartel, su carrera, sus papeles, era de las que podían cargar una novela ellas solas. Tenía eso.
¿Y qué hizo con eso? Lo metió dentro del mundo de él. En lugar de construir la carrera de Florinda Mesa, protagonista, se puso a construir el universo de él. Sus personajes vivían dentro de los programas de él. Su talento de guionista lo gastó escribiendo para el mundo de él. Su capacidad de dirigir, de producir, la puso a funcionar para que la maquinaria de él rodara fina.
Y míralo en lo concreto. En el día a día, mientras él era la cara, la estrella, el nombre que todo el mundo coreaba, ella era la que se quedaba después cuando se apagaban los focos cuadrando los números. revisando los guiones del día siguiente, resolviendo los problemas de producción que nadie veía.
Lo que el público aplaudía como obra de él muchas veces llevaba por debajo, sin firma, el trabajo callado de ella. Te lo pinto todavía más claro. Imagínate las dos vidas que pudo tener. En una Florinda mesa es por derecho propio una de las grandes actrices y directoras de su país con su carrera, su nombre, sus premios.
En la otra es la mujer de la que sostiene entre bastidores al genio y ella pudiendo pelear por la primera eligió la segunda y otra vez durante décadas. Y yo aquí, te lo confieso, tengo sentimientos encontrados, porque por un lado pienso qué generosidad, qué amor ponerse al servicio de la persona que quieres, pero por otro lado pienso una mujer con ese talento propio, con esa capacidad para escribir y dirigir.
¿Cuánto de lo suyo dejó de hacer por sostenerlo de él? ¿Cuántas florindas protagonistas nos perdimos para que él brillara más? No lo sé. A lo mejor ella nunca lo vivió como una renuncia, a lo mejor para ella era simplemente amar, pero a mí me cuesta no preguntármelo. Lo que sí sé es que esto también te puede sonar de cerca.
Si alguna vez has tenido al lado alguien que se hizo pequeñito para que tú te hicieras grande, que puso lo suyo en pausa para que lo tuyo saliera adelante, entonces sabes lo que vale eso y sabes lo poco que se agradece a tiempo la que se puso por detrás. Y entonces llegó la parte más dura, la de verdad, porque aquel hombre con el paso de los años enfermó, le diagnosticaron una enfermedad larga de esas que no se van, que van avanzando despacio y que poco a poco le quitan a una persona lo que era.
El cuerpo se le fue volviendo más lento, las fuerzas se le fueron yendo. El hombre brillante, el que había hecho reír a millones, fue necesitando cada vez más ayuda para las cosas más sencillas. Y Florinda hizo lo que había hecho toda la vida. Se quedó, dejó casi todo lo demás y se dedicó a cuidarlo. Fíjate qué cosa tan parecida a otras historias que hemos contado aquí.
Una mujer que pudo haber elegido 1000 cosas y que elige quedarse al lado del hombre, que ya no es el galán brillante, sino el enfermo que necesita que le den de comer, que lo ayuden a moverse, que estén ahí en las noches largas. lo cuidó hasta el final, años con la enfermedad, ganándole terreno a él y con ella ahí sosteniendo.
Y quiero que te pares un momento a verlo porque es una imagen que lo dice todo. Aquel hombre había llenado teatros, había hecho reír al mismo tiempo a millones de personas en 20 países. Cuando él salía a un escenario se levantaba un rugido, aplausos, risas, la gente de pie. Esa era su vida, el ruido, la luz, el cariño de medio mundo a la vez. Y ahora la escena era otra.
Ahora era una casa en silencio, una habitación, un hombre que ya no se movía como antes, al que le costaba hasta lo más sencillo y una mujer al lado, sin público, sin aplausos, sin cámaras, haciendo lo que no se ve, acompañar las horas lentas, estar pendiente de las medicinas, sostener una conversación que cada vez costaba más.
El hombre que necesitaba a un continente entero aplaudiéndolo, al final solo necesitaba a una persona en la habitación y esa persona todos los días era ella, ella cuidando y el mundo afuera sin enterarse de nada. Antes de seguir con el final, déjame decirte una cosa. Suscríbete si tú también piensas que una interesada habría salido corriendo mucho antes, que quedarse cuando ya no quedan focos ni aplausos, eso no lo hace cualquiera.
Para eso existe este canal, por gente como tú que todavía sabe ver eso. En el año 2004, después de casi 30 años juntos, pasó por fin algo que parecía imposible. Se casaron de verdad en papeles. Confirma. Después de tantísimos años, de tanto amaciato, de tanto título que ella nunca había podido tener, por fin pudo firmar, por fin fue ante la ley y ante el mundo, lo que siempre había sido de hecho su esposa.
Una boda discreta, tranquila, de dos personas mayores que llevaban media vida juntas y que por fin ponían el papel que les había faltado siempre. Dicen que él por aquellos años decía una frase sobre ella que a mí me parece preciosa. Decía que ella lo había hecho un hombre fiel. Él que había tenido fama de todo lo contrario en su juventud decía que con ella se había vuelto fiel.
Eso dicho por un hombre así al final de una vida así es lo más cercano a un reconocimiento público que ella recibió en mucho tiempo. Por fin la firma. Pero la vida juntos ya tenía fecha de final. y los dos lo sabían. La enfermedad siguió avanzando y en noviembre de 2014 aquel hombre, el creador, el que la había mirado desde el Rincón del Plató durante 40 años, se fue.
Tenía 85 años y Florinda estaba con él hasta el último momento, como había estado siempre. Cuando un país entero se enteró, fue luto de verdad. lloró medio continente porque aquel hombre había sido la infancia de muchísima gente, la sobremesa, la risa de las tardes, eh su partida fue una de esas que paran un país y en medio de todo aquel dolor colectivo había una mujer que acababa de perder no a un símbolo, no a una leyenda, sino a su compañero de 40 años, al hombre con el que había desayunado, discutido, trabajado, envejecido, al que había
cuidado en la enfermedad, pero ella no podía llorarlo en privado como cualquiera porque su duelo era público y porque incluso en el duelo no todo el mundo la dejó en paz. Te paro un segundo aquí porque quiero que lo veas bien. Imagínate perder al amor de tu vida y tener que vivir ese dolor delante de millones de personas, sabiendo que una parte de esas personas, en lugar de acompañarte está esperando a ver en qué te equivocas.
está esperando para juzgarte hasta en cómo lloras. Eso fue lo que le tocó a ella. Y quiero quedarme aquí un momento en algo que no es la defensa ni el juicio, sino otra cosa más callada, la soledad. Porque piénsalo, 40 años durmiendo al lado de alguien, 40 años de desayunos, de discusiones tontas, de planes, de costumbres compartidas y de repente una casa en silencio, la otra mitad de la cama vacía, el sitio de él en la mesa vacío, las cosas de él donde las dejó sin que nadie las vuelva a tocar.
Eso no tiene nada que ver con la fama, ni con las cámaras, ni con lo que opine la gente. Eso es el duelo más normal del mundo, el que conoce cualquiera que haya perdido a quien quería. La diferencia es que ella encima lo tuvo que pasar en mitad de un circo, sin el derecho a hundirse tranquila en su casa, como nos hundiríamos tú o yo.
Y yo creo que ahí por primera vez en mucho tiempo Florinda tuvo que estar agotada, no triste solamente agotada de esa clase de cansancio que se te mete en los huesos cuando llevas demasiados años aguantando, demasiados años siendo fuerte, demasiados años poniéndote la última. un cansancio que no se quita durmiendo.
Y aún así, ¿sabes qué hizo? Lo de siempre. Salió a defender el legado de él, a cuidar su memoria, a pelear para que se le recordara como ella creía que merecía ser recordado, sin nadie que la defendiera a ella delante de millones. Suscríbete si tú también piensas que bastante tenía ya encima, como para que además la juzgaran hasta por cómo lloraba.
Y aquí en el precio de ser, eso es justo lo que hacemos cada semana, devolverle a estas mujeres el derecho a hacer miradas enteras. Y a partir de ahí, Florinda se fue retirando, se apartó de los focos, se quedó con sus recuerdos, con sus casas, con sus cosas, con el cuaderno, porque te acuerdas de lo que te dije que apuntaras, los papeles, los poemas, los dibujos, la letra de él.
Pues eso fue lo que le quedó cuando ya no estaba él, cuando se apagaron las cámaras, cuando se acabaron las grabaciones y las giras y los aplausos. Lo que le quedó a Florinda Mesa en el silencio de su casa fueron aquellos poemas y aquellos dibujos escritos a mano por un hombre que la había querido durante 40 años.
Eso era todo y eso lo era todo. La letra de él otra vez. Y aquí podría terminar esta historia con una señora mayor, retirada, viviendo de sus recuerdos en paz, pero no terminó así porque la vida a veces te remueve las cosas justo cuando creías que ya estaban quietas. Y aquí viene lo raro, lo que volvió a removerse 40 años después.
Eh, en el año 2025 se estrenó una serie, una serie sobre la vida de aquel hombre, una de esas producciones grandes de plataforma que ve muchísima gente y de la que todo el mundo habla. Y aquella serie volvió a contar la historia, la de él, la de ella, la de cómo empezaron, la de aquella primera familia, la de todo.
De golpe, 40 años después, todo volvió a estar encima de la mesa. El principio de la relación, las acusaciones de siempre, el nombre de Florinda, otra vez en Boca de todos, otra vez en las portadas, otra vez juzgado por una generación nueva que ni siquiera la había vivido Florinda, que ya era una mujer mayor, que ya había enviudado, que ya había cuidado, que ya había pagado su precio entero.
se encontró de pronto teniendo que vivirlo todo otra vez como si no hubiera bastado con 40 años. Y párate a pensar en lo cruel que es eso. Tú imagínate llegar a Mayor habiendo hecho las paces más o menos con lo más duro de tu vida, habiendo enterrado al amor de tu vida, habiendo aguantado 40 años de que te señalaran.
Y cuando por fin crees que esa parte ya está cerrada, que ya te van a dejar en paz, que ya te toca el descanso, de repente sale una serie que ve medio mundo y vuelve a abrir la herida entera otra vez, desde el principio. Y no solo la abre, la pone delante de gente nueva, chavales que no habían nacido cuando todo aquello pasó juzgándola otra vez, repitiendo las mismas etiquetas de siempre, como si las acabaran de descubrir.

La robamaridos, la interesada. Otra vez, 40 años después, contado a una generación que ni siquiera la vivió, a una mujer mayor, que ya casi no podía defenderse con las fuerzas de antes, que ya solo quería tranquilidad. Y esta vez ella misma reconoció algo que casi nunca había reconocido. Reconoció que le estaba afectando de verdad, que estaba pasando por una época de mucha tristeza, de mucha angustia por la forma en que la estaban retratando.
Lo dijo abiertamente. Lo que durante 40 años se había tragado callando ahora pesaba. Y aún así, ¿qué hizo aquí? ¿Podrías esperar que por fin estallara? que después de 40 años aguantando de mayor cansada removida otra vez por fin dijera, “Basta, ya está bien, ahora me toca a mí que soltara toda la rabia que tendría derecho a soltar, pero no.
” Y fíjate que esto más que admiración a mí me da una mezcla de cosas, me da pena, me da hasta un poco de rabia por ella porque en lugar de defenderse a sí misma, en lugar de contar por fin su versión, su dolor, lo que ella había cargado, volvió a hacerlo de siempre. dijo que aquella serie no contaba la verdad de él, que ensuciaba su legado, que lo pintaba como alguien que no era.
O sea, la atacan a ella, la juzgan a ella otra vez delante del mundo entero y ella sale a proteger el nombre de él otra vez con las pocas fuerzas que le quedaban. Y yo te lo confieso, ahí ya no sé si admirarla o si querer zarandearla un poquito y decirle, “Florinda, defiéndete tú por una vez, mira por ti.” Pero claro, eso es muy fácil decirlo desde fuera.
Cuando llevas 40 años con una manera de querer metida en el cuerpo, no la cambias a los 70 y tantos porque alguien te lo diga. Y aquí es donde saco otra vez el cuaderno, porque cuando la cuestionaban, cuando le decían que ella había sido la interesada, la que se metió por dinero, ¿sabes a qué se aferraba ella? A lo que tenía guardado, a los poemas, a los dibujos, a la letra de él, diciéndole durante 40 años lo que ella era para él.
ese cuaderno, esos papeles que empezó a guardar siendo una muchacha de larga melena, terminaron siendo al final del camino su única defensa. La prueba que ella tenía contra todo lo que se dijo, no para enseñársela al mundo, para sostenerse ella. Y te acuerdas de lo que te prometí al principio, ¿verdad? Que te iba a contar qué había dentro de ese cuaderno. Pues es esto.
Esto es lo que había. No había un secreto escandaloso, no había una confesión oscura, no había nada de lo que la gente con todo el morbo del mundo se imaginaría. Lo que había dentro eran poemas, dibujos, notas escritas a mano, cartas, la letra de un hombre repetida durante 40 años diciéndole a una mujer lo que era para él. Eso era el tesoro.
Eso era lo que ella guardó como oro toda su vida. Imagínatela ya mayor, ya sola, en el silencio de su casa, abriendo ese cuaderno, pasando esas páginas con la letra de él que ya no está, leyendo otra vez despacio lo que él escribió cuando los dos eran jóvenes y el mundo entero lo señalaba. Porque mientras un continente entero la insultaba, ella tenía guardado en casa, en la propia letra de él, lo que él pensaba de verdad de ella y eso le bastaba.
No necesitaba convencer al mundo. Le bastaba con poder abrir ese cuaderno y saber ella que lo que vivieron fue real para poder mirarse al espejo y decir, “Yo sé lo que fue. Aunque nadie más lo crea, yo lo sé. Lo tengo escrito. Lo tengo escrito. Y este fue el precio que pagó Florinda Mesa por ser quién fue. Pero espera porque hay una última vuelta y es la que de verdad me dejó pensando.
Durante todo este video te he contado el precio obvio, que la juzgaron, que la insultaron, que la llamaron de todo durante 40 años. Y es verdad, ese fue un precio altísimo, pero yo creo que el precio de verdad fue otro más hondo, más callado. Yo creo que el precio que pagó Florinda fue haber aprendido desde niña allá en Juchipila, criada por los abuelos, que el cariño hay que ganárselo, que hay que sostenerlo una, que no viene dado, porque una mujer que aprende eso de chica se pasa la vida demostrando que merece el cariño, defendiéndolo,
cuidándolo, poniéndose por detrás, aguantando lo que sea con tal de no perderlo. Y se le olvida una cosa por el camino se le olvida que a ella también la tenían que defender, que a ella también la tenían que cuidar, que el cariño de verdad no es solo el que tú das, es también el que mereces recibir sin tener que ganártelo cada día.
Y a lo mejor tú conoces a alguien así, a lo mejor lo tienes cerca o lo has tenido. Esa persona que siempre está para todos, que carga con la familia entera, que da y da y da y que nunca jamás pide nada para ella, que cuando le preguntas qué tal, siempre dice que bien, que ella puede, que no te preocupes. Y que se pasa la vida cuidando a todos menos a sí misma.
Hay mucha gente así, casi siempre mujeres, mujeres que aprendieron como Florinda que su sitio era el de sostener a los demás y que se olvidaron por el camino de que ellas también merecían que alguien las sostuviera a ellas. Florinda se pasó la vida defendiendo a otro y a lo mejor el precio más alto que pagó no fue que el mundo la odiara, fue no haber aprendido nunca a defenderse a sí misma con la misma fuerza con la que defendió a todos los demás.
Y este fue el precio que pagó Florinda Mesa por ser quién fue. Porque sabes una cosa, Florinda no fue la única. Hubo otra mujer después que también lo dio todo por un hombre al que medio mundo adoraba y que también se quedó sola peleando por lo suyo mientras los demás miraban hacia otro lado. Pero esa esa historia te la cuento la próxima vez y te aviso desde ya te va a remover.
Gracias de verdad por quedarte conmigo hasta el final. Y ahora cuéntame tú cómo recuerdas a Florinda, porque yo tengo la sensación de que muchos la conocimos igual, sin saber nada de ella, desde algún rincón de casa, una tarde cualquiera viéndola hacer reír a toda la familia, sin imaginarnos ni por un momento lo que aquella mujer estaba cargando por dentro.
Y si todavía no te has suscrito, suscríbete ahora, porque aquí en el precio de ser seguimos haciendo algo que cada vez hace menos gente. Pararnos un rato para recordar a mujeres que marcaron a millones de personas, aunque muchas veces nadie llegara a entender del todo lo que estaban viviendo por dentro. Nos vemos en la próxima.
Cuídate mucho y quédate cerca porque todavía quedan muchas mujeres que merecen ser miradas otra vez sin gritos, pero sin miedo. No.