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FLORINDA MEZA: What She Kept Hidden for 40 Years to Defend the Man Mexico Adored

Tú agarrabas a tu hijo de la mano, igual que ella agarraba a Kiko. Vámonos, Kiko, no te juntes con esta chuzma. Y todos, todos sabíamos perfectamente a quién iba dirigido. Una mujer que defendía a su hijo de todo y de todos, una madre sola, viuda en la ficción, que se había quedado al frente de su casa ella sola y que sacaba las uñas por lo suyo. Fíjate qué cosa.

La actriz construyó, para reírnos todos, a una mujer que se pasaba la vida defendiendo a alguien. A lo mejor ahí, sin que nadie se diera cuenta, ya estaba contándonos algo de sí misma. Pero doña Florinda fue solo uno de sus personajes. La misma actriz hacía también a otras mujeres completamente distintas, opuestas entre sí.

Y hacerte reír siendo varias personas a la vez, cada una con su voz y su manera, no lo hace cualquiera. Y es que Florinda Mesa, y esto sí que casi nadie lo sabe, no era solamente una actriz que se aprendía un papel y lo hacía. Florinda escribía, Florinda dirigía, Florinda producía. Con los años fue guionista, se sentó a escribir los textos, a construir las historias, a darle forma a lo que después se veía en pantalla.

Dirigió telenovelas enteras, la sacó adelante, la dueña. Milagro y magia. Alguna vez tendremos salas producciones grandes de las que mueven a mucha gente con ella al mando detrás de la cámara. Y déjame que te pinte lo que era eso, de verdad, porque si te lo digo así, en frío dirigió telenovelas, no te dice nada. Imagínate un plató de los años 80, decenas de personas, cámaras, focos, técnicos, actores, gente cargando cosas de un lado a otro y casi todos hombres.

Y al frente de todo eso, dando las órdenes, decidiendo cómo se rueda cada escena, diciéndole a un actor con más años que ella que repita la toma porque no ha estado bien una mujer. En aquella época eso no se veía casi nunca. Una mujer mandando ahí en ese mundo era una rareza y te puedo asegurar que cada decisión que tomaba la miraban con lupa.

Que cada vez que levantaba la voz para que se hiciera lo que ella quería, había alguien pensando, “Mira esta” que tenía que demostrar cada día el doble que cualquier hombre en su puesto, solo para que la respetaran la mitad. una mujer de pueblo criada por sus abuelos, que terminó escribiendo, dirigiendo y produciendo televisión que veían millones de personas.

Y esto a mí me chirría, te lo digo claro, porque de Florinda Mesa se ha hablado durante 40 años de con quién estaba, de su vida privada hasta el último rincón. Y casi nunca, casi nunca de que esta señora se sentó a escribir guiones, dirigió a equipos enteros y sacó adelante producciones que tú a lo mejor has visto sin saber que detrás estaba ella, como si lo único que de ella le interesara al mundo fuera el escándalo y no el oficio.

Y a una mujer así con carácter que manda y que decide, en aquella época se le colgaba enseguida una etiqueta, la de difícil, la de Mandona, y a Florinda se la colgaron pronto. Cuando yo leo eso, reconozco que lo primero que me sale es desconfiar, porque esa misma etiqueta se la han puesto a tantísimas mujeres que mandaban, mientras que al hombre que hacía exactamente lo mismo, lo llamaban exigente, perfeccionista, un genio con carácter, la misma conducta, dos nombres distintos según quién la hiciera.

Ahora bien, y aquí me mojo en la otra dirección para que no parezca que la estoy poniendo de santa, a lo mejor también era dura de verdad. A lo mejor era exigente hasta cansar. A lo mejor no era fácil trabajar con ella. Es posible. Las dos cosas pueden ser verdad a la vez. Que fuera exigente y que la juzgaran más duro por ser mujer.

Yo no estaba ahí. No sé exactamente qué pasó en aquellos pasillos ni en aquellos camerinos. Nadie que no estuviera lo sabe del todo. Pero sí sé una cosa, que a las mujeres que toman el mando se las ha juzgado siempre más duro que a los hombres que hacen exactamente lo mismo. Eso lo hemos visto mil veces y me cuesta creer que con ella fuera distinto la que mandaba detrás de la cámara.

Y mientras todo esto pasaba en su carrera, en su vida estaba ocurriendo otra cosa, una cosa mucho más callada, mucho más lenta. Aquel hombre que la había invitado a su equipo, aquel creador, aquel escritor, se había enamorado de ella. Pero había un problema, un problema grande. Él estaba casado, llevaba años casado, tenía una familia formada, hijos.

Y en aquel México, en aquellos años, eso no era un detalle pequeño, era una pared. Una pared que para colmo tenía hasta peso legal, porque en aquella época las cosas del matrimonio se tomaban de una manera que hoy nos cuesta hasta imaginar. Así que ahí estaba ella, una mujer joven, guapa, con una larga melena, que trabajaba todos los días al lado de un hombre que le decía que la quería, pero que no se podía mover.

¿Y sabes qué hizo Florinda? Le dijo que no. Durante años le dijo que no. Y aquí está el detalle que más me llamó la atención de toda esta historia, porque cuentan, y lo ha contado ella misma, que tardó 5 años en creerle. 5 años, 5 años de un hombre insistiendo, escribiéndole, buscándola y de una mujer que no se dejaba. ¿Por qué no se dejaba? Pues por lo que te decía al principio, porque Florinda no era una mujer que tomara el cariño así a la ligera.

Ella que de niña había aprendido que el cariño se gana y se sostiene, no iba a creerle a la primera un hombre casado que le juraba amor eterno entre grabación y grabación. Ella misma lo explicó con una frase que lo dice todo. Dijo más o menos cómo le iba a creer si era mi compañero de trabajo y además era mi jefe.

Ahí está toda ella, la desconfianza de la que he aprendido sola, la cabeza fría, el no quiero ser una más porque eso también se lo dejó claro. Le dijo que ella no iba a ser una aventura, que no iba a ser la otra de nadie, que si aquello iba a pasar. ¿Iba a pasar en serio o no iba a pasar? 5 años tardó en creerle y párate a pensar lo que son 5co años así porque no eran 5 años de no verse, era todo lo contrario.

Se veían todos los días, trabajaban juntos, codo con codo, en el mismo plató, en el mismo equipo. Ella lo tenía delante cada mañana y cada mañana durante 5 años tenía que volver a decir que no. Imagínatelo, un hombre que te gusta, que te busca, que te escribe, que te mira distinto que a las demás y tú que también sientes algo, pero que has decidido con la cabeza que no, porque sabes que esa puerta sí se abre, te va a costar carísima y aún así tienes que seguir trabajando con él como si nada.

Sonreír en el ensayo, darle la réplica en la escena, hacer comedia, hacer reír a todo el mundo mientras por dentro libras una batalla que no le cuentas a nadie. Eso no es un mes ni un verano. Son 5 años, 5 años de mañanas, 5 años de aguantar lo que sentía sin dejarse llevar, porque algo dentro de ella, eso que aprendió de niña, le decía, “Ojo, que el cariño que viene fácil se va fácil.

Espera, mira bien, no te entregues a la primera. Y a lo mejor tú sabes lo que es eso, querer a alguien y aún así decir que no porque sabes que no es el momento o no es la manera o vas a salir tú perdiendo. Aguantar la cabeza por encima del corazón cuando el corazón tira para el otro lado.

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