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La Subestimaron por Ser Tortillera… 13 Sicarios del CJNG Pagaron las Consecuencias

Los 13 cuerpos estaban en la calle cuando llegó la policía municipal de Tula de Allende a las 11:40 de la mañana de un jueves de mayo, no dispersos, agrupados, en un radio de 15 m alrededor de un puesto de tortillas con toldo azul que cualquier vecino de esa calle del barrio Santa María reconocía de llevar ahí los últimos 16 años.
Los coletes del CJNG eran visibles desde la esquina, las armas en el suelo, los radios de comunicación que nadie había alcanzado a usar, porque lo que les había pasado no fue lo suficientemente rápido para que alcanzaran a usarlos, pero tampoco fue lo suficientemente lento para que pudieran identificar en qué momento empezó.
El primer oficial que llegó a la escena se quedó parado durante varios segundos antes de hacer nada. No por falta de entrenamiento, porque la escena no correspondía a ningún patrón de lo que ese barrio de Tula de Allende había producido en los años que llevaba en esa zona. No había marcas de bala, no había señales de enfrentamiento, no había el tipo de evidencia que una muerte violenta ordinaria deja en el espacio donde ocurre.


13 hombres del CJNG en el suelo alrededor de un puesto de tortillas sin una sola marca de bala. La mujer estaba parada a un lado del comal cuando llegaron con el delantal floral, que era el mismo delantal que los vecinos de esa calle habían visto durante 16 años con las manos que ya no temblaban, porque las decisiones que se toman con suficiente tiempo de antelación no producen el temblor que producen las decisiones tomadas en el calor de un momento, con la expresión de alguien que ha hecho exactamente lo que había decidido hacer y que está
esperando lo que sigue. Se llamaba Refugio Mendoza Salazar, 58 años, viuda desde los 42, [ __ ] desde los 39, cuando el dinero que había dejado su esposo se acabó y la única opción disponible fue lo que su madre le había enseñado desde niña, masa, comal, fuego, trabajo. Cuando el oficial se le acercó, refugio Mendoza Salazar no intentó huir, ni explicar, ni negar.
Dijo lo que dijo con la voz plana de alguien que ha tenido semanas para encontrar las palabras correctas. Yo fui, dijo y extendió las manos. Para entender lo que ocurrió ese jueves en la calle Santa María de Tula de Allende, hay que entender primero quién era esa mujer. No la mujer que la policía encontró parada junto al comal con 13 cuerpos a sus pies.
La mujer que había llegado a ser esa persona con la paciencia y el dolor y la acumulación específica de cosas que se soportan durante años hasta que el día en que ya no se soportan más llega con la misma naturalidad que llega cualquier otro día. Refugio Mendoza Salazar era la cuarta de siete hijos de una familia de Hidalgo que había conocido la pobreza con la familiaridad con que se conocen las cosas que están presentes desde el nacimiento.
No la pobreza extrema que no tiene nada, la pobreza que tiene lo suficiente para sobrevivir y no lo suficiente para que la supervivencia no sea el tema central de cada día. Había aprendido a hacer tortillas a los 8 años. A los 12 ya ayudaba a su madre en el puesto que la familia mantenía en el mercado de Tula dos días a la semana. A los 19 se casó con Ernesto Salazar, albañil, hombre callado y trabajador, que murió de un infarto en la obra a los 47 años, sin haber logrado nunca lo que había querido lograr, pero sin haber dejado nunca de intentarlo.
Refugio tenía 42 años cuando enterró a Ernesto. Tenía una hija, Daniela, que estudiaba enfermería en Pachuca. Tenía una casa pequeña en el barrio Santa María. con el techo de lámina que Ernesto nunca había terminado de cambiar por concreto y tenía lo que 16 años de matrimonio con un hombre honesto le habían dejado como herencia más valiosa, la certeza de que las cosas que valen la pena requieren trabajo y que el trabajo sin dignidad no vale la pena.
abrió el puesto de tortillas tres meses después del velorio, no porque hubiera elegido ese momento específico, porque el dinero que Ernesto había dejado se acabó exactamente en ese momento y la única alternativa a abrir el puesto era pedirle a Daniela que dejara la escuela de enfermería y eso era una alternativa que Refugio Mendoza Salazar no contempló ni por un segundo.
El puesto funcionó, no con la prosperidad que los sueños que se tienen a los 39 años contemplan, con la consistencia del trabajo que se hace bien todos los días, sin importar si el día anterior fue difícil o si el siguiente va a hacerlo. Refugio llegaba al puesto a las 4:30 de la mañana. La masa estaba lista a las 5.
Las primeras tortillas salían del comal a las 5:15 para los trabajadores que pasaban al amanecer antes de tomar el camión. En 16 años, refugio Mendoza Salazar no había faltado un solo día al puesto, ni cuando tuvo gripa, ni cuando Daniela tuvo al primer nieto y ella hubiera querido estar en el hospital, ni cuando el frío de enero en Hidalgo convierte cada mañana antes del amanecer en algo que requiere una forma de voluntad que no es ordinaria.
16 años de comal, 16 años de tortillas, 16 años de ese barrio de Tula de Allende que la conocía y al que ella conocía con la precisión que produce la repetición diaria durante suficiente tiempo. El CJNG llegó al barrio Santa María 4 años antes del jueves de mayo. no llegó de golpe, llegó de la manera en que esa organización llega a los barrios donde no tiene origen histórico, pero donde tiene razones para establecer presencia.
gradualmente con la metodología de quien ha aprendido que la presencia sostenida produce un tipo de control que la presencia violenta inmediata no siempre puede mantener. Primero llegaron los rumores, luego las caras nuevas que aparecían en las esquinas sin que nadie pudiera decir exactamente cuándo habían llegado ni de dónde.
Luego las conversaciones que los vecinos tenían entre sí con la precaución de quien sabe que ciertas cosas se dicen solo a ciertas personas en ciertos contextos. Y luego llegaron ellos, tres hombres, la primera vez a las 9 de la mañana de un martes ordinario. Se pararon frente al puesto de refugio con la actitud que tienen las personas que llegan a un lugar donde creen tener autoridad que nadie les ha dado, pero que nadie les va a disputar.
El que hablaba era joven, no más de 26 años, con el tatuaje en el cuello, que en ese barrio ya todos sabían lo que significaba. le explicó a refugio, con la voz de quien está describiendo algo que ya está decidido, que a partir de ese momento el puesto iba a contribuir con una cantidad semanal que él especificó con precisión, que esa contribución garantizaba que el puesto podía seguir operando sin inconvenientes y que los inconvenientes que podían ocurrir si no había contribución eran el tipo de inconvenientes que era mejor no tener que describir. en detalle.
Refugio lo escuchó sin interrumpir con la expresión de quien está procesando lo que escucha y calculando lo que tiene disponible como respuesta, pagó no porque tuviera miedo en el sentido que paraliza, sino porque tenía 54 años y una hija enfermera con dos hijos y un puesto de tortillas que era la única fuente de ingreso de su vida.
Y porque el cálculo que hizo en ese momento frente al joven con el tatuaje en el cuello era el cálculo de alguien que entiende que hay momentos en que la resistencia inmediata cuesta más de lo que puede pagar. Pero Refugio Mendoza Salazar era una mujer que calculaba. Y lo que calculó ese día no fue solo cuánto iba a pagar, fue cuánto tiempo iba a estar dispuesta a pagarlo.
Los meses que siguieron a esa primera visita fueron los meses en que el CJNG consolidó su presencia en el barrio Santa María con la metodología que ya era rutina. Extorsión a todos los negocios, control de los puntos de acceso al barrio, la presencia visible que comunica a los vecinos que el territorio tiene nuevos administradores y que los ad

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