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El secreto detrás de la multitud en Sucre: La última e inesperada jugada de Petro antes de dejar el poder T

El secreto detrás de la multitud en Sucre: La última e inesperada jugada de Petro antes de dejar el poder

El sol caía a plomo sobre las calles de Sincelejo, pero el calor asfixiante de la sabana sucreña parecía no importarle a nadie. No era un día cualquiera en la capital del departamento de Sucre. Multitudes inabarcables, verdaderos ríos humanos que se desbordaban por las avenidas principales, convergieron en una manifestación de proporciones épicas que desafiaba toda lógica política tradicional. Lo normal, lo que dictan los manuales de la politología clásica, es que un presidente a escasas semanas de terminar su mandato experimente el amargo sabor del ocaso, la soledad del poder que se desvanece y la apatía de un electorado que ya mira hacia el futuro. Sin embargo, lo que se presenció en Sincelejo fue exactamente lo contrario: una devoción frenética, un respaldo masivo que retumbaba en cánticos y banderas. ¿Por qué un mandatario saliente logra convocar a semejante marea humana? La respuesta a este enigma no yace en simples promesas de campaña, sino en una advertencia sombría, en una amenaza inminente que él mismo describió con una crudeza escalofriante, y en un plan secreto para su futuro que nadie veía venir y que cambiará las reglas del juego en Colombia.

Desde la tarima, Gustavo Petro observaba el horizonte de rostros curtidos por el sol, manos trabajadoras y miradas encendidas. Su voz, amplificada por enormes parlantes, no tenía el tono de una despedida administrativa, sino la cadencia de un profeta advirtiendo sobre el apocalipsis inminente. “Vida o muerte, esa es la decisión”, sentenció, congelando el aliento de los asistentes. No dio nombres propios, pues la ley electoral y la constante vigilancia de sus detractores –quienes, según él, intentan procesarlo una vez más para llevarlo tras las rejas o silenciarlo– se lo impiden. Pero en el argot de la política colombiana, y especialmente en una región tan golpeada por la barbarie como Sucre, los silencios gritan más fuerte que las palabras. Hablaba de un fantasma oscuro, de una maquinaria que se viste de gala en épocas electorales, de “demonios que se visten de santos para matar a su propio pueblo”. Para entender la magnitud de esta encrucijada, debemos hacer un viaje doloroso a las entrañas de la historia colombiana, al corazón mismo de sus tragedias y a las cifras que hoy, sorprendentemente, desafían siglos de opresión.


Capítulo I: Los Vampiros y la Sangre en la Sabana
La región de Sucre y los Montes de María no son solo escenarios geográficos de belleza caribeña; son un inmenso lienzo manchado de sangre, dolor y silencios obligados. Cuando Petro habla de “los que ya habían matado antes”, no está utilizando una metáfora literaria para atacar a sus opositores. Está invocando a los fantasmas de una violencia sistémica, paramilitar y estatal que masacró a miles de campesinos en la impunidad de la noche.

El presidente recordó con dolor a su amigo Eudaldo Díaz, el valiente exalcalde de El Roble (Sucre) que, en un consejo comunitario frente al entonces presidente de la república, denunció públicamente que lo iban a matar por oponerse a la corrupción y a los grupos armados. Días después, su profecía se cumplió trágicamente; fue secuestrado, torturado y asesinado. Petro evocó la época del terror, de los “mochecabezas”, de aquellos gobernadores y alcaldes que, en complicidad con ejércitos privados, ordenaban la matanza de campesinos pobres, de mujeres en la ciudad y de líderes sociales que no se alineaban con su maquinaria de muerte. Entraban a los caseríos en la madrugada, y al amanecer, solo quedaban cuerpos apilados.

Lo verdaderamente trágico, y el núcleo del llamado de atención en Sincelejo, es que muchos de esos verdugos, o sus herederos políticos, llegaban al poder impulsados por los votos de las mismas personas a las que luego masacrarían. Es el ciclo perverso del clientelismo: la compra de la dignidad humana por un billete, una teja de zinc o un bulto de cemento. Petro describió este fenómeno como el arte de entregarle un “billetico” al ciudadano más pobre durante la temporada electoral, aprovechándose de su desesperanza, de su desilusión, para que termine eligiendo a su propio vampiro. Ese vampiro que luego, desde el palacio de gobierno, se encargará de chupar la sangre de sus propios hijos robándose el presupuesto de la salud, la educación y ordenando el exterminio de quien reclame justicia.
Capítulo II: El Fin de los 100 Años de Soledad
En medio de este recuento del horror, el discurso dio un giro magistral hacia la poesía y la literatura, encontrando en la figura del premio Nobel Gabriel García Márquez la metáfora perfecta para el destino de la nación. Petro recordó a la audiencia que las raíces del genio literario están profundamente clavadas en Sucre. García Márquez aprendió en esa región la sensibilidad, la belleza del Caribe, pero también conoció de cerca la violencia, el dolor y esa historia cíclica de matarnos entre nosotros mismos que luego plasmaría en su obra maestra, Cien años de soledad.

La pregunta central que planteó el presidente fue monumental: ¿Cómo terminar con esos cien años de soledad? ¿Cómo romper el ciclo de violencia y abandono que parece estar tatuado en el ADN colombiano?

La respuesta que ofreció no provino de las armas, ni de estrategias militares, sino de la más profunda empatía social. Los cien años de soledad terminan, afirmó, cuando los ancianos y ancianas del país, aquellos que construyeron la nación con el sudor de su frente, tengan con qué comer, puedan sonreír y tengan un lugar digno donde esperar el final de sus días rodeados de amor. Colombia ha sido un país cruel con su vejez. Millones de personas mayores, tras una vida de trabajo informal en el campo o en las calles, llegaban a la senectud sin derecho a una pensión, condenados a la mendicidad y a esperar una limosna en las esquinas. El gobierno de Petro, en un esfuerzo monumental, ha logrado entregar a tres millones de abuelos un ingreso que les permite recuperar su dignidad, una pequeña pensión solidaria que transforma la tristeza de la vejez en la alegría del abuelo que aún tiene algo que ofrecer a sus nietos.

Si tuvieras que elegir entre la promesa de un futuro incierto pero lleno de reformas sociales, o aferrarte al sistema tradicional que te ofrece estabilidad pero excluye a millones, ¿qué camino escogerías sin dudarlo en las próximas elecciones?

Pero el rescate de la dignidad no se detuvo en los ancianos. Petro apuntó directamente al corazón de las familias más vulnerables: las madres cabeza de hogar. En Colombia, el machismo y la irresponsabilidad paterna han dejado a centenares de miles de mujeres solas, enfrentando la titánica labor de criar hijos en pueblos y veredas donde no hay empleo ni oportunidades. Mujeres desesperadas que escuchan el llanto de hambre en las barrigas de sus niños y que, a menudo, son empujadas a situaciones extremas para sobrevivir. La entrega de medio salario mínimo a estas mujeres se convirtió en la principal herramienta del gobierno para combatir la desnutrición. Al poner dinero directamente en las manos de las madres, la comida regresó a las mesas y, según las estadísticas celebradas en el discurso, la mortalidad infantil por desnutrición se redujo a la mitad en comparación con el gobierno anterior. Menos bebés muriendo de hambre es, quizás, la única métrica que verdaderamente importa a la hora de medir el éxito de una sociedad civilizada.
Capítulo III: El Milagro Económico que Desafía a la Historia
Mientras las emociones fluían en la plaza de Sincelejo con las historias de madres y abuelos, Petro sacó a relucir una carta que desató la euforia colectiva y que, de ser sostenida en el tiempo, cambiaría para siempre la narrativa socioeconómica del país. Basándose en las cifras oficiales del DANE (Departamento Administrativo Nacional de Estadística) para el año 2024, hizo una declaración histórica: por primera vez desde que Colombia es república, y quizás por primera vez desde la violenta llegada de los conquistadores españoles, la mayoría de la población colombiana ya no es pobre.

A lo largo de siglos, desde la colonia hasta la república, el campesino, el indígena, el trabajador urbano, conformaban una inmensa base piramidal ahogada en la miseria, mientras una pequeña “oligarquía mafiosa” (en palabras del presidente) concentraba la riqueza y el poder. Esta desigualdad abismal fue la leña que encendió todas las guerras civiles, las rebeliones y los movimientos insurgentes en los que el mismo Petro militó en su juventud. Caminando caserío por caserío, comprendió que el hambre era el verdadero motor de la violencia.

Hoy, según los datos compartidos, la mayor parte de la población se está consolidando en la clase media. Millones de hombres y mujeres que antes no tenían para un plato de sopa, que no tenían acceso a la universidad, que estaban excluidos del sistema pensional y financiero, han cruzado el umbral de la pobreza. El salario mínimo ha recuperado su poder adquisitivo hasta convertirse en lo que él denominó un “salario vital”, garantizando que la clase trabajadora no aguante hambre. Incluso la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) ha reconocido a Colombia como uno de los países que más esfuerzos ha hecho a nivel mundial para erradicar la hambruna en los últimos años. “Hoy las familias de Colombia tienen más comida que antes”, proclamó con orgullo, “si tienen neveras hay más comida en la nevera; si no hay nevera, hay más comida en la cocina”.

Estas cifras representan el terror más profundo para los sectores tradicionales, ya que una sociedad que deja de tener hambre es una sociedad que no puede ser chantajeada fácilmente con un “billetico” o una lámina de zinc en época de elecciones. Un pueblo con el estómago lleno y la mente educada empieza a votar con el cerebro y el corazón, no desde la desesperación.
Capítulo IV: La Soberanía ante el Mundo y la Era del Sol
El discurso en Sincelejo no se limitó a las fronteras nacionales; Petro también habló de la posición de Colombia en el escenario mundial. Atrás quedaron los días en que la diplomacia nacional consistía en una subordinación automática a las potencias del norte. El presidente relató su encuentro con el exmandatario estadounidense Donald Trump, revelando la firmeza con la que le habló: “Estamos entre iguales. Puede que no nos entendamos en ideas… pero los demócratas no se arrodillan ante nadie”.

En la visión petrista, los hijos y las hijas del libertador Simón Bolívar no entregan su soberanía. La bandera tricolor debe significar libertad hasta la muerte. Esta afirmación de independencia geopolítica se enlaza con su propuesta más ambiciosa a nivel global: la transición energética. Petro invitó a enseñar a toda América Latina y a las Américas que Colombia es la “tierra del sol”. Un país que no necesita seguir desangrando la tierra para extraer petróleo o carbón, sino que puede generar energía, riqueza y vida a partir de la luz solar. En esta tierra de luz, los “vampiros” de la corrupción y la violencia no pueden sobrevivir en el día.

La reconstrucción del sueño de la Gran Colombia pasa, inexorablemente, por la educación. Para que el sol sea la fuente de la nueva riqueza, la juventud debe estar en la universidad. Petro destacó que, por primera vez en la historia del presupuesto nacional, la educación es el rubro más grande, superando a la guerra. La segunda partida más grande es la salud. Sin embargo, aquí es donde la visión utópica choca violentamente con la realidad legislativa y los intereses oscuros, abriendo la puerta a la gran revelación del final de su discurso.
Capítulo V: El Choque contra la Pared de Cristal
Si hay menos pobreza, si la educación recibe más presupuesto, y si el mundo mira a Colombia con respeto, ¿por qué la tensión? ¿Por qué la advertencia de “vida o muerte”?

Porque las reformas profundas que el gobierno propuso para desmantelar la desigualdad han chocado contra el muro del Congreso de la República. Petro denunció que mafiosos se siguen robando los medicamentos y que intermediarios financieros, por ganarse un billete más, le niegan la atención al enfermo. La reforma a la salud quedó a medio camino, saboteada, según él, por congresistas que se creen con el derecho de extorsionar al pueblo y al propio presidente a cambio de aprobar las leyes.

El sistema tradicional, aunque herido, no está dispuesto a soltar sus privilegios. Las reformas laborales, pensionales y el cambio en los servicios públicos —para evitar que el cobro de la luz en la costa Caribe siga siendo un asalto a mano armada— están en peligro constante. Los terratenientes que desecaron ciénagas y mantienen inmensas haciendas improductivas se oponen ferozmente a que la tierra fértil sea entregada a la familia campesina, lo cual es la clave para que Colombia sea una potencia agroalimentaria y los alimentos sean baratos.

Y es aquí donde Gustavo Petro, desafiando a todos los poderes fácticos que operan en la sombra, lanza su jugada maestra.


Capítulo VI: La Revelación Final y la Asamblea Nacional Constituyente
Muchos creían que el presidente, acorralado por un Congreso hostil y con el reloj de su mandato acercándose a la medianoche, se resignaría a entregar el poder y retirarse a sus cuarteles de invierno. La oposición temía, o al menos utilizaba como narrativa de campaña, que intentaría atornillarse en el poder modificando la constitución para su propio beneficio.

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