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OMAR “GATO” ORTIZ : CONFESÓ POR QUE SECUESTRO AL ESPOSO DE GLORIA TREVI

Su primer contrato profesional lo firmó en 1997. Tenía 21 años. Le pagaron una cantidad que su familia, su mada entera, nunca había visto junta. Omar compró ese mes lo primero que le compra un muchacho pobre del norte cuando le entra dinero. Ropa, un par de tenis caros,  una cadena de oro para él y otra para su madre.

No fue exagerado, no la tiró, la  guardó. Pero la prueba del dinero, esa prueba muda, ya había entrado a su vida. Lo que nadie le advirtió a Omar Ortiz aquel año 1997 es que un futbolista profesional de la Liga Mexicana en aquella época  sostenía en promedio un séquito de 12 personas con su sueldo, 12 personas que dependían directa o indirectamente de él y que cuando ese sueldo se acabara, esas mismas 12 personas se iban a quedar mirando para otro lado.

Pero eso vendría después. En aquellos primeros años, Omar era todavía un proyecto. Lo prestaron al club Celaya en 1999. Lo enviaron como suplente, pero el portero titular se lesionó en la pretemporada y el gato tuvo que ponerse el guante de manera inesperada. Ese semestre atajó como si llevara 10 años haciéndolo.

La afición de Celaya, que es una afición que sabe  de fútbol, empezó a corear su apodo cada que volaba a un poste. Regresó a Monterrey en el 2002, esta vez como una opción real. El técnico de aquel torneo,  viendo lo que había mostrado en Celaya, lo subió a la titularidad en algunos partidos. Omar respondió, “No falló cuando lo necesitaron y en mayo de ese mismo año pasó algo que ningún portero de su generación había logrado a su edad.

Lo llamaron a la selección mexicana. Existe una fotografía de aquel primer llamado a la selección que Omar Ortiz guardó por años en el cajón de su mesa de noche,  dentro de una caja de madera donde tenía sus cosas más importantes.  La foto lo muestra entrando al campo del Estadio Azteca con la camiseta verde puesta, los guantes nuevos todavía sin estrenar, sonriendo de una manera que él mismo años después ya no iba a poder repetir.

la foto y esos guantes, los primeros guantes de selección que usó, iban a aparecer otra vez en esta  historia, pero no en el momento que tú esperarías. Los guantes que Omar Ortiz se puso esa tarde frente a Guatemala  fueron los mismos guantes que 14 años después. La policía de Nuevo León encontró dentro de una bolsa, en un cateo, en una casa de seguridad de las afueras de Monterrey.

Pero esos guantes los vamos a guardar por ahora. El 9 de mayo de 2002,  el técnico de aquella selección, Javier Vasco Aguirre, lo convocó para la Copa Oro que se jugaría en Estados Unidos.  Omar entró en un solo partido. Fue el segundo tiempo del juego contra Guatemala. México ganó 3 a 1 y el Gato Ortiz atajó lo que tuvo que atajar.

No fue una participación estelar, fue un debut, pero fue suficiente.  Para un muchacho moreno del norte que 10 años antes dormía encimado con sus hermanos para  no tener frío, eso era suficiente. Lo que vino después fueron 6 años de carrera estable. Lo vendieron al Necaxa en una transferencia polémica de la que se habló mucho en su  momento.

Después a los Jaguares de Chiapas, donde vivió su mejor etapa como profesional. Cinco temporadas, más de 100 partidos disputados, una posición de titular que nadie le movía. En el Clausura 2004 fue el segundo mejor portero del torneo. Solo lo superó Sergio Bernal de Pumas por una pelota. Aquí es donde la historia se parte en dos.

Porque mientras el Gato Ortiz se consolidaba en la cancha como uno de los porteros más confiables de su generación, afuera de la cancha estaba construyendo, sin darse cuenta la vida que iba a destruirlo. La gente que lo conoció en aquellos años de Chiapas y de Necaxa coincide en una cosa. Omar Ortiz era el más  fiestero del vestidor, no el más escandaloso, no el más vulgar, el más fiestero, el que organizaba las salidas, el que invitaba la primera ronda, el que prestaba dinero cuando un compañero andaba corto, vivía bien,  manejaba camionetas

grandes, vestía caro y empezó a rodearse de manera lenta y  silenciosa de gente que no era del medio del fútbol. Esa gente no era criminal. Todavía no. Eran amigos del norte, conocidos de cantinas,  primos de primos, vecinos del rumbo donde el gato había crecido, gente que lo trataba con el cariño viejo del barrio.

Gente que no le decía gato,  le decía Omar. Le recordaba quién era antes de la selección.  Y a Omar, sin saber por qué, le gustaba estar con ellos más que con los compañeros del vestidor, porque los compañeros lo medían por sus atajadas. Los del barrio lo medían por su persona. Una de esas noches, en Monterrey, hacia 2005, un viejo conocido del barrio se le acercó al gato en una cantina y le entregó un sobre.

Adentro había dinero en efectivo, no mucho. 20,000 pesos contados. El conocido le dijo, “Es un regalo, gato. Tú me ayudaste hace años cuando nadie lo hizo.” Omar agarró el sobre, lo guardó en el bolsillo del saco y siguió la noche. No le preguntó al amigo de dónde venía ese dinero. No le preguntó  por qué se lo daba justo a él.

Y 20,000 pesos para un portero profesional de Liga MX no era una cantidad que cambiara una vida. Pero ese sobre, ese primer sobre, fue el principio de algo que 12 años después iba a explicar a la policía de Nuevo León todo lo que vino después,  cómo se vuelve un portero de selección mexicana con sueldo de Liga MX y futuro asegurado en el señalador de una banda de secuestradores.

La respuesta no llegó de un día para otro. Tardó y todo empezó con un examen médico en abril de 2010. Pero antes de llegar a ese examen,  hay que entender en qué punto estaba el gato Ortiz en el inicio de 2010.  Tenía 34 años. Número tanto, acababa de regresar al equipo de su vida, Los Rayados de Monterrey, donde había debutado siendo niño.

Era suplente, sí, pero suplente del equipo que en pocos meses iba a salir campeón de la liga. Estaba a un paso de tocar el título que llevaba persiguiendo desde 1997 y tenía un sueldo una casa propia, dos camionetas en la entrada y un séquito de gente cobrándole favores viejos. Su vida personal, en cambio, estaba en otro lugar.

La fiesta había dejado de ser fiesta y se había vuelto rutina.  El alcohol había dejado de ser ocasional. Y un día alguien del séquito le dijo a Omar lo que muchos futbolistas mexicanos de aquella generación escucharon en algún momento de su vida. Gato, hay algo que te puede ayudar  a mantener el ritmo. Lo que le ofrecieron aquella noche tenía otro nombre, otro envase y otra promesa.

Esteroides anabólicos, específicamente dos sustancias que Omar después juró que no sabía exactamente qué eran  cuando las usó. Oximetolona, hidromostanolona, compuestos diseñados para aumentar masa muscular y quemar grasa, usados normalmente por físicoculturistas. y deportistas de fuerza, no porteros profesionales de fútbol.

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