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JORGE “EL TRAVIESO” ARCE : CONFESÓ POR QUE DEJÓ EN COMA A JOSÉ CARMONA

Óscar Arce sobrevivió. Los médicos no lo entendían. La familia lo llamó milagro. Jorge lo llamó pacto y desde ese día Jorge Arce ya no fue el mismo niño. Tenía 12 años y una deuda con Dios y una deuda con su padre y una deuda que solo se pagaba de una manera, con un cinturón de campeón del mundo.

Pero antes de llegar al cinturón hay algo que nadie cuenta. El camino de los Mochis a ese cinturón no fue una línea recta, fue un desvío que pudo haberlo perdido todo. Tijuana, Baja California, 1994. Jorge tenía 15 años. Intentó cruzar la frontera hacia Estados Unidos. El sueño americano, el boxeo americano, entrenarse allá, ganar allá, ser alguien allá.

No lo logró. La migra lo regresó sin papeles, sin contactos, sin nada. Quedó varado en Tijuana, sin dinero, sin plan, en una ciudad que no era la suya. Pudo haber regresado a los Mochis. Pudo haber buscado trabajo en el ingenio como su padre. Pudo haber olvidado la promesa, pero la promesa no se olvida. La promesa vive dentro de ti como un animal que no duerme.

Y en Tijuana, en un gimnasio pequeño, un promotor lo vio pelear. Fernando Beltrán lo observó 5 minutos, solo cinco. Eso fue suficiente. Después del entreno, Beltrán se acercó. ¿Cómo te llamas? Jorge Arce. ¿Cuántos años tienes? 15. ¿Tienes dónde quedarte? No, a partir de hoy te quedas aquí, yo te pago el cuarto, tú entrenas y me obedeces. Trato. Jorge lo miró.

Un hombre que no conocía ofreciéndole todo. En el boxeo, cuando alguien te ofrece todo, generalmente quiere algo a cambio. ¿Qué quiere a cambio? Que seas campeón del mundo. Jorge extendió la mano. Beltrán la tomó. Ese apretón de manos fue el segundo pacto de la vida del travieso. El primero lo hizo con Dios, el segundo con el hombre que lo convertiría en lo que prometió ser.

El 19 de enero de 1996, Jorge Arce debutó como profesional. Tenía 16 años. noqueó a Adán Aldama en el primer asalto. No fue el comienzo de una carrera, fue el inicio de una promesa haciéndose realidad. En los 3 años que siguieron, ganó 31 peleas. 31 sin perder una sola. Pero lo que impresionaba no era el registro, era cómo ganaba.

Otros boxeadores buscan el knockout desde el primer asalto. Entran concentrados, serios. Con la cara de guerra. Jorge entraba diferente, una broma antes de la pelea, un gesto al rival que hacía reír a la gente, una entrada al ring que nadie esperaba. Beltrán lo veía y fruncía el seño. Jorge, concéntrate. Ya estoy concentrado, compadre.

No lo parece. Eso es lo que necesito que piensen. Y luego noqueaba. El travieso no era solo un boxeador, era un artista. Y los artistas no se entrenan con cronómetro, se desarrollan con libertad. Beltrán entendió eso y le dio esa libertad. 4 de diciembre de 1998, Jorge Arce tenía 19 años. Frente a él, Juan Domingo Córdoba, título mundial minimosca de la OMB.

Lo que pasó esa noche fue la culminación de 6 años de una promesa. Jorge ganó por decisión unánime. Campeón del mundo, salió del ring, buscó a su padre entre la gente, lo encontró en la cuarta fila de pie llorando sinvergüenza. No hizo falta decir nada. Óscar Arce abrazó a su hijo y los dos se quedaron así. Un momento largo, sin cámaras, sin micrófonos, solo un padre y un hijo y una promesa cumplida.

Después Óscar se separó, tomó el puño de Jorge, el mismo puño que había puesto junto a su mano en la cama del hospital. “Cumpliste, dijo Jorge”, asintió y sonró. Ese fue el primer día que la sonrisa del travieso significó algo más que un truco. Significó alivio, la sonrisa de alguien que acaba de pagar una deuda con Dios.

Ese momento es el corazón de esta historia. Todo lo que vino después, lo bueno y lo malo, tiene raíces en ese abrazo. Pero hay algo que nadie te dice cuando cuentas esta historia así. El travieso apenas empezaba. Y lo mejor y lo peor todavía estaban por venir. En los años que siguieron, Arce construyó algo que el boxeo mexicano raramente había visto.

No solo victorias, un espectáculo. Cada pelea era diferente. Sus entradas al ring eran producción aparte. Un día llegaba con mariachi completo, otro día corriendo entre el público estrechando manos, otro día con traje de luces que hubiera avergonzado a un torero. Sus palabras antes de cada pelea eran puro show.

Provocaba al rival con sonrisa en la cara. Hacía reír a los periodistas en la conferencia de prensa. Llegaba al paesaje con broma en la boca, pero dentro del ring broma. El travieso peleaba como si cada asalto fuera el último, no porque fuera imprudente, porque era valiente de una manera que pocos boxeadores lo son.

No le importaba recibir golpes, le importaba ganar. Y entre esas dos cosas ponía su cuerpo como puente. Era la filosofía del travieso. Dos palabras, siempre así. Si tienes que aguantar para ganar, aguantas. Si tienes que sangrar para ganar, sangras. Si tienes que caerte para ganar, te caes. Pero ganas.

Un periodista le preguntó una vez en una conferencia de prensa qué era lo que más le gustaba del boxeo. El travieso pensó 2 segundos. Lo que más me gusta, sí que cuando entro al ring soy el único que sabe exactamente lo que voy a hacer. Y el rival no sabe nada, por eso gano. El periodista se rió. Y si el rival también sabe lo que va a hacer, entonces gana el que lo haga primero. Pausa.

Ese siempre soy yo. Esa no era arrogancia. Era la verdad que él había construido peleas durante peleas. El travieso estudiaba a sus rivales con una obsesión que nadie veía porque el show lo ocultaba todo. Mientras el mundo lo veía en televisión bailando, él estaba en el gimnasio a las 6 de la mañana. Mientras el mundo lo veía en reality shows, él estaba viendo grabaciones de las peleas del rival.

El show era la máscara. Debajo de la máscara había trabajo, mucho trabajo. 2002, Corea del Sur. El rival era Josam Choy, campeón mundial supermosca del CMB. En su casa, con su público, 50,000 coreanos gritando contra el mexicano. La arena entera era territorio enemigo. Cada señal, cada gesto del público era contra él.

Arce entró al ring, miró las tribunas. sonríó. Su equipo lo veía nervioso. Beltrán desde la esquina murmuraba en silencio y entonces Arce empezó a saludar al público con la mano en alto, como si fueran sus fans. El público coreano no supo cómo reaccionar. Algunos se rieron, otros abuchearon más fuerte. Arce siguió saludando.

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