Alexandra Acimovic Popovic, conocida por millones como Sasha Montenegro, no solo fue la estrella más magnética del cine mexicano durante la era de las ficheras. Su vida, marcada por una belleza que paralizaba conversaciones y una carrera de éxito arrollador, dio un giro de 180 grados cuando su camino se cruzó con el del expresidente José López Portillo. Lo que comenzó como un romance impulsivo y apasionado en las calles de Roma, terminó convirtiéndose en una batalla de décadas contra el estigma, la difamación y una familia política que nunca la aceptó.
Sasha llegó a México en 1969 procedente de Argentina, huyendo de una infancia marcada por la tragedia y la pérdida. Con determinación y un talento innato, escaló desde las fotonovelas de centavos hasta convertirse en la reina absoluta del cine
sensual de los años 70 y 80. Con 69 películas en su haber, incluyendo hitos como “Bellas de noche”, Sasha era dueña de su destino. Sin embargo, su decisión de unirse a López Portillo en 1984, cuando él ya era una figura despreciada por gran parte de la sociedad mexicana tras el colapso económico de su sexenio, marcó el inicio de su calvario.
A los 38 años, Sasha no calculó el peso de esa unión. Al elegir a un hombre al que “la gente le ladraba en la calle”, ella misma se convirtió en el blanco de las críticas. La sociedad, que años antes la aplaudía en la pantalla, comenzó a señalarla como la “fichera del presidente”, una etiqueta que la acompañaría hasta el final de sus días.
El cautiverio en la “Colina del Perro”
El matrimonio, aunque celebrado legalmente tras la muerte de la primera esposa del expresidente, estuvo marcado por la hostilidad. Sasha se mudó a la famosa “Colina del Perro”, un complejo de mansiones construido con dinero público que, irónicamente, no tenía espacios diseñados para ella. Mientras los medios la retrataban como una cazafortunas que vivía en el lujo, la realidad era mucho más gris: Sasha gastó sus propios ahorros para remodelar una propiedad que, en su diseño original, solo contaba con una recámara y estaba lejos de ser el palacio que el imaginario colectivo creía.
A partir de 1995, tras el infarto cerebral de López Portillo, Sasha asumió un rol que nadie le reconoció: el de enfermera a tiempo completo. Sin sueldo y sin apoyo, cuidó durante nueve años a un anciano que se apagaba lentamente. En sus propias palabras, “donde hay intereses, los seres humanos quedan a lado”. Y es que, mientras ella leía periódicos a su esposo y lo atendía, familiares y cercanos aprovechaban cualquier oportunidad para intentar llevarse hasta la comida de la despensa.
La guerra mediática y familiar
El momento más oscuro llegó cuando los hijos del primer matrimonio del expresidente la acusaron públicamente de maltrato. Esta ofensiva, orquestada según Sasha por la hermana del exmandatario, Margarita López Portillo, buscaba despojarla de la propiedad que el propio López Portillo le había donado en vida. La maquinaria mediática se volcó en su contra, convirtiendo su nombre en sinónimo de “golpeadora” y llevando a sus hijos, Nabila y Alexander, a crecer bajo el peso de un apellido que para muchos era sinónimo de vergüenza y corrupción.
A pesar de que Sasha ganó los juicios principales —demostrando la falsedad de las acusaciones—, el daño estaba hecho. La batalla legal continuó incluso después de la muerte de López Portillo en 2004, extendiéndose durante una década que consumió la juventud de sus hijos. Nabila y Alexander, quienes nunca eligieron esa vida, se vieron envueltos en juzgados, demandas y el escrutinio constante de una sociedad que nunca los perdonó por existir.

El adiós en silencio
El 14 de febrero de 2024, Sasha Montenegro falleció a los 78 años en Cuernavaca. Su muerte, al igual que sus últimos años, ocurrió en un silencio casi absoluto, lejos de los reflectores. A diferencia de las grandes celebridades, su partida fue tratada por muchos medios con la misma etiqueta reduccionista: “la actriz de ficheras”. Se ignoraron los 30 años de resiliencia, el premio Ariel, la lucha por sus hijos y la dignidad con la que enfrentó el odio ajeno.
Sasha, quien siempre guardó para sí la parte más dolorosa de su historia, se llevó a la tumba los secretos de una relación que, más allá de la política y el dinero, fue su realidad más íntima. Como ella misma confesó en sus últimos años: “el problema no fue el amor, el problema fue lo que pasó cuando el amor ya no alcanzó para protegernos”. Al final, la vedette que paralizó al país con un desnudo de 30 segundos terminó siendo, paradójicamente, una figura invisible, una mujer que pagó el precio más alto por una decisión que, a pesar de todo, nunca lamentó abiertamente.
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