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RUBEN ” EL PUAS ” OLIVARES : CONFESÒ Lo Que Le HICIERON

Odio a lo que el rival representaba. Cada vez  que subía al ring no veía a un boxeador. Veía a Tepito.  Veía la pobreza. Veía a su madre llorando. Veía a su padre vendiendo  periódicos hasta no sentir los pies y lo destruía. Rubén no boxeaba para ganar, confesó Chaparro años después.

Boxeaba para matar.  Teníamos que recordarle que no era legal matarlos. Entre los 12 y los 17 años, Rubén peleó 58 veces como Amateur. Perdió cuatro, las cuatro  por decisión. Nunca lo noquearon, nunca lo tiraron. Era imposible. No sabía perder, dijo un rival después.  Le ganabas en puntos, pero él te miraba como si te fuera a matar  después de la pelea. Daba miedo.

A los 18 años, Rubén decidió hacerse profesional. Su padre se opuso. Vas a terminar como todos, golpeado y sin dinero. Rubén no discutió. Firmó su primer contrato profesional, 500 pesos por pelea. Una fortuna para él. Dos semanas después, su primera pelea profesional,  Arena México, ocho rounds, contra un boxeador con 20 peleas de experiencia.

Rubén lo destruyó en el tercer round. Tres  golpes, el rival en la lona. Fuera de combate, fuera de conciencia.  Los periodistas lo rodearon después. ¿Cómo lo hiciste? Pegando. ¿Qué técnica usaste? No sé de técnicas,  solo sé pegar. No era pose, no era arrogancia, era verdad literal.

Rubén Olivares peleaba por instinto. Veía un hueco, ne pegaba. Veía otro  hueco, pegaba más fuerte. No había ciencia, solo violencia controlada. Entre 1965 y 1968, Rubén Olivares peleó 35  veces. Ganó las 35, 33 por knockout.  No eran peleas, eran ejecuciones. El apodo púas no vino de su peinado, vino de cómo pegaba, como si sus guantes  tuvieran púas escondidas.

Cada golpe entraba profundo, quebraba algo. A los 25 años, Rubén Olivares ya era famoso en México, no en el mundo, solo en México. Pero eso iba a cambiar. 1969,  Los Ángeles, California. Rubén Olivares contra Lionel Rose. Título mundial peso gallo. Rose era australiano, campeón mundial, ídolo en su país, técnico,  rápido, inteligente.

Olivares era un desconocido, un mexicano de tepito que pegaba duro. Nadie le daba oportunidad. Quinto round. Olivares conectó un gancho al hígado que dobló a Rose como papel mojado. Rose cayó, se  levantó, cayó otra vez, se volvió a levantar. Olivares lo  tiró cinco veces en ese round. Cinco.

El árbitro detuvo la pelea. Rubén Olivares, campeón mundial, 26 años, de Tepito al mundo. Esa noche, en su hotel, Rubén llamó a su madre. Ya somos ricos, mamá. ¿Cuánto te pagaron? 000. Su madre se quedó en silencio. No podía concebir esa cantidad. Es mucho. Es más de lo que papá ganará en toda su vida. Y entonces su madre dijo algo que Rubén no entendió hasta 20 años después. Ten cuidado, mijo.

El dinero cambia a la gente. No dejes que te cambie a ti. Rubén defendió su título cinco veces en dos años.  Cinco knockouts. Ninguno pasó del séptimo round.  Los promotores americanos empezaron a llamarlo la máquina mexicana de matar. No era marketing, era literal.  Chucho Castillo noqueado en 14 rounds.

Kuyoshi Kanasawa noqueado en dos rounds. Jesús Pimentel noqueado en un round. 60 segundos. Récord: Rubén Olivares era imparable y entonces llegó la noche que cambió todo. La elección 1972, Forum de Inglewood, California. Rubén Olivares contra Rafael Herrera. Herrera era mexicano también  de Jalisco.

Bueno, no gran cosa, pero bueno. Olivares había defendido el título ocho veces. Era invencible.  La pelea era solo un trámite. Octavo round. Olivares dominando, Herreras sobreviviendo. Y entonces pasó un gancho de Herrera, no particularmente fuerte,  no particularmente bien colocado, pero Olivares no lo vio venir, se fue de lado, cayó,  se levantó, el árbitro lo revisó.

Continuó la pelea. 2 minutos  después otro gancho. Olivares en la lona otra vez. Esta vez no se levantó rápido, esta vez le costó.  El árbitro detuvo la pelea. Primera derrota profesional de Rubén Olivares. No fue el golpe lo que  dolió, fue el silencio después. Miles de mexicanos en el fóum, silencio absoluto, como si alguien hubiera muerto.

Olivares volvió al vestidor, se sentó. No lloró, solo miraba  sus manos. ¿Qué pasó?, le preguntó Chaparro. No sé. Pero sí sabía, sabía exactamente qué había pasado. Esta es la segunda revelación que te prometí al principio, el momento  donde Olivares eligió la fiesta sobre la gloria. Lo que nadie te cuenta es que pasó tres meses antes  de esa pelea con Herrera.

Rubén ya había ganado millones. tenía casa, tenía coches e tenía todo lo que nunca  tuvo en Tepito y descubrió algo peligroso, que la vida  podía ser divertida. Las fiestas empezaron inocentes. Una cerveza después de entrenar, dos cervezas, una noche  en el club con amigos.

Pero Rubén Olivares no sabía hacer nada con moderación, ni siquiera divertirse. Las fiestas se volvieron rutina, tres veces por semana, cuatro veces, todos los días. “Vengan a mi casa”, decía.  Hay de todo y había de todo. Alcohol. mujeres, música, gente que no conocía que de repente eran sus amigos. Chaparro le advirtió, “Rubén, te estás pasando.

Tienes que entrenar. Ya entrené. Ahora voy a vivir. Vivir te va  a matar. Prefiero morir viviendo que vivir como muerto.” Ahí está esa frase, “La que explica  toda su vida. Prefiero morir viviendo que vivir como muerto. Rubén Olivares vio algo que otros boxeadores no vieron.

Vio que la disciplina absoluta, el sacrificio total,  la obsesión completa, convertía a los campeones en máquinas. Máquinas ricas, máquinas  famosas, pero máquinas. Yo no quería ser máquina, confesó después. Yo quería sentir, reír, emborracharme, acostarme con mujeres bonitas.  ¿Para qué iba a ganar millones si no podía disfrutarlos? La lógica era perfecta.

El problema es que el boxeo no funciona con lógica perfecta. El boxeo funciona con sacrificio,  con obsesión, convertirte en algo menos humano para ser más grande. Y Rubén se negó no porque fuera  débil, porque era demasiado humano. Tres meses antes de la  pelea con Herrera, Rubén entrenaba 3 horas al día en lugar de seis.

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